Tal andaban por allí nuestras cosas, entre tanto que en Italia dejábamos que nuestra antigua superioridad se olvidase con el tratado de Quierasco que acabamos de mencionar, y que la mar, no más favorable que la tierra por aquellos días, pusiese en mano de los holandeses, envalentonados con la prosperidad de sus armas, la flota de Méjico, que quemaron después de trasladar á sus naves ocho millones que traía. Apoderáronse también los holandeses de Pernambuco, en el Brasil, no obstante la esforzada defensa de D. Martín de Albuquerque, que allí mandaba con poca gente y armas.
Mas fuerza será que ahora principalmente nos fijemos en las orillas del Rhin, donde más que en ninguna parte hallaba ocupación y cuidado la Corte de España. El emperador Fernando II, vencedor del elector Palatino y luego Rey de Dinamarca, que vino en su ayuda con alguno de los príncipes protestantes del Imperio, había hecho sentir su triunfo más de lo que fuera justo. Exasperados con esto los protestantes formaron una liga llamada de Leipzig para resistir y oponerse á sus violencias, y como al propio tiempo moviesen guerra al Emperador los suecos con su gran rey Gustavo Adolfo, se formaron entre unos y otros terribles conciertos, que desde luego dejaron esperar efectos desastrosos para el Imperio. Entonces Fernando II imploró más vivamente que nunca el auxilio de España: decíase que Fernando obraba en todo á impulsos de nuestra política; que en su enemiga á los protestantes no pensaba más que en verlos aniquilados por todas partes; y verdaderamente España daba hartos motivos para que semejante opinión se acreditase.
Ya hemos dicho que en nuestro concepto no era solamente celo católico lo que movía á nuestra Corte, sino que con él se juntaban graves conciertos políticos á que la lealtad española no quería faltar, aunque viese ya de seguro que no habrían de proporcionarle ventajas, obrando de consuno para precipitarla en los mayores extremos. Aconteció que en los mayores apuros pasados el Emperador se hallase también en grande aprieto, porque tenía sobre sí al Rey de Dinamarca y los Príncipes protestantes con él coaligados. Escribió el Emperador á nuestra Corte pidiendo recursos, y entonces fué cuando del dinero que acababa de dar el reino con tanto trabajo y sacrificio para el objeto de levantar y mantener ejército que defendiese nuestras fronteras, se le enviaron trescientos mil ducados y cien mil más á su fiel amigo el duque de Baviera. Y esto á la par que de nuestros soldados que tanta falta hacían en Flandes, se distraía no pequeño número para guarnecer las plazas del Imperio y pelear contra sus enemigos. Ahora, con la invasión de Gustavo Adolfo y la Liga protestante de Leipzig fueron naturalmente mayores las exigencias y mayores los sacrificios. Era aquel Monarca famoso ya por sus victorias en las orillas del mar Báltico; irritado contra el Emperador, que había dado auxilios á la Polonia contra él faltando á la fe de los tratados, y luego había despedido desdeñosamente á sus embajadores, lleno de ambición y de amor á la gloria, fiado en su espada y en su fortuna, se determinó á invadir el Imperio. Contribuyó no poco á persuadirle á ello el ministro francés Richelieu, que veía en él un enemigo temible para la casa de Austria: no hubo intrigas, ni consejos, ni ofrecimientos de que no se valiese, y al fin hizo con él verdadera y completa alianza en 1631, dándole crecidos subsidios para mantener la guerra. Halló también Gustavo amigos y aliados en los Príncipes protestantes. Y con esto y su ejército, que aunque no pasaba de quince mil hombres, era hermosísimo y temible por la disciplina y valor tantas veces experimentados, consiguió destruir en Leipzig los ejércitos del Imperio y enseñorearse luego de mucha Alemania. Espantadas y previendo que los suecos llegarían á sus puertas, las ciudades católicas del Rhin que no las tenían, pidieron y obtuvieron guarniciones españolas, y algunos escuadrones más de los nuestros pasaron á Flandes á recorrer aquellas orillas.
No tardó en presentarse en ellas Gustavo Adolfo. Púsose primero delante de Maguncia, ciudad importantísima y señora de toda la comarca, por lo cual tenía dentro dos mil soldados españoles que mandaba D. Felipe de Silva; pero no era posible sin pasar el Rhin formalizar el sitio, y aunque intentó hacerlo por Cassel, halló tan bien defendido el paso de los españoles que no pudo lograrlo. Entonces tomó el camino de Berg para buscar punto por donde lograr sin estorbo su intento. Tenían guardados los españoles los pasos, y no hubiera podido llevar á ejecución su intento á no ser tanta su temeridad y la de sus soldados. Pasó él mismo cierto día con una barca á reconocer la orilla que ocupaban los nuestros, donde, acometido, estuvo á punto de ser preso, y aún lo fuera, sin duda alguna, á saberse quién era; mas como no pudo escapar, vuelto á su campo, escogió trescientos hombres, los más valientes del ejército, y al mando del conde de Brahe los envió en dos barcas á que tomasen pie en la ribera opuesta. Acudieron á ellos los españoles, y hubo un combate encarnizado y terrible, durante el cual pasó el Rey con doblado número de gente; y los nuestros, ya inferiores, dejando muchos muertos en el campo, tuvieron que meterse en Maguncia. Dió Gustavo Adolfo tanta importancia á esta victoria, que levantó una columna en el campo para que la perpetuase. En seguida fué sobre Oppenheim para quedar desembarazado de estorbos antes de formalizar el cerco de Maguncia. Había dentro de aquella plaza no más que quinientos españoles, los cuales, entrada por asalto, pagaron todos con la vida el obstinado valor con que se defendieron. Maguncia entonces fué inmediatamente acometida, poniéndose á la orilla izquierda del Rhin los suecos, mientras el landgrave de Hesse Cassel ocupaba la orilla derecha para impedir los socorros. Defendiéronse los nuestros, aunque sin esperanzas algunas de obtenerlos por espacio de cuatro días, haciendo grande estrago en los contrarios; pero las fortificaciones no eran muy robustas, y no tardaron en ver la brecha abierta y en disposición de ser asaltada, con que les fué preciso capitular bajo honrosos partidos. Rendida Maguncia, apoderáronse fácilmente los suecos de otros lugares, y pronto de las plazas del Palatinado no quedó más que Franckenthal en poder de los españoles. Cerca de esta plaza derrotaron aún los suecos algunas compañías nuestras que iban de Flandes al socorro. Tras esto se derramaron por ambas orillas del Rhin, ahuyentando fácilmente las partidas y destacamentos de españoles que las guardaban (1632), ayudándoles no poco en todo esto al decir de los historiadores alemanes, el rigor de la estación, que enflaquecía á los nuestros y no estorbaba en nada sus operaciones, como gente acostumbrada á más duro clima.
Ni pararon aquí los daños de aquel rigor de clima; mayores los padecimos poco después. Porque irritada nuestra Corte contra los suecos, á la par que importunada de los ruegos del Emperador, dió orden al duque de Feria, Suárez de Figueroa (1635), que de nuevo gobernaba el Milanés, para que dejando aquel Estado al cardenal Infante D. Fernando, hermano del Rey, levantase un ejército y viniese con él á defender la Alsacia de los suecos. Púsolo por obra el de Feria con actividad suma, y reuniendo hasta catorce mil hombres italianos con algunos oficiales españoles, pasó á Baviera y de allí á la Alsacia. Comenzó la campaña forzando á los enemigos á levantar el sitio de Brissac, plaza importantísima y cuya pérdida se tenía ya por cierta, y luego con no menor fortuna recobró á Baldelsult, Lucemburg, Rienfert, Rutagran, y los echó de toda la Alsacia obligando á huir al Rhingrave Oton Luis, que campaba triunfante por aquel lado con las armas protestantes. Mas no se hicieron esperar mucho los suecos, y acudiendo al opósito bajo las órdenes de Gustavo de Horn y de Bickenfeld y en número muy superior al de los nuestros, hubo que disponer la retirada. Aquí fué la desdicha, porque sobreviniendo los grandes fríos del invierno, no pudo soportar la gente italiana, hecha á mejor clima, las marchas y operaciones, y casi toda pereció sin pelear. Fué tanto el dolor del hábil y pundonoroso General al verse sin ejército, que aunque no podía atribuírsele alguna culpa, murió de pesadumbre. ¡Pundonor extraordinario, el que todavía mostraban nuestros capitanes!
Mientras esto pasaba del lado allá del Rhin, del lado de acá en las provincias regadas por sus poderosos brazos, con nombre también de ríos, dejábanse sentir nuevos descalabros. No había dejado el archiduque Alberto sucesión de su matrimonio. Era desgracia para nosotros su muerte, por ser el Archiduque buen capitán y hábil administrador, y porque los flamencos, viendo en él á su señor natural, con mejor voluntad le servían que á los españoles y á la misma Infanta. Y con la falta de éste y de Ambrosio Spínola y la ineptitud probada del conde de Berg, que mandaba el ejército, fueron las cosas de la guerra cada día de mal en peor por aquella parte. Al fin la Infanta, llena de disgusto y afanes, y creyendo interesar con esto más al Rey de España para que enviase auxilios con qué continuar la guerra, se determinó á renunciar la soberanía devolviéndola al Rey de España.
Admitió Felipe IV el partido, anticipándose sólo aquella carga, porque á la verdad, muerta sin sucesión la Infanta, habría venido de todas suertes á sus brazos. Pero ni antes ni después era prudencia que España echase sobre sí el costoso mantenimiento de aquellas provincias tan discretamente abandonadas por Felipe II, donde tanta sangre y tesoros se consumían en balde. Alegábase en favor de esto una razón de algún peso, y era que importaba retener á nuestros enemigos en aquel país extraño al cabo, y lleno de plazas fuertes y defensas naturales, á fin de que convirtiendo todas sus fuerzas contra nuestras fronteras, no peligrasen las provincias septentrionales de la Península. Los acontecimientos mostraron que nuestros enemigos, no por lo de Flandes dejaban tranquilas nuestras fronteras, y que aquella razón plausible á tener bastantes soldados y capitanes para mantener la guerra en ambas partes, no lo era en modo alguno cuando no los había por la despoblación y pobreza para guarnecer nuestras fortalezas. No dejaría quizás de tenerse en cuenta la cesión del Austria occidental á nuestra corona, antes pactada, que podría abrir por aquellas provincias segura comunicación entre Italia y Flandes, cosa que hubiera hecho sin duda mucho más fácil nuestra dominación en ambos países. Pero los acontecimientos mostraban ya por demás que tal cesión no se llevaría á cabo por falta de poder para merecerla y recabarla y era locura fiar en ella. En todo la falta principal de nuestra Corte era el equivocar las acciones. Acontecía de esta manera que las ideas más grandes y más profundamente políticas, aprendidas en la escuela insigne de Fernando el Católico y de Felipe II, eran las más fatales para la Monarquía. Quedó en Flandes la infanta Isabel Clara por gobernadora, y lo fué hasta su muerte.
Mas no bien supieron los flamencos que dejaban de ser independientes volviendo á entrar en el dominio de España, quejosos é indignados comenzaron á tramar conspiraciones. Púsose al frente de ellas el mismo conde de Berg que gobernaba á la sazón los ejércitos, con el propósito de hacer de aquellas provincias una república como la de Holanda. La conspiración se frustró porque el conde de Archost, noble señor flamenco, lo reveló todo á la Archiduquesa; mas no quiso decir, por más instancias que se le hicieron, los nombres de los conjurados. Con todo el de Berg, harto sospechoso ya, fué separado del mando, y en su lugar entró el marqués de Santa Cruz, llamado de Italia. Poco faltó para que todo se perdiese. Mientras duraban los tratos y la trama de rebelión, entró el príncipe de Orange en la provincia de Güeldres, y se apoderó de Venlóo en sesenta horas, y dos días después de Ruremunda con no mayor dificultad. En seguida se puso delante de Maestrick. Defendióse obstinadamente la plaza, y dió tiempo á que se tomasen las determinaciones que lo estrecho del caso requería. Vino de Alemania el conde Godofredo Enrique de Papenheim, ferocísimo soldado y uno de los mejores capitanes del Emperador, al frente de un ejército de veinte mil hombres, para socorrer á la Infanta gobernadora, y unido con el marqués de Santa Cruz, puesto ya al frente de las armas españolas, acudieron ambos á socorrer á Maestrick. Delante de aquella plaza se libró un combate (1632), que debió tener provechosas resultas, según el número y valor de los nuestros, y no las tuvo sino fatales. Determinóse atacar en sus trincheras al ejército del Príncipe de Orange, hecho al cual debían concurrir los imperiales y los españoles; pero divididos en pareceres, ó celosos uno de otro, el conde de Papenheim y el marqués de Santa Cruz, dejó éste á aquél torpemente que acometiese solo con sus tropas, de modo que fué rechazado, dejando dos mil hombres en el campo. Maestrick se rindió á consecuencia de esta batalla dos meses después de sitiada. Papenheim con sus soldados se volvió á Alemania lleno de ira, y el vencedor tomó en seguida á Limburgo, á Orsoy y á Vère, sin hallar apenas resistencia. Señalábase públicamente como causa principal de tales pérdidas al marqués de Santa Cruz, que dado al juego y los placeres no ponía atención en las cosas de la guerra; además que no había mostrado nunca mucha aptitud para mandar ejércitos.
Apartóle la Infanta del mando, y como no hubiese allí hombre de bastante autoridad para tomarlo en su lugar, al fin se adoptó para remediar el mal un pésimo partido, que fué distribuirle entre cuatro Maeses de campo generales, que eran el duque de Lerma, nieto del famoso ministro, D. Carlos Coloma, D. Gonzalo Fernández de Córdova y el marqués de Aytona, de los cuales cada uno le ejercía una semana. Pronto se vió que con esta disposición extraña, antes se embrollaban y empescían que no se mejoraban las cosas. Equipóse á mucha costa una escuadra de noventa velas, y al mando del conde Juan de Nassau se la destinó á cortar las comunicaciones entre Holanda y Zelanda, rindiendo las islas pequeñas de aquel mar. Pero atacada por los holandeses entre Vianen y Sttaueinse, de las noventa naves setenta y seis fueron apresadas y las demás echadas á pique, no salvándose más que once de cinco mil seiscientos hombres que la tripulaban. Estaba equipada apresuradamente y con poco conocimiento, de manera que ni eran buenos los bajeles ni las tripulaciones ejercitadas.
Al saber tales desastres nuestra Corte, tan poco oportuna para comenzar las guerras como para terminarlas, entró en deseos de paz ó nuevas treguas con los holandeses. Moviéronse tratos y se continuaron en La Haya por algunos meses, á punto que se creyó que llegarían á buen término. Pero las intrigas de Richelieu, que quería mantener allí ocupadas las fuerzas de España, mientras él maduraba las grandes empresas que traía en la mente, lograron al cabo romper los tratos. En el entretanto el príncipe de Orange rindió á Rimberg en diez y seis días de sitio, plaza que más de una vez hemos visto ya ganada y perdida por los españoles, y abrió trincheras delante de aquella Breda, tan costosamente adquirida. La Infanta gobernadora y la Corte de España no sabían acudir al reparo de estas cosas sino mudando las cabezas del ejército. El marqués de Santa Cruz había vuelto ya á España, donde halló recompensa á sus derrotas con el empleo de mayordomo mayor del Rey, que se le dió, aunque no volvió más á hallarse en ejércitos de tierra. Y dejando ahora el mando semanal de los Generales, entró solo á desempeñarlo algunos días el duque de Lerma. Dió éste alguna muestra de sí con la toma de Stevenswert, isla del Mosa, no poco importante, la cual ganó pasando á caballo el río con sus soldados; mas no tardó en sucederle el marqués de Aytona, D. Gastón de Moncada, antes Embajador en el Imperio y Capitán general de Aragón, en aquel mando. Sitió el nuevo General á Maestrick y se mantuvo dos meses delante de la plaza, hasta que con noticia del apuro en que á Breda traía puesta el de Orange, se levantó de allí para ir al socorro. No se atrevió á aguardarle el príncipe de Orange y alzó sin pelear el campo.