En esto murió la Infanta gobernadora Doña Isabel Clara Eugenia, ya de edad muy avanzada, llorada por sus virtudes y buen deseo de sus antiguos vasallos y de los españoles, y el marqués de Aytona unió interinamente con el de las armas, que ya tenía, el gobierno de todas las cosas del Estado (1633). Durante el tiempo que estuvo en él, que no fué mucho, entró Aytona en negociaciones con el príncipe Gastón de Orleans y con la reina María de Médicis, que había venido á aquellos Estados huyendo de la persecución de Richelieu. El objeto era que el Príncipe francés levantase con dinero de España un ejército de franceses y alemanes y entrase por él en Francia por una parte, mientras los españoles invadían por otra el territorio, repartiéndose las conquistas. Era Gastón de Orleans uno de los hombres más pérfidos de su siglo, y María Médicis pecaba no poco de inconstante. Bien pronto se supo que Gastón mantenía tratos á la par que con España con Richelieu, y él y la Reina salieron de Flandes sin que surtiese efecto el tratado. Ni dejó Aytona el mando sin lograr otra ventaja importante, y fué que la plaza de Filisbourg, que los Generales suecos habían conquistado y puesto en son de depósito en manos de franceses, viniese á poder de los nuestros por sorpresa. Pero poco después el conde de Fontainay, Maestre de campo general, que embistió valerosamente á Fort Philippine, á cuya defensa estaban los holandeses, no pudo alcanzar su rendición, y con tales ventajas y reveses, veíase claramente que todo se perdía, á no acudir eficazmente al remedio. Por lo mismo desde la muerte de la infanta Clara Eugenia se estaba tratando de enviar allá persona de autoridad que ocupase el puesto.
Fijáronse los ojos de todos desde la muerte de la Infanta Doña Isabel Clara Eugenia en el Cardenal infante don Fernando. Era éste el menor de los tres hijos varones que habían quedado de Felipe III, Cardenal y Arzobispo de Toledo desde sus primeros años, y de todos el de más valer, aunque el segundo, D. Carlos, también alcanzó crédito de valeroso y discreto. La muerte temprana de D. Carlos le dejó á solas entregado á los recelos del Conde-Duque, que de uno y otro hermano había desconfiado siempre mucho, procurando, como en otro lugar dejamos dicho, indisponerlos con el Rey. No obstante éste que era de generoso ánimo, aunque licencioso é indolente, no dejó nunca de parecer buen hermano. En las Cortes de Barcelona de 1632 le vimos ya á D. Fernando ocupando el lugar del rey D. Felipe: luego quedó allí de Virrey por algún tiempo, mostrándose hábil y celoso, al propio tiempo que firme y severo, porque habiendo pretendido cubrirse delante de su autoridad los concelleres de Barcelona, no pudieron conseguirlo por más instancias que hicieron: cosa que á la verdad acrecentó el enojo que entonces comenzaba de los catalanes. Desde este virreinato pasó á Italia con ánimo ya de que le sirviese de puente para Flandes; allí consiguió que se concertasen la República de Génova y el duque de Saboya, cortando por entonces un rompimiento funesto para la paz de Italia. Y hecha ya experiencia de su persona y calidades con tales empleos, se determinó al fin enviarlo al gobierno de Flandes (1634).
Pudiérase añadir á la experiencia que hubo de su aptitud una razón de más peso entonces para explicar la causa de su nombramiento. El Conde-Duque, que no había podido indisponerlo con su hermano, nada deseaba tanto como arrojarle por cualquier motivo fuera de España. Para ello no debía omitir medio alguno, y aunque era Cardenal y Arzobispo de Toledo, persuadido también de que semejante ejercicio no correspondía á su humor belicoso y ánimo levantado, se resolvió á destinarle á la guerra. ¡Feliz recelo y persecución del Privado, que nos proporcionó un General de tanto mérito y tan consumado político como el Cardenal Infante! Acogió éste con entusiasmo el propósito: tenía veinticinco años y amor grande á la gloria; por sus venas corría aún la sangre de Carlos V, y en su mente se albergaba algo del espíritu de Felipe II: no podía haberle dispensado mayor favor el Conde-Duque. Con su nombramiento coincidió el deseo de reforzar poderosamente el ejército de Flandes, y ordenósele recoger en Milán cuanta gente pudiese de españoles é italianos y conducirla á Flandes, atravesando los países hereditarios del Emperador. Hiciéronse tres tercios del viejo de Lombardía, núcleo y cimiento siempre de los ejércitos que habían peleado con el Milanés y sus fronteras: el uno de ellos quedó allá, y los otros dos con soldados veteranos, criados en la escuela austera del conde de Fuentes, del marqués de Villafranca y duque de Feria, tomaron con el Cardenal Infante el camino de Flandes. Siguiéronle también algunos tercios italianos, y buenos escuadrones de caballería napolitana y española acudieron al propio objeto, formándose en todo un ejército de diez mil soldados, resto glorioso de nuestra antigua pujanza en la guerra.
No había llegado este ejército á la mitad del camino cuando se presentó una ocasión de que demostrasen, el General sus altas cualidades, y los soldados, que no había decaído aún el valor de los españoles, y que si eran pocos en número para atender á tan dilatada y larga defensa como necesitaba la Monarquía, no se hallaba aún quien los superase en el pelear en campo. Rogó el Emperador al Infante Cardenal que le ayudase á desalojar á los suecos del Rhin, y como esto conviniese también á los intentos de España, prestóse de buena voluntad á la empresa. Reunióse entonces un poderoso ejército de españoles é imperiales, mandados los primeros por el cardenal infante con Felipe Spínola, ahora marqués de los Balbases, y el marqués de Leganés, Capitán general de la Caballería de España; y los segundos, por el archiduque Fernando, rey de Hungría, el duque de Babiera, Picolomini, Galas y Juan de Wert, además del duque de Lorena que mandaba el cuerpo de tropas suyas aliadas del Imperio. Este poderoso ejército ganó la batalla de Nordlinghen, principalmente debido al valor de la Infantería española, y á su vista Ratisbona y Donawerth cayeron sin poder resistir un punto, con lo que bien pronto Nordlinghen, una de las fortalezas más temibles de la Suavia, se sintió amenazada de igual suerte. Temieron los protestantes aquella pérdida, y á evitarla acudieron el mariscal Gustavo de Horn con los suecos, y Bernardo, duque de Sajonia Weimar con los alemanes, ambos famosísimos Generales, trayendo en su compañía á Gratz y otros capitanes veteranos, con toda la flor de los soldados de Gustavo Adolfo y de sus aliados.
Tomaron los enemigos un bosque defendido de los nuestros, y que abrigaba nuestro campo y llegaron á ponérsele delante. Luego, habiendo no lejos de Nordlinghen unas colinas que dominaban el campo católico, las cuales cuando llegaron los enemigos á divisarlo estaban abandonadas, quiso el de Horn apoderarse de ellas por sorpresa la noche que precedió á la batalla, y á lograrlo pagaran los nuestros su descuido muy caro; pero por lo áspero del terreno y el temporal que sobrevino, no pudiendo apenas arrastrar la artillería ni mover la gente, llegaron tarde los contrarios y hallaron ya reparada la falta, y muy bien fortificadas, en pocas horas, las colinas. Sobre ellas se formó el ala izquierda de los nuestros; tropas imperiales escogidas ocupaban las cimas, y á la espalda, como en reserva, y para asegurarlas, se plantó un tercio de Infantería española gobernada del Maese de campo general D. Martín de Idiaquez. Á la derecha acudió Galas con la Caballería húngara y alemana, y Leganés con la española y napolitana y un grueso de Infantería. En el centro estaba el grueso de la Infantería alemana, italiana y lorenesa, al mando del duque de Lorena y otros varios Generales. Los Príncipes acudían aquí y allá estimulando el valor de los soldados. Comenzaron el ataque los enemigos por nuestra ala izquierda que embistió Gratz con las mejores tropas suecas y weimaresas: una lluvia espesísima que traída por el viento azotaba los rostros de los imperiales, permitió á los enemigos llegar sin ser vistos hasta el pie de las colinas: cegaron fácilmente con fagina los fosos, y subieron intrépidamente á lo alto. Allí se empeñó un furioso combate donde los suecos sostuvieron su antigua reputación y la gloria del gran Gustavo, y los imperiales el nombre y la gloria de su Soberano. Al fin, habiendo llegado gente de refresco en ayuda de los suecos, los imperiales, que ya habían perdido y ganado una vez las colinas, se pusieron en dispersión, arrojándose sobre la Infantería española que estaba plantada á sus espaldas; mas ésta caló las picas y recibió con ellas á los fugitivos, de modo que tuvieron que volver el rostro de nuevo al enemigo. Poco habría durado, sin embargo, el combate sí Idiaquez no hubiese movido su tercio en demanda de los vencedores. Recibiéronle los suecos como gente acostumbrada á vencer siempre, y alentada más y más con el reciente triunfo; pero los españoles hicieron tanto que á hierro los llevaron hasta las faldas opuestas de las colinas, poniéndoles en completa derrota. En vano acudió Gustavo de Horn á restablecer el combate. Obstinados los enemigos en recobrar las alturas, inmóviles los españoles en sus puestos sin vacilar un punto en mantenerlos, se fué consumiendo la flor de la Infantería sueca y alemana sin fruto alguno, muertos ó heridos todos los valientes y desalentados y en desorden los otros. Siete veces llegó á tocar la cima de la posición un regimiento alemán del duque de Weimar, y siete veces cayó de ella vencido. Asombrados los extranjeros calificaron no de valiente sino de heroica la resistencia de nuestro tercio, y ello es que á sus plantas quedó rendida la gloria de aquellas armas que estaban llenando el mundo. Mientras la derecha enemiga, empeñada contra nuestra izquierda, corría tan mísera suerte, el duque de Sajonia Weimar, que mandaba su izquierda, hizo ciar á Galas y al marqués de Leganés; mas repuestos ellos le embistieron de modo que le pusieron en derrota. Cubrióse de gloria en asombrosa carga la Caballería húngara y la napolitana del ejército español; y el marqués de Leganés, que aunque con el alto cargo de Capitán general de la Caballería hacía allí acaso sus primeras armas, dió hartas muestras del valor de su persona, digno sin duda de la casa de Guzmán, de donde era. Restablecióse algo la gente del de Weimar; mas era inútil. La Infantería española todo lo había arrollado por la izquierda; el centro traía puesto en grande aprieto al de los enemigos, la derecha amagaba nuevo ataque, y desanimados ya por todas partes alemanes y suecos, donde quiera humillados después de tantas horas de lucha, acabaron por soltar las armas y huir desordenadamente. Ocho mil cadáveres de ellos cubrían ya el campo; pero aún la fuga les fué más costosa, porque Juan de Werth, que se encargó de perseguirlos, degolló más de nueve mil en los campos de Nordlinghen y Wurtemberg y Ulloa, adonde se acogieron las reliquias de aquel ejército, vencedor hasta entonces en cien batallas (1634). Ochenta cañones, trescientas banderas, cuatro mil carros de transporte y un número crecido de prisioneros, fueron los trofeos de la victoria. Entre los últimos se contaron el mismo Gustavo de Horn, Gratz y todos los Generales; sólo el de Weimar logró recogerse en Francfort.
Las historias alemanas, aun las de los protestantes, conceden á nuestras armas todo el honor de aquella célebre jornada. Quien más gloria ganó en ella fué el Cardenal Infante, que aunque no peleó por su persona, echó allí los cimientos de su fama militar por el buen acierto de sus disposiciones y consejos. El marqués de Leganés, D. Diego Felipe de Guzmán, primo del Conde-Duque, se dió á conocer por valentísimo; así fuera tan hábil capitán en adelante como buen soldado. También se hicieron notar el valeroso Maese de campo D. Martín de Idiaquez y D. Pedro de Santa Cilia y Pax, mallorquín de larga y peregrina historia, que mandaba una compañía de dragones, con la que hizo maravillas en la batalla. Salvóse el Imperio, y se perdiera del todo la causa de los protestantes sin el auxilio poderoso que Francia, declarada ya en formal enemiga de la España cuando de tanto tiempo antes lo era simulada, no hubiera venido á mezclarse en la contienda; acontecimiento que forma época en la Historia de España, por lo cual requiere libro aparte.
Mas no hemos de terminar éste sin dar antes alguna cuenta de lo que durante el período que acaba de terminar aconteció en las lejanas costas de Asia y del Sur de África, que fué no poco digno de recuerdo. Llegaron allá inopinadamente numerosas naves holandesas y causaron grandes daños en el comercio que hacían los portugueses sujetos á nuestra corona, y no contentos con eso animaron y excitaron á las reyes bárbaros, tributarios de España, para que sacudiesen el yugo. Uno de ellos, por nombre Chingulia, rey de Mombaza, se echó sobre los cristianos residentes en sus Estados y los degolló despiadadamente. Envió el Virrey de Goa una escuadra á castigarle, mas no pudiendo lograr su objeto en la primera campaña, halló en la segunda que el bárbaro, destruídas las fortalezas y arrasados los campos, se había retirado con todos sus vasallos y riquezas al interior de la Arabia. Viendo los holandeses el buen éxito de sus tentativas, mandaron ya formales escuadras á aquellos dominios. Una de ellas se apoderó de una flota portuguesa que venía de China. Otra dió auxilios eficaces á los habitantes de Ceilán para que se alzasen contra España. Los portugueses que guarnecían esta isla eran tan pocos en número que no pudieron mantener el campo y tuvieron que encerrarse en la fortaleza de Colombo. Allí sostuvieron un sitio gloriosísimo, donde faltos de todo, por no rendirse, llegaron á comer carne humana. Socorrióles al fin el Virrey de Goa, enviando á D. Jorge de Almeida á que echase á los enemigos de la isla con algunas naves. Después de muchos trabajos llegó este General á Ceilán, reunió alguna gente y con ella obró de manera que en pocos días logró que la bandera de España volviese á flotar en todos los lugares de aquella remota tierra, trayéndolos á la obediencia. Heroico capitán este D. Jorge y digno de mejor suerte que la que tuvo, pues murió á poco olvidado y escarnecido, así del Gobierno de España, como de los mismos á quienes con su valor había salvado de segura pérdida.