LIBRO CUARTO
SUMARIO
De 1636 á 1640.—La Monarquía francesa.—Cotejo con la española.—Pretextos para la guerra, prisión del elector de Tréveris, manifiesto del Rey de Francia; contestación; verdadera situación de la Monarquía.—Corrupción de los ejércitos y de la Corte; autos de fe, comedias, galanteos; el conde de Villamediana; principios de la guerra.—Flandes: batalla de Avein: pérdida de Tirlemont; sálvase Lovaina; tómase el fuerte de Schenk; irrupción en Picardía; toma de la Chappelle, Chatelet, Vervins, Noyon, Roye, Corbie; terror de París; retirada del ejército; piérdense las plazas conquistadas; censura de aquella disposición; atacan los enemigos el Franco-Condado; defensa heroica de Dola; pérdida de Breda y de Landecí; conquista de Roremunda; combates parciales; conquistas importantes de la Valette y del mariscal de Chatillon; Ham, Ivoy y otras plazas vienen á sus manos; socorro á Danvillers é inútil destrozo de franceses; batalla del Callao y rota de los holandeses; socorro glorioso de S. Omer; batalla y victoria de Thionville; pérdida de Hesdín; nuevos combates parciales; malogrado socorro y pérdida de Arras, empresas frustradas de los holandeses en Flandes; nota que les da el gobernador de Güeldres; horrible desolación del Franco-Condado por los franceses.—Italia: defensa gloriosa de Valencia de Pó; campaña del de Rohan en la Waltelina; derrota del conde Juan Cerbellón, campaña de Tessino; gran batalla indecisa; el duque de Parma, nuestro enemigo, pide la paz; combates parciales; liga con los Príncipes de Saboya; conquista de la mayor parte de las plazas del Ducado; toma de Turín; sitio de la ciudadela; tregua; combate en el Routa; derrota de Casal; pérdida de Turín. Pirineos: entrada en Gascuña; conquistas; retirada importuna; suceso desgraciado de Leucata; victoria de Fuenterrabía; pérdida de Opol de Sasas, su costosa reconquista, y rota de los franceses.—Guerra marítima: conquista de San Honorato y Santa Margarita; expedición de los enemigos contra Valencia; derrota de su armada; amagos del arzobispo de Burdeos contra las costas cantábricas, siempre frustrados; armada infelicísima de Oquendo; expedición del conde de la Torre al Brasil; derrota de su armada.—Situación miserable que ofrecía la nación á este punto; diversiones, desmoralización, confusión de ideas.
La nación francesa, dividida en facciones y debilitada por las guerras religiosas, apenas había tomado parte en los negocios de Europa por cerca de un siglo. Enrique IV tuvo sin duda grandes pensamientos, mas no llegó á ejecutarlos. Algunos han creído que uno de ellos era el fundar la Monarquía universal, sueño político de la época; pero tal intento, que pareciera temeridad en un Carlos V y en un Felipe II, habría denotado manifiesta locura ó crasa ignorancia en el Monarca francés. No contaba éste ni con tesoros para tanto, ni con ejércitos, ni con capitanes, ni tenía, en fin, cosa alguna de cuanto pudo en otros dar ocasión á tan alto intento. No ha faltado tampoco quien, con más razón acaso, atribuya los propósitos del Monarca francés á locos impulsos de lujuria, pasión que en él tanto imperaba: de esto dejamos ya hablado al tratar de su suerte. Pero de todos modos cuando ella le sobrevino, comenzaba ya á inquietar nuestro poderío, y á intervenir en las cosas de Europa. Durante los primeros años de Luis XIII tampoco sonó la Francia en cosa importante, porque los socorros que dió á Holanda y al duque de Saboya, no fueron más que momentáneos y aun las más veces encubiertos. Mas no bien entró Richelieu en los consejos de este Príncipe, cuando se propuso darle en Europa á su nación la importancia que sin duda merecía por el número de sus habitantes y lo dilatado de sus fronteras, ya que por su poder y valor militar poco se hubiera señalado todavía. Pero la Francia no podía levantarse ni tomar superioridad en Europa mientras continuase imperando en ella y disponiendo de sus destinos la casa de Austria; y de ésta el primero y más temible campeón era el Rey de España.
Por lo mismo encaminó desde el principio Richelieu sus pensamientos á destruir nuestra influencia y nuestro predominio. Hallábase á la sazón Francia tan en la cima de su poder, como España en decadencia. Su población, no repartida por dos mundos, como lo estaba la nuestra, sino recogida en no muy ancho territorio; no diezmada como aquella por dos siglos de guerra extranjera y de conquistas dilatadas, ni disminuída con tales expulsiones como la de los judíos y la de los moriscos, era tres veces mayor que la de España. Sus pueblos y sus campos habían padecido grandes calamidades en las antiguas guerras extranjeras y en las civiles de los últimos tiempos; pero no tanto ciertamente como en los ocho siglos de la guerra mahometana padeció España; así ofrecían harto mejor apariencia que los nuestros, hechos escombros y eriales. No habían poseído los franceses minas de oro que los apartasen del cultivo de la tierra y artes mecánicas, como á tan mal tiempo poseyó España; de modo que no bien acabadas las guerras y las calamidades, viéronse florecer entre ellos la agricultura é industria. La Corte, si no honrada, no era cuando menos tan licenciosa que se enervase como la nuestra en los placeres, gastando en ridículas prodigalidades el Tesoro público, que por cierto estaba también más desembarazado que el nuestro desde el tiempo del buen Enrique IV. Sully, su ministro, fué de los primeros en conocer que no está tanto el beneficio del Tesoro en sacar mucho de los pueblos como en sacarlo bien y sin mucho daño. De ciento cincuenta millones de francos calculábase que sólo treinta entraban en el Tesoro; los Gobernadores de las provincias no sólo imponían contribuciones para el Rey, sino también para sí propios, y la deuda pública ascendía á trescientos millones de francos. Á todo atendió Sully, si no siempre con acierto, con constancia y desinterés, que es lo principal en estas cosas. Hombre de costumbres puras y severas, pobre en el vestir, sobrio y enemigo de placeres, naturaleza espartana de esas que Dios envía de cuando en cuando á salvar á las naciones, acaso su desdén al lujo y á los placeres causó el más grave de sus yerros, que fué olvidar la industria y procurar que la agricultura fuera la única ocupación de los franceses. Con todo eso pudo tanto su buena fe, que dejó la deuda casi enjuta, disminuídos los impuestos, mejorados los caminos y fortificaciones, y sobrantes en el Tesoro cincuenta millones de reales de nuestra moneda, al salir del mando.
Y en verdad que por mala que dejase la hacienda española Felipe II, no mucho mejor estaba la francesa después de la guerra de la liga: la deuda misma era mayor, y la inmoralidad que allí había en la administración y recaudación, ni de lejos era igualada en España. Un solo ministro honrado y un período de paz no muy largo bastaron para obrar en Francia mudanza tan grande, mientras en España cada día fueron empeorándose las cosas. Algo se perdió de lo ganado en la hacienda pública durante la minoría de Luis XIII; pero la misma impotencia en que se halló entonces la Francia, conservándola en una paz completa, ofreció á su agricultura mejoras, y dió aumento á su población y ensanche á la general riqueza. Y fué de ver que contribuyese España á proporcionarle estas últimas ventajas, haciendo tanto porque se mantuviese neutral, cuando más bien la convenía pelear con la Francia, entonces que estaba flaca y mal gobernada, que no después debajo de un Rey, unida y fuerte. Gran falta de previsión política en nuestra Corte el retardar guerras que habían de venir al cabo, desperdiciando la ocasión oportuna que ofrecía la menor edad de Luis XIII, y á ser generosidad, generosidad impropia de un gobierno sensato.
Todas estas causas hicieron que Francia se hallase más fuerte y más próspera que nunca al empuñar Luis XIII las riendas del gobierno. Sólo faltaba ya una mano diestra y poderosa que tomase el timón del Estado, para que Francia sacase el partido que debía de su situación, destruyendo la cizaña que aún quedase en ella y sembrando nuevas semillas de poder, porque el Rey era inepto y descuidado. Entonces apareció fatalmente Richelieu, hombre, como particular, odioso; grande, como ministro, y de esos que saben levantar á las naciones ofendiendo y maltratando á los individuos, cosa en muchas ocasiones indispensable. Alcanzó Richelieu un conocimiento perfecto de Francia y del estado del mundo, y especialmente de lo que era y podía España; porque desde el tiempo de Enrique IV los Embajadores franceses no habían hecho más que espiar nuestras flaquezas y delatarlas; de suerte que la pobreza de nuestro Tesoro, la despoblación y la ruina de nuestros campos y cuantas enfermedades aquejasen al decaído cuerpo de la Monarquía, eran más conocidas en París que no en Madrid y en España. Comprendió entre otras cosas Richelieu que el nombre de la nación no estaba sostenido en los campos de batalla, sino por algunos soldados heroicos, reliquias de su pasado. Y contando el número grande de los suyos paseaba á la par la codiciosa vista por las dilatadas provincias que en Europa obedecían nuestro cetro, mirándolas como presa fácil y deleitable despojo del que primero supiera acudir al botín que se ofrecía. No ignoraba tampoco que en los mismos reinos de la Península era fácil hacer presa, ó cuando menos hallar muchos auxiliares y amigos con nombre y título de independientes; porque si bien la lealtad española no permitía sospechar que con dinero vendiesen los soldados á gentes extrañas provincias y fortalezas, como tan frecuentemente se vió en otras naciones, y en especial en Francia, estando la obra de la unidad nacional tan en los principios, y teniéndose cada provincia por de distinto valer y origen, si no por enemiga de las demás, podía preveerse sin grande esfuerzo que estallasen al estímulo de los socorros de por fuera y de los apuros interiores, insurrecciones como aquellas que estallaron con efecto, dando de sí tan tristes muestras en Portugal y Cataluña. Y sin duda contaba también el sagaz extranjero con la imbecilidad de nuestra Corte, la lujuriosa indolencia del Rey y la vanidad inepta del Privado.
Mientras hubo asomos de guerra civil y hubo quien le disputase su poder en la misma Francia, Richelieu disimuló sus proyectos y aun llevó con paciencia los triunfos y la soberbia de sus contrarios, amenazándolos tal vez para contenerlos, pero evitando siempre formales empeños. Rematados los protestantes con la toma de la Rochela, separada la Reina madre, á quien tenía por enemiga, del lado del Rey, y frustradas las conspiraciones de los Príncipes y de los grandes vasallos disgustados con lo omnipotente de su influjo, volvió los ojos al propósito de poner en obra sus pensamientos. Antes refrenó aún la codicia despierta otra vez de los recaudadores y Gobernadores, inclinó á la carrera de las armas á la nobleza, separándola por fuerza de las intrigas, y estableció una disciplina severísima en el ejército; por manera que luego se vió que cuantos capitanes perdían una batalla ó una plaza, eran procesados y por lo común condenados á muerte. Al propio tiempo puso los ojos en la marina de guerra, y por primera vez armadas navales francesas se mostraron poderosas en los mares. Preparado ya todo, no aguardaba más que una ocasión oportuna para declararse, cuando la batalla de Nordlinghen vino á darle á entender que no era tiempo de más espera; porque si la causa protestante moría en Alemania, desembarazado el Emperador de tan temible enemigo, acudiría al extremo en ayuda de España, y esta desde luego con las triunfantes armas del Cardenal Infante, podría lograr gloriosos y terribles efectos en Holanda, con cuyo poder había él contado para conseguir más fácilmente sus intentos.