Pero la declaración formal de guerra que en 1636 hizo á Felipe IV Luis XIII, ó más bien el cardenal duque de Richelieu, que con grandísima habilidad regía allí las riendas del Gobierno, forma época en la Historia de España. Pusóse á toda prisa á imaginar un pretexto, y no tardó en hallarlo. Mantenía el Elector de Tréveris íntimos tratos con los enemigos del Imperio y de la España, señaladamente con los franceses, debajo de cuya protección había puesto su persona y Estados. No era de respetar ciertamente tal protección, ni eso era costumbre en los tiempos que corrían; y después de la victoria de Nordlinghen se resolvió su castigo. Encomendóse al conde de Emden que gobernaba por España el Luxemburgo, y saliendo de Lieja con tres mil soldados, entró por sorpresa en Tréveris, destrozó la gente francesa que guarnecía los muros, y trajo preso á Bruselas al Elector. Exigió Richelieu del Cardenal Infante, que lo pusiese en libertad al punto; como éste se negase á hacerlo mientras no recibiese órdenes de Madrid, envió un heraldo á Bruselas á que de parte de Francia le declarase la guerra. Y en seguida publicó un manifiesto enumerando largamente los propios agravios y callando los que había recibido España, que no eran pocos, como va ya mostrado en esta historia. Declaraba en él Luis XIII que movía sus armas porque la ambición de España pasaba ya á oprimir descubiertamente á los Príncipes aliados de su corona, y que después de todos los esfuerzos que había hecho para desmembrarla, no había encubierto el designio que tenía formado de atacarla á fuerza abierta, al mismo tiempo que el mal estado de sus cosas debiera disuadirla; añadía que España no había cesado del injusto deseo de usurpar los Estados de sus vecinos para establecer el Estado de la Monarquía universal á que aspiraba; alegaba en comprobación de esto la ocupación de la Valtelina, la guerra de Mantua y la prisión del Elector de Tréveris, y protestaba, en fin, que no obraba si no en virtud de la propia seguridad y defensa. Respondieron á este papel en sendos libros D. Francisco de Quevedo, el historiador Céspedes de Meneses y otros varios teólogos y juristas, mostrando las quejas que de nuestra parte había contra la Francia. Pero no era tanto ocasión de palabras como de obras y fué preciso aprestarse á la guerra.

Cómo se hallaba á la sazón nuestro poder lo demuestran las páginas antecedentes. No se había perdido nada de la herencia pingüe de Felipe II; antes algunos territorios y derechos no poco importantes, habían venido á hacer más ostentosa la apariencia de nuestro poderío. Pero los males interiores del Estado habían corrido y aumentádose rápidamente en los últimos años. Uno de ellos, sobre todo, fácil de prever y descuidado como los otros, vino á mostrarse ahora, comenzando á dar amargos frutos. Ya apenas había ejército que sustentase nuestro nombre. Devorados lentamente por tantas y tan imprudentes guerras, quedaban solamente algunos miles de valientes veteranos, pocos para luchar con la muchedumbre de nuestros enemigos. Las nuevas levas, mal dispuestas y peor ejecutadas, no podían llenar el vacío. Mas no era esto solo. Hasta entonces se había conservado en Madrid cierta veneración á los ejércitos, y había habido cierta severidad en repartir los mandos y empleos de la milicia. La antigua disciplina y escuela de los ejércitos de Felipe II se había conservado bastante bien durante el reinado de Felipe III, y aun cuando desde que el Conde-Duque entró á gobernar las cosas, se notaba síntomas de corrupción, no había llegado ésta á producir hasta entonces todas sus consecuencias. Ya no se daba el mando de los ejércitos al de más mérito, sino al más galán y al que más favor alcanzaba del Conde-Duque; repartíanse sin tasa empleos y dignidades. Con esto á un tiempo se destruía la autoridad del mando y de la obediencia, se quitaba el estímulo de los antiguos escuadrones, y se enflaquecía el poder de los nuevos. Así, aquel ejército formado en la escuela del Gran Capitán, amaestrado después por el duque de Alba y conservado por el de Fuentes de Val de Opero, había perdido su organización robusta y mucha parte de sus tradiciones. Sólo en Flandes podía decirse que hubiera ejército digno de España, aunque escasísimo en fuerzas.

Continuaba al propio tiempo la penuria y la confusión en la moneda del reinado anterior; por tal manera, que desde los primeros apuros de la guerra se tomaron nuevas disposiciones sobre ella contrarias, precipitadas y ruinosas. En 1636 se acordó que todo el vellón resellado se recogiese otra vez, para que, vuelto á resellar, se triplicase su valor, sin reparar en que poco antes se había bajado el de toda esta moneda; alteróse el premio del cambio de la moneda de vellón por el de oro y plata, imponiendo nada menos que pena de muerte á los que llevasen más del señalado, y se prohibió la entrada del cobre en bruto en la Península. Increíbles alteraciones y trastornos dictados por la ignorancia y la codicia que causaron sin ventaja alguna del Tesoro, horrendos males en la nación. Negábase todo el mundo á comprar y vender, no sabiendo, en suma, el precio de las cosas, pues todo dependía de tales alteraciones; interrumpíanse las transacciones sobre los objetos de primera necesidad, que eran ya casi las únicas que se conocían; pasaban días y días sin que á los pueblos viniese pan ó vino ó legumbres, padeciéndose hambres y trabajos sin cuenta. Y en medio de esto, aparecían triunfantes los usureros genoveses y franceses, negociando con los ministros, y exprimiendo á los pueblos españoles, para volverse cargados de oro á los suyos. Seguían á la par las rentas empeñadas, y más cada día escasas para atender á las cargas públicas. Las Cortes de Castilla, ó tímidas ó sobornadas, concedieron para los primeros preparativos de la guerra un servicio de nueve millones de ducados en plata por tres años. No tardó el Rey en pedir más, y se le dieron arbitrios para pagar y mantener ocho mil soldados, lo cual se fué prorrogando de año en año para siempre. Impúsose también un tanto por ciento, que se llamó de extensión de las alcabalas: impuesto este ya tan oneroso, que pesando sobre las compras y ventas, y habiéndose ido lentamente acrecentando, traía aniquilado sin necesidad de otro arrimo el comercio é industria. Establecióse por pragmática el papel sellado en los tribunales seculares del reino, y cargáronse otros arbitrios sobre las reliquias de la agricultura y comercio. Por último, se acudió al medio de vender propiedades y establecimientos en Italia, recurso que, bien empleado, podía ser de mucho provecho por las ricas heredades que en todas partes tenía la corona. No había naves, ni armas, ni soldados que oponer al gran poderío de la Francia, y eso podía justificar tamaños esfuerzos y gravámenes; pero bien se vió que no eran tales objetos los principales del Rey y de su favorito.

Por los mismos días en que se supo la declaración de guerra de la Francia, celebráronse en Madrid los grandes festejos, que eran ordinarios y en los cuales se gastaban sumas inmensas, siendo la ocasión ahora el nacimiento de una Infanta. Y debieron reputarse por cortos y por grande el fundamento, mirando los que se hicieron dos años después, por haber sido elegido Rey de romanos Fernando, que lo era ya de Hungría y de Bohemia, cuñado del nuestro. En celebrar tal acontecimiento y que tan poco nos importaba, se gastaron nada menos que doce millones, cantidad increíble á no estar bien atestiguado; duraron las fiestas cuarenta y dos días; hubo toros, cañas, parejas, danzas, máscaras, farsas, mogigangas y cuanto pueden inventar la satisfacción y el contento. Por remate, se representó en la plaza pública una comedia titulada Don Quijote de la Mancha, que, como advierte cierto historiador, no pudo ser en la ocasión más oportuna. No eran, sin embargo, indispensables los pretextos para tales fiestas; sin ellos corríanse toros cada día, y había frecuentes justas y cañas. Refiérese que en una de tales ocasiones se prendió fuego en la Plaza Mayor de Madrid, ardiendo en gran parte, y como á pesar de eso hubiera en el mismo lugar nuevas fiestas á los pocos días, se vió en medio de ellas que de cierta casa de las quemadas salían aún torbellinos de humo. Alborotóse el concurso, fué mucha la confusión, no pocos los heridos y estropeados, mas el Rey ni aun se movió de su asiento. Hecho harto loado de animoso por los aduladores viles de la época; que si lo era, bien pudo emplearse en mejor ocasión é intento.

Á veces en lugar de toros y danzas había procesiones ostentosas, donde el clero lucía sus inmensas riquezas. Ni dejaban de alternar con tales regocijos los autos de fe y las fundaciones de monasterios. Asistió el Rey con toda la Corte y gran séquito y fiesta al auto de fe que con desusada pompa se celebró, corriendo el año de 1632 en la Plaza Mayor de Madrid, donde fueron condenados á sentencia capital siete judíos y salieron otros veintiséis penitenciados, por haberse descubierto que tenían conciliábulos, donde secretamente practicaban sus devociones y mofaban y escarnecían las imágenes; y no contento el celo del Rey con tal demostración, fundó además un convento en el propio lugar donde los judíos cometían sus profanaciones.

Pero las comedias eran lo que más ocupaba la atención de la Corte y del pueblo. El amor á este género de espectáculos y al arte de componerlas habían progresado en pocos años extraordinariamente, llegando de amenazadas ó toleradas en tiempo de Felipe III, á ser ahora el encanto y la ocupación de todo el mundo. La sed de placeres de Felipe IV y del Conde-Duque dieron poderoso impulso á esta pasión de las comedias. Representábanse ya donde quiera, hasta en los conventos más observantes. Las representaban las principales damas de la Corte; componíanlas muchos señores principales, y aun el mismo Rey las hacía, al decir de las gentes, ocupación no tan loable como en los demás en personas que tales y tan altos deberes tienen que cumplir en el mundo. No bastando los corrales de la Cruz y del Príncipe, donde con poco aliño y arte, pero con harto ingenio, se representaban comedias para entretener los ocios de la muchedumbre y contentar su afición, levantábanse frecuentemente tablados en las calles y plazas para representar, principalmente autos sacramentales, los cuales eran acompañados con luces de cirios en medio del día y todo el aparato de las funciones religiosas. El Rey acaso asistía á las comedias de incógnito alguna vez en los mismos corrales públicos; pero por lo común en las salas de sus palacios: á imitación suya hubo Grandes y señores que labraron en su casa teatro propio. Quien quisiere hallar á los caballeros de la Corte habíalos de buscar en tal espectáculo, ó cuando no en los aposentos de los cómicos y bailarinas, y en amistad y compañía con ellos, dando el Rey en tal desorden ejemplo y pauta, pues corriendo el año de 1629 dió á luz un hijo suyo, que luego se llamó D. Juan de Austria, una de las cómicas más aplaudidas, por nombre María Calderón. Amores públicos y afrentosos para el trono, de los cuales sólo la Calderona pareció avergonzada, puesto que fué á acabar su vida en un convento.

De entre cómicos y cómicas no salían el Rey ni el favorito, sino para entregarse á nuevos placeres en los jardines y estanques del Retiro, llenos siempre de luminarias y máquinas costosísimas, ó para atentar en lo obscuro de la noche á la honra de mujeres huérfanas quizás de los soldados de Flandes, ó para manchar con escandalosas aventuras los regios aposentos, cuando no lugares más sagrados. Acaso castigó Dios como merecían las liviandades de Felipe con un misterioso y sangriento suceso, que aunque no bien averiguado ni conocido, puso su propia honra en lenguas del vulgo. Hecha la Corte un mar de galanteos, fué esmero y porfía de los caballeros mostrar que eran altas y hermosas damas las que servían. Uno de ellos, el conde de Villamediana, hombre agudo, lenguaraz y atrevido, osó llevar por divisa en una de las fiestas de la Plaza Mayor cierto número de reales de plata con estas letras: son mis amores. Escandalizó la sospecha, pero más aún, el hecho de que mientras los demás caballeros mozos obsequiaban á las damas de la Corte, el de Villamediana sólo ofreciese sus homenajes á la reina Isabel de Borbón. Comenzó á rugir la murmuración; oyóla ó sospechóla el Rey, y dió alguna muestra de manifiesta ira: poco después unos enmascarados asesinaron al conde de Villamediana en su propio coche. Creció con esto la murmuración hasta producir deshonra, si justa ó injusta no se sabe. El hecho es que por primera vez sintió tal mengua la corona de los Reyes Católicos.

Con tales y tan varios sucesos, con tanta confusión y escándalo, distraídos los ánimos de los cortesanos y del pueblo, se oyeron en Madrid sin pena ni alarma las nuevas de Richelieu, el cual, juntando con el pensamiento la ejecución, enviaba un ejército numeroso á unirse con el del príncipe de Orange para acabar de quitarnos los Países Bajos, mientras otro con igual objeto caminaba ya hacia Italia. El Conde-Duque, que era quien más atención debió poner en ello, había dado en mirar en Richelieu un rival suyo y émulo de sus talentos, como si entre aquel hombre perverso, pero grande, y él, cupiese comparación alguna; acaso no imaginaba que Francia fuese rival verdadera y cuasi forzosa de España. La idea de Felipe II de aniquilar ó de avasallar á aquella nación, no era más que la expresión de nuestra primera necesidad política; porque era evidente que el poderío de España no podía existir sin el abatimiento de Francia, lo mismo que la supremacía de Francia á costa de España tenía que levantarse en Europa. Pero el Conde-Duque, incapaz de comprender en toda su extensión aquel pensamiento, miraba como enemiga á la Francia por costumbre solo, y la guerra que iba á emprenderse como otra cualquiera guerra. Esperábala hacía tiempo, y tanto, que tres años antes había enviado emisarios á la frontera del Pirineo para que viesen el estado en que se hallaban las plazas del enemigo y reconociesen todos los pasos; mas no esperó nunca que aquello fuese un combate particular, un duelo á muerte, del cual hubiese que salir triunfante ó completamente rendido. Ni vió el Rey lo que no vió su favorito, ni las historias recuerdan alguno que en aquella Corte estragada supiese toda la importancia del nuevo acontecimiento. Así continuaron sin tregua los placeres mezclados con sangrientos dramas; porque cada día un celoso mataba un galán, y caballeros enamorados malgastaban en desafíos y empresas pueriles la sangre que tanta falta iba á hacer en las fronteras.

En tanto el primer ejército francés (1635) á las órdenes de los mariscales de Brezé y de Chatillon, compuesto de más de veinticinco mil hombres, caminaba la vuelta de Flandes. Envió á su encuentro el Cardenal Infante, al príncipe Tomás de Saboya, que servía de tiempo antes en el ejército de España, con diez mil infantes y dos mil caballos, á fin de cerrarle el paso impidiéndole que se juntase con los holandeses. Marchaban divididos los franceses en dos trozos, y el príncipe Tomás imaginó atacarlos por separado, primero al uno y luego al otro, y de igual á igual deshacerlos. Engañóse en sus medidas, y halló sobre sí á todo el ejército contrario en Avein, junto á Lieja. No era posible retroceder, y se comenzó la batalla. Mostróse al principio favorable á los nuestros, á pesar de que no llegaban á ser la mitad en número que los contrarios, por el certero fuego de nuestra Artillería. Con esto se prolongó la lucha largas horas á costa de mucha sangre de ambas partes, porque los nuestros, con la ventaja ganada, no querían ceder, ni menos los enemigos, que se miraban tan superiores en número. Al fin, envueltos los nuestros por todas partes y rendidos de tan desigual pelea, huyó primero la Caballería, y luego la Infantería mercenaria, ó de naciones, se puso en fuga. Quedaron en el campo dos tercios viejos, uno de españoles, otro de italianos, los cuales, aunque desamparados y peleando uno contra ciento, todavía sostuvieron por mucho tiempo el empuje de todo el ejército enemigo hasta que cayó el último de los soldados. Así fueron abatidas allí nuestras banderas, pero no humilladas. Dejamos en el campo tres mil muertos, mil y ochocientos prisioneros y todo el bagaje de artillería.

Las ventajas de un triunfo que tan poca gloria dejaba á los vencedores, no fueron tampoco muy grandes. Juntóse á la verdad el ejército francés con el del príncipe de Orange, como pretendía, y unos y otros, reunidos, embistieron á Tirlemont y la tomaron por asalto, cometiendo inauditos excesos, á pesar de la esforzada conducta de su Gobernador D. Francisco de Vargas. De allí se dirigieron á Diest y Archost, plazas poco importantes, y las tomaron; con que llenos de presunción osaron amenazar á Bruselas. No tardaron en conocer la imposible ejecución de aquel intento, y encaminándose á Lovaina, la pusieron cerco. Pero el Cardenal Infante maniobró de tal suerte, que sin exponerse á los trances de una batalla desigual, logró que levantasen los contrarios aquel cerco á los diez días de haber abierto las trincheras, y sin que su ejército padeciese daño. Introdujo socorros en la plaza, á punto que hizo la expugnación imposible; cortó los víveres y las comunicaciones á los enemigos, que comenzaron á tenerse más por sitiados que por sitiadores, y viniendo en seguida sobre ellos las disensiones naturales en tales casos, y las enfermedades que engendran las privaciones, al fin tuvieron que separarse, quedando sólo en Flandes el mariscal de Brezé con ocho mil soldados, porque los demás se volvieron á Francia. No se limitaron los españoles á guardar sus plazas y deshacer sin combatir á los enemigos, sino que llevaron á cabo una dichosa empresa. El fuerte de Schenck, situado en la isla de Batavia que vienen á formar dos brazos del Rhin, estaba á la sazón muy bien fortalecido, puesto que era uno de los importantes que tenían los holandeses; pero no tan bien guardado, porque mucha gente de la guarnición había salido á reforzar los ejércitos. Apercibidos del caso los españoles que guarnecían á Güeldres, determinaron tomarlo de improviso, y saliendo en número de quinientos hombres escogidos, donde iban no pocos soldados flamencos, debajo del mando de Jorge Esrholtz, capitán de esta nación, se abalanzaron á los muros, y al tercer asalto, muerto el Gobernador, se enseñorearon de ello, degollando la gente que los defendía. Sintieron profundamente esta pérdida los contrarios, y con ella, desconcertados del todo sus ejércitos, tomaron cuarteles de invierno muy disgustados, y achacándose mutuamente los capitanes el mal éxito de aquella campaña comenzada con fuerzas tan superiores y con tan favorables auspicios como la batalla de Avein. Alababan todos al propio tiempo de acertada la conducta del Cardenal Infante.