Al año siguiente (1636) fué todavía menos favorable la campaña á los enemigos por aquella parte. Ocupáronla los holandeses con el sitio de la fortaleza de Schenck, que así como fácilmente se les ganó, ahora, bien guarnecida de los nuestros, no hallaban medio de recobrarla. No había que temer de ellos por algún tiempo, según era su empeño, y según eran las fuerzas de la plaza, que intentaran alguna otra empresa. Y dando por bien empleada la pérdida de Schenck, que al fin se rindió á los nueve meses de sitio, reunió en tanto el Cardenal Infante todas sus fuerzas con las que el Emperador envió en su ayuda, y juntando un poderoso ejército imaginó invadir á Francia. Componíase éste hasta de treinta mil hombres de buenas tropas españolas, lorenesas y alemanas al mando de Octavio Piccolomini de Aragón, general italiano, natural de Siena, y de los que con más gloria habían mandado las tropas imperiales contra los suecos; de Juan de Werth, de Carlos, duque de Lorena, Príncipe feudatario de Francia, más que seguía alianza contra ella con España y el Imperio, capitán de mucha sagacidad y esfuerzo, y del príncipe Tomás de Saboya. Eran el ejército y los caudillos casi los mismos que vencieron en Nordlighen y podían esperarse ahora de ellos no menores efectos. Entraron nuestras banderas impetuosamente en la provincia de Picardía, y se enseñorearon de la Chapêlle en seis días, y poco después del Chatelet que aún se sostuvo menos; á la par que numerosas partidas de Caballería, mandadas por capitanes intrépidos se extendían por toda la Picardía y la Champagne, llevando por donde quiera el miedo y estrago. En vano el conde de Soisons, que mandaba el ejército francés presurosamente reunido, se opuso á la marcha triunfante de los nuestros. No se atrevió á pelear á campo raso por sentirse inferior en fuerzas, y siempre cejando delante de los españoles, los vió pasar tranquilamente el Soma, y extenderse por la llanura que separa las aguas de este río de las del Oise; Vervins, Noyon y Roye se rindieron en seguida con poca defensa, y nuestros Generales llegaron sin más obstáculo delante de Corbie. Defendiéronse los sitiados durante trece días; pero al fin, faltos de socorro de por fuera, hubieron de rendirse á partido. Hubo entonces un gran Consejo en nuestro campo para deliberar si convendría ó no caer sobre París. No había almenas de por medio, ni ejércitos que lo estorbasen, y no faltó quien se inclinase á ello; pero prevaleció el parecer contrario, y dejando fortificada y guarnecida la plaza, aunque no bien abastecida, se ordenó la retirada.
Hubo y ha habido después sobre tal determinación diversos conceptos. Ello es que París estaba lleno de espanto; salíanse á millares los habitantes de su recinto, y los que permanecían en él, ocultaban cuidadosamente sus riquezas como si viesen ya en las puertas al ejército vencedor. El Rey y el cardenal Richelieu dejaron también la capital, decretando levas de gente muy grandes; creyóse que la perdición de Francia era llegada, y la privanza de Richelieu estuvo para hundirse, porque todos le miraban como causa de guerra hasta entonces tan desdichada. Ni pudo desvanecer el pánico el ejército nuevamente levantado; porque si bien llegaba á cincuenta mil hombres, como se componía de artesanos de París y de gente allegadiza é inexperta en el ejercicio de las armas, no podía medirse en campo con nuestros aguerridos tercios y escuadrones. Mirando y considerando tales circunstancias, parece desacertadísima la retirada que resolvieron nuestros Generales. Si desde Corbie hubieran marchado rápidamente á París apoderándose de aquella capital que no podía defenderse, Richelieu habría caído indudablemente, y Luis XIII, ni muy firme ni muy belicoso, se habría prestado de buena voluntad á ajustar las paces. Ni otra cosa convenía en aquella ocasión á la Corte de España. Asustar á la Francia con tal alarde de fuerza, conservar con él la fama de invencibles de nuestras armas, y el prestigio de nuestro nombre, todavía muy grande en los que no conocían nuestras flaquezas, obteniendo al propio tiempo la paz, era un pensamiento militar y político tan alto, que podía justificar sobradamente lo que hubiese en la expedición de arriesgado. Y más que sin esto era de prever que ni los triunfos pasados ni el terror infundido en los contrarios hubiesen de producir fruto alguno. Así sucedió desdichadamente. No bien repasaron los nuestros el Soma, sitiaron los enemigos á Corbie, y hallándola ya sin víveres ni municiones de guerra, tuvo su Gobernador que capitular al mes de bloqueo. Rindióse luego Roye, y poco á poco fuimos perdiendo todo lo conquistado. Sin embargo, si no sacamos todas las ventajas que se pudieran de aquella campaña, todavía debió de considerarse como favorable, puesto que con tanta reputación la habíamos sostenido en el territorio enemigo.
Habían en tanto los franceses invadido el Franco-Condado. Estaba aquella provincia asegurada por tratados particulares de neutralidad, ajustados entre España y Francia en tiempo de Felipe III; pero como fortificasen los naturales algunos puestos, y tomasen algunas otras precauciones legítimas é indispensables al comenzar tan empeñada guerra, diéronse los franceses por libres de los pactos, y entrando en el país con ejército de veinte mil hombres al mando del príncipe de Condé, pusieron sitio á Dole, que era la principal de sus plazas. Mostraron los habitantes tanta lealtad y amor á España, que aún hoy se conmueve el corazón al recordar los sacrificios, inútiles al fin, que hicieron por nuestra causa. El Arzobispo de aquella ciudad, bien que agobiado de los años, y el Parlamento acudieron á la defensa y lograron meter en la plaza abundantes provisiones, y hasta cinco mil paisanos que al punto adiestraron en las armas los pocos oficiales españoles que allí había. No quedó medio bárbaro de hostilidad que no empleasen los franceses para rendir la lealtad de los de Dole; mas todo fué en vano por entonces. Lanzaron multitud de bombas, y con ellas destruyeron la mayor parte de los edificios, y además quemaron los campos y las poblaciones cercanas. Pero perdieron más de tres mil hombres sin lograr aún aportillar la plaza, y al cabo fuéles forzoso levantar el sitio cuando ya un trozo de gente, enviado por el Cardenal Infante á socorrerla, estaba á punto de lograr su intento. No fué más afortunado en el Rhin el ejército francés destinado á atacar al Emperador, puesto que en las dos primeras campañas no logró ventaja notable; antes padeció notablemente descalabros.
Mas Richelieu no era hombre á quien desanimasen los reveses. Formó al abrirse la campaña de 1637 cuatro ejércitos, y con ellos embistió de nuevo á un tiempo la Alsacia y el Luxemburgo, el Franco-Condado y las plazas del lado de Picardía. Y á la par el príncipe de Orange, que gobernaba á los holandeses, tomado ya Schenck, se puso más poderoso que nunca en campaña. Eran las fuerzas del Cardenal Infante inferiorísimas á las de los contrarios, de suerte que no podía sostener el campo, y los imperiales que principalmente defendían la Alsacia, no estaban para prestarle muy grande ayuda. Pidió con instancia á Madrid soldados y dineros, y no pudo obtener unos ni otros, porque á la sazón ocupados el Rey y el favorito en las grandes fiestas y mojigangas con que se celebró, como arriba dijimos, la coronación del Rey de Hungría, no estaban para pensar en armamentos ni en socorros; demás que los doce millones que se habían gastado en ellas, eran el dinero que había. Falto así de todo D. Fernando á todo suplió su esfuerzo, que sólo en él se mostraba entonces digno de su raza, y mantuvo en tres campañas designadísimas el honor de España.
Sitió el príncipe de Orange á Breda, y el cardenal la Valette se puso delante de Landreci; y como el Infante no pudiese intentar el socorro á campo raso por falta de fuerzas, una y otra plaza se rindieron, al cabo de dos meses de sitio la primera, y quince días la segunda de trinchera abierta. Dolorosas pérdidas, en especial la de Breda, cuya conquista había costado millares de vidas y tesoros inmensos pocos años antes. No se estuvo quedo, sin embargo, el valeroso Infante, y mientras los enemigos expugnaban aquellas plazas, rindió por su parte á Roremunda y Venlóo. Hubo también algunos combates parciales honrosísimos para los españoles. D. Alvaro de Viveros, que mandaba trescientos artilleros, fué sorprendido por mil cuatrocientos franceses, que gobernaba el coronel Gassion, y peleó con ellos hasta que apenas le quedó hombre á vida, causando entre los enemigos enorme estrago. Tributó el cardenal la Valette á D. Alvaro de Viveros honrosas demostraciones cuando se lo llevaron prisionero. Peleó con no menor esfuerzo D. Juan de Viveros, que fué al socorro de la Chapelle, sitiada también por la Valette; mas no pudo lograr su intento, y aunque él se retiró sin pérdida, rindióse la plaza. Conquistó el mismo la Valette á Mobeuge y Barlemont; mas una y otra plaza fueron recobradas por el Cardenal Infante, que ganó también el castillo de Emeric.
Pero al propio tiempo el ejército francés, que al mando del mariscal de Chatillon había entrado en el Luxemburgo, hacía grandes progresos. En pocos días ganó á Villaine, Dinant, Murnaux, Lupi y Ham. Puso luego sitio á Ivoy, rindiéndola con no menor fortuna, y de allí se fué á sitiar á Danvilliers, que se defendió valientemente por más de dos meses. Acudieron al socorro de esta plaza los españoles que estaban de guarnición en Arlon y Montmedi, y asaltando de noche el cuartel de artillería de los sitiadores, donde estaba el conde de Polie, pasaron á cuchillo á la mayor parte de los soldados, llevándose á los capitanes prisioneros. Pero con todo continuó el asedio y tuvo que rendirse la plaza. Pequeña recompensa fué de tanta pérdida el que los nuestros recobrasen por sorpresa á Ivoy, degollando casi toda la guarnición francesa que allí había. Era preciso acudir al socorro de esta provincia, sin dejar por eso el propósito de la Valette, y contener al propio tiempo los progresos del príncipe de Orange, que después de tomada Breda, viéndose sin enemigos, recorría libremente la campaña y amenazaba las plazas de Flandes. En tan crítica situación no desmintió el infante D. Fernando su fama. Marchó contra el de Orange, y lo halló retrincherado con sus holandeses entre los diques de Callao y de Woerbroec en el Waes. No era su ejército mayor que el de los enemigos: acometiólos, sin embargo, detrás de los reparos, peleó con ellos dos días con tanto esfuerzo que, al fin, los rompió, matando mil doscientos hombres y tomando dos mil quinientos prisioneros con cincuenta y tres banderas, veintiocho cañones y ochenta y un barcos que tenían. Libre ya de tal enemigo, dividió su corto ejército en dos trozos, y mientras con el uno conquistaba la plaza de Kerpen sobre los holandeses y hacía frente á la Valette, envió el otro al mando de Piccolomini á reforzar al príncipe Tomás que gobernaba las armas en el Luxemburgo.
Sitiaba el mariscal de Chatillon, envanecido con sus anteriores triunfos, la importante plaza de Saint Omer, escasamente guarnecida, y los nuestros no habían podido hasta entonces socorrerla; mas con la llegada de Piccolomini, el príncipe Tomás se resolvió á la empresa á toda costa. Ejecutóla metiendo en la plaza dos mil soldados, y deshaciendo en campo algunos regimientos franceses que quisieron impedirlo. Y no contentos con esto, embistieron Piccolomini y el de Saboya al grueso del ejército francés en sus mismas trincheras, tomaron tres reductos de los que ceñían la plaza; introdujeron en ella más socorros, y en cuatro días de sitio formal rindieron á la vista de los enemigos el fuerte de Bac, muy bien fortalecido y guarnecido. No osaron éstos venir á formal batalla, y levantaron el cerco con gran mengua y daño. Perdióse en tanto la plaza de Chatelet, la última que nos quedaba de la invasión del Cardenal Infante en Picardía; pero no era esta pérdida tal que pudiese aguar el regocijo de la anterior victoria. También levantaron los nuestros el sitio de Chateau-Cambresis al aproximarse con muy superiores fuerzas el enemigo.
Mostróse aún más próspera la fortuna al comenzar la siguiente campaña, que fué la de 1639. Recibió Piccolomini estrechas órdenes del Infante para que volviese á juntarse con él, una vez logrado el socorro de Saint Omer. Marchaba éste á ejecutarlo, cuando supo que el mariscal de Feuquières sitiaba á Thionville, donde no había ni víveres, ni municiones, ni soldados, ni siquiera gobernador que diese alguna orden para la defensa. Con esto Piccolomini detuvo su marcha resuelto á dejar libre y abastecida la plaza. Para estorbárselo salieron á él los franceses en buen número, y le pusieron una celada; mas supo evitarla, y cayendo sobre ellos cuando creían tenerle cogido en sus redes, les mató tres mil hombres y puso en fuga á los demás que se le opusieron. Llegó entonces sin obstáculo delante de las líneas de los franceses, y hallólas ya bastante fortificadas, pero no por eso cejó en su empeño. Lanzóse sobre una de las estancias, y la forzó fácilmente; con que pudo entrar en la ciudad, y animado con tal triunfo, tornó á salir luego y acometió de un golpe todas las que ocupaban los enemigos. No pudieron los franceses resistir en ninguna de ellas el valor de los nuestros, y á la primera acometida, abandonando cobardemente bagajes, artillería y municiones, se pusieron en fuga, dejando once mil hombres muertos ó prisioneros en el campo. De estos fué el mismo Feuquières, que á poco murió de las heridas que recibió en la batalla.
Sitió en seguida Piccolomini á Mouzon creyendo ganarla al paso; pero tuvo que levantar el cerco, porque se aproximaba el mariscal de Chatillon al socorro, y porque el Cardenal Infante le instaba más cada día para que volviese á incorporarse con él. Y era que como los enemigos se mostraban tan superiores en número, no había medio de hacerles frente en todas partes. La importante plaza de Hesdin había sido sitiada por el Rey de Francia en persona con un poderoso ejército, mientras que los españoles vencían en el Luxemburgo á los franceses. No pudo socorrerla el Cardenal Infante con las escasísimas fuerzas que le quedaron, y cuando volvió Piccolomini ya era tarde. Abierta la plaza por todas partes y sin esperanzas de socorro, rindióse al segundo asalto. Allí dió el Rey de Francia el bastón de mariscal á la Meilleraie, que había dirigido el sitio, y lo dejó de comandante de su ejército, el cual se dividió en dos trozos. Logró con el uno la Meilleraie cierta ventaja contra un trozo de los nuestros, gobernado del conde de La Fontaine, flamenco, y General de la Artillería, en el combate de San Nicolás, y poco después en San Venant deshizo otro trozo de walones á servicio de España. Entre tanto el mariscal de Chatillon con el resto de los franceses volvió á tomar á Ivoy y arrasó sus fortificaciones. Pero en cambio, los españoles hicieron levantar á los franceses los sitios de Charlemont y Marienburg, destrozaron completamente su Caballería, y era de todos modos vergonzoso lo poco que habían hecho con ejércitos tan poderosos, y teniendo al frente un enemigo tan inferior en número. Mandó Richelieu que á toda costa se tomase á Arrás, capital del Artois. Reuniéronse para la empresa las reliquias de tres ejércitos enemigos y se comenzó el sitio, extendiéndolo en diez leguas al contorno. Importaba tanto la plaza, que el Cardenal Infante, juntas también todas sus fuerzas y las del duque de Lorena, marchó al punto al socorro. Sorprendió Lamboy, caballero liejés que mandaba nuestra Caballería, varios convoyes, y hostigó de diversos modos á los sitiadores, pero sin lograr sorprender sus líneas. Dióse luego en ellas un combate en que disputándose la vanguardia españoles é italianos, hubo alguna confusión y desconcierto de nuestra parte; con todo, al decir de los franceses, hicieron prodigios de valor los nuestros, ganaron dos medias lunas é hicieron gran mortandad en los contrarios; pero estaban muy bien fortalecidas y defendidas por mayor número de tropas, de suerte que no fué posible forzarlas todas. El duque de Lorena, que también se había apoderado de uno de los cuarteles del enemigo, tuvo igualmente que abandonarlo. Intentóse otra vez el socorro, pero no hubo lugar de ejecutarlo, porque los burgueses, sin noticia de la guarnición, abrieron las puertas, cogiéndola al descuido. Fueron allí generosos los franceses; admirados de la valerosa defensa, concedieron á la guarnición, que la alevosía de los vecinos había puesto en su mano, todos los honores de la guerra.
Entretanto el príncipe de Orange había atacado á Flandes por diversas partes, pero sin éxito alguno. Sitió los fuertes de San Donato y San Job, y fué rechazado; quiso pasar el canal de Brujas, y no acertó á conseguirlo. Entonces se embarcó y fué á caer sobre los fuertes de Nassau y de Hulst; tomó el primero, pero del segundo le obligó á alzar el cerco el Cardenal Infante, que volvía del malogrado socorro de Arras, y en seguida tuvo que arrasar el otro por no poder sostenerlo. Otra empresa intentó el holandés por Güeldres; desembarcó y se acercó á la ciudad con ánimo de tomarla por sorpresa; pero saliendo de ella el Gobernador, que era el Maestre de campo Pedro de la Costa, le degolló seiscientos hombres y cogió cuatro piezas de artillería, haciéndole retirar vergonzosamente. Con esto terminó aquella campaña en Flandes, no ventajosa para nuestras armas porque no podía serlo, dada la inferioridad de fuerzas y de recursos, y, sin embargo, muy memorable.