Pero entretenidos allí nuestros escasos ejércitos, no pudieron acudir á la defensa del Franco-Condado. Odiaba más el francés á aquella provincia que á otra alguna, por su lealtad á España. Entró el duque de Longueville en ella con un ejército formidable; destrozó en Rotalier algunas compañías españolas y los tercios que formaron apresuradamente los naturales, mandadas las primeras por un cierto Gómez, y las segundas por el barón de Wateville, y en seguida rindió fácilmente el flaco castillo de Saint Amour y quemó otros varios. Acometió luego á Lonsle-Sauliner y la tomó, y en aquel año, que fué el de 1637, y el siguiente, asoló los campos y las ciudades abiertas con tanta crueldad, que redujo á la miseria á todos los habitantes. Ayudóle el duque de Weimar, que entró por tierra llana con otro ejército, y ambos recorrieron el país como bandidos, sin acometer las plazas fuertes donde se habían recogido los pocos españoles y soldados que allí había, empleándose solamente en el saqueo y en el exterminio. Las historias no hablan de invasión tan bárbara como ésta, si no es remontándose al siglo v; todavía queda memoria de ella en aquel país, aunque sujeto tanto tiempo hace al dominio francés. Continuáronse en 1639 y 1640 tales campañas, tomando en ellas algunos fuertes y las plazas poco importantes de Noseroy, Chatelvilain y Saint Cloud. Quedaron sólo por nosotros las principales fortalezas, que eran Besanzon, Gray, Dola y Salins, donde no se atrevieron á llegar los franceses. Y los naturales, entregados á la saña de los enemigos, suplicaron reverentemente al rey Felipe, por medio de su diputado en Madrid, que ó les enviase un ejército para su defensa ó los desamparase del todo, cediendo su señorío á otra potencia.

En Italia no corría menos varia la fortuna. El duque de Saboya se declaró desde el principio por Francia, y él y el de Parma ajustaron en 1636 un tratado con aquella potencia, que se firmó en Rivoli, para despojar á los españoles del Milanesado. Los españoles en tanto pusieron de su parte al duque de Módena, y de uno y otro bando se comenzaron al punto las hostilidades. Era á la sazón gobernador del Milanesado Don Diego Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, conocido por el valor con que peleó en la jornada de Nordlinghen. De parte de Francia vinieron los Mariscales de Crequi y de Toiras con diez mil hombres á Italia, y juntas sus fuerzas con las de los Duques, expugnaron fácilmente á Villata y Candia, y sitiaron á Valencia del Pó. Defendióla heroicamente D. Martín Galiano, que gobernaba á los españoles, y al cabo de seis semanas tuvieron que levantar el campo muy disminuídos.

Amenazó en el ínterin Leganés los Estados del duque de Parma; hubo un combate dudoso entre un Cuerpo de tropas españolas y modenesas, y otro de franceses y parmesanos, en el cual unos y otros salieron con descalabro, é irritado con esto el General español, se determinó á hacer mayor esfuerzo todavía para castigar á aquel Príncipe. Pero entretanto el duque de Rohan, encargado de conquistar la Valtelina, entró allá con un ejército formado de franceses, suizos y grisones, y se apoderó en poco tiempo de todo el valle y los condados de Bormio y de Chiavenas. Acudieron al socorro los imperiales por la parte del Tirol, y en el combate de Matz los rechazó con alguna pérdida, y encontrándose luego con las tropas que al propio intento traía de Milán el conde Juan Cerbellón, soldado milanés de mucha cuenta, las destrozó por dos veces en Morbeigne y á orillas del lago de Como. Entonces el de Rohan adelantó sus intentos á incorporarse con los confederados que acababan de levantar el sitio de Valencia. Impidióle la ejecución el de Leganés, poniéndose entre ambos trozos de enemigos con su ejército. El duque de Rohan, privado de víveres y acosado por todas partes, hubo al fin de recogerse de nuevo á los desfiladeros de la Valtelina, y libre ya de este estorbo el de Leganés, puso toda su atención en el ejército de la liga italiana, que amenazaba aún el Milanesado. Habían estallado entre ellos las ordinarias diferencias que suelen entre Príncipes y capitanes de distintas naciones y de opuestos intereses, por manera que los españoles tuvieron tiempo de sobra para llegar antes de que hubiesen logrado efecto notable. Tomaron los aliados ambas orillas del Tessino, caminando los franceses por la una, y por la otra los saboyanos, con el objeto de caer unidos sobre Milán. Apoderáronse del fuerte de Fontanelle, aunque con muerte del mariscal de Toiras, uno de los mejores capitanes franceses, y rompieron los acueductos que surtian á aquella ciudad, con que hubo en ella algún espanto. Mas viéndolos separados por el río, imaginó el de Leganés acometerlos por separado y destruirlos, y juntando con la idea la obra, fué con D. Martín de Aragón, Capitán general de la Caballería, hijo natural del conde de Luna, á acometer á los franceses. Recibiéronle éstos con firmeza en los campos vecinos de Buffarola, confiados en que el duque de Saboya vendría en su ayuda, y que entre unos y otros oprimirían á los nuestros con la superioridad del número. Así fué que unos esperando refuerzos, y otros temiendo que les llegasen, pelearon con increíble obstinación durante diez y ocho horas seguidas, sin que la noche separase á los combatientes.

Pero á este punto el valor español iba en aumento y el francés estaba ya enflaquecido, de suerte que parecía nuestra la victoria. Hubiéralo sido, sin duda, á no ser porque, con la duración de la batalla, tuvo tiempo el duque de Saboya para echar un puente sobre el Tessino y venir sobre los españoles. Entonces fué forzosa la retirada; mas la ejecutaron los nuestros en tan buena ordenanza, que no dejaron en poder del enemigo ni artillería, ni prisioneros, ni éste se atrevió á moverse de sus puestos. De esta batalla, que se llamó del Tessino, se tuvieron ambas partes por victoriosas, mas la gloria quedó por los de España, que hicieron tal riza en los franceses que, pocos días después de la batalla, sin intentar empresa alguna se volvieron al Piamonte. Con esto hubo más quejas y más recriminaciones que nunca entre los aliados, y las cosas se pusieron enteramente de nuestra parte.

En el invierno de 1637 se acuartelaron los españoles en el Placentino á costa del duque de Parma, y este Príncipe, viéndose tan próximo á perder sus Estados, se apresuró á pedir la paz, que no obtuvo de Leganés, sino cediendo á España la fortaleza de Sabionetta. En tanto los grisones, ofendidos de la vanidad francesa y de lo cara que les hacían pagar su alianza, se concertaron con los españoles y los imperiales sobre la Valtelina, expulsando de su territorio al duque de Rohan con su gente. No quedaron satisfechos los antiguos deseos de España de poseer el valle; pero siempre fué ventaja el cerrarles aquella puerta á los franceses. Continuando la guerra contra el duque de Saboya, tomó el marqués de Leganés á Niza de la Palla. Hubo dos encuentros entre las tropas del Marqués y las del Duque, el uno en Rocca de Arasa, y en Montbaldon el otro, donde se peleó con encarnizamiento, pero sin consecuencia alguna. Así fué que el saboyano cantó la victoria; pero con igual ó mayor razón pudieron cantarla los nuestros. Murió en esto (1637) el Duque, dejando por heredero á un Príncipe de seis años, bajo tutela de su madre Cristina, hermana del Rey de Francia.

Ocioso parece decir que la Regente se declaró contra España, como su marido, ajustando un tratado de alianza ofensiva y defensiva con nuestros enemigos. Hallábanse de nuestra parte los dos Príncipes de Saboya, hermanos del Duque difunto, y tanto que el uno de ellos, Tomás, mandaba ejército nuestro en Flandes. Discurrió el Conde-Duque oponer á la regencia de la madre la de los hermanos; acogieron éstos con regocijo el intento, y no fué mal recibido tampoco en los pueblos de Saboya, disgustados del gobierno de Cristina, con lo cual el príncipe Tomás vino de Flandes á Italia. Encontró allí al marqués de Leganés triunfante, porque habiendo sitiado á Bremo la puso en pocos días á punto de rendirse: acudió al socorro desde Turín, donde estaba el mariscal de Crequi con el ejército francés, ya un tanto recobrado de los quebrantos que había padecido en la campaña anterior, y pretendió forzar nuestras líneas; pero al venir á reconocerlas cayó muerto de un cañonazo, con lo cual quedaron desconcertados los suyos, retirándose él y capitulando la plaza. Dividió nuestro ejército en dos trozos el de Leganés: entró con uno de ellos por el Montferrato, y los Príncipes de Saboya entraron con el otro por el Piamonte, reclamando la regencia del Ducado.

Habíase pactado en un convenio hecho en Vaíniero antes de comenzar la campaña entre el príncipe Tomás y el marqués de Leganés, que las plazas que opusieran resistencia y fueran tomadas por fuerza de armas, quedarían en poder de España para siempre. Con esto fué más fácil la conquista de algunas plazas, porque los Gobernadores saboyanos y piamonteses, las rendían sin resistencia á los Príncipes pretensores de la regencia. Así se tomó á Quierz, á Montcollier é Ivrea. D. Juan de Garay rindió en tres asaltos á Verrua; el marqués de Leganés ganó en persona á Crecentino, y el príncipe Tomás se apoderó de Chivas, por sorpresa. Acudieron muchos saboyanos á alistarse debajo de las banderas de los Príncipes, y así se mostraron tan poderosas nuestras armas que el cardenal de la Valette que, muerto Crequi, había venido á mandar á los franceses con las reliquias de su gente, hubo de encerrarse en Turín. No se atrevieron á sitiarle allí los nuestros todavía, y revolviendo sobre otras plazas menos importantes, ganaron en pocos días á Asti, Villanueva de Asti, Churasco, Trusasco y otras muchas. El príncipe Tomás derrotó un trozo de gente enemiga que pareció en campo, causándole de pérdida dos mil hombres, y en seguida innumerables lugares y castillos vinieron á nuestra obediencia. Trin, plaza fortísima de Piamonte, opuso mayor resistencia; pero al fin la tomó por asalto á escala vista el marqués de Leganés con muerte de muchos franceses. Montcalvo, Ponte Tuca, Saluces, Coni y Villafranca cayeron también en nuestro poder. Richelieu, que había mirado hasta entonces friamente las pérdidas de la Duquesa Regente para obligarla á ponerse del todo en sus manos, viendo tan próxima su total ruina, ajustó con ella un tratado y envió numerosas tropas á socorrerla al mando del duque de Longueville. Alentado con estas nuevas salió el cardenal la Valette de Turín, púsose sobre Chivas, y la tomó sin que los españoles pudieran socorrerla, aunque lo intentaron, antes con alguna pérdida hubieron de abandonar el empeño.

Pero entre tanto, el príncipe Tomás llevó á cabo otro de tanta ó mayor importancia, que fué la toma de Turín. Acercóse de noche á la ciudad, y aplicando un petardo á una de las puertas la rompió y entró con sus tropas. No pudieron los contrarios oponerle resistencia alguna, porque dentro de la ciudad tenía el Príncipe muchos parciales y aun algunos soldados que acudieron á la señal en armas. La Duquesa Regente se refugió medio desnuda en la ciudadela. Allí se fortificó con su gente mientras llegaban los franceses al socorro. Vinieron éstos; pero vino también el marqués de Leganés con todo el ejército español, y de una y otra parte se comenzó el sitio, defendiendo los saboyanos y franceses la ciudadela, y atacándola desde la ciudad y el campo los nuestros. Esperábase la rendición, cuando por mediación del Nuncio del Papa, Caffarelli, se ajustó una suspensión de armas de ochenta días entre ambas partes. Mostró en ella el marqués de Leganés, que si tenía grandísimo esfuerzo, dando con él ejemplo á sus soldados para vencer algunas veces, tenía escasos talentos militares. Tal tregua no podía traernos ventaja alguna, y, en cambio, daba espacio y lugar á los franceses para reforzar y mejorar sus cosas. Desaprobóla el príncipe Tomás, y con ocasión de ella nacieron diferencias entre éste y el General español, no poco perjudiciales en adelante. Pronto se dejaron ver las resultas.

Habiendo muerto en aquella sazón el cardenal de la Valette, vino el conde de Harcourt á gobernar las armas francesas. Y no bien terminada la tregua, se puso el nuevo General en campo, abasteció algunas plazas de las que quedaban por él todavía, y rindió á Quierz, que era de mucha utilidad para conservar la importante posesión de Chivas: en seguida se fortificó no lejos de aquella plaza para aguardar refuerzos. Imaginaron los nuestros cogerle allí entre dos ejércitos y destruirle, y al efecto salió de Turín el príncipe Tomás con cinco mil hombres, y el de Leganés con quince mil se adelantó á Quierz y tomó todos los puestos y comunicaciones, de suerte que el enemigo parecía ya reducido á la mayor escasez y miseria. Harcourt supo burlar á nuestros capitanes. Levantó su campo una noche, y antes de amanecer se halló tan lejos de los españoles que no era posible ya obligarle á que viniese á batalla. Mas como el río Routa viniese muy crecido, tuvo el francés que detener la marcha para fabricar un puente á la ligera, y entre tanto el príncipe Tomás se apareció delante de su vanguardia con las tropas que traía, y algunas compañías del marqués de Leganés se rozaron con su retaguardia, comenzando á escaramucear. Harcourt, sin vacilar un punto, se arrojó sobre las tropas del príncipe Tomás, compuestas de italianos parciales suyos, nuevos é inexpertos en las armas, y las rompió al primer choque: apresurando luego la construcción del puente, antes de que llegase el grueso de los españoles, pasó el río y se escapó de nuestras manos favorecido también de la noche.

Tal fué el último suceso de esta campaña, y en la de 1640, ya muy reforzado el francés, comenzó el primero las hostilidades con mucha furia, y rindió los castillos de Busque, Dronner y Brodel y la ciudad de Revel. Tampoco los nuestros tardaron mucho en salir á campaña. Mientras el príncipe Tomás proseguía el asedio de la ciudadela de Turín, sitió el marqués de Leganés al Casal. Vino al socorro el conde de Harcourt, y acometiendo á los españoles dentro de sus trincheras se trabó una batalla terrible. Por tres veces rechazaron los nuestros á los enemigos; pero á la cuarta penetraron éstos por el cuartel del Maestre de campo D. Fernando del Pulgar. Leganés no acertó á tomar las medidas convenientes en aquel trance, y todo el ejército fué forzado á retirarse con sumo desorden, dejando mil prisioneros y muchos muertos, la artillería y caja militar en poder del enemigo. La mala composición de aquel ejército, que era ya de extranjeros en la mayor parte y soldados bisoños, excusa en algún modo la derrota de Leganés; pero ella fué funestísima para nuestras armas en Italia. Alentado el francés, cayó sobre Turín, y no sólo metió socorro en la ciudadela, sino que sitió al príncipe Tomás dentro de la ciudad. El marqués de Leganés se puso con su gente á los pasos por donde podían venir á los franceses socorros, y en pocos días los redujo á tal estado que apenas tenían que comer, siendo bastantes los pasados y fugitivos. Con todo, Harcourt no cejó en su empeño, antes bien se atrincheró en dos líneas fortísimas, la una que miraba á la ciudad, la otra al campo de los españoles. Era de ver el revuelto aparato y disposición de armas que allí había, porque el príncipe Tomás sitiaba desde la ciudad á la ciudadela, y los enemigos sitiaban por fuera á la ciudad, y el marqués de Leganés los asediaba luego á ellos desde su campo. Pasaron días y días en este estado, hasta que al fin se acabaron de todo punto las municiones y los víveres en la ciudad, y el príncipe Tomás instó para que se le socorriese. Acometió el marqués de Leganés las trincheras enemigas por una parte, mientras por otra iba á ellas Carlos de la Gatta, buen capitán napolitano, y el príncipe Tomás hacía una salida. Fué rechazado el Marqués, aunque peleó esforzadamente como solía, y puesto que la Gatta rompiese la línea, fué para mayor desdicha, porque no pudiendo pasar con él víveres ni municiones, no hizo otra cosa que meter en la ciudad cerca de seis mil hombres más, los cuales, no habiendo que comer, apresuraron la rendición.