Intentó todavía el príncipe Tomás romper en otra ocasión las líneas; pero aunque peleó con desesperación no pudo lograrlo, y más que las tropas del de Leganés que debían embestir por otro lado, mal dispuestas y dirigidas, no llegaron á tiempo, con que fué inútil el combate. Al fin capituló la plaza, saliendo la guarnición española y las tropas italianas con todos los honores de la guerra. Crecieron con esto las diferencias entre el príncipe Tomás y el marqués de Leganés, atribuyendo á éste el primero, que á todo intento le hubiese dejado solo en las salidas; entorpeciéronse las operaciones y todo llevaba traza de perderse en un punto, cuando el Conde-Duque, por esta vez acertado, aunque ya tarde, mandó venir á España al marqués de Leganés, dando el gobierno de Milán al conde de Siruela, D. Juan Velasco de la Cueva.
No estaban quietas en tanto las fronteras del Pirineo. Concertó el Virrey de Navarra, D. Francisco de Andía, marqués de Valparaíso, con el Conde-Duque, el modo de ejecutar una diversión en Francia por aquella parte. Era el Marqués más cortesano que capitán, y así fueron los efectos. Bajó de improviso los Pirineos, seguido de algunos trozos de gente mal armada, que á mucho dudar podía llamarse ejército. No lo entendieron los franceses sino en ocasión que se hallaba ya destruyendo y ocupando Siburo, San Juan de Luz, Socoa y la Tapida, lugares de la Gascuña. Pudieron tomar á Bayona, según era el descuido de la provincia, á no detener, sin razón plausible, su marcha con lo que se dió tiempo á los franceses para volver sobre sí, y perseguido por ellos hubo de tornarse á nuestra frontera, dejando guarnecidos y fortificados á gran costa todos los puestos conquistados. Así se conservaron algunos días, no hallándose los franceses con fuerzas para sitiarlos todavía, cuando se determinó en Madrid el evacuarlos, y sin que nadie las embistiese ni acosase, salieron de ellos las guarniciones apresuradamente, dejando abandonada cantidad de víveres y municiones y perdido el dinero empleado en la fortificación.
Asombra la poca cordura con que se encaminó toda aquella empresa; la precipitación en comenzarla sin bastante fuerza para ello, y acaso más la precipitación en dejarla tan sin motivo y con tanto daño. Dióse orden poco después al Virrey de Cataluña, D. Enrique de Aragón, duque de Cardona, para que dispusiese otra diversión por la parte del Langüedoc, y reuniendo hasta dos mil infantes y dos mil caballos, la mayor parte catalanes, con el conde Juan Cervellón, Maestre de campo general, venido de Milán para el caso, se puso sitio á Leucata. Ya se daba la plaza por rendida, cuando sobrevino el duque de Halluin, Federico de Schomberg, que gobernaba á Langüedoc, con un ejército. Sorprendió el francés á los nuestros en sus cuarteles, ya entrada la noche de un día en que iban á cumplirse los veintinueve de sitio: huyeron al primer empuje de los enemigos las milicias del Rey, que poco prácticas en tales trances, apenas supieron ponerse en orden; sostuviéronse los tercios catalanes, aunque también bisoños, y los jinetes de Castilla: el combate fué sangriento y obstinado, y al fin unos y otros se retiraron teniéndose por vencidos; los españoles fuera de las líneas que ocupaban, los franceses á su campo. Mas el de Cardona sin reparar en el desconcierto de los enemigos, que era casi tanto como el de los suyos, emprendió al día siguiente su marcha hacia el Rosellón, abandonando la artillería y bagaje, con que tuvo el suceso apariencias de completa derrota. Harto compensó esta pérdida la victoria de Fuenterrabía, que fué de las más gloriosas que hubieran alcanzado nuestras armas.
Para devolvernos Richelieu las entradas que habíamos hecho por el Pirineo, envió acá un ejército de veinte mil infantes y dos mil caballos á las órdenes del duque de Enghien y del de la Valette, los cuales sentaron su campo delante de Fuenterrabía. Al propio tiempo, una escuadra francesa, al mando del Arzobispo de Burdeos, vino á bloquear la plaza. Defendióse muy bien la escasa guarnición que allí había; pero pronto empezó á sentir la falta de vituallas, que ocasionaba el cerco tan estrecho por mar como por la parte de tierra, y la rendición parecía segura. Aumentó la probabilidad un funesto accidente. Catorce galeras y otros cuatro bajeles equipados para meter socorro en la plaza, fueron destruídos en la rada de Guetaria por la armada del Arzobispo. Con todo, no desmayaron los sitiados, resueltos á defenderse hasta el último trance. Las minas habían ya hecho practicable la brecha, y estaba á punto de darse el asalto, solamente por negligencia diferido, cuando llegó al socorro un ejército reunido costosamente, pues hasta de Flandes vino gente para él y á las órdenes del esforzado Almirante de Castilla, D. Juan Alonso Enríquez de Cabrera, duque de Medina de Río-Seco, y del marqués de los Vélez, Virrey á la sazón de Navarra, asistidos de la industria y valor de Carlos Caracciolo, marqués de Torrecusso, capitán napolitano más valeroso que prudente, pero de mucha práctica en la guerra y muy leal á su Rey y al servicio de España. No era nuestro ejército tan lucido ni tan experimentado como el de los contrarios; pero suplió el valor á todo. Mandaban los cuarteles franceses el de Enghien, y el Arzobispo, que había ido á tomar parte en las operaciones con los soldados de los bajeles. Acometiéronles los españoles con inaudito esfuerzo, de tal manera que, sin poder resistirles, huyeron al primer ímpetu los franceses, abandonando sus reductos. Forzó con su tercio el marqués de Mortara los puestos que defendía el mariscal de la Force con tres mil soldados, debiéndosele, por consiguiente, muy principal parte del triunfo. Tal fué, que en un momento todo el ejército enemigo se lanzó en precipitada fuga hacia el mar; cayeron más de ochocientos al filo de la espada, y fueron más de dos mil los que se ahogaron antes de ganar los bajeles, dejando en poder de los nuestros muchos prisioneros y toda la artillería.
Pocos en todo fueron los que se salvaron, no parando de correr hasta Bayona, y de los primeros el duque de Enghien, hijo del príncipe de Condé, y los otros capitanes, que tuvieron más cuenta con la vida que no con la honra que perdían. Levantóse allí la fama del gran Almirante de Castilla, á punto de no ser más empleado en mucho tiempo, que tanto pudieron la envidia y la emulación árbitras por entonces del Gobierno; cubriéronse de gloria Mortara y Torrecusa, y con tales capitanes y soldados, España se creyó todavía invencible.
Pero así como el suceso de Leucata puso aliento en los nuestros para el socorro de Fuenterrabía, la afrenta que aquí padecieron los franceses, los movió á emprender con más ahinco alguna cosa de importancia en nuestras fronteras. Fióse el desagravio al mismo duque de Enghien, que entró por el Rosellón con veinte y cuatro mil infantes y cuatro mil caballos, repartidos en tres trozos, trayendo al duque de Halluin por segundo en el mando. Acometieron el castillo de Opol, fortaleza algo importante, que se rindió con poca defensa; de suerte que el Gobernador, que era flamenco, pagó su flaqueza con la vida en Perpiñán. Entraron en seguida en Rivas Altas, Claires y otros lugares abiertos; pusieron sitio á Salsas, y corrieron el campo hasta Perpiñán. Dióles una rota D. Alvaro de Quiñones, degollándoles un buen trozo de caballería con muchos capitanes y personas de cuenta; pero ellos en tanto combatieron á Salsas con mucha furia. Comenzóse á juntar el socorro en Cataluña esperando todos que la plaza se sostendría largos meses; pero habiendo volado los franceses algunas minas con mucho efecto y daño, rindióse el gobernador Miguel Llorente Bravo, que hasta entonces se había mostrado valeroso, con no poca afrenta. Fortificáronse allí los enemigos cuidadosamente, y dieron el gobierno del presidio á Mr. de Espenan, capitán hábil y esforzado. Las nuevas de este suceso conmovieron á toda España. Decretáronse levas extraordinarias; recogióse de todas partes el dinero que se pudo; excitóse el celo de los Grandes de Castilla para que acudiesen á la defensa del reino y el de la provincia de Cataluña, llena de patriótico ardor contra los franceses.
Fué noble el impulso y necesario, porque verdaderamente aquella era la puerta de España; pero debió hacerse antes ó guardarlo para más tarde; aquello, para evitar la pérdida, y esto para que no costase tanto el cobro. Aconsejaban los prácticos que se dilatase la empresa por ser ya los últimos meses del año; pero no se oyó el consejo. Encargóse á D. Felipe de Spínola, hijo del célebre D. Ambrosio, y por su muerte, marqués ahora de los Balbases, el mando del ejército que era muy grueso para aquel tiempo, como que algunos lo hacen subir á veinticuatro mil infantes y tres mil caballos, de ellos quince mil catalanes bisoños, y el resto castellanos y extranjeros de los tercios de Mortara, Moles, Molinghen, y otros, vencedores en Fuenterrabía: el todo más lucido que robusto ni experimentado. El ejército francés, que estaba aún delante de Salsas, se retiró al aproximarse los nuestros; con todo hubo un combate entre alguna infantería suya y tropas nuestras bastante ventajoso. Apretóse el cerco, y á la par comenzaron las enfermedades á hacer estragos en el campo español. Las obras de sitio comenzaron de prisa; pero las aguas las destruyeron de un golpe cuando estaban muy adelantadas, y se pensó en rendir por hambre la plaza. Vino bien para esto que el duque de San Jorge, hijo del marqués de Torrecusso, y don Alvaro de Quiñones destrozasen en un encuentro un buen golpe de caballería enemiga que andaba por aquellas inmediaciones atenta al socorro; porque así, privados de él, fué á poco muy grande la escasez de bastimentos en los defensores. Resolvióse entonces el duque de Enghien á venir en persona á levantar el cerco, pero fué rechazado dos veces: la una, más bien por un temporal horrendo que se declaró aquel día, que no por nuestros soldados; la otra, á pica y espada. Asaltó en esta última ocasión nuestras trincheras el de Enghien con seis mil soldados escogidos, y aunque pelearon con mucho valor fueron rechazados con más, y puestos en fuga, dejando mil trescientos cadáveres en el campo. Pero entre tanto, de aquel ejército nuestro tan brillante, no quedaba apenas la mitad, muertos el resto de las enfermedades y trabajos. Fué preciso traer nuevas tropas de socorro, levantadas principalmente en Cataluña, donde los naturales se aprestaron gustosísimos á la empresa, y con eso los franceses, aunque de nuevo aparecieron en campo, no se atrevieron más á dar batalla: con que tuvo que rendir la plaza su gobernador Mr. de Espenan, después de haberla sostenido con todo género de salidas y defensas; mas salió con los honores de la guerra. No les quedó tras esto á los franceses por aquella parte otra fuerza que la de Opol, quizás menospreciada, y el ejército español, sin acometer otra empresa, vino á tomar cuarteles de invierno en el Rosellón y Cataluña.
Fué no menos empeñada y sostenida que la de tierra la guerra marítima, dado que en el último término se nos mostrase más adversa la fortuna. No bien se abrieron las hostilidades, una escuadra española, compuesta de veintidós bajeles, al mando de D. García de Toledo, marqués de Villafranca, duque de Fernandina, hijo del gran D. Pedro y hermano del hábil almirante D. Fadrique, uno y otro difuntos, y al mando también del marqués de Santa Cruz, entró en el golfo de León y se apoderó de las islas de San Honorato y Santa Margarita, dejándolas guarnecidas y fortalecidas, con lo cual las costas de Provenza quedaron á merced de los españoles. Mantuvimos aquellos puestos no sin gloria ni ventaja; pero al cabo, sobreviniendo la escuadra francesa que gobernaba el Arzobispo de Burdeos con tropas que desembarcaron á las órdenes del conde de Harcourt, perdiéronse ambas islas, bien defendida la de Santa Margarita por su gobernador D. Miguel Pérez, y no rendida sino por falta de socorros; cobardemente entregada la de San Honorato, sin espera ni defensa bastante, por D. Juan Tamayo, que allí mandaba. Mientras nuestros bajeles llevaban á cabo aquella conquista, los de Francia se habían presentado delante del Grao de Valencia, desembarcando gente que osó llegar hasta la ciudad y ponerla sitio. Volvía el marqués de Santa Cruz con sus galeras de la expedición de Provenza, cuando supo estas nuevas, y cayendo sobre los contrarios destruyó muchas de sus naves y los forzó á reembarcarse con pérdida considerable.
Mas fortuna que por acá tuvo la marina francesa en las aguas de Génova, donde hubo un reñido combate entre algunas galeras suyas y otras nuestras, y quedó de su parte la ventaja. Destruyeron también la flota dispuesta para el socorro de Fuenterrabía, como arriba dejamos dicho, y de esta suerte pensaron olvidar la rota que les dió el de Santa Cruz delante de Valencia. Pero no tardaron en tocar en ellos un nuevo desengaño (1639) en las costas de Galicia. Determinado Richelieu á divertir también nuestra atención por aquella parte, juntó una armada la más poderosa que hasta entonces hubiese salido de los puertos franceses, como que constaba de más de sesenta velas al mando del buen Arzobispo de Burdeos, que del todo aparecía apartado de los asuntos eclesiásticos y consagrado sólo al oficio del mar y de las armas. Presentóse esta escuadra delante de la Coruña. Estaba cerrado el puerto con unas cadena de mástiles gruesos, bien trincados con fuertes gumenas y argollas de hierro que corrían de uno á otro de los dos castillos que la defendían; afirmada toda la obra en grandes áncoras, y tomados todos los puestos y bien guarnecida la costa. Cobró miedo el enemigo, y no osando acercarse, se entretuvo tres días en disparar de lejos á la plaza y á la armada allí surta que mandaba D. Lope de Hoces, sin efecto, antes con propio daño. Luego desistiendo de aquel empeño, se arrimó al Ferrol y desembarcó allí alguna gente, la cual, acometida al punto de los nuestros, fué rechazada después de cuatro horas de cruel pelea, y al fin tuvo que reembarcarse.
No le cupo más gloria al Arzobispo en la empresa de Laredo. Desembarcó en aquella villa indefensa y dijo misa en su iglesia; pero no osó acometer el ingenio ó fábrica de artillería que allí se miraba, donde hubiera logrado gran presa, y se volvió á sus naves. Al saberlo el Arzobispo de Burgos, recogió toda la gente que pudo y corrió al encuentro del enemigo; que fuera de ver, si se encontraran, á tales tiempos, tal batalla en los prelados. Pero el de Burdeos, después de amagar también á Santander con poca fortuna, aunque allí dió á las llamas los astilleros, se hizo á la vela para sus puertos, y sobreviniendo tempestades, aquel gran armamento francés se deshizo por si propio con mucha pérdida y ninguna ventaja.