Pronto habíamos de tener por venturosos á los franceses comparando su fortuna marítima con la nuestra. Afrentada con los insultos que padecían nuestras costas, determinó la Corte hacer un esfuerzo y traer armada al mar que pusiese respeto en los contrarios. Tales providencias se llegaron á tomar, que en breve tiempo se juntaron en la Coruña setenta bajeles y de nueve á diez mil buenos soldados. Dióse el mando á D. Antonio de Oquendo, marino antiguo y experimentado, disponiendo que la jornada se hiciese en derechura á Flandes, navegando de tal manera, que si en el pasaje se presentase alguna armada, se aventurase todo á trueque de conseguir su ruina. Al medio mes de navegación llegaron los españoles al Canal de la Mancha, y tropezando con la escuadra holandesa que mandaba Tromp pelearon seis horas con ella, haciéndola retirar al cabo para aparejarse á nueva batalla recibido el socorro que esperaba. Vínole, con efecto, y holandeses y españoles pelearon de nuevo catorce horas seguidas con ventaja de los nuestros, que forzaron á los enemigos á recogerse en Calais. Pero eran grandes las averías y los heridos y muertos del combate, y más aún apuraba á los nuestros la falta de pólvora, de suerte que al fin tuvieron también que ampararse de las Dunas en la costa de Inglaterra. Allí permanecieron muchos días antes de lograr de los ingleses pólvora y socorro alguno; y entre tanto de todos los puertos de Holanda salieron cuantos bajeles había disponibles, y juntándoseles algunos franceses, bien prevenidos y municionados todos, vinieron sobre la escuadra de España. Ascendió de esta suerte la contraria á ciento diez naves con diez y ocho brulotes, los cuales tomaron la boca del puerto para impedir que los nuestros saliesen. En tal punto las cosas dispuso Oquendo enviar á Duquerque todo el caudal y tropas de refuerzo que llevaba á Flandes, y lo logró sin ser sentido de los holandeses. Reforzó también sus bajeles, despidiendo á muchos de los que traía de transporte y contratados, y se aparejó á salir á pelear con los enemigos, á pesar de verse tan inferior en fuerzas. Mas éstos estaban ya de acuerdo con los ingleses, y al anochecer de cierto día en que los españoles estaban surtiendo de pólvora los bajeles para salir al mar sin sospechar algún peligro, se metieron dentro del mismo puerto. Defendiéronse los nuestros con más valor que podía esperarse de la mala prevención y descuido en que estaban, creyéndose en puerto amigo; pero con todo eso perdimos la mayor parte de los bajeles, bien apresados, bien quemados por los contrarios; de ellos fué el llamado Santa Teresa, de ochenta cañones, que mandaba aquel D. López de Hoces, capitán valerorísimo, con quinientos mosqueteros, la flor de España, y ochocientos hombres de marinería. No se salvó en tal bajel un solo hombre.
La escuadra inglesa que guardaba aquellas costas, hizo fuego sobre los combatientes para que respetasen la neutralidad del puerto; pero lo hizo de modo que no causaron daño en los holandeses, y en los nuestros lo causaron inmenso. Quejáronse los españoles de traición y no sin motivo; todos los documentos y pormenores persuaden que la hubo. Mas ello fué que España perdió la mejor de sus naves, y entre más de catorce mil muertos ó prisioneros, muchos de aquellos soldados viejos con que contaba todavía para defender su suelo y sustentar su gloria. No mejor suerte corrían al propio tiempo nuestra marina y nuestras cosas en las costas del Brasil y de África.
Una escuadra holandesa de nueve bajeles embistió el fuerte de San Jorge de la Mina, establecido por los portugueses en las costas de Guinea, y lo rindió sin mucha dificultad. Quisieron luego los contrarios apoderarse de otro que se nombraba Arzin; pero la conducta firme del Gobernador los hizo desistir del propósito.
Mayores fueron en el Brasil las pérdidas, atacando aquellas provincias los holandeses en diversas ocasiones, y causando siempre daños sin cuento. Vencidos y echados de allí por D. Fadrique de Toledo, no tardaron en venir á reparar el ultraje, y desembarcando numerosas tropas, lograron en tres campañas, funestamente felices, traer á su obediencia mucha parte del territorio, rompiendo diversas veces á las tropas portuguesas que les salieron al paso. Tales triunfos movieron á los enemigos á hacer mayor esfuerzo todavía para ganarlo todo de un golpe, y enviaron allá al conde Mauricio de Nassau, deudo del de Orange, con poderosa armada. Banjola, que mandaba á los nuestros, no bien supo la llegada del conde Mauricio salió á ponérsele delante, pero no con más fortuna que otras veces, porque la gente de indígenas y portugueses que traía, poco diestra y valerosa, huyó en dos encuentros que hubo sin disputar muy largamente la victoria. Con esto se apoderó Mauricio de muchas plazas y llegó á sitiar á San Salvador; pero aquí no le salieron como creía sus pensamientos, porque en una salida que hicieron los defensores le mataron mucha gente y le forzaron á alzar el campo.
Con todo, aquellas cosas continuaron ofreciendo gran peligro, y nuestra Corte, á pesar de sus apuros marítimos, determinó enviar allá gruesos socorros. Juntóse una armada de cuarenta y seis bajeles con cinco mil hombres de desembarco, y se puso al mando de D. Fernando Mascareñas, conde de Torre. Navegó esta escuadra con mucha felicidad al principio; pero á mitad del camino cayó la peste sobre las naves y murieron más de tres mil hombres, quedando los demás extenuados. Hubo aún la desgracia de que por haberse dado espera al desembarco, la armada se extraviase por aquellos mares y estuviese algún tiempo sin poder arribar de nuevo. De aquí nació que cuando D. Fernando Mascareñas, desembarcada la gente y reunida la que allí quedaba se puso en campo, estuviese ya á la vista el socorro de los holandeses que salió á las nuevas de nuestros armamentos. Y á la verdad, mirábanse éstos tan disminuídos con las anteriores campañas, que sin él no hubieran podido sostenerse un punto. Cuarenta y uno fueron los bajeles de guerra que trajo el enemigo, y por general á Guillermo Looff, hábil marinero. Salieron en busca de ellos los nuestros, que no eran menos ni inferiores, al mando de Mascareñas y se trabaron varios combates, en uno de los cuales el Almirante holandés perdió la vida sin verse ventaja de una ni de otra parte. Pero Huighens, en quien recayó el mando de la escuadra enemiga, sin perder aliento provocó un combate decisivo, y en él después de largas horas de lucha, fueron los nuestros completamente deshechos, aunque no sin gran pérdida del enemigo. De toda aquella armada solamente seis bajeles volvieron á España. Y cierto que serían de extrañar tan repetidos desastres en los mares, si no se sospechase ya que consistían en la mala disposición de las flotas. Armábanse de prisa, tripulábanse con soldados de tierra y chusma ignorante, y los más de los bajeles no eran construídos para la guerra, sino arrancados aquí y allá al comercio ó comprados y aun alquilados á mercaderes extranjeros. Solo los navíos llamados de Dunquerque, construídos para la defensa de aquellas costas, eran buenos y los de Nápoles gloriosos desde la época del gran duque de Osuna. Naves portuguesas, genovesas, algunas inglesas y pocas, muy pocas castellanas, formaban principalmente en aquel tiempo las escuadras, que con tan poca honra y fortuna paseaban nuestra bandera por los mares. Con la derrota del Brasil y la que antes habíamos padecido en el Canal de la Mancha, parecía aniquilado nuestro poder marítimo; y fué cosa de maravillar cómo pudimos en adelante hallar bajeles todavía para defender nuestras costas y aun para vencer en algunas ocasiones.
Imposible será referir aquellos accidentes de tan costosa y dilatada guerra, sostenida á un tiempo en Europa, en las fronteras del Pirineo, en Italia, Flandes, Alemania, el Franco-Condado y á la par en las demás partes del mundo. Y en todas las costas y mares. Jamás alarde más grande ni esfuerzo más desesperado hizo nación alguna, que éste que estaba haciendo la Monarquía española, peleando por todos lados con tan desiguales medios y armas; donde quiera imponiendo, aunque tan enferma, respeto y espanto á sus enemigos. Pero se estaba ya en el año de 1640, y el mal penetraba en el corazón; el incendio estaba ya encima; oíase el chisporroteo de los combustibles; sentíanse las llamaradas, y el humo ennegrecía el horizonte. La hora de la muerte era llegada para la agonizante grandeza de España; sus cimientos estaban socabados del todo, y una ráfaga de viento que pasase la haría desplomarse.
Y sin embargo, en Madrid no se notaba aún señal de temor ó de tristeza. Celébranse no sólo cada victoria, sino cada rumor de ellas, verdadero ó falso que corre, con los festejos de costumbre, y no pocas veces se hacen sin pretexto alguno. De los más señalados fué uno en que hubo cierta comedia de magia, ó más bien alegoría, con el título de la Circe, invención de un tal Cosme Loti, la cual se representó sobre el estanque grande del Retiro, con máquinas, tramoyas, luces y toldos, fundados parte en el lecho mismo del estanque, parte sobre barcas que iban á la par navegando. Yendo la representación á punto en que se fingían tormentas, se levantó una tan verdadera, con tal torbellino de viento, que lo desbarató todo y algunas personas peligraron de golpes y caídas; mas con todo, no se desistió del espectáculo, y á pocos días después tuvo lugar delante del Rey y la Corte primero, y luego delante los Consejeros, comunidades religiosas y pueblo. Pero acrecentándose cada día más la afición al arte dramático, donde más de continuo asistía el pueblo era á los teatros ó corrales, y el Rey y los cortesanos, principalmente, á las salas del Buen Retiro, donde se hacían algunas improvisadas por los primeros poetas de la época, que allí mismo tramaban el plan, y repartiéndose los papeles las ejecutaban ellos propios siguiendo á su voluntad los diálogos.
Con tal género de ayuda no tardó el arte en ponerse en alto punto de esplendor. Los antiguos corrales de la Cruz y del Príncipe se convirtieron en teatros, para aquel siglo muy lujosos, y todo el mecanismo de la imitación adelantaba diariamente, tocando en una perfección hasta entonces desconocida en Europa. Los representantes, no contentos con las ganancias que les ofrecía Madrid, se multiplicaban; cruzaban continuamente los caminos, y desde las más grandes hasta las más pequeñas poblaciones del reino veían levantarse telones, y ejecutarse comedias, y bailes, y entremeses, y todo género de espectáculos. Y al compás de esto, Lope de Vega, Calderón, Moreto, Rojas, Alarcón, fray Gabriel Téllez, conocido por Tirso de Molina, Luis Vélez de Guevara, Cubillo, Villaizan, Hurtado de Mendoza, Montalbán y otros muchos de menor nombradía, produjeron obras innumerables, si defectuosas en la disposición y forma y no pocas veces en el estilo, maravillosas en la invención y en el enredo; llenas de altos pensamientos, ricas en interés, en diálogos, en descripciones, en ingeniosos recursos y en todos los prodigios de la fantasía. ¡Lástima que tal arte y tales ingenios no floreciesen en tiempo de más ventura! Porque es doloroso haber de apuntar afrentas de los hombres á quienes agradecidos los poetas dramáticos tributaban tanto aplauso y lisonja; haber de reputar por viles tal lisonja y aplauso; haber de condenar los festejos que eran germen y vida del arte dramático; haber de baldonar al Rey poeta y al ministro Mecenas por la misma atención, por el favor mismo que tributaban á las obras y á los autores que tanta gloria nos han dado en el mundo. Ojalá que el cielo hubiera dado tales ingenios en los días de nuestra grandeza; ojalá hubiera infundido aquel amor al arte en los altos Príncipes del siglo de oro de la Monarquía.
Mas ahora no la escena, ni el patio, ni los palcos, sino la frontera era el lugar donde había de hallarse á los buenos; y no las flores del Parnaso, sino el sangriento laurel de la victoria lo que debían de apetecer los españoles. Cada cosa tiene su oportunidad y su tiempo. La poesía de los vencidos es como el canto de la esclava, tal vez dulce, pero vil; Esquilo no escribió tragedias sino después que á costa de su sangre vió salvada á la Grecia en Platea; Corneille, Racine, Voltaire y Moliere, vinieron á tiempo de añadir grandeza á la grandeza de nuestros vencedores. Miserable espectáculo ofrecía Felipe IV, regocijado y placentero mientras su hermano, el infante cardenal D. Fernando, rendido el cuerpo de tan largas campañas y trabajos en Alemania y Flandes, y acosado el ánimo de presentimientos y temores por la suerte de la patria, se enflaquecía de hora en hora, y en tan florida edad inclinaba ya el cuerpo al sepulcro. Faltábanle soldados al buen Infante, y al Rey le sobraban representantes y truhanes; porque según dejó escrito uno de ellos con imparcialidad notable, «como su vida era libre y apetecida de gente moza, se aumentaban considerablemente cada día». No había dinero á punto que el Rey se echó sobre la plata que trajo en 1639 la flota de Indias, de propiedad de particulares, tomando la mitad para sí y pagando de la otra mitad mucha parte en calderilla; despojo inicuo del cual se habían dado ejemplos en tiempo de Felipe II, pero harto más reprensible ahora, puesto que no se había de emplear en la defensa de la nación como se empleó entonces, sino en pagar bacanales y fiestas.
Y en tal pobreza se labraba á mucha costa un teatro en el Buen Retiro, donde se representasen comedias con más lujo que antes en los salones, obra grande, según un autor contemporáneo. Allí, entre comediantes y farsas y bailes, los reyes acabaron de perder su decoro y su virtud los vasallos. Mostraba gusto la Reina de ver silbar las comedias, y por agradarla el público vil de cortesanos, dió en silbarlas todas, malas y buenas, con igual diligencia. Asímismo para que viese la Reina todo lo que pasaba en las cazuelas de los corrales ó teatros, se representaron bien al vivo en el Buen Retiro, trayendo mujeres que se mesasen y arañasen unas, que se diesen vayas ó insultos otras, y mosqueteros ó truhanes que de propósito las enojasen. También se solían echar entre ellas reptiles que las asustasen, y «ayudado esto, exclama un contemporáneo, con libertad singular del son de silbatos, chiflos y castradores, se hacía espectáculo más de gusto que de decadencia». En esto había venido á parar la admirada gravedad de los Reyes de España. Felipe, tan ceremonioso, tan absoluto, que se juzgaba un Dios levantado sobre sus vasallos, tan avaro de sus respetos y autoridad que por conservarlos había ya hecho derramar mucha sangre y debía hacerla derramar á torrentes todavía, toleraba tales ruindades en presencia suya y de su esposa é hijos, dando tales alas á los representantes que uno de ellos, por nombre Juan Rana, que hacía de gracioso, osó mofar públicamente por los afeites que usaban en el aliño del rostro, durante una de las representaciones del Buen Retiro, á dos damas de las principales de la Corte que allí asistían.