Tales liviandades, comunicándose á la nación, habían ya corrompido por aquel tiempo las venerables costumbres de los antepasados. No había, especialmente en Madrid, ni decoro, ni moralidad alguna; quedaba la soberbia, quedaba el valor, quedaban los rasgos distintivos del antiguo carácter español, es cierto, pero no las virtudes. Pintó D. Francisco de Quevedo con exactitud los vicios de aquella época nefanda; no hay ficción, no hay encarecimiento en sus descripciones. Tal franqueza no podía pasar entonces sin castigo, y así los tuvo el gran poeta con pretextos varios, entre los cuales hubo uno infame, que fué correr la voz de que mantenía inteligencias con los franceses. La verdad era que halló medio de poner ante los ojos del Rey un memorial en verso donde apuntaba las desdichas de la república, señalando como principal causa de ellas al Conde-Duque. Siguióle el aborrecimiento de éste hasta el último día de su privanza; y así estuvo Quevedo en San Marcos de León durante cerca de cuatro años, los dos de ellos metido en un subterráneo cargado de cadenas y sin comunicación alguna. Aun fué merced que no le degollasen, como al principio se creyó en Madrid, porque todo lo podía y de todo era capaz el orgulloso privado. Pero mientras aquel temible censor pagaba sus justas libertades, la Corte, los magistrados y los funcionarios de todo género acrecentaban sus desórdenes, y al compás de ellos hervía España, y principalmente Madrid, en riñas, robos y asesinatos. Pagábanse aquí muertes y ejercitábase notoriamente el oficio de matador; violábanse los conventos, saqueábanse iglesias, galanteábanse en público monjas ni más ni menos que mujeres particulares; eran diarios los desafíos, y las riñas, y asesinatos, y venganzas.

Léense en los libros de la época continuas y horrendas tragedias, que muestran no mucho más respeto á las cosas de Dios que á las cosas de los hombres. Tal caballero rezando á la puerta de una iglesia, era acometido de asesinos, robado y muerto; tal otro llevaba á confesar á su mujer para quitarle al día siguiente la vida y que no se perdiese el alma, ya que el cuerpo pensaba traerlo á tal extremo; éste, acometido de facinerosos en la calle, se acogía debajo del palio del Santísimo, y allí mismo era muerto; el otro se despertaba de noche al sentir puñaladas en su almohada, y era que su propio ayo le erraba golpes mortales, disparados por leve represión ú ofensa. Una compañía de naturales de Antequera y los soldados del tercio de Madrid, estuvieron batallando todo un día en Madrid por pequeña ocasión, y se dieron hasta doce ó más acometidas en las calles, á pesar de haber sacado de una iglesia el Santísimo Sacramento para aplacarlos. En Málaga, cierto corregidor prendió por leve disgusto á un hombre principal, y sin forma de proceso le hizo decapitar de noche, sin confesión y por un esclavo. En quince días hubo, en Madrid solo, ciento diez muertos de hombres y mujeres, muchas en personas principales. Hechos todos no de maravillar, ciertamente, en otros países y épocas, donde se han visto iguales si no mayores, pero increíbles en España, que tan severas costumbres había heredado de Felipe II y Felipe III, trascurridos tan pocos años desde la muerte del último Monarca, y estando al parecer más vivos que nunca la fe, el culto católico y el influjo del clero.

Atribuíanse, por lo común, los crímenes á los soldados de los tercios que se formaban para acudir al refuerzo de los ejércitos; y bien podía ser, porque extenuadas y despobladas las provincias de la continua guerra, agotados casi los hombres valerosos y de espíritu verdaderamente guerrero, apenas acudía á ponerse debajo de las banderas sino gente mezquina. Muchos venían á servir por engaño ó por fuerza, y por lo mismo no tardaban en desertarse, y con temor del castigo echábanse luego á vivir por malos modos. Otros viciosos y malvados se enganchaban en los tercios mientras se formaban, y recibido el precio del enganche y las pagas, desertábanse al salir á campaña, y se quedaban en la corte sin otro ejercicio que el robo y los crímenes, hasta que de nuevo tornaban á engancharse para volver otra vez á la deserción y mala vida que solían. Á veces también formaban cuadrillas de malhechores en despoblado que cometían inauditos desmanes. Mas no eran solo los soldados; tanto ó más que ellos cometían los naturales de diversas provincias, y especialmente los de Cataluña.

Allí corrían en cuadrillas, ó por quejosos de la autoridad ó facinerosos, muchos hombres de valor y conocimiento en el terreno, burlando las iras de las autoridades y justicias; llamaban á tal vida andar en trabajo, y había entre ellos sus caudillos y capitanes. Tales ó semejantes cuadrillas de forajidos se vieron en las llanuras de la desierta Mancha. Y en tanto los Tribunales del reino tal vez ahorcaban por precipitación á personas inocentes; y contra los grandes criminales, ó bien sobornados, ó bien temerosos, mostrábanse muy tibios. La Corte parecía menos firme todavía en castigar los delitos. Perdonábanse los mayores, ó por la calidad de la persona, ó por la utilidad solo que de ellos resultaba ó á precio de dinero y servicios, ó por mero capricho del Príncipe y privados. Así se vió á D. Pedro de Santa Cilia entrar con alto puesto á servir en los ejércitos y armadas de España después de haber dado muerte por sus manos á su industria á trescientos veinticinco personas. Era el D. Pedro, mallorquín, y siguiendo los impulsos vengativos que asemejaban entonces sus paisanos á los naturales de Córcega, determinó vengar la muerte de un hermano suyo lanzándose á cometer tantas y tan crueles, en personas inocentes casi siempre y á manera de bandido. Á dicha se hallaba en Madrid, cuando sacaron de palacio un caballo que nadie osaba montar por su braveza; ofrecióse hacerlo Santa Cilia, y lo ejecutó con tanta habilidad que todos los presentes quedaron maravillados. Viólo también el Rey; mandóle subir y que le contase su historia, y por último le perdonó y le admitió á su servicio en gracia de su atrevimiento. Portóse luego Santa Cilia como soldado y capitán de valor, señalándose en Nordlinghen y en otras ocasiones; pero el número increíble de sus crímenes pedía á la verdad otra enmienda y ejemplo de parte de los guardadores de la justicia.

La Inquisición misma, aunque tan severa, y tan entrometida siempre en las cosas del Gobierno y justicia civil, pasaba por alto tales desafueros, aun los que más cerca la tocaban, y no ponía atención ni cuidado sino en los casos de herejía, y en los delitos cometidos contra el culto ó contra los privados del Rey. Aun sorprende el ánimo la facilidad con que corrían entonces libros llenos de ideas y palabras obscenas que no se tolerarían en los tiempos modernos, siendo así que tan rigurosa censura se ejercitaba contra los autores en todo lo tocante á pensamientos religiosos y políticos. La desigualdad de los castigos llegó á un punto, que repugna al sentido común, cuanto más al derecho. Viéronse en los autos de fe, ó quemadas ó duramente castigadas muchas personas por delitos como la bigamia, mientras corrían impunemente los más atroces atentados. Cualquier palabra de doble sentido ó sospechosa en materia de fe ó de culto, era castigada con más crueldad que el robo de una monja ó la violación de unos votos; bien que esto último llegó casi á tolerarse como cosa común. Era tan general la obcecación, que el cronista D. José Pellicer y Tobar, en sus Avisos, después de narrar los grandes peligros é infelicidades de aquel tiempo, exclama: «De verdad una de las desdichas que se deben reparar con más atención y lástima, es ver á España tan llena por todos lados de judíos enemigos de nuestra santa fe católica.» ¡Singular advertencia cuando las fronteras, la Hacienda, la Corte y las provincias se miraban de tal modo perdidas! Así todo parecía ya degenerado; no había en España ni opinión verdadera, ni juicios exactos, ni vínculo social que se mantuviese en la antigua firmeza. Tan extraña confusión en las costumbres habían introducido las liviandades de Felipe IV y de su privado.

Hacia los años de 1640 era Madrid, en suma, como un tiempo Roma, cabeza extraviada y corazón corrompido de un cuerpo colosal, que por milagro se mantenía en pie todavía; heredera de glorias y maestra de iniquidades y torpezas; hija de héroes y madre de viles.

LIBRO QUINTO