SUMARIO

1640.—Propósitos del Conde-Duque: motivos de la rebelión de Cataluña: sus principios: el conde de Santa Coloma y el marqués de los Balbases: alojamientos: reclamaciones del Principado: choques entre soldados y paisanos: rompe el pueblo de Barcelona las puertas de las cárceles: sedición del día del Corpus: matanza de castellanos y muerte del Virrey: el Vía fora.—Fiestas que entre tanto celebran en Madrid: amonestación de un labrador al Rey.—Virreinato del duque de Cardona: sucesos de Perpiñán: Virreinato de D. García Gil Manrique.—Prevenciones de guerra.—Sucesos del Rosellón.—Jura el Virreinato el marqués de los Vélez: primeras operaciones: disposiciones del Conde-Duque sobre Portugal: Suárez y Vasconcellos: el duque de Braganza: principios de la conjuración: Pinto de Ribeiro: torpezas del Conde-Duque: burla el de Braganza sus ardides: sublevación de Lisboa: hecho generoso del capitán Garcés: muerte de Vasconcellos: arresto de la Virreina: pérdida de la ciudadela y del castillo de San Juan.—Espanto en nuestra Corte: cómo dió Olivares al Rey aquella mala nueva: disensiones: conjuraciones del duque de Medinasidonia y del arzobispo de Braga: frústranse ambas: suplicios: muerte del aleve marqués de Ayamonte: se salva Medinasidonia: su reto al de Braganza.—Liga de la paz: batalla de Sidam.—Prevenciones de guerra: corrupción y torpezas.

Dejamos notado ya en otros lugares que los Monarcas y Ministros infelices de estos tiempos que vamos narrando, hacían acaso más daño á la Monarquía con sus buenos que con sus malos intentos. Y es que en las cosas políticas no hay mayor yerro que trocar las ocasiones, y querer, porque sólo un día fueron posibles, llevarlas cualquier otro á cabo forzosamente. Harto se probó esta verdad en la expedición que envió Felipe III contra Inglaterra y en sus proyectos contra Francia; más todavía hubo de recibir más grande y triste prueba. Nada tan útil como la unidad nacional y el pensamiento de reunir todas las fuerzas de la Monarquía en un solo punto. Pero esto no era posible llevarlo á cabo de pronto entre los azares y ocupaciones de las guerras extranjeras, estando tan flaca como estaba á la sazón la cabeza de la Monarquía. Sin embargo, tal era el Conde-Duque, que cabalmente eligió aquella ocasión para traer á ejecución su propósito. Buena enseñanza del modo con que tales cosas se ejecutan acababa de ofrecer en Francia Richelieu. Mantuvo al principio la paz todo lo que pudo, aun sacrificando en ella el orgullo francés; hizo alianzas extranjeras y organizó ejércitos y reunió tesoros, y cuando tuvo á punto las cosas, comenzó á descargar golpes certeros contra los protestantes, los grandes señores y las ciudades indóciles y rebeldes. Así logró á todos rendirlos y reducirlos á la obediencia del Monarca, en cuyo nombre gobernaba; y el astro de Francia, después de algunos años de eclipse, apareció más brillante que nunca á los ojos del mundo. No aprovechó la lección Olivares, que más que estudiar en las obras de otro, pensaba poner las suyas de ejemplo á todos: tal era su vanidad.

Á muy poco de encargarse del gobierno dirigió al Rey un papel sobre ello; porque todas las cosas que él quería que le alabasen las ponía por escrito. Apuntaba allí á más de las razones claras y obvias, que persuadían la conveniencia de dar unidad á la nación, ciertos sofismas como aquel de que, «si eran poderosos seis Príncipes moderados, pero bien unidos, se considerase cuánto más lo podían ser, si se uniesen, los muchos reinos de España, tanto mayores que los opuestos y tanto más fáciles de ajustar, estando debajo de una obediencia que esos otros de diversos dueños.» De tal manera equiparaba el favorito la alianza de nuestras provincias entre sí con la de Francia, Suecia, Saboya, Holanda y las demás naciones contra nosotros á la sazón conjuradas. Fué muy alabado el papel de todas suertes, y se enviaron aquí y allá comisionados que tratasen de ello: á Flandes fué el marqués de Leganés, y á Portugal el de Castel-Rodrigo. Llamáronse también á la Corte prelados y personas principales de diversas partes para discutir la unión pretendida. Pero no se logró, porque no se podía lograr tan fácilmente efecto alguno; y duraron los tratos hasta que comenzaron las violencias á hacer sus veces, y saltaron de eso las consecuencias que lloraron todos. Este paso de las negociaciones á las violencias tuvo por causa en mucha parte los apuros del Erario y las necesidades de la guerra. Pero es imposible olvidar que otras causas menos disculpables influyeron también y no poco en su empleo. En esto como en todo la Monarquía tuvo que llorar con la incapacidad política del Rey, la vanidad funesta y la imprudencia del favorito y sus ministros.

Nació poderoso el deseo de humillar con la fuerza á los catalanes en las Cortes celebradas en Barcelona en 1626. Ya en las de 1623 había quedado disgustado el Rey por la poquedad de los subsidios y resistencia á manifestar los libros y réditos; pero en estas de 1626, Felipe, al dejar repentinamente á Barcelona, traía sin duda en su ánimo el propósito de castigarles. Volvió, sin embargo, benévolamente en 1632 para dejar en su lugar al infante D. Fernando; y quiso la desdicha que la antigua herida de su agravio se la resucitase y exasperase con uno suyo el Conde-Duque. Porque habiendo tenido cierto disgusto sobre el modo de tratar á los catalanes con el noble Almirante de Castilla, que desde 1623 venía proponiendo moderación en ello, la nobleza y pueblo de Barcelona, ó sabedora del motivo, ó inclinándose más á éste, naturalmente, por ser de la casa de Cabrera, tan respetada en el Principado, mostráronse ostensiblemente en su favor y en contra del favorito. No era hombre Olivares que perdonase las ofensas hechas á su vanidad; aumentó en sus consejos el desabrimiento en el Rey, y con sus amenazas y palabras de cólera dió lugar á que los ministros serviles que le servían comenzaran á tratar con despego en las cosas á Cataluña. Principalmente el protonotario de la corona de Aragón, D. Jerónimo de Villanueva, muy favorecido de Olivares, puso á título de lisonja en completo olvido todas las reclamaciones y negocios que de allí venían, tratando con tanta dureza á los interesados, que llegaron á aborrecerle los catalanes tanto ó más que al Conde-Duque, y fué acaso el mayor causante de los excesos que cometieron. No estaban ellos á la verdad muy gustosos tampoco desde las Cortes de 1623 y 1632. Inspiróle á aquel pueblo varonil y laborioso desprecio y cólera la licenciosa Corte de Castilla; ofendióle sobre manera la vanidad del Conde-Duque, su lujo y porte; y luego no le agravió poco el que el infante D. Fernando, con notable firmeza, pero acaso fuera de tiempo, negase el honor á sus conselleres de que se cubriesen delante de él, según el antiguo usaje. Y notando al propio tiempo la lentitud con que se despachaban sus negocios, y el despego con que eran tratados en la Corte de Castilla, ellos, que nunca habían mirado con buenos ojos su dependencia de otra provincia, que se inclinaban poco en carácter, ideas y costumbres á los castellanos, y negaban siempre á éstos otro nombre que el de extranjeros, comenzaron á hacer acopio de ira y á espiar ocasiones de venganza. Siendo Virrey el gran duque de Feria hubo una gran riña entre la armada de España anclada en el puerto y los habitantes, donde llegaron éstos al extremo de disparar contra las galeras la artillería de los muros, y cuando el virrey Cardona quiso registrar por fuerza los archivos de la ciudad, y los conselleres se fortificaron dentro de su palacio, negándose á permitirlo, el pueblo se puso en armas, y fué ventura que no inundasen ya en sangre las calles de la ciudad condal catalanes y castellanos. El Rey, airado ya de todo punto, mandó que la Audiencia se trasladase á Gerona; y los conselleres y Diputación, como si previesen el próximo rompimiento, no cesaron desde entonces en reparar los muros, labrar algunos más reparos y disponer como al descuido en la paz las cosas de la guerra.

En tal punto las cosas, suscitóse la guerra del Rosellón; y la Corte expidió dos edictos, imponiendo por el uno á Cataluña cierta contribución no votada en Cortes, y por el otro expulsando á todos los franceses del territorio; uno y otro contra los fueros de la provincia. Recelosos los catalanes al ver aquellos principios, hicieron al punto en Madrid reclamaciones, mas no fueron atendidas de modo alguno. Lo que el Conde-Duque había ordenado sin obstáculo en otras provincias, quiso que fuese también en Cataluña, porque como tenía en su pensamiento la unidad, figurábase que no le faltaba otra cosa que demostrarla en las obras; y las nuevas reclamaciones, sin obligarle á cambiar el fondo de su propósito, le impulsaron á hacer más duras las formas, recordando siempre su queja. Con todo, el patriotismo pudo tanto en los catalanes, que cerrados los ojos á todo agravio, acudieron á la empresa de Leucata y más á la recuperación de Salsas, donde se vió venir á toda su nobleza con muchos soldados y caudales. Separado el duque de Cardona después de aquella derrota de Leucata, vino á sucederle por virrey D. Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, querido del pueblo y la Corte. Hubo el raro acierto de igualarle en mando durante el cerco de Salsas con el Capitán general del ejército, que era el marqués de los Balbases; y aunque este mando era más honorífico que otra cosa, obligó más á los catalanes á servir con muy buena voluntad en la empresa.

No faltaron, sin embargo, disgustos ocasionados por la contrariedad de caracteres entre los catalanes y el resto del ejército; durante la campaña cerca de Colliure hubo un choque sangriento, y debajo de los muros de Perpiñán se trabó una verdadera batalla, que duró seis horas, con gran mortandad de ambas partes, siendo maravilloso que acertaran á suspenderla los capitanes. Pero ello es que fueron inmensos los servicios y sacrificios del Principado, tanto en hombres como en dineros y que en Madrid no se mostró por eso el menor agradecimiento. Mirando el Conde-Duque cuán poco habían insistido en la primera violación de sus fueros y cuán de veras servían en aquella ocasión los catalanes, tomóles por humildes, y dió por cierto que podría traerlos por fuerza á su propósito, satisfaciendo al par sus mezquinas venganzas. Así, lejos de enviar recompensas, envió amenazas y nuevos agravios. Durante el sitio de Salsas, cuando más méritos estaban haciendo los catalanes, le escribió al virrey Santa Coloma, sin motivo ni provocación alguna, que si los privilegios del país podían avenirse con sus órdenes, los respetase; pero que en el caso de que le empesciesen ó dilatasen el éxito de las cosas, considerase al que los alegara como á enemigo de Dios y del Rey, de su sangre y de la patria; añadiéndole que enviase á todos los hombres capaces de trabajar ó de llevar armas al ejército, que hasta á las mujeres empleara en el servicio, y que echase si era preciso á los habitantes de sus hogares, para que los ocupasen los soldados. Y no contento con esto, inclinó al Rey á que escribiese al propio Santa Coloma, mandándole que domeñase con el rigor las libertades de los funcionarios y pueblos de la provincia. Provocaciones y rigores casi inconcebibles, cuando voluntariamente hacía tanto Cataluña, que era imposible pedirla más, impropios además para empleados con españoles, y más por hombres que tan flojamente se las habían con los extranjeros.

Era el Virrey catalán al cabo, y no podía prescindir de respetar por costumbre los privilegios de sus paisanos. Dilatóse por su causa, antes que por no ser necesario, el gran rigor que aconsejaba la Corte; pero cuando llegó el trance de acuartelarse el ejército en Cataluña, terminada la campaña, ya no pudo evitar los daños. Faltaron las pagas, como acontecía de ordinario, á los soldados; y éstos, en mucha parte extranjeros y acostumbrados á tomar por fuerza cuanto querían en Italia y Flandes, donde por lo común habían servido, comenzaron á ejecutar igual desorden en Cataluña. No acudió á reprimirlo como debiera el marqués de los Balbases, Capitán general del ejército, porque como extranjero, no tenía compasión á los naturales ni estaba acostumbrado á hallar resistencias en el paisanaje de otras partes, equivocando él, como los soldados y la propia Corte, al valeroso pueblo catalán con otros viles que había conquistado. Cabalmente aquel paisanaje había asistido en Leucata y Salsas y despreciaba á los soldados, teniéndose por más valeroso que ellos, y habiéndolo mostrado, verdaderamente, en muchas ocasiones, siendo ésta una de las causas de aborrecimiento y menosprecio que por entonces traían conmovidos los ánimos. Combatíanle en tanto al de Santa Coloma, de una parte el celo del servicio de su Rey, y de otra la compasión de los naturales; dudaba y revolvía en su mente diversos conceptos, pero no determinaba cosa alguna; y los soldados, fortalecidos en su licencia por la permisión ó tolerancia que traslucían, no había insultos que no hallasen lícitos, disculpándolos todos con el hambre. Mas los catalanes, viendo que no se les hacía justicia, vengativos y duros por naturaleza, y despreciando más que temiendo á la soldadesca, no tardaron en comenzar á tomarla por sus manos.

De pequeños principios fueron así formándose poco á poco grandes tumultos. Quemaron los soldados del tercio napolitano de D. Leonardo de Moles á Riu de Arenas, y Santa Coloma de Farnés tuvo luego igual suerte en castigo de haber allí muerto algunos alojados. Al saberse estas violencias, no ya el pueblo, sino la nobleza y el clero levantaron al cielo sus quejas. Sólo el alojar el ejército en Cataluña era ya manifiesta infracción de sus fueros; y habiendo enviado á Madrid doce embajadores que reclamasen contra ella, no se les permitió entrar siquiera, mandándoles que se detuviesen en Alcalá, donde estuvieron muchos días. Entonces enviaron á dos frailes capuchinos para que solicitasen que se oyese á los embajadores. Debieron aquéllos á sus hábitos el llegar á la presencia del Rey, sin que pudiera estorbarlo el favorito, y tanto dijeron, que lograron su propósito. Vinieron los embajadores á la Corte y pusieron en manos del Rey un memorial, que por lo descarado acabó de irritar los ánimos de la Corte, y por gran sufrimiento no logró respuesta alguna. Y á la par Santa Coloma prohibió en Barcelona que ningún abogado pudiese asistir á las causas ordinarias que suscitaban los paisanos contra soldados, pensando sin duda refrenar con esto la audacia del vulgo; lo que se logró fué que, hallando cerrado los agraviados catalanes el camino de la justicia, acabáranse de inclinar al propósito de defenderse brazo á brazo. Fueron como heraldos y mensajeros de tal propósito á verse con el Virrey el diputado militar Francisco de Tamarit, voz de la nobleza catalana, y poco después una embajada de la ciudad de Barcelona. Representaron ofensas, pidieron reparaciones y dejaron entrever amenazas. Mas era el conde de Santa Coloma hombre aunque bien intencionado, un poco violento, como lo mostró en las Cortes de 1626, donde puso mano á la espada contra el duque de Cardona, y luego en el sitio de Salsas, donde por pequeña ocasión apaleó á un tiempo al Maestre de campo Torrecuso y á su hijo el duque de San Jorge, tan valerosos ambos; y ahora irritado con la libertad de los catalanes, sin tener más en cuenta que era de ellos, ni reparar ya en los privilegios de la provincia, redujo á prisión al diputado Tamarit y á dos de los magistrados. Con esto parecieron muertas por un instante las libertades y la resistencia de Cataluña. Juzgóse en Madrid que lo estaban para siempre, y aplaudióse la determinación como esforzada, sin ver el peligro que ofrecía los que podían remediarlo.