La última embajada había puesto en el Conde-Duque y en sus favorecidos tanta ira, que se tenían por dichosos con imaginar tan inmediato castigo. No faltaba, sin embargo, quien temiese de aquellos sucesos, y alguno por cierto de quien menos pudiera esperarse. Tal era el marqués de los Balbases, D. Felipe de Spínola, hombre ilustre solo por el apellido de su padre, y cuya muerte aceleró, como se dijo, con la mala defensa y fuga del puente de Cariñan. Había sido D. Felipe con su tolerancia á sus soldados y con su desprecio á los catalanes, uno de los mayores causantes de aquellas inquietudes, y después no había cesado de aconsejar á la Corte que mantuviese sus disposiciones en Cataluña, alimentando y albergando la gente de guerra á costa y cargo de los naturales. No obstante, ahora, habiéndolo querido enviar allá para comenzar la nueva campaña contra los franceses, no quiso hacerlo, diciéndose públicamente que era porque temía el humor de los catalanes. Vergonzosa conducta la del Marqués, que daba á los demás lecciones de fiereza, cuando él no osaba mostrarla por su persona donde convenía, y ejemplo elocuente á los príncipes que se fían de fieros y balandronadas de cortesanos para ser agresivos é injustos. Los acontecimientos mostraron muy pronto que si era vergonzoso el reparo del Marqués, señalaba en él, sin embargo, más previsión que en los demás, pues irritados al último punto los catalanes, acrecentando las injurias su natural dureza y su antipatía á los castellanos, reunidos en un solo pensamiento, como suele acontecer en ellos, no tardaron en declararse en abierta rebeldía.

Rompió el vulgo de Barcelona tumultuosamente las cárceles, sacando de ellas á Tamarit y los otros magistrados presos, teniendo que acogerse el virrey Santa Coloma al amparo de las Atarazanas; y aunque se aplacó aquel tumulto por mediación del mismo Tamarit y los magistrados, alentáronse con la impunidad los descontentos, y creció su osadía con el ensayo de la poca resistencia, á punto de inclinarlos á mayores extremos. No se concibe cómo así la Corte, como el virrey Santa Coloma, descuidaron meter en Barcelona, para su seguridad, una parte del ejército que tan numeroso andaba en otros lugares; pero la Corte estaba ciega en su imprevisión, y el Virrey, ó no pudo lograr el refuerzo, ó se negó imprudentemente á pedirle, porque no pareciese flaqueza de su persona. Grandísimo error en la autoridad que había tenido ya una vez que desamparar su puesto, huyendo del vulgo amotinado, y que debía la paz entonces á la influencia de los mismos á quienes él tenía en prisiones. El hecho fué que los barceloneses, después del primer grito que dieron de rebelión rompiendo las cárceles, la llevaron á funesto término el día del Corpus del año 1640, sin que se hallase en la ciudad, como sin duda pudiera hallarse, bastante gente del Rey para contenerla.

No se había tomado otra precaución que armar algunas compañías de milicia del país, que en lugar de vencer el riesgo en la ocasión, lo aumentaron, haciendo causa común con los rebeldes: nueva torpeza y mayor, si cabe, que las otras. Comenzaron la sedición los segadores y habitantes del llano de Barcelona, recogidos en la ciudad con el pretexto de la fiesta; gente que, no teniendo nada que perder en ellas, se ha hallado siempre mucho más temible en tales casos que los moradores. La guardia del palacio del Virrey, viendo los primeros grupos y oyendo las voces sediciosas, hizo fuego, que fué dar más ocasión que remedio en el punto que estaban las cosas; cayó muerto un segador, recogieron el cadáver sus compañeros, y lo pasearon por plazas y calles, apellidando venganza. Desatado entonces el vulgo, empezó la matanza de castellanos y naturales de otras provincias, y particularmente de los que se empleaban en algún servicio del Rey, primero por las calles y plazas, luego asaltando las casas y entrando en los aposentos á fuego y sangre. Todo Barcelona ardió en un momento en confusión y estrago, y los rebeldes, no hallando resistencia en ninguna parte, y más envalentonados y más sedientos de sangre que nunca, llegaron á las puertas del palacio del Virrey cargados de haces de leña para quemarle. Este, sin otro amparo ya que su dignidad escarnecida, sin otra defensa que la razón que juzgaba tener de su parte, sintió decaer su corazón y ocupar el miedo lentamente el sitio donde se albergó hasta entonces la ira. Rodeábanle los conselleres y magistrados de Barcelona, tan amigos de la sedición como los que estaban ejerciéndolas en armas, aparentando por decoro de sus cargos que la aborrecían, y proponiendo consejos y arbitrios que bien pudieran tomarse por maliciosos estorbos y trazas de evitar cualquiera ejecución acertada. Díjose que ellos jamás llegaron á temer tanto del vulgo, habiendo mirado apaciblemente sus primeras demostraciones; pero éste, una vez lanzado, rara vez para en lo justo. Entraron las turbas en casa del Virrey, pidiendo á gritos su muerte; salváronse como pudieron algunos de los oficiales reales, y los conselleres y magistrados de la ciudad adularon á los delincuentes, regocijándose ya con la victoria. Y en tanto Santa Coloma, encadenado por su honra, retardó la fuga, hasta que vió sobre sí á los asesinos. Salió entonces del palacio sin ser visto, y se metió en las Atarazanas; luego, dejando aquel asilo con su hijo y algunos oficiales, acudió á embarcarse en una galera genovesa que había en el puerto; pero no pudo lograr sino salvar á su hijo, que le seguía, anteponiendo la vida de éste á la suya propia, porque el esquife que le aguardaba, cañoneado desde la ciudad por los rebeldes, advertidos ya del caso, no osó más esperarle. Así la fortuna, ensañándose en aquel hombre más torpe que criminal, le permitió salvar á su hijo y á los más de sus oficiales, algunos despedidos por él antes, otros embarcados ahora, y no quiso concederle á él la vida, y tuvieron tiempo y valor los del esquife para salvarlos á todos menos al que más obligados estaban. Solo ya en la playa y cierto en su perdición, echó á andar don Dalmau sin saber dónde iba por las orillas del mar á las peñas de San Beltrán, camino de Montjuich, donde rendido al miedo y la fatiga, cayó desmayado; y llegando algunos de los muchos que le buscaban, fué muerto de cinco heridas.

Mientras tan triste tragedia se representaba fuera de la ciudad, otras tan horribles y más se representaban por dentro. Las iglesias fueron violadas, y manchados los altares con sangre de los inocentes castellanos que en ella buscaban asilo; no hubo de ellos quien conocido librase la vida, y ni una de sus casas pudo escapar del saqueo. Tamarit y los magistrados populares, llevados en hombros de la plebe y dueños, al parecer, de la muchedumbre, no quisieron ó no pudieron, que es más cierto, contener el estrago. Ni paró éste en Barcelona: Lérida, Balaguer, Gerona y otros lugares no poco alborotados ya, siguieron impetuosamente el movimiento matando ó saqueando cuanto encontraban con el nombre de Castilla, y en Tortosa, fueron mayores que en ninguna parte los escándalos. Al grito de Vía fora eran acometidos los cuarteles donde se alojaban los tercios y escuadrones del ejército real, y los capitanes, dudosos y confundidos por lo impensado y lo inaudito del suceso, ni acertaban á tratar á los naturales como hermanos y amigos, ni á emplear las armas contra ellos con el rigor que ya convenía. Fueron sorprendidos y degollados de esta manera cuatrocientos caballos que mandaba D. Fernando Cherinos, y en Tortosa prisioneros ó dispersos tres mil reclutas. Á duras penas se salvaron cuatro mil infantes y novecientos caballos al mando de D. Juan de Arce, encaminándose al Rosellón, haciendo mucho daño la soldadesca enfurecida en las comarcas por donde se ejecutó la retirada; y D. Felipe Filangieri, que mandaba la mayor parte de la caballería, pudo salvarla, entrándose con ella en Aragón, á favor de la noche. Así, de todo aquel ejército, que ya que había ocasionado con su alojamiento tan desdichada ruptura, podía, según era su fuerza, haber mantenido el Principado, bajo la obediencia del Rey, ó al menos las principales poblaciones y lugares, no quedó en breves días un solo escuadrón en el territorio rebelde.

La mente, contristada con estos sucesos, se vuelve, naturalmente, á Madrid para ver lo que aquí en tanto acontecía. Y halla que el Conde-Duque en los propios días del estrago daba banquetes en el Buen Retiro, donde casi todos los convidados quedaban borrachos, porque las tazas con que se brindó eran muy capaces, según las palabras del narrador; y halla al Conde-Duque camino de la Algaba á escoger toros para festejar con una corrida á los mismos caballeros del banquete; y halla á la Corte alegre con la fausta noticia de un auto de fe celebrado en Zaragoza, donde fué azotado y condenado á galeras un mal caballero que entretenía sus ocios en meter demonios en muchos lugares con quien tenía aborrecimiento, endemoniando más de mil seiscientas personas de esta manera, y halla, en fin, que el día de la matanza horrible de Barcelona acompañó el Rey la procesión de Corpus con desusada gala por la mañana, y por la tarde se representaron autos. Mas cuando llegaron las nuevas de Barcelona, hubo en los buenos ciudadanos la mayor confusión y lástima. El pueblo, hasta entonces deslumbrado con las apariencias que se conservaban de grandeza, sintiendo ya perdición cercana, comenzó á llorarla. Sólo el Rey y el favorito se negaban aún á reconocer el daño. Felipe, por toda demostración de cuidado y riesgo, asistió en persona al Consejo de Estado, donde el Conde-Duque hizo valer desde el principio más bien la venganza que el remedio, añadiendo obstáculos al acomodamiento de las cosas, sosteniendo públicamente que no era decente amoldarse á la voluntad de hombres inquietos inficionados en la desobediencia; y luego en su particular negando su gracia á los que no se esforzaban mucho en calumniar ó denostar á los catalanes. Continuáronse las procesiones ostentosas, y en la de octava del Corpus, yendo también el Rey con toda la grandeza acompañándola, aconteció un caso de risa y mofa en la Corte, de espanto y pena para las personas prudentes, no indigno de memoria. Un labrador, vestido á la manera humilde de los de su clase, saliendo de repente del concurso, se puso delante del Rey, diciendo á grandes voces: «Al Rey todos le engañan; señor, señor, esta Monarquía se va acabando y quien no lo remedia arderá en los infiernos.» «Ese hombre debe de ser loco»—dijo el Rey, desdeñosamente—. «Locos son los que no me creen»—replicó el labrador, con acento solemne—; prendedme y matadme si queréis, que yo he de deciros la verdad.» Y sin más fué retirado de allí por los soldados. Ni siquiera la risa del suceso duró en la Corte más que una noche; pero en el pueblo, afligido ya, no faltó quien tomase aquella voz por aviso del cielo y fué largamente recordada. No era sino la voz de la razón y de la lealtad, que echada de la Corte por la lisonja y la lujuria, se mostraba y resplandecía en tan rústicos hábitos; no era aquel labrador sino un sencillo castellano acostumbrado á practicar la virtud en sus hogares, mientras en la Corte sólo tenían entrada los vicios, con valor en el corazón para decir la verdad, cuando nadie osaba aquí desembozar la mentira. ¡Inútil verdad por cierto!

No se tomó en muchos días determinación alguna sobre Cataluña, mas que la de nombrar nuevo Virrey en la persona de D. Enrique de Aragón, duque de Cardona, de ilustre casa y muy estimado en Cataluña, porque la vez pasada que tuvo aquel cargo, halló medio de desempeñarlo, si no con gloria, á gusto de sus paisanos. Por lo demás, entretúvose el Conde-Duque en murmurar amenazas, al paso que los embajadores catalanes, que estaban en Madrid todavía, le hacían protestas mejor dichas que cumplidas. Y en lugar de atender la Corte á las cosas de Cataluña, atendió aún á lidiar toros en la fiesta dada á Santa Ana, y corridas de lanzas á la manera de África en la plaza de la Priora, al expurgatorio público y solemne de libros hecho en aquellos días por la Inquisición, y á procesiones brillantísimas en la iglesia de la Almudena, y otras, donde llevaban estandartes y borlas los generales mismos que tanta falta estaban haciendo en los ejércitos; todo como de ordinario y cual si nada hubiese de infeliz.

En tanto desde el Ebro hasta las faldas septentrionales del Pirineo, paseábase la rebelión triunfante y seguida unánimemente del clero, nobleza y pueblo. Excomulgó el obispo de Gerona al tercio castellano de Arce y al napolitano de Moles, uno y otro señalados en los desórdenes, y que ahora, al mando del primero, se habían retirado hacia el Rosellón; y las cuadrillas de rebeldes, alentadas con esta demostración del sacerdocio, y queriendo santificar con ella su causa y tachar de impíos á los castellanos, pintaron un Cristo crucificado en sus banderas. Arce, con la infantería que llevaba, logró al fin recogerse al Rosellón, para sentar allí sus cuarteles y esperar órdenes de la Corte; pero ni aun esto pudo hacerse en sosiego. La fama del desorden de aquellos soldados había llegado al Rosellón, como siempre, muy llena de exageraciones; los habitantes de aquella provincia, acostumbrados á mirar como hermanos á los catalanes, deploraban sus daños y aprobaban sus razones, y junto lo uno con lo otro, hizo que en Perpiñán á Arce y á los suyos se les cerrasen las puertas. Fué temeridad de los moradores, porque el castillo, uno de los más fuertes de España, estaba muy guarnecido y con mucha artillería, y dentro de él residía el marqués Cheli de René, que mandaba la provincia; de suerte, que con el castillo y la gente que Arce traía, era imposible la resistencia. Con todo, desecharon los partidos que se les propusieron, y los soldados castellanos y napolitanos entraron la ciudad por asalto, mientras que el castillo descargaba su furia contra ella, dejándola en mucha parte asolada. Tras el triunfo vino el saqueo: huyó la mayor parte de la población á los campos, y los soldados, faltos al fin de todo en la ciudad, se derramaron por la provincia, tratándola como tierra enemiga. En esto, el nuevo Virrey, Cardona, habiendo logrado introducirse en Barcelona, templó con lo agradable de su trato algo de los pasados enojos. Allí supo lo acontecido en el Rosellón, y temiendo que con ello se acrecentase el escándalo y el odio en Cataluña, pasó allá, prendió á los Maestres de campo Arce y Moles, y empezó á admitir las quejas de los paisanos contra los soldados, cosa prohibida por el Virrey Santa Coloma y que había añadido tanta ocasión á los primeros tumultos.

Fueron universalmente aplaudidas estas disposiciones en el Rosellón y Cataluña y calmaron mucho los ánimos; pero en Madrid el Conde-Duque las recibió con sumo disgusto. Cada día más encolerizado con los catalanes, deseoso de castigar su audacia y juzgándose con bastantes fuerzas para el caso, vino á dar más calor á sus intentos el continente y palabras sumisas de los embajadores catalanes, residentes aún en Madrid, que públicamente pedían perdón por los pasados escándalos, y ofrecían la enmienda, tomando por miedo de todo el Principado, lo que no era más que arte ó templanza de ellos. Así, no bien supo las disposiciones de Cardona, se apresuró á desaprobarlas. Faltóle tiempo á éste para sentir la afrenta que se le hacía y para llorar las desdichas que se le preparaban, porque en aquellos mismos días, cargado de años y de pesares, bajó al sepulcro, y en su lugar se nombró al obispo de Barcelona, D. García Gil Manrique, hombre docto y virtuoso, pero incapaz por su ministerio y manso carácter para puesto tan difícil como era entonces aquel Virreinato. Y bien puede decirse que no llegó á desempeñarle, porque en Madrid se ordenó todo en lo sucesivo sin contar con tal Virrey, y los catalanes no contaron con él para bien ni para mal en cosa alguna. Á un tiempo en Madrid y en Barcelona se determinó fiar el remedio á la fuerza. Convocó el favorito una Junta de ministros y magistrados de aquellas mixtas que él solía hacer con individuos de los diversos Consejos, y les propuso al cabo la resolución del negocio; pero fué de manera que, aunque hubo quien manifestase que sólo con templanza y buen gobierno podía sosegarse á Cataluña, él hizo triunfar la opinión de la guerra y la violencia con el peso de la suya y el número mayor de sus amigos. Resolvióse que el Rey saliese de Madrid para Cataluña, so pretexto de hacer Cortes en la Corona aragonesa, y que llevara consigo para ejercitar el imaginado rigor todos los tercios, compañías y capitanes que se hallasen en España, así de gente veterana como de milicia y nuevas levas, echando mano de la artillería de las plazas y de las que tenían los señores en sus castillos, y formando de todo, el ejército más poderoso que se pudiera. Fué nombrado después de muchas dudas y pareceres por Capitán general del ejército D. Pedro Fajardo y Zúñiga, marqués de los Vélez, soldado inexperto, aunque no falto de buen deseo, con nombre de Virrey de Aragón primero, por respetos al obispo de Barcelona; luego, quitando ya el reparo, con el de Virrey y Capitán general del ejército y Principado.

No era éste, ciertamente, á propósito para mando tan grande, como lo dejaron ver las resultas. Zaragoza fué señalada por plaza de armas, y se mandó que las galeras de España se acercasen á las costas de Cataluña para dar calor á las operaciones. No se estuvieron quietos los catalanes al propio tiempo, sino que convocaron sus Cortes, llamando á ellas á los grandes y obispos, y se propusieron francamente las medidas necesarias para la defensa, dado que al fin no podía obtenerse la paz. Allí, después de varios discursos discordes en la manera y objeto, se siguió el parecer del diputado eclesiástico Pau Claris, canónigo de Urgel, hombre, como suele haberlos en estos casos, turbulento, y á lo que se sabe, de no muy honradas intenciones, y más deseoso de medrar en la revuelta, que de servir á la patria: éste propuso la resistencia á toda costa. Comenzaron, pues, á juntar ejércitos, á nombrar capitanes, á señalar plazas de armas; enviaron una embajada á los aragoneses, solicitando que como hermanos que eran, les ayudasen en la empresa; y, por último, tomaron una resolución de todo punto indisculpable, aun en los mayores extremos, que fué enviar embajadores al Rey de Francia implorando su auxilio. No anhelaba otra cosa Richelieu, y acogiendo alegremente al enviado de Cataluña, le ofreció armas y soldados para sostenerse contra los castellanos, y luego ajustó un tratado con ella, por el cual de una y otra parte se obligaron á no hacer paz sino de mutuo consentimiento con el Rey Católico. Reconocíanse aún los catalanes como vasallos de éste y mostrábanse propuestos sólo á defender sus fueros, y era que los frenos de su lealtad y de su patriotismo no estaban rotos del todo; pero bien podía sospecharse desde entonces que agriados los ánimos con la guerra, se inclinasen al último rigor y extremo. Aún contribuyó á ello astutamente Richelieu, no enviando por lo pronto á Cataluña muchos capitanes y soldados, á fin de que sirviendo de muestra de su poder, labrasen más deseos que satisfacción, haciendo sentir la esperanza antes que no el alivio. Sin embargo, envió los bastantes capitanes para que se les encargase del gobierno de todas las plazas y fortalezas, y bastantes soldados para que adiestrasen á los inexpertos catalanes en el ejercicio de las armas, y estorbasen á nuestro ejército el pelear con gran ventaja en los campos de batalla, siendo unos y otros de lo más escogido y valeroso que contase á la sazón Francia, entre ellos M. de Espenan, el defensor de Salsas.

De tal aspecto de las cosas no había más que esperar desdichas; pero el Conde-Duque las hizo aún muchísimo mayores que debieron y pudieron ser. Ya que no había sabido valerse de la templanza y de la justicia, tampoco supo cómo y cuándo emplear las armas para alcanzar su propósito. Despacháronse órdenes á todos los capitanes de guerra de las costas y fronteras del Principado, para que sin demora comenzasen las hostilidades mientras llegaba el grueso del ejército que se estaba formando. Entraron los soldados en Tortosa por industria y trato con los naturales, suceso que dió á los nuestros esperanza, y desaliento á los contrarios; pero no tardaron en sobrevenir reveses tales que hicieron olvidar la adquirida ventaja. Había recaído el mando de las armas del Rosellón en D. Juan de Garay, criado del duque de Feria, y de muy humildes principios; Maestre de campo luego del tercio viejo de Lombardía y Maestre de campo general, reputado de muy experto y valiente, no tanto de capitán afortunado. Salió éste de Perpiñán con el tercio de Arce y el de Moles, algunos caballos y artillería; llegó al lugar de Milla y entrólo sin resistencia, y en seguida se puso sobre ella que estaba en abierta insurrección. Defendióse briosamente aquella pequeña plaza, y á punto que Garay tuvo que levantar el cerco y enviar á Perpiñán por más gente y artillería, con cuyo refuerzo volvieron á comenzarse el cerco y los ataques. Abierta la brecha, dióse un asalto en el cual D. Juan de Garay, notando flojedad en los suyos, tomó con una pica la delantera, acompañando con la voz el ejemplo; pero herido gravemente, sus soldados se descompusieron y fué preciso ordenar la retirada. Poco después recibió orden Garay de venir á Cataluña con cuanta gente pudiese reunir, para juntarse con el ejército del marqués de los Vélez; pero no quiso cumplir tal orden por no dejar la provincia en manos de catalanes y franceses, y se embarcó sólo con alguna artillería, dejando guarnecidas las plazas, á lo cual se debió que no se perdiesen por lo pronto. Llenáronse de ardor los catalanes con estos sucesos, teniéndose ya por invencibles, y el Conde-Duque, pareciéndole aquella ocasión para ceder, movió nuevos tratos de paz, él que tanto la había dificultado, por medio del nuncio apostólico monseñor Aldobrandini, y de algunas personas de la nobleza catalana. Sin duda la resistencia de los catalanes le cogió de improviso como todas las cosas. Creyó que no osarían pueblos, al parecer inermes, contrarrestar su tiranía, y que los lazos de la lealtad serían bastantes para atarlos al carro de su insolente vanidad y de su codicia torpe; y lo poco que dejó de perder con el engaño, vino con el desengaño á perderlo. Negáronse los rebeldes, como era natural, á las proposiciones que ahora se les hicieron, y no hubo más sino que ellos crecieron en osadía, y el Trono y la autoridad decayeron en respeto. Entonces, yendo siempre de error en error, y de flojedad en violencia, se redujo á prisión en Madrid á los embajadores catalanes.