Reuníase al propio tiempo el ejército real con gran dificultad y trabajo en las fronteras de Aragón y Cataluña. Los soldados de las nuevas levas, no bien incorporados en las banderas, desertaban y se volvían á sus pueblos; faltaban armas, carros y todo género de instrumentos de guerra, porque con la larga paz de que las provincias de España habían disfrutado, apenas se hallaba en ellas cosa alguna; pero al fin se logró allegar gente bastante y acopiar todo lo necesario, y el ejército, desde Zaragoza y Tortosa, se dispuso á entrar en Cataluña. Había propuesto Garay que se invadiese el territorio catalán por el Rosellón, con lo cual se cerraba la puerta al socorro de Francia, y éste era sin duda el parecer más acertado, por lo cual, precisamente, no fué el que se siguió, prefiriendo comenzar la campaña por la frontera aragonesa. Mas todavía hubo antes de cruzar formalmente las armas, notables demostraciones. Fué una, que el marqués de los Vélez se juró por Virrey de Cataluña ante el obispo de Urgel y algunos otros catalanes fieles; y como en el juramento se comprendió el no infringir los fueros de la provincia, se añadió por esta vez que eso sería mientras ella no obligase á infringirlos. Otra fué, de parte de los catalanes, porque habiendo llegado el tiempo de elegir los conselleres ó magistrados de Barcelona, como era costumbre que no se introdujesen los electos en el nuevo mando sin la aprobación del Rey, despacharon un correo á la Corte, de la misma suerte que lo hacían en los años de quietud, dando á entender con esto todavía que no se desviaban por defenderse de la obediencia soberana. Fundó en esto alguna esperanza de acomodamiento nuestra Corte, suponiendo que los catalanes deseaban la sumisión, y sin dificultad se confirmó la elección de aquellos magistrados; pero era vana esperanza. Por último, los aragoneses, convidados por los catalanes á la rebelión, no sólo se negaron á ello, sino que enviaron una embajada á Barcelona, aconsejándoles que se sometiesen al Rey: ¡ocioso intento también!
Luego, sin más tardanza, comenzaron las armas á hacer su oficio. Salió D. Fernando de Tejada de Tortosa, en donde era gobernador, y embistió á las cuadrillas catalanas fortificadas en las cercanías; desalojólas, quemó la villa de Cherta y causó muchos daños en aquellos campos, y D. Diego Guardiola entró á poco tiempo en el lugar de Tivenís sin resistencia alguna; con lo cual y el perdón que se ofreció luego á los que voluntariamente se sometieran, vinieron muchos lugares de la comarca de Tortosa á la obediencia del Rey. Tras esto fueron enviados dos capitanes á tomar algunos pasos de allí cerca, para que los enemigos no pudiesen estorbar el movimiento del ejército. Y en seguida el marqués de los Vélez, impaciente por ganar la gloria que esperaba, lleno de ardor y de buena fe, pero tan poco previsor como de su poca práctica podía esperarse, entró en el Principado, llevando consigo de Maestre de campo general á Carlos Caracciolo, marqués de Torrecuso, muy honrado en el socorro de Fuenterrabía, á D. Alvaro de Quiñones, al marqués de Cheli de René y otros muchos capitanes de cuenta, con veintitrés mil infantes, tres mil caballos y veinticuatro piezas de artillería, sin mirar que eran ya principios de Diciembre, como dando por cierto que la resistencia no obligaría á hacer largas ni dificultosas operaciones.
Pero en esto sobrevino un accidente á la Monarquía más grave desde el principio que la insurrección de Cataluña, y al cabo de muchas más funestas resultas. Á un tiempo casi llegó á Madrid la noticia de que el ejército del marqués de los Vélez había comenzado sus operaciones, y la de que el Reino de Portugal estaba alzado en armas, aclamando por Rey al duque de Braganza. Otra consecuencia del descabellado pensamiento de unidad que traía en la mente Olivares. Habían durado en Portugal los tratos de unión más que en Cataluña y habían llegado más adelante. Propúsose que las Cortes portuguesas fuesen unas con las de Castilla, convocándose á éstas un cierto número de diputados de sus tres brazos. Llegó á designarse al arzobispo de Evora para la presidencia del Consejo que debía reemplazar al de Castilla, entendiendo en los asuntos de las dos provincias. Llamóse á Madrid para tratar de esto á los nobles, principales y prelados, caballeros y eclesiásticos de cuenta. Celebráronse muchas conferencias, y hubo largas pláticas y discursos, pero sin llegarse á determinar cosa alguna. Hallábanse los portugueses poco gustosos con los castellanos para ello. Felipe III no estuvo sino una sola vez en Portugal, y aún fuera mejor que no estuviera ninguna. Trató el Rey con despego á aquellos orgullosos pueblos, y la grandeza castellana, no ya con despego, sino con altivez é insolencia, y en cambio Lisboa y los demás pueblos por donde pasó la Corte se mostraron con ella muy desabridos. Aumentáronse con esto las antiguas antipatías de pueblo á pueblo. En Portugal aborrecían francamente á los castellanos por su soberbia, y en Castilla eran despreciados sobre manera los portugueses. Como disfrutaban éstos de alguna más tolerancia religiosa, eran tachados de impíos por el fanático pueblo, y más al ver que los autos de fe, aunque frecuentes, no daban abasto al número de judíos portugueses encausados por sus sacrilegios y doctrinas. De otra parte, había por acá muchos portugueses que se dedicaban al tráfico y negociaciones, logrando en ellas grandes productos, y enriqueciéndose con préstamos y usuras al Gobierno y particulares: nueva causa de envidia y aborrecimiento en los castellanos, siendo tan mala la disposición de ánimos en unos y otros para intentar la unión pretendida. Pero el Conde-Duque no reparó en nada, y al sentir los apuros de la guerra comenzó á ordenar novedades nunca oídas en aquella Corona y á sostenerlas con el rigor.
Los Ministros que entendían en las cosas de Portugal, Miguel de Vasconcellos y Diego Suárez, eran á semejanza de aquel funesto protonotario de la Corona de Aragón, D. Gerónimo de Villanueva, hechuras y aduladores del Conde-Duque, vendidos á sus intereses y caprichos, y, por tanto, universalmente aborrecidos de los naturales: en todas partes los mismos yerros. Necesitóse dinero y gente, no se quiso acudir á las Cortes portuguesas, tan parcas en conceder uno y otro, como todas las de España, y sin tal requisito se mandó á los pueblos que aprontasen una contribución crecida y que enviasen á Castilla mucho número de soldados. Alborotóse Portugal con esta nueva. Llegó á tal extremo la oposición y el odio á los castellanos, que hasta los curas y predicadores, después de los sermones y misas, prescribían públicamente á sus agentes rezos y plegarias para que Dios los librase de tal Gobierno. Alzáronse en poco en encubierta rebelión, corriendo aún el año de 1636 muchos lugares de los Algarbes, dando por causa el no pagar una nueva contribución de cinco por ciento, impuesta sobre las rentas y mercaderías, y en Evora principalmente llegaron los desórdenes á ofrecer cuidado. Sosegóse, sin embargo, el tumulto, quedando satisfechos el Rey y los cortesanos, de manera que el Consejo de Castilla primero, y luego los procuradores de las Cortes de Castilla, tan vendidos por aquel tiempo al Poder, propusieron al Rey en 1639 que atendiendo á los méritos de Olivares por haber librado á Portugal de un levantamiento, conservándolo unido á Castilla, al propio tiempo que por la disposición del socorro de Fuenterrabía, se le hiciesen ciertas mercedes muy grandes. Accedió el Rey á la súplica y se las hizo: ¡ridícula farsa urdida por el favorito, y tan deshonrosa para el Consejo como para las Cortes! Pero Suárez y Vasconcellos no tardaron en comunicar á Madrid que aquellas chispas no eran hijas del acaso, sino un incendio oculto, que antes de mucho, sin grandes y oportunos remedios, habría de abrasar todo Portugal: lo único que faltó fué que acertasen con tales remedios.
Eran ambos Ministros de no vulgar talento y de historia tan singular, que para el conocimiento de las cosas de aquel tiempo conviene dar alguna razón de ella, Miguel de Vasconcellos fué hijo de un oidor de Portugal, el cual, por ciertos arbitrios y remedios públicos que imaginó, fué muy perseguido de sus conciudadanos, condenado á no tener oficios en su familia hasta la cuarta generación, y al fin asesinado. De resultas de esto se halló en su mocedad desamparado, sin otro arrimo que el de una hermana que tenía soltera, y aún tachado, con razón ó sin ella, de no muy sano en la fe. Acertó á casar esta hermana con Diego Suárez, hombre entonces de alguna mejor fama, pero no de mucha más fortuna; y unidos ya por los lazos de la amistad y de la sangre, trataron de remediar sus miserias. Andaban á la sazón tan en boga en la Corte de España los arbitristas y los arbitrios, que al Diego Suárez se le ocurrió una singular idea, que fué pasar á ella con los borradores y apuntes de aquellos que tan desdichada suerte habían acarreado al padre de Vasconcellos. Consultólo con su cuñado, y éste, aprobando el plan, le dió los papeles que poseía, aunque no sin pactar antes que las mercedes obtenidas por tal medio se partirían entre ambos. Con esta recomendación vino á Madrid, en efecto, el Suárez, y halló tanta gracia en el Conde-Duque, que los arbitrios no se sabe si se aprovecharon; pero es cierto que él se aprovechó muy bien de ellos, llegando á ser muy pronto uno de los mayores validos del Conde-Duque y secretario de Estado de Portugal, y el que despachaba en Madrid absolutamente todo lo que tocaba á aquel Reino. Entonces, cumpliendo con el pacto antiguo, hizo también á su cuñado Vasconcellos secretario de Estado, con la obligación de residir en Lisboa. Así las cosas, pasaban de Vasconcellos á Suárez, y de Suárez al Conde-Duque, repartiéndose entre los tres toda la autoridad y ganancia, y principalmente entre estos últimos, que como más miserables también abusaban más de su poder. Estaba de Virreina en Portugal Doña Margarita de Saboya, duquesa viuda de Mantua, hija del turbulento Víctor Manuel y muy diferente en sentimientos de su padre, porque amaba sobremanera á los españoles y se desvivía por sus intereses. Era, en suma, mujer de carácter firme y de no vulgar inteligencia; pero, á la verdad, más parecía esclava que señora en aquel cargo. Vigilada y estrechada por Vasconcellos y sus secuaces, veía pasar ante sus ojos los mayores desórdenes; y aunque se quejase á la Corte con frecuencia, no recibía de ella, por mano de Suárez sino desdeñosas respuestas. De esta suerte, los escándalos de cohecho y de violencia fueron inauditos en poco tiempo, y acabaron de hacer perder á los portugueses la paciencia. Pero, como arriba dijimos, ya que fuesen perversos, no carecían de algún talento ni Suárez ni Vasconcellos, y no tardaron, por tanto, en conocer el peligro, acertando también que el duque de Braganza sería luego la cabeza y el principio del daño. Entonces, con aviso de ellos, comenzaron aquellos largos manejos con que Olivares procuró evitarlos, mostrando más y más en esto su inhabilidad y torpeza.
Era el duque de Braganza nieto de la infanta Catalina, que contendió con Felipe II sobre los derechos de la Corona portuguesa por ser hija de D. Duarte, hermano de la emperatriz Isabel, madre del Rey de España. Fundaba Doña Catalina su derecho en una ley del Reino que excluía á los príncipes extranjeros del Trono; pero Felipe negaba con cierta razón que pudiesen mirarse como tales en Portugal los Reyes de Castilla. Llegó el asunto á trance de armas, y Felipe completó con el poder de las suyas lo que pudiera faltarle á su derecho; venciendo al prior de Ocrato, que osó contraponérsele en campo, sin que de parte de la infanta Catalina hubiese el menor amago de rebelión ó resistencia. Á eso debieron ella y su hijo el duque Teodosio permanecer en Portugal después que fué provincia de España; así como el nieto, Duque á la sazón de Braganza; descuido y error grave que apenas se explica en tan prudente Rey como Felipe II. El duque Teodosio había alimentado siempre en el corazón un odio invencible á los españoles y lo había legado á su hijo; pero éste era de carácter pacífico y más dado á los placeres que á los negocios: de suerte que aunque muy sagaz y astuto, parecía incapaz por indolencia de meterse en ninguna empresa de importancia. Mas por desdicha estaba casado con Doña Luisa de Guzmán, hermana del duque de Medinasidonia, mujer altiva, ambiciosa, inteligente, ejemplar de aquellos que la grandeza castellana engendraba aún de cuando en cuando, y que servían de muestra de lo que habían sido en otros tiempos. Aquella mujer castellana, y muy estimada en la Corte de Madrid y en la servidumbre de los Reyes antes de su matrimonio, afrentada más bien que agradecida con tal recuerdo, como suele verse en los soberbios, logró á su tiempo del indolente marido que aprovechase la ocasión que se le ofrecía de recuperar el poder y grandeza de sus mayores, ayudándole también muy eficazmente á ponerlo por obra. Pero el principal agente de la conspiración fué cierto Pinto Ribeyro, mayordomo de la casa de Braganza, hombre de no vulgar ingenio, astuto, disimulado, lenguaraz y osado por todo extremo, nacido para ser instrumento de grandes cosas y empresas. Este comenzó á fraguar la conspiración con el mayor sigilo y con el más refinado disimulo; de suerte que, á no estar tan cerca Vasconcellos, y á no ser tan sagaz Suárez, se llevaran á efecto sin que nadie supiese sus principios.
Retirado á sus haciendas riquísimas de Villaviciosa, no pensaba, al parecer, el de Braganza en otra cosa que en sus cacerías, ni más la Guzmán que en sus quehaceres domésticos. Mas no apartaban un punto su atención del negocio, y allí recibían á sus ministros y cómplices, así naturales como extranjeros, pues se sabe que los hubo franceses en aquella época que ofrecieron para el levantamiento de Portugal naves, soldados y todo género de auxilios, al propio tiempo que á los enviados del Conde-Duque, que desde los alborotos de 1836 tampoco los perdió un instante de vista. Hízole aquél capciosas preguntas sobre aquellos acaecimientos, y más sospechoso que asegurado con sus investigaciones, tomó la determinación de sacarlos de Portugal á toda costa, con todos los nobles del país, no sin razón tachados de cómplices ó descontentos. Valióse para ello de la insurrección de Cataluña, porque habiéndose publicado que el Rey haría jornada á aquella provincia con pretexto de que lo acompañase allá toda la nobleza de sus Reinos, mandó venir á Madrid la de Portugal, en la cual era de los primeros el duque de Braganza. Vinieron con efecto á Madrid hasta cincuenta prelados y títulos portugueses, pero no el de Braganza, que se excusó con frívolas razones, siendo él la persona que más se quería que viniese. Crecieron con esto, como era natural, los temores de Suárez y Vasconcellos y las sospechas de Olivares; y cuando todo el mundo esperaba alguna resolución violenta y acomodada al caso, que no fuera difícil de traer entonces á cumplimiento, salió de la Corte una disposición extraña, y á los ojos de los pasados y presentes inexplicable, que fué ordenarle al Duque que en saliendo de Villaviciosa fuese á residir cerca de Lisboa para atender á la defensa de las costas de Portugal que se suponían amenazadas de enemigos, con el mando absoluto de las armas y hasta veinte mil doblones de ayuda de costa. El objeto, si lo hubo, no pudo ser otro que adormecer al Duque y sus parciales con semejante muestra de confianza, haciéndoles creer que nada se recelaba de ellos, á fin de ejecutar más á mansalva cualquier resolución atrevida; pero era fácil de conocer tal objeto por un lado, y por otro era aquello demás para hecho de burlas y con cautela. Así fué que en el Duque y sus parciales, lejos de desvanecerse con eso, se aumentaron los ya crecidos alientos y no pensaron más que en aprovecharse de los medios que tan insensatamente se ponían en sus manos. Vino el Duque á Lisboa, como se le ordenaba, tomó el mando de las armas, guarneció con capitanes y soldados de su devoción los principales lugares y fortalezas de la costa, y hasta en la misma ciudadela de Lisboa metió guarnición de portugueses con la castellana que allí había; así que halló sin pensarlo abiertas de par en par las puertas del Reino.
Al propio tiempo, por todas las ciudades por donde pasaba se mostraba con regia pompa y triunfal aparato, hacía mercedes á los suyos, castigaba con ocasión ó sin ella á los amigos y parciales de Castilla, y engendraba esperanzas y ganaba simpatías. Hubo ciudad como Lisboa donde se le recibió con igual júbilo y honras que si fuera ya persona real. Atónita la Duquesa gobernadora y los ministros y personas fieles que quedaban en Portugal á nuestra Corona, con tan impensados accidentes, escribieron á Madrid, exponiendo con verdad y franqueza el estado de las cosas, y anunciando la total perdición del Reino si pronto no se deshacía lo hecho; mas Suárez no respondía sino con oráculos y enigmas, y Vasconcellos se mostraba en Lisboa completamente seguro y satisfecho. En tanto Olivares seguía larga y afectuosa correspondencia con el duque de Braganza, ponderándole los servicios que estaba haciendo á la Monarquía con su conducta, y estimulándole á que se preparase á hacerlos mayores. Aún no se sabe bien cuáles fuesen en todo los ocultos intentos del favorito y sus agentes. Los portugueses afirman que se trataba de prenderle á toda costa; que se dió orden á D. Lope de Osorio, general de la armada del Océano, para que conduciéndole á bordo con algún razonable pretexto, lo redujese luego á prisiones y lo trajese á cualquiera de los puertos de Galicia ó Andalucía; y que frustrado esto porque los temporales deshicieron aquellos bajeles, se pretendía prenderle en uno de los castillos que había de visitar por su nuevo oficio. Pero el hecho fué que no se hizo nada de esto, y, por el contrario, cuando el Conde-Duque creía tenerlo confiado y seguro, halló traza el de Braganza para engañarle, harto más eficaz y menos expuesta, porque al tiempo mismo en que le suponía más empeñado en conservar el mando, se volvió voluntariamente á residir en Villaviciosa, enviando al ejército de Cataluña cantidad considerable de sus vasallos y allegados, y quedándose al parecer sin facultades y sin fuerzas.
Atribuyóse este paso á temor, que era lo que él quería, y desistiendo de toda idea violenta y repentina, prosiguió la Corte por algún tiempo negociando lentamente á fin de sacarle á él y á la nobleza de aquel Reino, hasta que, cansada de nuevo de los subterfugios que empleaba sin tasa, reducidos todos á negarse á la salida, expidió orden terminante para que sin más dilaciones ni pretextos se pusiese en camino, conminando al propio tiempo con pena de traición y confiscación de bienes á todos los prelados, títulos y señores que no acudiesen á Madrid, como por tres veces se les había ordenado, para acompañar la jornada del Rey tantas veces alegada. No hizo esto más que apresurar el estallido de la conjuración, y verdaderamente que para proceder así con órdenes rigurosas y absolutas, más valiera emplearlas desde el principio. Á la sazón, lo que el caso requería no eran órdenes tales, sino prontos y vigorosos hechos; era preciso meter al punto en Portugal un ejército, asegurar bien las fortalezas con nuevos alcaides y guarniciones, sorprender al duque de Braganza y á los nobles que se resistían á cumplir las órdenes, y hacerlos presos antes de que pudieran ponerse en defensa; pensar, en fin, más en las obras que en las palabras, y más en la ejecución que en el intento. Todo esto se necesitaba para contener el mal; y aún se había también perdido tiempo con no ejecutarlo desde los primeros días, puesto que las sospechas que había bastaban ya para ello. Pero tal era aquí, como en todas partes, la política del Conde-Duque orgullosa, tiránica, provocadora en la amenaza, y flaca y tarda en el golpe; importuna en el rigor y en la tolerancia, usando aquél antes de tiempo, y de ésta cuando ya la cuestión había pasado. La desdichada política habíase ya probado en Italia, Flandes y Cataluña, y ahora iba á confirmarse en Portugal con el mayor de todos los desastres. Suárez y Vasconcellos, ó no atreviéndose á decir toda la verdad, ó no queriendo ir contra los designios y proyectos del Conde-Duque, por no descontentar su vanidad, ó fiando demasiado de su habilidad y sus fuerzas para vencer en la ocasión, deseando acaso que llegase para hacerse más necesarios y tomar mayor venganza en sus enemigos, aunque fueron los primeros que advirtieron la conjuración y la comunicaron, no hicieron nada al fin de lo que debía hacerse para remediarla, ni, á lo que parece, comunicaron al Conde-Duque la final situación de las cosas. Sólo la Infanta Gobernadora, atenta al peligro, aconsejada del arzobispo de Braga y de algunos otros portugueses leales, escribió ardientes cartas al Rey y al Conde-Duque, protestando que si prontamente no se remediaban tan malas premisas, había de ser consecuencia la total pérdida de aquel Reino.