Pero desdeñada por esto y aborrecida del Conde-Duque, no tuvo más que esperar, satisfecha de su conducta, si no tranquila, á que se representase aquella fatal tragedia. Llegó ésta en tanto sin ser sospechada ni sentida; porque aunque se sabían los intentos, no pudo descubrirse cuándo ni cómo sería la ejecución, hasta que se vieron los efectos, guardando maravillosamente el secreto los conjurados. El duque de Braganza, después de haberlos suscitado y movido secretamente con su esposa, vaciló mucho todavía antes de dar la cara, declarándose por su cabeza; sin embargo, hostigado por su esposa y por algunos prelados y caballeros de los de su bando, cedió al cabo. Día 1.º de Diciembre (1640), muy de mañana, se armaron los principales y más valerosos de los conjurados, encaminándose al palacio de Lisboa, donde residía la Infanta Gobernadora y Vasconcellos. Un pistoletazo disparado por Pinto de Ribeyro fué la señal para el ataque. Había de guardia en Palacio un trozo de gente castellana y otro de alemanes, y éstos y aquéllos, sorprendidos, apenas hicieron resistencia. Cierto clérigo con un crucifijo en la mano iba delante de las turbas y presentaba la sagrada imagen á los soldados, de manera que algunos que quisieron defenderse no pudieron por no herir en ella. Pinto entonces se dirigió con algunos de su banda en busca de Vasconcellos; hallaron á la puerta de su cuarto al corregidor de Lisboa, y dando gritos de «Viva el duque de Braganza», respondió el leal magistrado con vítores al Rey Felipe, por lo cual le mataron al punto. Tropezaron en seguida con cierto Antonio Correa, grande amigo de Vasconcellos, y también le dejaron por muerto; por último, se presentaron á las puertas del aposento de aquél sedientos de sangre.
Hallábase á la sazón conversando con Vasconcellos D. Diego Garcés, capitán de infantería española, el cual oyendo el rumor de las armas y los gritos de los sediciosos, conociendo de qué se trataba, se arrojó á la puerta para cerrarla con su espada y persona, y dar tiempo de ocultarse al Ministro, llevado sólo de su generoso aliento, pues no le debía obligaciones algunas. Allí se sostuvo largo espacio contra el tropel de los conjurados, hasta que herido el brazo derecho, indefenso y desfallecido, tuvo que tirarse por una ventana; premió Dios su buena acción, no permitiendo que muriese de la caída. Luego los conjurados entraron en el cuarto de Vasconcellos, y hallándole escondido en un armario, le asesinaron con cien heridas, arrojando al punto su cadáver por una ventana á la plaza de Palacio, donde le esperaba ya todo pueblo congregado y sediento de sangre. Después por casi dos días estuvo sirviendo el cadáver de aquel Ministro, soberbio y codicioso, de juguete y de burla al pueblo, que no hubo afrenta ni vileza que en él no cometiese. Subieron también los conjurados al cuarto de la Virreina, y ésta, acompañada del arzobispo de Braga y de las damas, procuró aplacar su ira; pero lejos de prestarla atención, la insultaron y amenazaron sin respeto alguno. Dió en aquel trance la Virreina altas pruebas de generosidad y de entereza; con pocos hombres como ella, Portugal hubiera permanecido sujeto al Rey Felipe. Pero no halló á su lado en el peligro más que al arzobispo de Braga, D. Sebastián de Mattos de Noronha, hombre amantísimo de España, dotado de altas prendas, de inteligencia y de carácter; y aunque ambos expusieron largamente la vida, debiéndola sólo á ser mujer ella y él prelado, no alcanzaron fruto alguno. Uno y otro fueron arrestados. Fuélo también el Maestre de campo general D. Diego de Cárdenas, y en un momento la rebelión triunfante se extendió por todo Lisboa sin hallar en ninguna parte resistencia.
Quedaban, sin embargo, por nosotros la ciudadela y el castillo de San Juan, situado á la embocadura del Tajo, y á sostenerse no pudiera darse aún por perdida Lisboa. Por lo mismo pusieron los rebeldes el mayor empeño en su conquista: exigieron con amenazas de la Virreina una orden para que los gobernadores abriesen sus puertas, y no pudieron conseguirlo; entonces la anunciaron que de no dar tal orden degollarían á todos los españoles que tenían en su poder, y con esto lograron que sucumbiese á su demanda. Gobernaba en la ciudadela el Maestre de campo general D. Luis del Campo, el cual, con poco acierto ó valor, hallándose con más portugueses que castellanos bajo su mando, la rindió á los conjurados, según previno forzadamente la Virreina; mas luego, recobrado, pudieron tanto en él los remordimientos de su honor, que se volvió loco y acabó sus días en el hospital de Toledo. No fué tan pundonoroso el gobernador del castillo de San Juan, D. Fernando de la Cueva. Tenía éste bajo su mando una guarnición compuesta de españoles solamente, los cuales se ofrecieron á morir en la defensa sin cumplir el mandato de entrega. Reunieron los conspiradores toda su gente disponible, y con numerosa artillería vinieron á poner sitio á la fortaleza, y el D. Fernando con su numerosa guarnición se mantuvo firme algunos días, molestando con frecuentes salidas á los sitiadores. Mas luego, vencido del oro, con flaqueza indigna de españoles, y apenas oída hasta entonces, abrió las puertas al enemigo, vendiendo á sus soldados. Era aquel traidor D. Fernando, natural de Jaén, y bien quisiéramos que su nombre y patria no hubieran llegado á nosotros, ya que llegó su odiosa alevosía.
No hubo ya resistencia en el resto del reino. Los Consejos y Tribunales comenzaron al punto á despachar en cabeza del duque de Braganza, con el nombre de Juan IV. Los magistrados y gobernadores de las ciudades se apresuraron á prestar obediencia al nuevo Gobierno. No tardó el de Braganza en venir á Lisboa y coronarse por Rey con Doña Luisa de Guzmán, en medio de las aclamaciones del pueblo, que con eso pensaba ser dichoso en adelante. Francia no dejó esperar mucho el socorro prometido, ni tampoco los holandeses, enviando unos y otros á Portugal armas, naves, capitanes y soldados que fuesen núcleo de los ejércitos de la nueva corona. Y así se concluyó aquella revolución triste y funesta para todos, españoles y portugueses. Vengaron éstos con ella las inmediatas injurias del mal gobierno del Conde-Duque y sus ministros; pero fué á costa de procurarse para siempre una decadencia total y una servidumbre más odiosa y vil. Portugal no ha podido vivir desde entonces sino como dependiente de otras potencias, principalmente de Inglaterra; y así su nacionalidad, sus intereses y su gobierno han venido á ser esclavos de verdaderos extranjeros codiciosos y soberbios. España á la par vió deshecha con los frutos de aquella revolución la integridad de su territorio: y sin más que eso pudo contarse por rebajada en su antigua categoría é impedida de recobrar su grandeza. Al contemplar las consecuencias de aquella separación desdichada, el ánimo se siente inclinado á censurar duramente á los portugueses, que con tan mal acuerdo convirtieron en castigo y humillación de toda España el merecido castigo y ruina de un mal ministro y de dos miserables cómplices. Pero la razón obliga también, no ya á censurar la conducta de éstos, sino á maldecirla; que ellos con sus torpezas y sus crímenes fueron causa de todo. No se puede exigir de los pueblos que pongan tanta prudencia y cordura de su parte. Á los gobernantes es á quien toca tenerla: que aun á los hombres más cuerdos y prudentes es locura querer obligarlos con el espectáculo de miserias que ofrecen las revoluciones, á que soporten todo género de opresión injusta; porque llega día de seguro en que prefieren el mal venidero y endulzado con la venganza, al mal presente y exasperado con el sufrimiento.
Cuando llegó á Madrid la noticia de este suceso, halló á la Corte descansando, como solía, de unas fiestas de toros que se habían celebrado en la plaza pequeña del Buen Retiro, toreando los principales de la nobleza, para honrar á un Embajador de Dinamarca que acababa de llegar á España y no había visto nunca tal espectáculo. Sin embargo, la noticia del suceso produjo una impresión profunda en todos los ánimos. Vióse entonces claramente que era ya inevitable la ruina de la Monarquía con tal favorito. Públicamente se murmuraba de su conducta, acusándole de imbécil é inepto, tanto como de vanidoso y tirano. Llenos de dolor los Grandes y los plebeyos, rogaban á Dios ardientemente que los librase de él; pero ninguno osaba dirigirse con súplicas al Monarca. Olivares mismo sintió por primera vez abatido su ánimo, que pareció hasta entonces incontrastable, más que por lo grande y fuerte, por lo distraído y poco atento que se mostraba al bien ó al mal público. Sospechóse que aun en esta ocasión, antes sentía el menoscabo en su privanza que esperaba, que no la pérdida de tantos países y reinos como acababan de perderse en un punto. Estuvo muchos días sin hacer pública la noticia ni comunicársela al Rey, aunque toda la Corte en voz baja la repetía. Al fin se determinó á decirlo al Rey, no fuese que otro alguno se anticipase en ello y viniese á pararle mayor perjuicio; pero la forma con que ejecutó su intento merece ser conocida. Es fama que llegándose un día al indolente Felipe, con rostro alegre y confiado, le dijo: «Señor, el duque de Braganza ha perdido el juicio. Acaba de levantarse por rey de Portugal, y es demencia, que da á V. M. de sus haciendas doce millones»[18]. No respondió el Rey más que estas palabras: «Es menester poner remedio»; pero su frente se nubló y su corazón comenzó á sentir remordimientos, de manera que no le aprovechó al de Olivares la treta como pensaba.
Pretendió en seguida deslumbrarle con nuevas fiestas y diversiones; pero el pueblo, la nobleza, la Reina misma no daban ya lugar á ello. Un día que salía á caza de lobos le gritó el gentío en las calles: «Señor, señor, cazad franceses, que son los lobos que tenemos.» Defendíase el de Olivares contra todos, sin haber desafuero que le empesciese, ni recurso ó astucia á que no acudiera. Oprimió á la Reina privándola hasta de tener comunicación con su esposo, y poniéndola su mujer al lado, que vigilante y sagaz, no la dejaba tener pensamiento que no supiese el Conde-Duque; hizo que el Presidente del Consejo de Castilla juntase á todos los prelados de las religiones y les ordenase advertir á los predicadores de su obediencia que en los sermones procurasen templar de modo las palabras que no ofendiesen las materias del Gobierno, porque el pueblo, afligido, no se desconsolase del todo; atendió también á refrenar las murmuraciones de la Corte, y para ello prendió á un D. Juan Pardo de Castro, que andaba muy metido entre los señores y Grandes, porque hablaba mal de su privanza, y le nombró tales jueces, que de tres dos le condenaron nada menos que á la pena de garrote por tan liviano motivo, y sin duda lo pasara mal á no averiguarse que estaba casado con una criada de la casa de cierto secretario del Rey; hecho no indigno de recuerdo, porque con él se da á entender maravillosamente lo que era entonces el gobierno de España en todas sus partes. Nada de esto bastó, sin embargo, para detener ya la ruina del Conde-Duque; desde entonces, aunque tarde á la verdad, pudo contarse por decretado.
El pueblo, como siempre, ciego en sus determinaciones y llevado de la antigua antipatía, que así como los portugueses á los castellanos profesaban éstos á aquéllos, al propio tiempo que maldecía al favorito, desahogaba su ira en Madrid de una manera sangrienta. Porque habiéndose susurrado que había portugueses que vitoreaban de noche por calles y plazas al duque de Braganza, con ánimo sin duda de causar alarmas y de insultar á los castellanos, la gente moza que andaba á tales horas rondando amores, según el uso del tiempo, dió en entretener sus largos ocios matando á cuantos hombres tropezaba de aquella nación, aunque anduviesen tranquilos y sin hablar palabra. Ni tales excesos, que hubo al cabo que reprimir severamente, se cometían sólo en la soledad de la noche, pues no era raro hallar en medio del día caballeros portugueses y castellanos acuchillándose por pequeña ocasión al parecer, pero en realidad por la encendida cólera de las dos naciones. Mejor fuera emplear la nuestra en la frontera de Portugal que no en aquellos trances y empeños particulares; pero allí, que era donde importaba más la premura, iban harto despacio las cosas.
El Conde-Duque, atento antes que todo á conservarse en el poder, no pensó en muchos días en dar disposición alguna. Luego, reparados los primeros golpes, recobró al ver amenazada su privanza la actividad y fertilidad de los primeros días de su gobierno, y se puso á imaginar arbitrios y remedios, que ojalá así fueran tan acertados y eficaces, como fueron numerosos y varios. Mandó al marqués de los Vélez que ocultase la noticia á su ejército á fin de que los portugueses que había no desertasen y viniesen á engrosar las banderas del de Braganza; rogó al Emperador de Alemania que prendiese allí á D. Duarte de Braganza, que servía como general en sus ejércitos y era hermano del nuevo Rey de Portugal, á fin de que no acudiese por su persona al servicio de éste; hizo prender á algunos portugueses notables que servían en los ejércitos ó en el Gobierno, y de ellos á D. Felipe de Silva, el vencedor de Fleurus y Maguncia, que estaba aún en Flandes con reputación de gran soldado; por fin, comenzó á fraguar una conspiración dentro de Portugal con las pocas personas fieles que allí nos quedaban. Triviales é injustas medidas las primeras, y aunque no descabellada la última, con todo más propia para acompañada de otras que no para reducir á ella todas las esperanzas; porque descubierta y frustrada, como era tan fácil que sucediese, y con efecto sucedió, se había de perder un tiempo precioso, dando con la espera más espacio á la insurrección para que cobrase fuerza y aliento. Fué la cabeza y agente principal de este intento aquel arzobispo de Braga, tan fiel á nuestra causa, y de quien ya en otras ocasiones hemos hablado, y logró traer á su partido á muchos Grandes y personas importantes del reino, al marqués de Villarreal, al duque de Caminha, su hijo, el conde de Val de Reys, al de Castañeira, al de Armamar y á Antonio Correa, aquél que dejaron por muerto los conjurados á las puertas de Vasconcellos, con otras varias personas y prelados. Fué tan adelante el intento, que se llegó hasta señalar día para la ejecución, y según estaba todo concertado, hubiera dado en que entender al de Braganza, á no ser porque un impensado accidente descubrió el secreto.
Estaba de gobernador de las armas en Ayamonte y su frontera D. Francisco de Guzmán, marqués de este título y, por tanto, de la casa de Medinasidonia, muy relacionado con la de Braganza por la vecindad de tierras y Estados que con ella tenía. Este, desde los principios de la conjuración, faltando vilmente á lo que debía á su patria España y al puesto de confianza que le estaba conferido, mantuvo inteligencias y tratos con los fautores y caudillos de ella, mayormente con el duque de Braganza y su esposa. Animado con el buen éxito de aquella conjuración, intentó este marqués de Ayamonte, tan imbécil como malvado, suscitar otra en las Andalucías, con el fin de hacer de ellas un reino y poner á la cabeza al duque de Medinasidonia, su deudo, hermano de la nueva reina de Portugal, y Gobernador y Capitán general de tales provincias. Tenía el de Medinasidonia una ambición que no justificaban sus cualidades, y más vanidad que abonasen sus servicios. Comunicóle el marqués de Ayamonte sus propósitos, y ni más generoso ni más cuerdo que éste, se prestó á dar su persona y nombre para la empresa. Jamás otra más descabellada ha podido concebirse en el mundo, porque no hay tampoco país donde haya habido siempre menos sentimientos de provincialismo y de independencia; como que la población no venía de distinta raza de Castilla, ni tenía diversas historias, ni costumbres distintas, ni leyes diferentes, ni tradiciones, ni pretensiones, ni nada, en fin, de lo que hizo que la de Portugal se sustrajese á la obediencia del Monarca castellano, y que repugnasen su dominio Cataluña y otras provincias del reino. Por el contrario, mirábase los naturales de Andalucía como castellanos hijos de los conquistadores, y harto más atendían á conservar puras las costumbres, la lengua y leyes de Castilla, para denotar más y más su separación de los descendientes de los moros, muy numerosos allí, naturalmente, que no á formar una nación independiente entre las demás. Con todo, los tratos iban muy adelantados entre el de Medinasidonia, el de Braganza y el de Ayamonte, cuando éste recibió de Lisboa unos pliegos para la Corte de España, enviados á él sin duda en la confianza que inspiraba su posición de gobernador de las armas españolas y su noble cuna; abriólos y halló en ellos el secreto de la conspiración urdida en Lisboa para restablecer allí nuestro gobierno. Entonces puso el sello á su traición y maldad enviando los pliegos al duque de Braganza. Prendieron allí al punto á todos los conjurados y condenaron á muerte los más: de ellos fué el marqués de Villarreal, que murió con noble y heroica entereza, aclamando hasta el último momento la causa de España, y también el arzobispo de Braga, que aunque por su alto carácter no pereció en público cadalso como los otros, apareció muerto de allí á poco en la cárcel, y Antonio Correa, á quien no parece que respetó la muerte el día de la rebelión, sino para hacer ahora más noble su sacrificio en la horca. Víctimas de la buena causa, hijos leales de una patria que los infamaba torpemente con el nombre de traidores, ellos pagaron con su sangre la indolencia del débil Felipe y las torpezas de su favorito, muriendo por España, que era morir á un tiempo por Portugal y por Castilla. De resultas de esto mandó el de Braganza salir precipitadamente de Portugal á la duquesa de Mantua, y poco después, por un edicto echó á todos los castellanos del reino.
No tardó Dios en castigar la villana conducta del marqués de Ayamonte, compensándose con su castigo el de los portugueses leales, y con el descubrimiento de la insensata conspiración que tenía tramada, el de aquella otra que por su causa acababa de frustrarse. Un castellano, por nombre Sancho, prisionero en Lisboa, con algunos indicios que tuvo del caso, acertó á ganarse la confianza de los traidores, y cuando tuvo en sus manos las pruebas de todo, vino con ellas á Madrid y se las presentó al Conde-Duque. Aturdióle á éste más aún que el de Portugal aquel suceso, porque el duque de Medinasidonia era cabeza de la casa de Guzmán, de donde él también venía, y tenían entre ambos no lejano parentesco; además, que con aquella traición se empañaba el lustre de la casa, que, cierto, era digna de otros descendentes, por su antigua gloria. Revolvió en su mente mil pensamientos, y, al fin, determinó para salvar al de Medinasidonia, castigar duramente á Ayamonte, como autor y agente principal del concierto, y así se hizo. Vino á Madrid el duque de Medinasidonia por encargo del Conde-Duque, pidió perdón al Monarca, y, ayudado de aquél, que hizo lo que más pudo por servirle, consiguió que se redujese el castigo á alguna multa y precauciones que se tomaron para que no pudiese repetir el intento en adelante. Pero, en tanto, D. Gaspar de Bracamonte, Maestre de campo, fué á Ayamonte y retiró del mando al Marqués, prendióle, y encerrado en el Alcázar de Segovia, al cabo de algún tiempo, murió, según la voz común, decapitado: merecidísimo y justo castigo, si lo hubo, que sólo pudo mover á compasión por la desigualdad que hubo entre su suerte y la del duque de Medinasidonia, tanto ó más culpable.