Á la par, en Lisboa se hicieron públicas luminarias y festejos, y el de Braganza y Doña Luisa de Guzmán admitieron parabienes y felicitaciones, como dando por cierto que el hermano se había ya levantado por Rey en las Andalucías. Súpolo el Conde-Duque, y aconsejó al de Medinasidonia que para acallar el rumor común, que ya lo acusaba, y sincerarse del todo á los ojos del Rey, desmintiese públicamente á su cuñado y lo desafiase y retase á lidiar cuerpo á cuerpo con él. No supo negarle esta satisfacción aquel señor, receloso aún de mayor castigo, y mandó fijar carteles donde llamaba al campo al duque de Braganza, anunciando que lo esperaría ochenta días en Valencia de Alcántara, situada entre Portugal y Castilla, y declarándole aleve y cobarde si no asistía; por lo cual ofrecía en tal caso al que le matase de cualquier modo su ciudad de Sanlúcar, y al Gobernador y Alcalde portugués, que devolviese alguna plaza importante al Rey de España, uno de los mejores lugares de sus Estados. Fué tras esto el de Medinasidonia á Valencia de Alcántara con D. Juan de Garay, y esperó allí algún tiempo, hasta que cansado de tan inútil farsa, se volvió á Madrid, dejando al de Braganza triunfante en Lisboa.
No lo estaban menos los catalanes, alentados con el ejemplo de los portugueses, y conociendo que habrían de disminuirse las fuerzas del Gobierno español repartiendo su atención en ambas fronteras, negáronse á oir las nuevas proposiciones de acomodo y concierto que más ó menos encubiertamente se les hicieron. Exigían ante todo la caída del Conde-Duque, la renovación de todos los ministros que entendían en las cosas de aquella provincia, y la exención de tributos por muchos años á título de compensación ó desagravio, y esto los más prudentes; que otros, acaso el mayor número, no querían prestarse de ninguna suerte á los tratos, juzgando ya posible el hacerse independientes. Con tales pensamientos en los catalanes, claro está que no podía practicarse concierto alguno; pero, á la verdad, si los catalanes se mostraban sobrado exigentes y rebeldes, tampoco el Conde-Duque hizo mucho por aplacarles. Su vanidad era inflexible, y además de esto no tenía bastante patriotismo en el alma para retirarse de los negocios, viendo que estorbaba é impedía la concordia de que tanto necesitaba la Monarquía.
Lo que hizo fué procurar devolver mal por mal á los enemigos, y darles en su casa á los franceses el propio entretenimiento que ellos nos ofrecían en la nuestra, ó, al menos, ayudaban poderosamente á ofrecernos. Mas no le acompañó tampoco en esto la desgracia ó la fortuna. Firmóse un tratado en Bruselas entre el Cardenal Infante de una parte, y el conde de Soissons y el duque de Bouillon, Príncipe aquél de sangre real, y éste general, bastante reputado, para echar á Richelieu del Gobierno y terminar la guerra por tratos ventajosos á España: esta fué la liga que se llamó de la paz. Los franceses aliados levantaron, con dinero que se les dió del poquísimo que hubiese en Flandes para atender á nuestros ejércitos, algunas tropas con las cuales se pusieron sobre Sedán. Vino á juntarse con ellos, por mandato del Infante, Lamboy, general de nuestra Caballería, con un buen trozo de soldados, y tropezando con el ejército francés, que enviaba Richelieu á someter á los insurrectos, al mando del mariscal de Chatillon, se empeñó entre unos y otros la batalla. Rompió Lamboy con los nuestros la Infantería enemiga, y el duque de Bouillon, con los suyos, deshizo cuanto se le puso por delante, de modo que en breves momentos todo el ejército enemigo se puso en fuga. Hubieran sido inmensas las ventajas de esta victoria, á no ser porque el duque de Soissons cayó muerto de un pistoletazo al alzarse la visera para ver mejor la fuga de los contrarios: suceso de muy diversas maneras interpretado hasta ahora, dado que no pocos se inclinan á considerarlo como un asesinato dispuesto por Richelieu. De resultas de este accidente, el ejército de los insurrectos, consternado, no acometió otra empresa que la toma de Donchery, y como el Cardenal Infante llamase á Lamboy precipitadamente para contrarrestar á los enemigos que sitiaban á Ayre, la liga se deshizo sin otro efecto para nosotros que la pérdida del dinero empleado y que se retardase el socorro de aquella plaza, por la ausencia de Lamboy, más de lo que convenía, lo que contribuyó no poco á que se frustrase. Poco después se ajustó en Madrid un nuevo tratado entre el Conde-Duque y cierto emisario del duque de Orleans, hermano del Rey de Francia, con iguales condiciones y el propio objeto que el anterior; mas este no llegó á practicarse en lo más pequeño, porque fué descubierto por Richelieu, y castigados con pena de muerte, fuera del Príncipe, los verdaderos autores que eran Enrique de Effat, marqués de Cinq-Mars, gran escudero del Monarca francés, y su amigo De Thou, hijo del historiador de tal nombre.
Con esto quedamos reducidos al solo ejercicio y esperanza de las armas. Ordenóse la formación de ejércitos en la frontera de Portugal, viniendo el mando del principal con Badajoz por plaza de armas, D. Manuel de Zúñiga y Fonseca, conde de Monterrey y de Fuentes, Virrey que había sido de Nápoles y heredero del gran conde de Fuentes, pero no de sus merecimientos ni de su gloria, hermano de la mujer del Conde-Duque, muy intimado con él, y cómplice de sus liviandades, espléndido, aficionadísimo á cómicos y comedias, á galanteos, á locuras, á ostentaciones, tanto, que en sus jardines, situados en el Prado de Madrid, asistieron los Reyes y la Corte á nocturnos festejos de los más celebrados de la época: harto más á propósito para alternar en los salones, que no en los campamentos y batallas. Negáronse muchos Maestres de campo y Capitanes de los nombrados para mandar las tropas que se juntasen á servir debajo de tal capitán, y así, todo fué desconcierto desde el principio, y fuera mayor á no admitir el cargo de Maestre de campo general don Juan de Garay, tan bien reputado entre la gente de armas. Los otros trozos de ejército se mandaron formar en los confines de Andalucía y de Galicia, más con intento de defender el territorio que con el de hacer conquistas. Mas no había soldados con que llenar los nuevos tercios, ni dinero con que levantarlos; todos los recursos estaban de tal modo agotados con la formación del ejército de Cataluña, que no se hallaba á la sazón ninguno que no fuese desusado y extraordinario. Fueron llamados á la Corte todos los caballeros hijosdalgo del reino, y se les propuso que acudiesen con armas y caballos, según la antigua usanza, no practicada desde que terminó la guerra con los moros, á servir al Rey y á la patria. Vinieron muchos; pero fué lastimoso de ver el que antes de ofrecerse á servir los que sirvieron, fuesen exigiendo hábitos y mercedes y ayudas de costa, sin que ninguno se prestase por solo el deber y el patriotismo á salir á campaña; conducta muy diversa de la antigua. Mejor obraron los Grandes, aunque no hicieron todo lo que pudieron, levantando cada uno á su costa una compañía de cien hombres. Los ministros de los diferentes Consejos pagaron con poner cada uno en campo cuatro hombres armados, y de la gente común muchos acudieron también al servicio, con promesa que se les hizo de dar por recompensa títulos de hidalguía. Por último, se sacaron á la venta en pública almoneda hasta quinientos hábitos de órdenes militares, señalando á Madrid como patria común para hacer pruebas, á fin de que no hubiese quien no pudiera hacerlas, calculándose en otros tantos caballos efectivos y hasta un millón de ducados lo que produciría tan extraña venta. Así, dondequiera se ve ya á la vanidad en lugar del patriotismo, al interés personal haciendo olvidar al interés público, dondequiera el decaimiento y la corrupción, fruto tardío, pero cierto, de la liviandad de los Ministros y de la Corte, de la desconfianza del Gobierno, del menosprecio de la equidad en la distribución de empleos y honores, de la falta de justicia y de la ignorancia que cegaba los ojos de todos los españoles. Es locura pensar que las naciones, por nobles que sean, puedan levantarse á grandes intentos, hacer grandes sacrificios, moverse á ciertos esfuerzos supremos oprimidas y desconfiadas, sin fe en lo presente ni en lo futuro.
No había más que un modo de poner el patriotismo nacional á la altura de la ocasión, y la ejecución de éste dependía de todo punto del Monarca. Era preciso que apartase de sí al favorito y aun lo inmolase á la justa saña de la nación: era preciso que abandonase los placeres y se consagrase al trabajo; que comenzase á gobernar y á hacerlo todo por sí mismo; que empuñara la espada de Fernando III y vistiese la armadura de Alonso el Batallador; que fuese como Carlos V á los ejércitos y pelease con ellos, y fuese con ellos á la victoria ó á la muerte. Entonces sí que los hidalgos y los pecheros hubieran acudido á las banderas del Rey, según la antigua usanza; entonces sí que el patriotismo nacional se hubiera despertado dando copiosos frutos; entonces sí que del gran pueblo que tal muestra dió luego de patriotismo en 1808, virgen á la sazón, y de más virtud y esfuerzo, todavía hubiera podido esperarse con fundamento la victoria y la salvación de la Monarquía. Hubieran muchos dejado la parte de la rebelión, al ver castigado al mal Ministro; no hubieran otros osado levantar las armas contra la persona del Rey, santa y verdaderamente inviolable hasta allí para los españoles; hubieran los más tibios cobrado valor, y hubieran cobrado los más enemigos respeto ó miedo. Por tal modo salvó Enrique IV su trono y salvó á la Francia, y á la sazón misma, sólo para procurar nuestra ruina, vimos á Luis XIII forzar en persona las puertas de Italia, y asistir más tarde en las tiendas de los sitiadores de Perpiñán. De esto se hizo algo en España; pero se hizo mal y fuera de tiempo, que es casi tanto mal hacer como no hacer nada. Fué Felipe al ejército de Cataluña, pero no á pelear, sino á sentir de cerca afrentosas derrotas, y aumentar el menosprecio á su persona y el odio á sus Ministros en los rebeldes. No fué á Portugal, que era donde más falta hacía por lo pronto, y á tal punto descuidó esto, que la reina Isabel, dándole vergonzosa enseñanza, llegó á pedirle permiso, que no obtuvo, para ejecutarlo por su propia persona. Así, pues, cuando separó de sí al favorito, y cuando se determinó á ver los muros de Lérida coronados de franceses, ya no era tiempo para salvar á la nación: su desmembración y ruina eran inevitables.
LIBRO SEXTO
SUMARIO