Tal descripción se necesita para comprender el inopinado suceso que allí hubo. Subieron á la eminencia los dos primeros escuadrones de mosquetería destinados al asalto; pero llegaron muy fatigados y con mucha pérdida por haber tenido que ir desalojando de las trincheras de la cuesta á los enemigos. Puestos allí, sin embargo, no había más que dar el asalto, que era éxito seguro; mas al intentarlo se notó el inconcebible olvido de no haber traído escalas ni instrumentos algunos para el caso; entonces envió á pedirlos Torrecusa al marqués Cheli, que dirigía la artillería situada á la falda del monte, y la infantería, en tanto, quedó formada enfrente de las murallas de la fortaleza y expuesta á todo el fuego de las baterías enemigas. Pasaron horas y horas, y las escalas no vinieron, y nuestra infantería aguardó con increíble valor, sin perder terreno, cayendo sin defensa uno tras otro los más valientes de los capitanes y soldados. Había comenzado el ataque á las nueve de la mañana, y á las tres de la tarde continuaba todavía la matanza de los nuestros, hecha á mansalva por los catalanes desde sus muros. Ya á esta hora faltaba el aliento en los pechos más heroicos. Torrecuso, que era el que tenía la mayor culpa del estrago con aquella imprevisión fatal, corría de una en otra parte, desesperado, desatándose en injurias contra Cheli, que le dejaba abandonado sin instrumentos ni escalas, y sin recordar que él era aún más digno de ellas por no haber traído consigo lo que convenía.

Mas en un punto quiso Dios que con el mayor castigo que pudiera recibir, se le ocasionase también la total rota que temía. Estaba á la falda del monte dando frente á la ciudad el duque de San Jorge, su hijo, con la caballería del costado derecho; comenzaron los enemigos á molestarle con escaramuzas de la caballería de Seriñán y alguna infantería que sacaron fuera de las puertas emboscadas; y él, no escuchando más que la voz de su valor, que era muy grande, determinó acometerlos y obligarlos á refugiarse en la ciudad. Consultó su intento con D. Juan de Garay, que mandaba las tropas de toda aquella parte, el cual, como soldado viejo, le mandó que no se moviese de su puesto. Pero este género de órdenes no hacían en aquel ejército efecto alguno: insistió el San Jorge; tomó alguna infantería de la que estaba cercana y desalojó á los enemigos de la emboscada; y luego, como se sintiese allí más molestado de los enemigos del muro, despachando aviso á D. Alvaro de Quiñones, que mandaba la caballería del costado izquierdo para que embistiera al propio tiempo, se arrojó sobre la caballería enemiga debajo de sus mismas baterías. No hizo caso el D. Alvaro del aviso de San Jorge y lo dejó arrancar solo. Fué el ataque de éste tan temerario, que llegó á azotar con su espada los mismos muros; pero allí, rodeados él y los suyos por todas partes, combatidos á un tiempo de la caballería de Seriñán y de la mosquetería de los muros, cayeron los más valientes, desordenáronse los otros, y el duque de San Jorge quedó muerto acribillado de heridas. Era mozo de valor heroico, aunque imprudente, y á ejemplo de su padre, muy leal á la Corona de España.

Con este triunfo cobraron más brío los barceloneses, y haciéndoles señas los de Montjuich de que les enviasen socorro, se determinaron á enviarlo, y lo ejecutaron á punto que ya los españoles que coronaban la cima del monte no podían sostenerse. Entonces los del socorro y defensores hicieron una salida, y aunque pocos en número, como estaban de refresco y hallaron tan desalentados á los nuestros, arrollaron fácilmente á los primeros, y los otros ya sin más espera se dejaron caer en derrota desde la cima á la falda del monte. Fué fatalidad que Torrecuso supiese en aquel momento mismo que Dios le había castigado de su imprevisión con la muerte del hijo, y en lugar de dictar alguna disposición ó concierto, se entregó á los mayores extremos de desesperación, sin cuidar de su vida ni de la de los otros. En tanto los catalanes bajaban del monte degollando y sembrando de cadáveres el suelo, sin hallar en ninguna parte resistencia, trayendo á los nuestros en total dispersión. Debióse á D. Juan de Garay que todo el ejército no se perdiese aquel día. Con sin par destreza, recogió á los fugitivos, reanimó á las tropas que no habían entrado en combate y dispuso la retirada á Tarragona, sin que el marqués de los Vélez, que ignoraba casi todos los accidentes de la batalla, supiese otra cosa en aquel trance que llorar su desdicha, enviando en el instante á Madrid la dimisión de su empleo. Tal fué la jornada de Montjuich, que nos costó dos mil soldados de los mejores que á la sazón hubiese en nuestras banderas.

Con la noticia de este suceso y la obediencia prestada en Barcelona al Rey de Francia, se determinó Richelieu á enviar considerables fuerzas á Cataluña, viendo que aquél era entonces el punto más vulnerable de España. Nombró por general del ejército á M. de la Motte Hodancourt, y envió tropas, que formaron con algunas catalanas un ejército de nueve mil infantes y dos mil quinientos caballos, el cual se puso en marcha para Tarragona, donde los nuestros estaban retirados, al propio tiempo que el Arzobispo de Burdeos con una armada cerraba la boca de aquel puerto. Ascendía la gente nuestra á poco más de catorce mil hombres, restos de veintitrés mil con que se comenzó la campaña, y había venido á mandarlos después de la dimisión y salida del marqués de los Vélez, Federico Colona, condestable de Nápoles y príncipe de Buttera, que se hallaba de Virrey en Valencia, reemplazándole allí el marqués de Leganés, que acababa de llegar de Italia. Quedaron bajo las órdenes del de Buttera el marqués de Torrecuso y D. Alvaro de Quiñones, porque D. Juan de Garay, á quien tanto se debió en la retirada de Montjuich, había ido ya á servir bajo la conducta del conde de Monterrey en el ejército formado en las fronteras de Portugal.

Era el nuevo General no mucho más hábil que el marqués de los Vélez y algo más indócil; de suerte que no quería escuchar consejo alguno de los que sabían más que él en materia de armas; así acabó de traer al último extremo al ejército; porque dado que en los primeros impulsos de la retirada fuera conveniente meterse en Tarragona, debió luego salir de ella el ejército, dejándola bien guarnecida y provista: donde no había de verse forzosamente lo que sucedió, y fué que, levantado en armas todo el país, fortificados todos los pasos y las plazas entre Tarragona y las fronteras de Aragón y Valencia con un ejército al frente y una escuadra en el mar, había de quedar el ejército encerrado y reducido á la última extremidad de la miseria y el hambre. Pronto se hicieron sentir tales efectos. Los enemigos, después de algunos choques parciales sin consecuencia, se apoderaron de Reus, de Constantí, de Salou y los demás lugares del campo de Tarragona, y acampados á media legua de la plaza, la apretaron, de suerte que de un día á otro se esperaba ya la rendición del ejército. Para colmo de desgracias, la poca autoridad y destreza del General no tardó en engendrar las naturales discordias de los nuestros; y por otra parte, entrando las enfermedades en la plaza, postraron al mayor número de los capitanes, y entre otros al mismo príncipe de Buttera. Sólo Torrecuso conservó alientos para el mando, y acaso si él hubiera sido General no habrían venido á tal punto las cosas, porque era, á pesar de sus yerros, el más diestro de los capitanes que tuviésemos en aquel ejército. Dió orden el Conde-Duque al de Villafranca para que acudiese con su armada, que estaba en Valencia, al socorro. Dudó y temió mucho éste por hallarse con pocas fuerzas; pero al fin se determinó á intentarlo, y entrando valerosamente en el puerto de Tarragona con cuarenta galeras y algunos buques menores, á pesar de la escuadra del Arzobispo, metió algunos víveres. Mas éstos fueron destruídos en parte por el fuego de los franceses, y en parte consumidos por la gente de la armada, que separada sin pensar del resto cuando se retiraba, tuvo que recogerse al puerto; de modo que al poco tiempo se encontró el ejército en los mismos apuros que antes. Entonces la Corte determinó hacer un esfuerzo supremo para enseñorearse del mar, mientras que por tierra se esforzaba también en juntar ejércitos que bastasen á ahuyentar á los enemigos.

Reunióse una armada poderosísima, compuesta de casi todos los bajeles armados que llevaban entonces nuestras banderas. Vinieron los bajeles de Dunquerque, gobernados por el almirante Francisco Feijóo, los napolitanos del duque de Nájera, los bergantines y galeras mallorquinas de aquel famoso D. Pedro Santa Cilia, las napolitanas de D. Melchor de Borja, las genovesas de Juanetín Doria y algunas toscanas, y juntándose con la armada del de Villafranca y Fernandina, compusieron entre todos treinta y un navíos, veintinueve galeras, catorce bergantines y otros cincuenta buques menores. Constaba la armada francesa de treinta navíos, diez y nueve galeras y muchos bergantines y buques menores; pero no osando esperar á la nuestra, entró el socorro sin obstáculo; bien que fué muy sentido en Madrid el que no se la obligase á entrar en combate. El ejército cuando llegó el socorro se hallaba ya muy disminuído, y casi acabado por las enfermedades y el hambre, con muerte de muchos capitanes. Entre ellos murió á los pocos días el mismo general D. Fadrique de Colona, príncipe de Buttera, á quien no le dió la suerte ni una sola ocasión en que justificase la torpe elección que de él hizo el Conde-Duque. Sucedióle interinamente el marqués de Hinojosa, mientras se nombraba otro que lo reemplazara.

Entonces Richelieu, para conquistar el Rosellón, envió allá un ejército al mando de Condé, que se apoderó de Elna, mal defendida por los soldados walones que la guarnecían. Y más cuidadoso de ganar aquella provincia, que sabía que podría conservar, que no á Cataluña, cuya pérdida tenía al fin por inevitable, metió en ella nuevas tropas y generales, ordenando también que de los ejércitos de Cataluña una parte se acercase al Pirineo para dar calor á la meditada conquista, y otra se quedase en observación de Tarragona y la frontera de Aragón. Había ido á mandar las armas en Rosellón por nuestra parte el marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, soldado de glorioso nombre desde la victoria de Fuenterrabía; y aunque entresacando guarniciones de las plazas había logrado formar un pequeño ejército, se hallaba sin fuerza para contrarrestar al enemigo. Dió orden nuestra Corte al marqués de Torrecuso para que de los soldados de las galeras formase tercios, y con ellos y alguna gente de la que estaba en Tarragona, con pocos caballos, se embarcase en la armada y fuese á prestar socorro al de Mortara. Con esta orden desembarcó Torrecuso en Rosas; pasó el Tech, con el agua hasta el cuello; caminó sin descanso, cargados los soldados con las municiones y víveres á la espalda y ahuyentó á los trozos de gente enemiga que le salieron al paso.

El mariscal de Brezé, nombrado á la sazón lugarteniente de Cataluña por el Rey de Francia, y los cabos catalanes, noticiosos de su intento, estaban ya fortificados en el paso de Argeles con seis mil infantes y mil doscientos caballos, alargando sus trincheras hasta el mar para detenerlo. Sorprendió Torrecuso durante la noche las centinelas enemigas, entró en uno de sus cuarteles y lo desbarató; de manera que halló, libre el paso, como quería, y habiendo avisado su llegada al de Mortara, que estaba en Perpiñán, vino éste á juntársele con su gente. Aún el mariscal de Brezé quiso impedir esta reunión, y en el momento de verificarse atacó á Mortara furiosamente y logró desordenarlo un tanto; pero no pudo impedir que Torrecuso con su ejército viniese á incorporarse con él, reuniendo entre ambos siete mil infantes y seiscientos caballos. Entonces se empeñó una recia batalla: la caballería de los enemigos era doble que la nuestra, y la infantería, con la que acudió de los contornos al oir el fuego, era igual; pero Torrecuso y Mortara hicieron de modo que los enemigos fueron obligados á retirarse, dejándoles dueños del campo. Honrada acción, que recordó al mundo cuanto podía esperarse aún de los ejércitos españoles bien dirigidos. Fueron bastante provechosas las resultas. Rindióse luego Argeles y muchos lugares del Rosellón, y entre otros el de Santa María, que era muy importante, cayó en poder de los nuestros; metiéronse en Perpiñán provisiones de boca y guerra para un largo sitio y se reforzó la guarnición de Coliure. Hecho esto, como si no hubiera más peligro que temer, en obediencia sin duda de las órdenes de la Corte, se embarcó Torrecuso con una parte del ejército que había llevado y se vino á Tarragona; y de allí á Madrid, cuando era más necesario en Cataluña. Quedó gobernando las armas en Perpiñán el marqués de Flores Dávila; en Coliure ó Colibre, el marqués de Mortara, y en Salsas, D. Benito de Quiroga, todos con buenas guarniciones, pero sin ejército bastante para correr el campo. Por lo mismo, no tardaron los franceses en recobrar á Santa María y amenazar de nuevo toda la provincia. Entretanto se formaba á toda prisa en Aragón un ejército que fuese á reforzar las reliquias de los Vélez, aún acuarteladas en Tarragona. Eligióse para el mando al marqués de Pobar, hijo primogénito del difunto duque de Cardona, joven sin ningún conocimiento en las armas, ni experiencia en el mando, que no tenía otros méritos que los de su familia y los de su lealtad, verdaderamente acrisolada, con cuyo nombramiento desacertadísimo se prepararon desde luego nuevos desastres. Fuése formando el nuevo ejército con las tropas que había de antemano reunidas en aquella frontera, principalmente extranjeras, y algunas nuevamente levantadas en el reino, que acudieron de varias partes.

Á la verdad, el proyecto de formar un ejército en Aragón que sirviese de reserva al que mandó el marqués de los Vélez y divirtiese por aquella parte al enemigo, no era nuevo. No bien el de los Vélez cambió su nombre de Virrey de Aragón por el de Virrey de Cataluña, y vino á sucederle en aquel puesto el duque de Nochera, gran señor napolitano, comenzó éste á juntar soldados, amagando á los pueblos fronterizos de Cataluña; pero de una parte su humor extraño, y de otra la insubordinación de los capitanes que tenía á sus órdenes, le impidieron salir formalmente á campaña y hacer la división que estaba determinada. Fué esta la causa principal de que á poco se le separase del mando y se le encerrase en una fortaleza, donde murió, sucediéndole el marqués de Tavara en el mando, y en el ínterin fueron los enemigos quienes intentaron por aquella parte divertir la atención de los nuestros. M. de San Pol gobernaba en Lérida: reunió un grueso de catalanes y cayó sobre Tamarit de Litera, villa situada en la ribera del Cinca, donde se alojaban algunos tercios navarros destinados ya al proyectado ejército. Sorprendióla; degolló alguna gente; hizo bastantes prisioneros y se volvió sin que la gente que salió de Fraga en su persecución pudiera alcanzarle. Tomaron también los catalanes la villa de Orta, que estaba fortificada, sin que los nuestros pudiesen socorrerla. Hubo reposo en aquella frontera mientras duró el bloqueo de Tarragona; pero forzado La Motte á levantarlo y falto de dinero para pagar sus tropas, se acercó de nuevo á Tamarit de Litera, y entrando en ella como amigo, la saqueó luego horriblemente.

Algo pudiera remediar de este daño D. Francisco de Toralto y Aragón, luego Marqués de este título, que mandaba un trozo de cerca de cinco mil hombres en la ribera del Cinca; pero no quiso, para castigar á los de Litera de haber recibido como amigos á los franceses. Lo que hizo para vengar el insulto fué enviar uno de sus capitanes á que tomase la villa de Almenara, donde tenían guarnición los enemigos; mas no pudo conseguirlo, aunque lo intentó por dos veces. Tan tibiamente corrían las cosas cuando el D. Pedro de Aragón, marqués de Pobar, vino á Aragón á formar el ejército destinado al socorro de Tarragona. Costóle mucho trabajo ordenarlo, y al fin, apretándole la Corte para que marchase, con seis mil infantes y mil doscientos caballos que tenía reunidos, pasó los confines de Aragón y entró en Cataluña.