Dejamos mandando por muerte del de Buttera las tropas de Tarragona al marqués de la Hinojosa, más conocido por este título, que tenía de su esposa, que por el conde de Aguilar y Sr. de Cameros, que era el propio, capitán no vulgar, aunque un tanto corrompido por la vanidad y la envidia, pasiones viles de la época. Á pesar del mal estado de sus tropas, no bien se alzó el bloqueo, mientras los generales enemigos se encaminaban al Rosellón y á la frontera aragonesa, salió de Tarragona, tomó á Reus y la Selva, rindió en Alcover un tercio de catalanes, apoderándose de la villa, y se enseñoreó de casi todos los lugares de aquel campo. Alentado con estas ventajas se acercó al Vendrell, donde tenían sus almacenes los catalanes, y embistiendo la villa por dos partes, después de cuatro horas de combate la entró sin mucha pérdida. Ganó en seguida á Vallmol; y estando para emprender nuevas conquistas fué acometido sobre la ermita de Villalonga por el general francés La Motte-Hadancourt, que acudió al opósito de sus empresas, y venía observándole y espiando la ocasión favorable de acometerle. Hubo un combate sangriento, porque los franceses eran doblados en número que los nuestros; pero al fin fueron rotos con mucha gloria de nuestra parte y pérdida de cuatrocientos hombres en los enemigos. Después de esta victoria se rindieron algunos castillos, nidos funestos de almogávares.
Ya en esto el marqués de Pobar con su ejército había pasado el Segre por el lugar de Escarpe, apoderándose de la villa, y encaminándose á Sarroca, rindió el lugar y no el castillo, por carecer de artillería. Con esto y haber tomado el de Aguilar é Hinojosa el castillo de Constantí y el Coll de la Alforja, pasando en aquél á cuchillo á toda la guarnición por no querer darse á partido, y dando éste á las llamas por la obstinación de sus moradores, se pusieron en comunicación los dos ejércitos. Mas, juntos los generales, no tardaron en suscitarse entre ellos grandes contiendas, principalmente sobre la materia de mando, no queriendo ni uno ni otro reconocer superior. Careciendo de órdenes suficientes para resolver el caso, hubo que consultar á Madrid, cuando todo debió estar provisto de antemano, y mientras venía la contestación se desaprovecharon las ocasiones de lograr algunas ventajas con aquellos ejércitos, que reunidos y reforzados con la gente que trajo de Rosellón Torrecuso, formaban un grueso considerable. Llegó la resolución de Madrid, y fué tal, que más descompuso que acomodó á los generales; nueva dificultad para las operaciones, viniendo la mayor parte de la culpa del de Hinojosa, pues el marqués de Pobar á todo se prestaba dócilmente. No hubo más medio que sacar de Cataluña á uno de los dos generales, y cierto que no pudo ser peor el modo y la ocasión que se eligió para ello.
Habían los franceses invadido el Rosellón de nuevo, como arriba indicamos, con más fuerzas que nunca, no bien se retiró Torrecuso. Era tan fácil de prever esto, que no se comprende cómo nuestra Corte pudo ordenar la retirada; pero aún es menos fácil de comprender el modo con que ahora acudió al remedio. Ordenóse al marqués de Pobar que recogiendo hasta dos mil corazas y mil dragones, se encaminase desde Tarragona al Rosellón. La distancia entre estos parajes llega á cincuenta leguas de tierra, todo á la sazón poblado de castillos y pueblos fortificados, con muchas plazas fuertes é innumerables cuadrillas de almogávares y miqueletes, sin contar el ejército enemigo del mando de La Motte-Hodancourt, situado en Montblanch en acecho de las operaciones de los nuestros. Desde luego todos los capitanes experimentados dieron la empresa por imposible, y el marqués de Pobar envió á la Corte para que lo representase á D. Martín de Mójica, su Maestre de campo general, proponiendo que se embarcaría en Tarragona y haría el socorro por mar, como lo hizo Torrecuso; fácil intento, por andar señoras de él nuestras armadas. Mas no se dió oídos en la Corte al enviado del de Pobar y fuéle preciso á éste ejecutar el mandato. Púsose en marcha con su caballería, que era el mayor número de corazas, y como tal, doblemente pesada é impropia para hacer tan difícil marcha por tierra de enemigos. Debía el marqués de Hinojosa proteger el movimiento del de Pobar, amagando hacia el Coll de Cabra á los franceses, para que viniendo sobre él dejasen al otro libre el paso; mas no quiso ó no supo ejecutarlo, ó lo que es muy probable, no logró que los capitanes enemigos, prácticos en la guerra, se separasen de su principal intento. El hecho fué que éstos ocuparon todos los pasos. La Motte-Hodancourt, desde Montblanch, comenzó á picarle la retaguardia. Se levantaron los somatenes en toda la comarca, y los caudillos más osados y prácticos de los almogávares ocuparon con sus gavillas los caminos por donde forzosamente tenía que pasar el ejército. Así, desde el primer día de su marcha nuestros soldados no descansaron un momento, siempre hostigados y perseguidos, y lo que es peor, sin víveres, ni agua, ni forraje. Todo estaba seco, todo exhausto, todo desierto á su paso, y sólo los alaridos de los almogávares venían á recordarles espantosamente que iban caminando por lugares habitados. Dejábanles pasar, sin embargo, tranquilamente sin emplear las armas; pero no era sino con intento de traerlos más adentro, cerrándoles la retirada.
Llegaron de esta suerte por el Coll de Balaguer hasta Villafranca del Panadés y Esparraguera, pasando tres leguas distante de Barcelona. Allí ya supieron que el enemigo venía sobre ellos por todas partes; que los pasos estaban completamente cerrados y que era imposible de todo punto seguir adelante; y habido consejo de los capitanes, convencido el de Pobar de que había hecho todo lo humanamente posible por obedecer á la Corte y que era delirio pensar en ejecutarlo, ordenó la retirada. Fué ya á deshora. La Motte-Hodancourt se echó con todas sus fuerzas sobre la retaguardia, que gobernaban Frey Vicencio Gamarra y D. Antonio Pellicer. Eran los nuestros quinientos caballos; los contrarios ochocientos y además quinientos mosqueteros catalanes: rompieron los caballos españoles á estos mosqueteros; pero embestidos luego por la caballería enemiga tan superior, sucumbieron, no sin pelear valerosísimamente, quedando prisioneros los capitanes y muchos soldados. En seguida, no queriendo aún aventurar el francés un combate general, se puso á seguir á los nuestros sin perderles ya de vista un instante.
Apresuraban el paso los españoles; pero más aún lo apresuraban los enemigos, y principalmente los del país, como más prácticos y más hechos á la fatiga. No había infantería con que ir apartando los almogaváres de los caminos, porque los dragones, desmontados, no bastaban para semejante servicio; los caballos, faltos de forraje y sedientos, caían aquí y allá muertos ó rendidos, y los jinetes, no más afortunados, apenas podían llevar sobre sí el peso de las armas. Hogueras encendidas por los catalanes en lo alto de los montes iban avisando al país que se pusiese en armas, ocultando los víveres y las provisiones; y en tanto los franceses no dejaban de distinguirse al lejos un solo punto, amagando la batalla. Al fin, un día que nuestros infelices soldados habían corrido veinte horas seguidas sin comer ellos ni los caballos, vagando de acá para allá, y hallándose al fin en el punto de donde salieron, que era el lugar de Granata, media legua de Villafranca, engañados por sus guías y sin acertar con el camino, hallando algunas provisiones, hicieron alto un momento para cobrar fuerzas y seguir la marcha. Mas no le dieron tiempo los contrarios: en el mismo punto cayeron sobre ellos franceses y almogávares en muchedumbre, y hallándoles desmontados á los más y á todos desfallecidos, sin cruzar la espada ni hallar la menor resistencia, hicieron á generales y soldados prisioneros, sin escapar alguno[19].
Causó tal desastre en Madrid horrendo espanto; culpábase al General, pero no era sino el Conde-Duque quien tenía la culpa de todo, por la elección que en él hizo y más aún por su absurdo mandato. Era el D. Pedro de Aragón, marqués de Pobar, poco capitán, como tan inexperto en tal ejercicio; pero nunca desmintió en sus intenciones lo honrado de su cuna, y parece aún respetable en su desdicha. Malogrado con este suceso el socorro del Rosellón, no tardaron en venir de allí mayores desastres, perdiéndose para siempre toda la provincia. Un ejército francés, compuesto de más de veinticinco mil hombres, mandado por los Mariscales de Schomberg y de la Meillerai, sitió sucesivamente á Colliure, á Perpiñán y Salsas, que eran las plazas que defendían la provincia, viniendo el mismo cardenal Richelieu con el rey Luis á los campamentos para dar mayor estímulo á los soldados. Colliure, donde estaba el de Mortara, se defendió valerosamente. La guarnición peleó varias veces con los franceses fuera de los muros, y en una de ellas entró uno de los cuarteles, y tomó y clavó seis piezas de artillería, haciendo gran destrozo en los enemigos. Logró éste al fin ocupar la plaza; pero el castillo, que era lo principal, quedó por los nuestros, hasta que luego, falto de agua á causa de haber destruído las bombas la cisterna, se rindió bajo honrosas condiciones, saliendo el marqués de Mortara con sus soldados para Fuenterrabía.
Perpiñán tuvo también que rendirse al cabo de tres meses de trinchera abierta y más de estrecho bloqueo, por falta de bastimentos, no sin consumir antes la guarnición todos los animales que se hallaron en la plaza, el pergamino, la lana y hasta algunos cadáveres, quedando reducida de tres mil hombres de que contaba á solos quinientos. Portóse como quien era el marqués de Flores Dávila, que allí mandaba, y bajo su mando, D. Antonio Caballero de Illescas comenzó á acreditarse de capitán esforzado. Perdióse con la plaza el mejor arsenal que entonces hubiera en España, tan falta de pertrechos y armas, pasando de veinte mil las de fuego que allí se contaban. Poco después entregó á Salsas sin mucha espera su gobernador D. Benito de Quiroga, pretextando falta de recursos. Tras esto se dieron todas las demás villas y lugares, y el Rosellón quedó hecho provincia francesa. Mientras esto pasaba del lado allá del Pirineo, fueron muy varios del lado acá los accidentes de la guerra, y si no tan desdichados, no tampoco muy favorables. Peleóse heroicamente en Tortosa, porque habiendo intentado apoderarse de esta plaza importantísima el mariscal de La Motte-Hodancourt, después de la destrucción del ejército del marqués de Pobar, fué derrotado, en tres asaltos consecutivos que dió, por su gobernador Bartolomé de Medina, asistiendo hasta las mujeres á las murallas: tanto era por España el amor de los moradores. Buen desengaño llevó también el francés en la villa de Tamarit de Litera; pues escarmentados los moradores con el saqueo horrible que ejecutó en ellos cuando como amigo lo recibieron en la villa, defendieron esta vez la entrada con tal esfuerzo, que no la logró sino á costa de muchas vidas, y aun así no pudo rendir á algunos de ellos que se encerraron en la torre: en cambio se apoderó de Monzón, defendida por D. Martín de Azlor, por falta de víveres, amenazando las provincias aragonesas.
Al propio tiempo D. Vicente de Aragón, enviado á la Conca de Tremp para promover algún favorable levantamiento entre los vasallos de su casa, tuvo que retirarse sin fruto alguno. Mil caballos franceses llegaron hasta dar vista á Vinaroz y llenaron de terror toda la comarca hasta Valencia; y el mismo La Motte-Hodancourt hizo una correría por el condado de Ribagorza con casi todo su ejército, aunque fué resistido de tal manera por los paisanos aragoneses, que tuvo que tornarse sin botín y con pérdida. También los navíos españoles de la escuadra de Dunquerque, que al mando del Almirante Feijóo estaban en las costas de Vinaroz desde que se deshizo la gran armada que hubo el año antes, pelearon con un trozo de armada francesa, y echaron á pique algunos buques y maltrataron otros después de diez horas de combate; pero acudiendo el resto de los bajeles enemigos, que eran muchos, tuvieron los nuestros que recogerse al puerto, y quedaron dueños del mar los franceses. Por tierra no había otro ejército que oponerles sino el del marqués de la Hinojosa, encerrado de nuevo en Tarragona y su campo; y aunque no dejaba su General de molestar á los enemigos con frecuentes algaradas y escaramuzas, todavía eran éstas insuficientes para traer alguna ventaja importante. En una de tales algaradas destrozaron los nuestros mil quinientos franceses y catalanes, degollando mucha parte, haciendo muchos prisioneros y tomando una gruesa cantidad de dinero que iban escoltando. Descubrióse por aquellos días en Tarragona una conspiración urdida por los frailes carmelitas descalzos para entregar la plaza al enemigo, los cuales se defendieron hasta morir los más en sus celdas cuando se les quiso prender. Pero ya en esto los franceses y catalanes, triunfantes en el Rosellón y en Cataluña, amenazaban por toda la frontera penetrar en el corazón de la Monarquía.
Clamaban los leales aragoneses, clamaban los valencianos, clamaba el mismo pueblo de Madrid porque el Rey saliese al opósito de los enemigos; sabíase que sólo alrededor de su persona podían ya juntarse ejércitos tan numerosos como se necesitaban; sabíase que sólo su presencia era capaz de infundir respeto en los rebeldes y de alentar á los leales; teníanse, en fin, las mayores esperanzas en aquella jornada, pedida, solicitada por todos desde el primer grito de rebelión que hubo en Cataluña, y ahora por la Reina misma y los principales señores de la Corte. Sólo el Conde-Duque se oponía á ella, temiendo que viendo de cerca las cosas sospechase el Rey su ineptitud para el mando, y que con el trato de los generales y las libertades que ofrece la campaña, tomase afición á otras personas que él, ó despertase de su ceguedad y letargo. Pero no pudiendo resistir al clamor de tantos, dispuso en fin la jornada; que para ser como el Conde-Duque hizo que fuera, más valía que no se hubiese ejecutado.
Convocóse de nuevo á todos los caballeros, hijosdalgos y nobles á fuero de España para que saliesen con el Rey al ejército, ordenando que los hijosdalgos llamados de privilegio que no asistiesen lo perdieran por su vida, que los dichos de sangre no pudiesen gozar en ningún lugar del reino oficio de tales ni tener hábitos en las órdenes, y que en los libros de cabildo y Ayuntamiento se apuntasen los nombres de los que habían cumplido con su obligación y de los que habían faltado á ella para que en todo tiempo constase. Mandóse al propio tiempo que no se diese licencia á los soldados, que se castigase severamente á los que huyesen de sus compañías para sentar plaza de nuevo, y que se registrasen todas las armas ofensivas y defensivas que poseyesen los moradores, así naturales como extranjeros, so grandes penas, sin duda con el fin de tomarlas para los ejércitos si hiciesen falta. Por último, se hicieron tales levas y enganches y requisas, que en Madrid, particularmente, no hubo en muchos días quien desempeñase ciertos oficios, ni quedó caballo en coche ó caballeriza.