Todo era menester y ojalá que con más rigor se hubiese celado el cumplimiento de las órdenes. Pero faltaba dinero para todo, y el Rey tuvo que rogar á los Grandes que hiciese cada uno un donativo para los gastos, según el patriotismo y riqueza de cada cual, por cuyo medio se juntó algún tesoro. Señalóse entre todos los Grandes el almirante de Castilla, Enríquez de Cabrera, el mismo que ganó la victoria de Fuenterrabía, olvidado del Conde-Duque por sus grandes merecimientos, el cual rogó al Rey que le diese permiso para enajenar su mayorazgo y destinar todo el producto al servicio de la patria. No se le dió; de suerte que no pasó de generoso el ofrecimiento del Almirante, que con esto añadió un título más á los muchos de patriotismo y de gloria que ya llevaba sobre su persona y nombre. Luego el Rey, con el dinero y gente reunidos, comenzó su jornada: salió de Madrid, llegó á Aranjuez, y no sin detenerse algunos días en aquellas delicias, pasó á Cuenca, donde también gastó mucho tiempo en placeres y festejos con que el Conde-Duque procuraba todavía deslumbrarle. Por fin, después de detenerse aún bastante en Molina de Aragón, llegó á Zaragoza. Al propio tiempo, aunque muchos títulos y Grandes, ó tibios patricios, ó sobrado airados contra el Conde-Duque, dejaron de concurrir á la jornada, con sus gentes se formó en el Ebro el nuevo ejército de hasta diez y ocho mil infantes y seis mil caballos, número grande después de tantos desastres, con veintidós piezas de artillería sacadas del castillo de la Aljafería, donde estaban para tener en respeto á la ciudad desde el tiempo de Felipe II, y algunas otras que quedaban en los tercios.

Llamóse para que mandase todas estas fuerzas al marqués de Leganés, que estaba de gobernador en Valencia; porque aunque muchos, recordando sus campañas de Italia, murmuraban que no convenía, amábale el Conde-Duque sobremanera, y esa era entonces razón que se prefería á todo. Por Maestre de campo general de aquel ejército fué Torrecuso, que era acaso más capaz que el de Leganés para mandarlo. Hubo esperanzas de que podría hacerse una campaña ventajosa. Á la par que el ejército, habíase equipado en Cádiz una armada compuesta de treinta y tres navíos de guerra, seis de fuego y cuarenta buques menores con nueve mil hombres de tripulación, la cual, reuniéndose con las galeras y los navíos de Dunquerque y Nápoles, que eran veinte, se presentó poderosísima en las costas de Cataluña á echar de ellas á los franceses y dar calor á las operaciones de tierra, mandada por el duque de Ciudad Real, separado ya del mando el duque de Fernandina, y aun alejado de la corte y preso el genovés Juanetín Doria por los enemigos á causa de haber naufragado en sus costas: de esta suerte, tanto por mar como por tierra nos hallamos iguales ó mayores en poder á los catalanes y franceses coaligados. Pero no quiso Dios, ó no permitieron las más veces los desaciertos del Conde-Duque que las imaginadas esperanzas se realizasen. El Rey no pasó de Zaragoza, preso casi en sus aposentos por el Conde-Duque, y no se mostró una vez siquiera al ejército, con vergüenza de la Corona y mengua de la persona del Rey, públicamente motejado de cobarde. Allí se entretenía Felipe en ver jugar á la pelota y en pasear en el río, mientras por mar y por tierra se jugaba á los trances inciertos de la guerra la suerte de la Monarquía.

Algo mejor se conducía que él la reina Isabel, que durante su ausencia había quedado de gobernadora en Madrid. Recorría los cuarteles; animaba á los soldados que iban á salir á campaña; vigilaba y apresuraba la organización de los tercios y compañías que se hacían en Madrid para el refuerzo de Cataluña, y buscaba dinero á toda costa. Entonces fué cuando D. Manuel Cortizos de Villasante, rico negociante de Madrid, á quien la Reina fué en persona á pedirle dinero sobre sus joyas, se negó hidalgamente á recibirlas, y sin alguna garantía la entregó hasta ochocientos mil escudos para que los enviase al ejército, que era entregarlos para no obtener más el cobro; acción loable y que honró tanto al vasallo como á la Reina.

Era el intento partir en dos trozos el ejército de Cataluña, el uno compuesto de las tropas que defendieron á Colliure, traídas por Mortara, y otras al mando de Torrecuso; y el otro trozo al del Capitán general marqués de Leganés, el cual debía bloquear á Lérida, mientras aquéllos iban al socorro del Rosellón. Pero sabida la rendición de Perpiñán y Salsas y la pérdida de toda la provincia, se puso toda la atención en Lérida. Salió el de Leganés propuesto á sitiarla con el ejército entero: ganó el lugar de Aytona; pasó el Segre y fué á sentar su campo delante de Lérida en el llano dicho de las Horcas. Halló ya al mariscal de La Motte al amparo de los muros con hasta dos mil infantes y tres mil caballos franceses y catalanes, fortificado en unas alturas que caen poco distantes de la ciudad. No era posible emprender el sitio sin desalojarlo, y por lo mismo no se dilató el ataque, mas fué con poca fortuna.

Pecaba el de Leganés de soberbio, y con su experiencia de la guerra despreciaba todo otro consejo y opinión que no fuese la suya, y más que teniendo tan por amigo al Conde-Duque, no reparaba en respeto alguno; por lo cual se condujo de tal suerte con Torrecuso, que al fin tuvo éste que abandonarle, viniéndose á Zaragoza con el Rey. Solía decir que renunciaría á la conquista de Francia si hubiera de hacerla por los consejos de un italiano. Con esto, mandaba solo el Marqués cuando se empeñó la batalla. Comenzóla Don Rodrigo de Herrera, Comisario general de la caballería, apoderándose con trescientos jinetes de una de las colinas y de una batería puesta en ella por los contrarios; pero acudiendo al refuerzo de éstos nuevas tropas, no tardaron en rechazar á los españoles. Entonces se hizo el combate general en toda la línea del enemigo, atacada vigorosamente por los nuestros, desde las diez de la mañana hasta bien anochecido, pero sin fruto alguno. Los franceses, como inferiores en número, no osaron tomar la ofensiva, y los españoles no supieron aprovecharse de sus fuerzas. Cometiéronse grandes desaciertos: ninguno supo á quién mandar ni á quién obedecer; todo era confusión, todo dar y deshacer órdenes; así se pasaron las horas, perdimos quinientos hombres muertos y muchos heridos, y llegada la noche se ordenó la retirada. No puede decirse que padeciéramos una derrota, porque tomamos tres cañones al enemigo, que no pudo quitárnoslos, ni osó luego perseguirnos, y porque el enemigo estaba fortificado y en lugar eminente; pero siempre fué desventaja notable el haber de renunciar al propósito de tomar á Lérida. Ni fué esto lo peor; sino que el ejército, metido de nuevo en sus cuarteles, se fué lentamente disipando; de suerte que al comenzar la siguiente campaña, de aquellos veinticuatro mil hombres apenas cinco mil quedaron en armas.

Acusóse también por ello al de Leganés, diciendo unos que no sabía mantener en los soldados la disciplina, y otros, menos piadosos aún, que los afligía con hambre continua, á fin de saciar á su costa la codicia desordenada que en él se había despertado. Pasión indigna de su valor, que sin duda lo tenía Leganés. También fué reprensible la vanidad con que se dió por vencedor de la batalla de Lérida, logrando engañar al principio al Rey; pero no tardó en venir el desengaño; y reunidas todas sus culpas, á pesar del parentesco y amistad del Conde-Duque, fué separado del mando y confinado á Ocaña, donde comenzó á formársele proceso por su conducta. Enseguida, avergonzado del espectáculo que estaba allí ofreciendo, se volvió el Rey á Madrid. Y entretanto la escuadra española, al mando del duque de Ciudad Real, queriendo ir al socorro del Rosellón, había pasado por delante de Barcelona, donde estaba M. de Brezé con la francesa, compuesta de cincuenta y nueve bajeles y veinte galeras, por habérsele incorporado la que mandó el Arzobispo de Burdeos, igual en poder á la nuestra. Salió Brezé del puerto, formó sus bajeles en línea y se empeñó un combate que duró todo el día, sin que la victoria se decidiese por alguna de las partes: al día siguiente volvieron á encontrarse también sin ventaja, quemándose y perdiéndose algunos bajeles, y quedando tan maltratadas ambas, que ni los españoles pudieron llegar al Rosellón, volviéndose á las Baleares, ni pudieron los franceses en mucho tiempo salir de Barcelona. Después de esta batalla, ni por mar ni por tierra volvió á emprenderse nada en mucho tiempo.

El conde de Monterrey, con D. Juan de Garay por Maestre de campo general, acabó de reunir en tanto su ejército en la frontera portuguesa. Pero como ni el estruendo de las armas pudiera hacerle olvidar sus comedias y lascivias, las operaciones de aquel General fueron muy lentas. Envió partidas ó escuadrones que hiciesen correrías desde Mérida y Badajoz, donde tenía acuarteladas sus tropas, á Olivenza y Elvas, haciendo algunos daños, sin que los enemigos, faltos al principio de toda ordenanza y disciplina, osasen oponerse á campo raso. Mas su principal ocupación fué mover tratos en las plazas para que las entregasen los moradores. Adelantólos en Olivenza, y aún se creyó que llegaría á rendirse la plaza, para lo cual fué á presentarse delante de sus muros D. Juan de Garay con un buen trozo de gente; pero llegando más tarde de lo convenido, descubrióse en tanto la trama y se frustró. Entonces el de Monterrey en venganza hizo quemar y talar todos aquellos confines y campañas, robándolo y abrasándolo todo, y los portugueses en cambio entraron en Galicia en número de más de seis mil hombres para arrasar el país. Salió á ellos D. Benito de Abraldes con poca gente, los detuvo y dió tiempo á que, llegando tropas de refuerzo, los pusiesen en fuga, persiguiéndolos hasta muy adentro de sus tierras. Intentó de nuevo el conde de Monterrey tomar á Olivenza de rebato, encomendándose la facción á D. José de Pulgar, hombre poco afortunado, el cual llegó de noche delante de los muros, y errando el petardo con que pensaba forzar la puerta, fué sentido y derrotado con pérdida de doscientos hombres.

No se tardó en acometer de nuevo á Olivenza, pero no con más fortuna, y en el ínterin los portugueses rindieron y saquearon á Valverde, valentísimamente defendida por D. Juan de Tarrasa, y entrando más adentro en la sierra, se apoderaron del lugar de Seijas con su castillo, bastante bien guarnecido. Hubo también no lejos de Olivenza un choque entre D. Juan de Garay y Antonio Gallo, portugués, en el cual uno y otro se atribuyeron jactanciosamente la victoria, y el Prior de Navarra, que mandaba en Galicia, obligó á retirarse á un Cuerpo muy numeroso de portugueses, que al mando de D. Manuel Téllez de Meneses y Don Diego de Pereira, entró á correr aquella provincia, sosteniendo algunos choques parciales con ellos en que hubo pocas pérdidas de ambas partes.