Estos fueron los hechos más brillantes de aquella guerra, reduciéndose todo lo demás á feroces correrías donde unos y otros quemaban sin piedad los pueblos, talaban los campos y degollaban á los habitantes con el mayor encarnizamiento. Los capitanes de uno y otro bando dejaban casi siempre á los contrarios hacer impunemente tales correrías, ó si acudían al reparo, era por lo común sobrado tarde. Al fin nuestra Corte, que era quien perdía con aquella inacción, porque en el ínterin los portugueses se fortificaban más y más, recibiendo tropas y auxilios de las naciones extranjeras y organizando su gobierno y ejércitos, determinó separar del mando de las armas al conde de Monterrey, y en su lugar envió al de Santisteban, que no mucho más experimentado y con tan insignificante fuerza como componía aquel ejército, no alcanzó tampoco ventaja. De nada sirvió la asistencia y práctica de D. Juan de Garay. El cardenal Spínola, que fué á Galicia á juntarse con el Prior de Navarra, no hizo tampoco más que él, ni el duque de Alba, que estaba á la parte de Ciudad Rodrigo, logró ejecutar cosa digna de su nombre. Todo se volvía cambiar de caudillos en aquella frontera; todo repartir trozos é imaginar acometimientos; pero la verdad era que no se hacía nada de provecho, ni eran las fuerzas tampoco para que se hiciese.

Por este tiempo ya todas las posesiones portuguesas en América, África y Asia habían reconocido por Rey al duque de Braganza. Gobernadas por portugueses, y no habiendo en ellas más que tropas portuguesas que las defendieran, unas primero, otras después, se fueron alzando contra España sin resistencia alguna: Ormuz, Goa, Pernambuco, el Brasil, tan azotado de los holandeses, Angola y las Islas Terceras: sólo Ceuta quedó en nuestro poder por lealtad del Gobernador el marqués de Torresvedras al Rey de España. Pudo decirse que sólo por mar nos sonrió la fortuna contra portugueses, porque habiendo encontrado el duque de Ciudad Real con la armada de España á una holandesa que había venido en ayuda de ellos, la derrotó, echándola algunos navíos á pique y obligándola á refugiarse en sus puertos: fué este combate á la vista del Cabo de San Vicente.

Italia era teatro al propio tiempo de nuevos contratiempos. Había reemplazado al marqués de Leganés en el gobierno de Milán el conde de Siruela, D. Juan Velasco de la Cueva, otro de los privados del Conde-Duque, al cual, ya que no tuviese grandes méritos, no le faltaba alguna sagacidad y prudencia; mas quiso la suerte que desde el primer día se continuase la mala inteligencia con el príncipe Tomás de Saboya, no habiendo cosa al fin en que los españoles y el saboyano estuviesen de acuerdo. Sitió el conde de Harcourt á Montcalvo y la tomó, y en seguida se puso sobre Ivrea. Defendiéronse valientemente los sitiados, rechazando en varios asaltos á los franceses, y en tanto el príncipe Tomás y el conde de Siruela acudieron á levantar el cerco. Hubo un choque empeñado entre los sitiadores y las tropas del príncipe Tomás, mas sin efecto alguno, y negándose Siruela á comprometer una batalla general, discurrieron los aliados para llamar la atención del enemigo ponerse delante de Chivas. No se les malogró el intento; porque apenas lo supo Harcourt, alzándose de sobre Ivrea vino al punto al socorro, y los nuestros, que no pretendían otra cosa, se retiraron sin que el enemigo pudiese obligarlos á venir á la batalla. En seguida rindió Harcourt el castillo y villa de Ceba y la plaza de Mondovi, y luego se puso sobre Coni, plazas de las más importantes del territorio, y á pesar de los esfuerzos de nuestros generales, la tomó á los cuarenta y seis días de trinchera abierta, mientras los españoles sitiaban á Montcalvo. Acudió el francés al socorro de esta última plaza y no pudo conseguirlo, con que tuvo que rendirse á nuestras armas; mas poco después, falto el de Siruela de soldados, sacó la guarnición y demolió las fortificaciones. Al propio tiempo el príncipe Tomás, que quiso sorprender á Querasco, fué rechazado con alguna pérdida. Con esto terminó la campaña de 1641 por aquella parte, quedando más enconados que nunca el conde de Siruela y los príncipes de Saboya.

Enviaron éstos á Madrid Embajadores á quejarse al Rey de la conducta de los Ministros españoles, y hubo varias conferencias y tratos; pero en el ínterin se compusieron ímpesada y cautelosamente con la Corte de Francia y la regente de Saboya y volvieron contra nosotros sus armas. Dió esto ocasión sobrada para que se sospechase que algunas de sus quejas contra los españoles y sus Embajadas, tenían por objeto ocultar el intento de la defección, y hacerla más dañosa. La verdad era, que muerto el conde de Soissons, en la batalla de Sedán, la princesa de Cariñán, su hermana, mujer del príncipe Tomás, que estaba á la sazón en Madrid, tenía á sus bienes pretensiones, las cuales no parecía que pudieran hacerse valer sin reconciliarse con los franceses. Además, tanto Tomás como su hermano Mauricio, viendo claramente perdida la grandeza de España, más querían ser ingratos que víctimas.

De todos modos, el suceso no pudo sernos más funesto. Estuvo oculto el Tratado bastante tiempo para que los príncipes de Saboya pudiesen ir sacando astutamente las guarniciones españolas de la mayor parte de las plazas, y con efecto lo consiguieron, no sospechándose aún su deslealtad, y cuando fué pública, reunido el príncipe Tomás con los generales franceses, tomaron á Niza de la Palla, Verrua, Crecentino y Tortona, valerosísimamente defendida esta última plaza de los nuestros, primero en el recinto de ella, luego en el castillo. Era tan importante, que el conde de Siruela no quiso dejarla perdida, y como vió que los franceses y saboyanos se habían retirado del sitio, llegó allí con sus tropas, hizo reparar las líneas de circunvalación, y se fortificó en ella. Acudieron al socorro el príncipe Tomás y el conde Du Plessis que entonces gobernaba á los franceses; mas vieron tan bien dispuestos nuestros cuarteles, que no osaron acometerlos, y la plaza se rindió á los cuatro meses de sitio. Dejó así con honra el de Siruela el mando, que desde Flandes vino á recoger el marqués de Velada D. Antonio Sánchez de Ávila, tornándose á España. Ni fué la defección de los saboyanos la única que padeciésemos entonces en Italia.

Desde el tiempo de Carlos V tenían los españoles guarnición en Mónaco, cabeza del Principado de este nombre, y puerto, aunque pequeño, esencialísimo para la navegación de España á Italia y para el socorro de aquellos Estados, mucho más habiéndose dejado perder el de Final, que con este objeto tomó el gran conde de Fuentes. Era ahora príncipe de Mónaco D. Honorato Grimaldi, príncipe de Carpiñano, ricamente heredado en Nápoles y Milán, y hasta entonces leal vasallo de España; y viendo tan decaídas las cosas de España, abrió las puertas de la ciudad á los franceses. Los soldados españoles del presidio, aunque sorprendidos con aquella traición impensada, y sueltos y desarmados, no dejaron de defenderse por eso, muriendo muchos antes de abandonar la plaza, entre otros el capitán Esporrin, natural de Jaca, que los mandaba, peleando gloriosamente por su persona; mas al fin tuvieron que ceder. Pérdida también muy sensible y de mucha consecuencia para en adelante.

Volvíanse en esto todos los ojos y todas las esperanzas de España á Flandes. Allí era donde estaban recogidas las reliquias de los temibles tercios de Carlos V y de Felipe II; allí donde se conservaba la antigua escuela militar, el antiguo estímulo y hasta la antigua gloria; y allí, por último, estaba el hombre de más mérito que quedase en la Monarquía: el Cardenal Infante. Formóse aquel ejército con los mejores tercios españoles que pasaron de Italia al mando del duque de Alba casi ochenta años antes, y habíase luego repuesto con la gente vieja de Nápoles, Sicilia y Lombardía, y con los tercios que trajo el Infante cuando vino á los Estados y vencieron en Nortlinghen. Durante tan largo espacio de años mantúvose peleando y venciendo casi siempre en batalla, muriendo hoy uno, luego otro al filo de la espada, todos los capitanes y soldados, y rellenándolos lenta y perezosamente tal ó cual aventurero impaciente, tal otro perseguido en la Patria por pendenciero y retador, muchos sedientos de gloria, y no pocos sin familia ni hogar, ganosos de fortuna. Conforme iban llegando de España los bisoños, recogíanles los antiguos cabos, adiestrábanles y les enseñaban los severos principios de aquella milicia, y así todos se hacían unos á poco tiempo, y parecían los tercios de ahora los mismos que vencieron en Mulberg y en Pavía.

Ni era su general indigno de los de aquella época de gloria, ni sus capitanes, el conde de la Fontaine, el duque de Alburquerque y otros desmerecían de los primeros. Aguardábase por lo mismo en España que con poderosas diversiones por aquella parte se llamase de tal modo la atención de los franceses, que no pudieran acudir con fuerzas muy grandes á Cataluña y á Portugal é Italia. Y cierto que á los principios bien pudieron dar aliento á tales esperanzas, porque fueron muy gloriosos. Mas aconteció lo que entonces acontecía ya en todo, que al paso que los extranjeros reparaban fácilmente sus pérdidas, nosotros no podíamos sobrellevar las nuestras, porque nuestros grandes capitanes no hallaban sucesores ni reemplazo los valientes soldados: así todo lo ganado á mucha pena en largo tiempo y con grandes triunfos, perdíase de un golpe en una sola derrota. No había, como solía suceder, recursos ni dinero para comenzar nuevas campañas después de aquélla que concluyó con la toma de Arras por los franceses. La gente estaba desnuda y falta de todo; mas el Cardenal Infante, con su buen gobierno, logró recoger subsidios de los pueblos, y hubo capitanes, como el duque de Alburquerque, que con patriótico desprendimiento vistieron á su costa los tercios y sacrificaron la propia hacienda para mantener la campaña. Comenzáronla los enemigos coaligados sitiando el mariscal de la Meillerie la importante plaza de Ayre, y el de Orange la de Genep. El conde de la Fontaine, Maestre de campo general, con un trozo de españoles se opuso á este último; pero no pudo salvar á Genep, y Ayre se rindió también, aunque después de defenderse valerosísimamente. En esta ocasión dió una muestra insigne de sus talentos militares el Cardenal Infante.

No teniendo reunido bastante ejército para el socorro, se estuvo apostado en las inmediaciones mientras duró el asedio, esperando refuerzos, y llegando tarde con ellos el barón de Lamboy, no pudo impedir la rendición de la plaza. Los enemigos antes de alzarse de su campo fortificado quisieron, naturalmente, dejar aprovisionada la plaza, y para eso enviaron por un gran convoy; mas el Cardenal Infante maniobró de suerte que se puso entre el campo francés y el convoy, tomando por asalto la importante villa de Liliers y enseñoreándose de todo el país. Entonces los franceses se vieron forzados á dejar sus líneas separándose como media legua para salvar el convoy, y el Infante, que no deseaba otra cosa, se metió rápidamente en ellas, sin que pudiesen ya estorbárselo. Allí, fortificado en los mismos reductos y baterías de los franceses, que no habían tenido tiempo de deshacerlos todavía, sitió de nuevo la plaza, la cual, no provista de municiones ni bastimentos, tuvo que rendirse. En vano los enemigos, burlados tan extrañamente y reforzados con numerosas tropas que trajo el mariscal de Brezé al de la Meillerie, intentaron forzar las líneas que ocupaba el Cardenal Infante; habíanlas ellos tan cuidadosamente fortificado antes, que ahora á su abrigo fueron invulnerables los nuestros.

Pero esta fué la única hazaña del Cardenal Infante; ni siquiera tuvo la satisfacción de ver rendida la plaza tan hábilmente ganada. Su salud, ya decadente con tantas fatigas y trabajos, acabó de llevar el último golpe con unas malignas tercianas que le acometieron en el campamento, y tuvo que dejarlo y retirarse á Bruselas, donde murió á poco tiempo de padecer penoso, llorado del ejército y del país por sus buenas cualidades, y muy sentido en España, aunque no tanto como merecía lo grande de la pérdida. Su cadáver vino al Escorial, donde reposa entre sus antepasados. Desde la muerte de Ambrosio de Spínola no había habido otra tan irreparable y tan dolorosa. Hábil político y capitán valiente y diestro, tenía también el Cardenal Infante muy alto patriotismo y una abnegación y dignidad que comenzaban á echarse harto de menos en la corrompida Corte de España. Así, cuando se habla de las desdichas de estos años fatales, es imposible dejar de contar entre las mayores su muerte. Ella fué también anuncio y preludio de otras que remataron nuestra ruina. Sucedió en el Gobierno una Junta compuesta de D. Francisco de Mello, conde de Azumar, del marqués de Velada, del conde de la Fontaine, D. Andrés Cantelmo, que eran los primeros jefes de las armas, y el Arzobispo de Malinas, hasta que sabido el suceso en nuestra Corte se nombró por Gobernador único de los Estados mientras iba persona real que lo reemplazase, al de Azumar, D. Francisco de Mello.