Llegó á Madrid esta nueva infausta á poco de caer de su privanza el Conde-Duque y cuando la Corte se hallaba aún tan regocijada con tal suceso, que no tuvo espacio para llorarla como debía. No habían desdicho las últimas medidas del favorito del resto de su administración, que toda se volvía imaginar arbitrios buenos ó malos, aplicando sin cordura los malos y dejando de aplicar los mejores. Todavía en 1642, meses antes de su caída, hizo publicar una pragmática, bajando el valor de la moneda de vellón, que él mismo había hecho subir en 1636: de modo que las piezas de seis maravedís valiesen uno solo, con que hubo tal confusión y espanto, que apenas se hallaba de comer en Madrid mismo. Algo menos infeliz anduvo al querer llamar de nuevo á los judíos; pero no era él hombre de llevar á cabo tamaña empresa, y así fué que con sólo haber puesto la Inquisición mal ceño, desistió del propósito; ni era esto tampoco, verdaderamente, para ejecutarlo de pronto, ni para atender á males tan inmediatos y urgentes. Los soldados, testigos de su flojedad y del papel indigno que hacía representar al Rey en paz y en guerra, llegaron á aborrecerle mortalmente, y estando en Molina de Aragón con el Rey, de una compañía que hizo salva al pasar su coche, salió una bala, que hirió dentro de él al enano con que entretenía sus ocios y penas, y puso á riesgo su persona, sin que pudiera averiguarse el autor de tal hecho.
No lo odiaban menos en la Corte, donde hubo ya una conjuración para matarle en los primeros años de su privanza, que no tuvo efecto. Cada día su altanería y sus injusticias le atraían nuevos enemigos, y pronto se formó de ellos una especie de partido ó bandería muy poderosa que sin descanso trabajaba en su daño. Á la cabeza de este partido estaba la misma reina Doña Isabel de Borbón. Era diestra aquella mujer, como criada en la Corte de María de Médicis, orgullosa además y dominante de suyo, no podía llevar con paciencia el poco respeto del Conde-Duque, y desde los principios habíase propuesto derribarle de la privanza, siendo el no haberlo conseguido sino al cabo de tanto tiempo grandísima muestra de las profundas raíces con que la tenía afirmada en el corazón del Rey. Como tenía puesta cerca de la Reina, para vigilarla, á su mujer, Doña Inés de Zúñiga, dama de no vulgar talento y completamente imbuída en los intentos de su esposo, ésta, ejerciendo en Palacio y en el cuarto real una opresión verdaderamente insoportable, tratando de igual á igual á las Princesas, como la de Mantua y la de Cariñán, y aún poniéndose en las ocasiones delante de ellas, y echando ó intimidando á todas las demás señoras de la Corte, le ayudó mucho á parar y deshacer los golpes y manejos de sus enemigos. Pero la Reina, más irritada á medida que se sentía más oprimida y con menos influencia sobre su marido, estuvo acechando cuidadosamente la ocasión de castigarle. Ofreciéronsela cumplida los recientes desastres, y más que otro alguno el de la pérdida de Portugal, que tan profunda impresión hizo en el ánimo del Rey. Indignada la Reina lo propio que los Grandes y todo el pueblo con aquella nueva y triste muestra de la ineptitud del favorito, y alentada con la desconfianza con que comenzaba á oir su esposo los consejos que aquél le daba, apresuró y redobló las hostilidades. Ella fué principalmente quien inclinó al Rey á que hiciese la jornada de Cataluña, á fin de que viese por sus mismos ojos el estado de las cosas.
De vuelta en Madrid se atrevió ya á representarle con vivos colores los desaciertos y maldades del Conde-Duque, y aun mostrándole un día al príncipe don Baltasar, su primogénito, dijo con lágrimas que por causa de tal ministro había de llegar un día en que se viese reducido á la condición de caballero particular. Á este tiempo ya los Grandes no asistían á Palacio ni al servicio del Rey: el clero, el pueblo, todo el mundo, conjurado contra el favorito, ayudaba invisiblemente á la Reina. Dos mujeres vinieron aún á secundarla más activamente, concertando con ella sus planes. La una fué Doña Ana de Guevara, ama del Rey, á la cual amaba él sobremanera, y que muy ofendida de la mujer del Conde-Duque por haberla alejado de Palacio, acechó la ocasión de hablarle á solas, y le dijo contra ella y su marido cuanto la pudo dictar la sed de venganza, ayudada de la razón y de la verdad. La otra fué Doña Margarita de Saboya, duquesa de Mantua, que echada de Portugal se vino á Ocaña, y desde allí, viendo que el Conde-Duque la dejaba abandonada sin enviarle siquiera para su sustento, se presentó de improviso en la corte; y aunque el favorito hizo mucho porque no viese al Rey, ella, por medio de la Reina, supo lograrlo, y demostrarle con copiosas noticias que sólo á aquél y á sus allegados y amigos debía atribuir la pérdida de la Corona portuguesa. Honrada y prudente mujer era esta Doña Margarita, y digna de mejores tratamientos que los que empleó con ella el Conde-Duque. También contribuyeron á desengañar al Rey su maestro fray D. Galcerán Albanell, Arzobispo de Granada, y el conde del Castrillo, Presidente del Consejo de Hacienda, al cual respetaba mucho el Monarca: el primero por medio de una carta muy libre, donde le decía claramente todo lo vergonzoso de su conducta, y el otro por servir á la Reina con oportunas y bien encaminadas indicaciones y discursos. Por último, se unía á éstos el marqués de Grana Carreto, enviado del Emperador, que, por lo que importaba á su Soberano, miraba con dolor la ruina de España. Tanto fué menester para derrocar aquella privanza; y aun derrocándola era de deplorar el que fuera el consejo y respeto de personas particulares, pocas bien intencionadas, muchas sin más deseo que el de la personal venganza, antes que no las grandes faltas del favorito y desdichas de la Monarquía lo que moviese su caída. Males que se remedian de tal modo, no pueden decirse remediados, sino más bien aplazados; porque en el género de gobierno ó en el estado de cosas en que tal suceda, ellos han de repetirse de seguro muchas más veces.
Por fin, el favorito conoció que era inútil la resistencia, y rendido de tan larga lucha y queriendo hacer menos dolorosa su caída, pidió al Rey licencia para retirarse de los negocios. Fuéle negada por dos veces; mas cuando comenzaba quizás con eso á dar entrada en su pecho á la esperanza, recibió un billete escrito de propia mano de Felipe, mediado Enero de 1643, mandándole que no se entrometiese más en el Gobierno, y que se retirase á Loeches hasta que otra cosa dispusiese: de allí fué luego á residir en la ciudad de Toro. Mostró el Conde-Duque gran entereza en este golpe de la fortuna, que bien pudo contarlo por blando según era lo que merecían sus faltas. Á la verdad, el Rey anduvo con él muy benévolo en las últimas disposiciones: mandó que se le dejase registrar y romper todos los papeles que quisiera y pudieran perjudicarle; escribió á los Consejos honrándole mucho, y diciendo que le apartaba de los negocios por las repetidas instancias que le había hecho pidiendo licencia, y que no era sino para tomar sobre sí el Gobierno sin fiarlo de otro alguno; y habiendo indicado el Presidente de Hacienda, Castrillo, que ciertas urgencias del Estado no podían cubrirse sin echar mano de una gran cantidad de plata venida de América para el Conde-Duque, se negó á aceptar el remedio, antes mandó que se le pagasen puntualmente sus sueldos. No fué tal benevolencia aprobada. El pueblo acechó en numerosas turbas la hora de salir de Palacio el favorito, y acaso le matara á no tomar él el buen partido de ejecutarlo oculto y disfrazado; pero algunos de sus coches, donde por un momento se creyó que iba, fueron apedreados. Frustrado su intento, corrieron las turbas por las calles victoreando á todas las personas que habían tenido parte en la caída del privado. Estas solicitaban á la par su castigo, alternando en todos, con el regocijo, el deseo de venganza que les aquejaba.
Si Castrillo, con sus malévolas insinuaciones intentó en vano despojarle de sus haberes, otros de sus enemigos no tardaron en lograr que á su mujer se la separase también del servicio de la Reina, mortificándola antes con continuos desaires, y que á su hijo D. Enrique de Guzmán, se le quitase la asistencia del Rey, desterrándole como á él de la corte. Creció con el tiempo y la seguridad de que era ya imposible su vuelta, el rencor y la saña contra el Conde-Duque. No ya solo sus enemigos, sino sus antiguos amigos y aduladores, como suele acontecer á los ministros caídos, censuraban agriamente su conducta, abriéndose entonces á la verdad los ojos que el interés y la cobardía tuvieron tantos años cerrados. Comenzaron también á escribirse papeles en contra del privado, y hubo uno en pro que debía ser de persona bien agraviada en la mudanza, con lo cual el Rey prohibió severamente semejante polémica, y castigó con graves penas á los que intervinieron en ella. Dios sabe adonde hubieran ido á parar las cosas, porque el Rey, continuamente acosado por todas partes de voces que pedían venganza, y persuadido ya de todas sus faltas, comenzaba á mirarle con odio, cuando la muerte vino á libertar al favorito de persecuciones. Sobrevínole en la ciudad de Toro, donde residía ejerciendo el cargo de regidor, por efecto de su despecho y amargura, antes que de enfermedad alguna, porque tenía más de altivez que no de conformidad la entereza que mostraba. Díjose que expiró perdido el juicio, por haber recibido del Rey una carta en que le decía estas palabras: «si he de reinar yo, y mi hijo se ha de coronar, será preciso que entregue vuestra cabeza á mis vasallos que á una voz la piden todos y es preciso no disgustarles más.» Y sea ó no esta particularidad cierta, el hecho es que el Rey no andaba ya muy lejos de tales pensamientos, y que si la muerte fué justa en D. Rodrigo Calderón, debía parecer en él pequeño castigo. Acusábanle con razón de haber sido la causa principal de que se perdiesen en Oriente, Ormuz, Goa, Fernambuco y todas las colonias portuguesas, el Brasil, las Islas Terceras, el Reino de Portugal, el Rosellón, todo el Ducado de Borgoña á excepción de cuatro plazas, la gran fortaleza de Arras, muchas en el Luxemburgo, Brunswick, en la Alsacia, y los derechos é influjo del Ducado de Mantua, que eran las mermas de dominios que ya á la sazón tenía España. Asímismo se le acusaba de haber perdido más de doscientos ochenta navíos en los mares, de haber sacado de las entrañas de la tierra y del corazón de los vasallos medias anatas, papel sellado, alcabalas y otras cosas innumerables por él imaginadas hasta ciento diez y seis millones de doblones de oro: parte gastado inútilmente en ejércitos y armadas perdidas; parte distribuído entre Virreyes, Gobernadores, Capitanes generales y otros ministros, todos criaturas suyas, ya por sangre ó por servil dependencia; parte acopiado en su propio bolsillo y casa. Lo de los gastos inútiles en ejércitos y armadas pruébanlo bien todas las campañas. Lo distribuído entre parientes y servidores no tiene tampoco duda, viéndose siempre al Conde-Duque no fiar de otros que de ellos los lucros: de modo que al mirarlo asociado con alguno en el Poder, hay que recordar que fué su tío D. Baltasar de Zúñiga, ó bien su primo D. Diego Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, en quien, cuando estaba á su lado, descargaba una parte de los negocios públicos. Al inquirir quién gobernaba en Nápoles, hállase al conde de Monterrey, su cuñado, ó al duque de Medina de las Torres, su yerno; al nombrar al Virrey de Milán, tropiézase con el mismo marqués de Leganés, su primo, y lo propio al tratar de Cataluña; en el Generalísimo de la frontera de Portugal se encuentra otra vez á Monterrey, y fué mucho que desde la asistencia de Palacio, adonde ya veía á su hijo, el bastardo D. Enrique, mozo disoluto y sin autoridad ni talentos, no pasase á ocupar la presidencia del Consejo de Indias, que ya estaba para él dispuesta.
Siendo el conde-duque Guzmán y su mujer Zúñiga, Zúñigas y Guzmanes, se vieron casi solos en los altos empleos, exceptuando algún Velasco, por ser su abuelo materno de aquella casa y tener casado á su hijo con mujer de ella. El resto de los destinos que no pudo llenar con sus parientes, fué para sus viles aduladores, Jerónimo de Villanueva el protonotario de Aragón, Diego Suárez, Miguel de Vasconcellos, secretarios de Portugal, y algunos otros. Hasta su asesor en la privanza, D. Luis de Haro, no hubiera llegado á serlo sin ser sobrino suyo, porque sólo á eso debió la entrada en la Corte y la amistad del Rey; si bien cuando llegó á notar sus adelantos le aborreció sobremanera y comenzó también á preparar su ruina. Y en cuanto á los medros de su persona y casa particular, fueron inmensos. Su orgullo, que nunca le faltó, no consentía en él como en el duque de Lerma, que admitiese regalos ó donativos de particulares como en compra y paga de favores; pero supo obtener empleos y sueldos y comodidades que le produjesen con menos vergüenza tantos ó más beneficios. Primeramente obtuvo un privilegio para gozar encomiendas en todas las Ordenes militares, teniendo solamente la cruz de Alcántara, por lo cual gozaba cuarenta y dos mil ducados; luego se hizo declarar Camarero mayor del Rey, oficio no conocido desde el tiempo de Carlos V, del cual sacaba diez y ocho mil ducados; también tomó para sí el cargo de Caballerizo mayor, que daba veintiocho mil ducados; el de Sumiller de Corps, doce mil, y el puesto de Canciller de las Indias, que montaba cuarenta y ocho mil, todos en producto anual. Mas no era esto lo mayor, sino que cuando partían los galeones de Sevilla y Lisboa, hacía cargar cantidades exorbitantes de vino, aguardiente y trigo recogido en sus haciendas; y como tenía para sí los puertos francos, vendía tales géneros á precio muy subido; con lo cual y la carga de retorno, ganaba cada año en el trato hasta doscientos mil ducados. Además hizo que el Rey le cediese la villa de San Lucar la Mayor, con título de Duque, que en alcabalas y derechos valía cincuenta mil ducados. Y no contento con esto, sacó para su mujer la merced de Camarera mayor de la Reina y el cargo de aya del Príncipe, con salario de cuarenta y ocho mil ducados por ambos conceptos[20]. De este modo ascendían las ganancias que anualmente obtenía por su privanza á cerca de cuatrocientos cincuenta mil ducados, cantidad bastante para mantener un ejército, y que él derrochaba inútilmente en festines y locuras.
Así, por todos estos conceptos, fué el Conde-Duque de Olivares, el ministro más funesto y de odiosa memoria que haya tenido jamás España, donde tantos se han hecho dignos de censura. Y eso que como hombre, ni por su inteligencia ni por su carácter puede decirse que fuera un hombre vil como otros, no tan funestos como él, lo han sido.