SUMARIO
De 1643 á 1648.—Sucesos que siguen á la caída del Conde-Duque.—Cataluña: nuevo ejército y sale el Rey á él; campaña de D. Felipe de Silva y toma de Monzón; vuelve á Cataluña el Rey; batalla gloriosa de Lérida, y rendición de esta plaza y de Balaguer; retíranse del servicio Silva y Garay; D. Andrea de Cantelmo; defensa esforzada de Tarragona.—Portugal: batalla de Montijo y toma de algunos lugares; sucesos de la frontera de Ciudad-Rodrigo.—Socorro de Orán y combate naval de Cartagena.—Italia: pérdida de San Ya.—Flandes: gloriosa batalla de Tutelinghen; pérdida de Grawelingas y del Saxo de Gante.—Muerte de la reina Doña Isabel de Borbón; privanza de D. Luis de Haro; estado de la Corte por estos años; prohibición de las comedias; D. Juan de Austria.—Italia: Expedición de los franceses á Toscana; combate naval; nueva expedición; insurrección de Sicilia; principios de la rebelión de Nápoles; el duque de Arcos; Masaniello; refúgiase el Virrey á Castelnovo; combates y conciertos; muerte de Masaniello; nuevas rebeliones; Toralto; llegada de D. Juan de Austria; nuevos combates; propósitos del Arzobispo; muerte de Toralto; Jenaro Annese; llegada del duque de Guisa y de la armada de Francia; combate naval y retírase aquélla; torpezas del de Guisa; separación del duque de Arcos; D. Juan de Austria y el conde de Oñate en el Virreinato; combate general y término de la rebelión; prisión de Guisa; muerte de Jenaro Annese; Portolongone y Piombino recobradas; guerra con el Modenés; batalla de Bozzolo; combate de Cremona; conquistas en el Modenés y sumisión del Duque.—Cataluña: pérdida de Rosas; batalla funesta de Balaguer; encuentros parciales y pérdida de la plaza; sitio de Lérida; vuelve el Rey á Cataluña; fuerza el marqués de Leganés las líneas de Lérida; nuevo sitio de esta plaza y afrenta de Enghien; operaciones de Enghien y Aytona; pérdida de Tortosa; recóbranse algunas plazas; victoria de D. Juan de Garay no lejos de Santa Coloma; toma de Castellbó y victoria delante de sus muros; situación de Cataluña; tratos de los naturales con nuestros capitanes; campaña de Mortara; Flix y Tortosa rendidas; llegada de Mortara á Barcelona, sitio y toma de la plaza; pacificación casi completa en Cataluña.—Portugal: empresa de Olivenza frustrada.—Flandes: piérdense Mardik, Ulhiz, Courtray y otras plazas; combate de Rethel; pérdida de Dunquerque y de Venló; el archiduque Leopoldo; toma y batalla de Lens; disturbios con Francia; paz con Holanda; estado de nuestra Corte; permítense de nuevo las comedias; nuevo matrimonio del Rey; proyectos de unión con Portugal y de regicidio.
Siguió á la caída del Conde-Duque un período de esperanza para la desalentada nación española. El vulgo, como suele, y como ya lo había demostrado á la caída del duque de Lerma, pensaba que con sólo la perdición de aquella persona aborrecible se remediarían todos sus males. Los más sensatos fundaban su esperanza en el arrepentimiento del Rey, pensando que en adelante se aplicaría de todo punto á los negocios, dejado del ocio y liviandades que hasta entonces le habían impedido cuidar de sus pueblos. Los oprimidos antes, ahora mostraban buen rostro, mirando satisfecha su venganza. Los que antes disfrutaban favor, también ponían ahora buen semblante á las cosas á fin de que no se les tachara de fieles amigos del Ministro caído. Vino la ordinaria ganancia de unos y pérdida de otros, que seguía á la ruina de cada favorito; volvió D. Francisco de Quevedo á la corte de vuelta de su largo cautiverio de León; restituyóse su generalato de la mar al marqués de Villafranca; salió de sus prisiones aquel buen capitán portugués D. Felipe de Silva, que andaba en ellas por sospecha de su lealtad, y tan favorecido del Rey, que le dió el mando del ejército de Cataluña, vacante por la separación del marqués de Leganés y á éste, en cambio, se le continuó el proceso detenido por respetos al Conde-Duque. También el duque de Medina de las Torres, D. Ramiro Núñez de Guzmán, fué separado del gobierno de Nápoles. Había enviado aquel reino á Madrid á uno de sus Grandes con quejas del de Medina y pidiendo nuevo Virrey; pero á causa del parentesco de éste con el Conde-Duque, no pudo conseguir el Embajador en largos días, ni ver al Rey, ni que siquiera le dejasen entrar en Palacio. Ahora, con la caída del favorito, el napolitano explicó el objeto de su embajada, y se ordenó la destitución de D. Ramiro, enviando en su lugar al buen almirante de Castilla, D. Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, nombramiento acertadísimo y que reparaba una de las injusticias más grandes de aquellos tiempos; porque el Almirante, olvidado y sin empleo, era, como en otras partes dejamos dicho, hombre de gran mérito, sin duda de los que más lo tenían á la sazón en España.
Como éstas se tomaron otras medidas, ni todas justas, ni injustas todas, pero unas que otras aplaudidas del mismo modo. Aumentaba el regocijo y la esperanza el ver muy mudadas las cosas de Francia. Había muerto pocos días antes de la caída del Conde-Duque el cardenal de Richelieu, y pocos días después Luis XIII, quedando por gobernadora de aquel reino, con un Príncipe de cinco años, la reina Doña Ana de Austria, hermana de Felipe IV. La ocasión parecía acomodada para hacer próspera guerra ó ventajosas paces; porque de una parte Francia no podía tardar en mostrarse más flaca que antes, por las discordias que habían de nacer forzosamente, y de otra, la Reina Gobernadora, tan unida á España por los lazos de la sangre y de la patria, no parecía natural que nos hiciese tan calculada y terrible hostilidad como Luis XIII ó más bien su ministro Richelieu. Indudablemente esto último era digno de tenerse en cuenta. La paz había llegado á hacerse tan necesaria, que sin ella se disolvía inevitablemente la Monarquía. Muchas victorias contra la Francia no nos habrían sido en aquellos tiempos tan provechosas como una paz honrosa que á cambio de la de Flandes, si era preciso, nos hubiese dejado el Rosellón y Cataluña, y libres las fuerzas para embestir á Portugal. Acaso Ana de Austria hubiera obtenido de su hermano el rey Felipe un tratado de paz de esta especie; y lo que es más, que fielmente lo cumpliera y no diese ayuda alguna al duque de Braganza para mantenerse en el Trono. Pero ciegos siempre los cortesanos que rodeaban al Rey, deslumbrado éste todavía con el esplendor de su Trono, recordando aún la Grandeza antigua, más para desearla y afectarla, que no para imitarla y alcanzarla, determinaron aprovecharse de la ocasión, no para hacer buena paz, sino para hacer con más ventaja que antes la guerra, abriendo un nuevo período en aquella lucha terrible. Así, nada se hizo por nuestra parte en las conferencias abiertas en Munster entre las potencias beligerantes para obtener la paz general que más tarde se llamó de Westfalia.
De que la guerra nos ofreciese ventajas, mal presagio era la batalla funesta de Rocroy, ganada por los franceses cinco días después de la muerte de Luis XIII. Y no debían esperarse muy grandes errores que aprovechar del gobierno de Ana de Austria, mujer de alma española, como era su cuna, magnánima y fuerte, y que tenía por favorito al cardenal Mazzarino, sobrado conocido de los españoles, á cuyo servicio había estado en los principios de su carrera después de sus estudios hechos en la Universidad de Salamanca, y el cual había dado muestras de su gran habilidad al servicio ya de Francia en los negocios de Italia, causándonos muchos perjuicios el, por todos conceptos, digno sucesor de Richelieu. Debiéronse al principio algunas ventajas, tanto á la intervención del Rey en los negocios, y al aliento y estímulo que con ella inspiraba, cuanto á los disturbios que, en efecto, estallaron en Francia entre Mazzarino y sus rivales; y mayores se lograran si fueran más y más continuados los aciertos. Pero el Rey no estaba acostumbrado al trabajo; agobiábale la pereza; picábanle siempre las antiguas pasiones: así es que antes de un año comenzó á dejar alguna parte del peso de los negocios en D. Luis de Haro, hijo del marqués del Carpio, sobrino del conde-duque de Olivares, hombre mucho más honrado y de harto mejor deseo é intenciones que su tío, pero de muy escasa instrucción y talento. Había contribuído también en algo á la caída de éste, á quien debía su favor, pero del cual estaba temiendo ya algún efecto de celos con que le quitase más de un golpe que le hubiese dado; y era por esta circunstancia y sus buenos modos estimado generalmente.
Lo primero que acordó el Rey fué salir de Madrid para Cataluña. Pero era preciso reunir para ello soldados con que acudir allí honrosamente sin desatender por eso el resto, principalmente Portugal, que estaba clamando socorro, pues los portugueses adelantaban ya su audacia á hacer conquistas en Castilla. Aún llegó á dudarse si convendría más que el Rey saliese para Portugal que para Cataluña; pero al fin se resolvió lo segundo. Y en verdad que atentamente miradas las cosas, no se sabe decir qué hubiera sido más ventajoso al presente; porque ya en los últimos desastres los franceses y catalanes estaban tan envalentonados que amenazaban por Aragón, donde no había plazas fuertes, meterse en el corazón de la Monarquía. Sin duda fuera lo mejor que el Rey, activo y esforzado, hubiera sabido acudir, ya á una parte, ya á otra, no parando en ninguna más que lo necesario para dar aliento á los unos y temor á los otros. Tiempos eran de penalidad y de fatiga, y ningún recurso ordinario podía bastar á todo. Mas ya que el Rey no acudiese á Portugal en persona, atendió á aumentar el ejército que allí había al propio tiempo que el de Cataluña, aunque inclinando á esta parte las mayores fuerzas. Fué Torrecusso á Nápoles, su patria, y obtuvo allá hasta cuatro mil napolitanos; el marqués de Villasor trajo un buen tercio de Cerdeña, y así todas las provincias ofrecieron á porfía número de soldados: Aragón cuatro mil; dos mil Valencia; otros dos mil Andalucía, que con mil quinientos walones, mil borgoñeses y los dos mil quinientos valientes españoles que habían de venir por Francia, según lo pactado en Rocroy, debían formar en solo Cataluña un ejército de más de veinticuatro mil hombres. Pero como suele suceder en tales cálculos, no llegó á juntarse tanto número.
Al mismo tiempo se ordenó á todas las milicias de Andalucía y Extremadura que acudiesen á la frontera de Portugal, y á los Grandes que tenían por allí Estados, que llevasen á todos sus vasallos con armas, aunque por tal concepto no pasaría el refuerzo del ejército de tres mil hombres. Vino bien para mover esta gente y comenzar las nuevas campañas la llegada feliz de las flotas de Méjico, ricamente cargadas, y luego la de los galeones con no menor riqueza. Las Cortes de Castilla concedieron la prolongación de los arbitrios antiguos, mas no pudieron imponerlos nuevos. Valencia se prestó á pagar, armar y vestir por seis años los dos mil soldados que daba; y en Nápoles se impuso un tributo sobre el consumo de harinas, que produjo mucho disgusto, y tuvo no escasa parte en los sucesos que sobrevinieron. Con lo cual se vió ya algún dinero en la Corte, porque al fin del año 1643 era tal la penuria, que Pellicer en sus Avisos escribió cierto día desde Madrid estas palabras de elocuente significación: «Aquí nadie cobra ni paga.» Tal era la Corte, fuerza es decirlo una vez más, que tan descomunal guerra estaba sosteniendo por todo el mundo. El Rey salió de Madrid muy á la ligera, y por Alcalá llegó á Tarazona, acompañándole algunos señores principales: no tantos como la vez anterior; porque entonces se pudo ver que con sus etiquetas y vanidades eran más de estorbo que de otra cosa. Dejó encargado el mando á la Reina y ordenóla muchas devociones, como para aplacar la cólera de Dios que contra él debía estar ofendido.
Halló á su llegada que La Motte se había apoderado de la villa y castillo de Estadilla, cerca de Barbastro, donde había muy buenas fortificaciones, por cuyo medio tenía el paso abierto para echarse sobre aquella ciudad y aun sobre la misma Zaragoza. Nuestro ejército, reunido en la frontera, aunque ya á punto de salir á campaña, no lo hizo en algún tiempo por falta de víveres y por mal concierto de los capitanes. Sin embargo, no dejó de haber choques parciales. La Motte Hodancourt, tomada Estadilla, partió su gente en dos trozos: con el uno quiso tomar á Barbastro, mas se lo estorbó saliéndole al opósito D. Felipe de Silva; con el otro atacó el castillo de Benabarre, y también fué rechazado. Poco después el marqués de Mortara, nombrado Capitán general de la caballería del ejército, pasó el Cinca, que venía muy crecido, con sus tenientes D. Fernando de Tejada y D. Alvaro de Quiñones, y dando en un cuartel de infantería que los enemigos tenían establecido al amparo de los muros de Lérida, derrotó de cinco á seis mil hombres que allí había, matando mil quinientos y trayéndose hasta mil prisioneros con botín considerable. Por la parte de Tarragona no se intentó en tanto cosa alguna; porque el conde de Aguilar, marqués de la Hinojosa, había muerto, y el célebre Maestre de campo D. Juan de Arce, que fué á reemplazarle, lo mismo; con que la plaza quedó sin General mucho tiempo, y contemporáneamente sin víveres apenas ni soldados. Pero en la campiña de Rosas el Gobernador de aquella plaza, D. Diego Caballero de Illescas, deshizo hasta trescientos jinetes enemigos, trayéndose el mayor número de caballos y jinetes prisioneros.
Eran estos buenos preludios de la campaña que iba á comenzarse. Para ella se hizo á Barbastro plaza de armas de nuestro ejército. Tenía el mando supremo Don Felipe de Silva, como Capitán general de las armas; D. Juan de Garay vino de Portugal nuevamente á ser Maestre de campo general; el marqués de Mortara siguió en el gobierno de la caballería, y el napolitano, D. Jerónimo de Tuttavilla, tuvo el de la artillería. En Tarragona entró á gobernar el marqués de Toralto y príncipe de Massa, D. Francisco Toralto y Aragón, vuelto de las prisiones de Francia, donde estuvo desde la derrota del ejército del marqués de Pobar. Dispuestas las cosas, se comenzaron las operaciones con la empresa de Flix, plaza importante de la Castellanía de Amposta, intentada por D. Juan Garay sin fruto alguno; porque hallándola muy prevenida, se volvió sin empeñar combate. También se frustró la sorpresa de Miravet. Luego D. Felipe de Silva, desde las cercanías de Barbastro, se adelantó con ocho mil infantes, tres mil seiscientos caballos y veinte cañones, que eran las fuerzas que hasta entonces tenía, con ánimo de embestir á Balaguer; mas no pudiendo esguazar el río Noguera, determinó caer sobre Monzón. Al pasar por delante de Lérida halló á la caballería enemiga gobernada del propio La Motte; acometióla con la suya y la obligó á meterse al amparo de los muros; y sin más dificultad se puso sobre Monzón y comenzó á combatirla. Vino al socorro el francés, pero no pudo lograrlo, y la plaza se rindió á los cuarenta días de sitio.