Entretanto, el valeroso Gobernador de Rosas, Don Diego Caballero, después de causar infinitos daños en el territorio ocupado por los enemigos, con mucha pérdida de éstos, intentó entrar por inteligencia en Cadaqués, pero no pudo conseguirlo. Cuatro bajeles que le llevaban socorros fueron rendidos por la armada francesa de Brezé. Poco después vino á las aguas de Barcelona la de España, mandada aún por el duque de Ciudad-Real, con las galeras á cargo otra vez de Fernandina, y hubo una nueva batalla tan ineficaz como otras anteriores, donde fué poquísima la pérdida de ambas partes. Con esto se terminó la campaña y volvió á Madrid el Rey. Mas á la siguiente, que fué la de 1644, volvió á encaminarse el Rey á Aragón, y cerca de Barbastro pasó revista al ejército, fuerte de nueve mil infantes y cuatro mil caballos, con diez y seis cañones, presentándose por la única vez de su vida con el hábito de soldado, al modo de su abuelo D. Felipe II, que nunca se presentó más que una vez en San Quintín; nunca su padre. Luego marchó D. Felipe de Silva con las tropas, entró en el lugar de Farfaña, y desde allí plantó los reales delante de Lérida, á una y otra orilla del Segre, que lame sus muros. Era la plaza tan importante, que los caudillos franceses y catalanes no tardaron en venir al socorro, trayendo el mariscal de La Motte Hodancourt el mando supremo, con siete mil infantes y dos mil caballos. Salió á ellos D. Felipe de Silva con cuatro mil infantes viejos y tres mil caballos, dejando la demás gente guarneciendo los cuarteles, y á campo raso les ofreció la batalla. Aceptáronla los enemigos, que no venían á otra cosa, y se empeñó por ambas partes con mucha furia. No pudieron los nuestros romper el ala derecha, y se llegó á desesperar de la victoria porque el ala izquierda parecía más fuerte; con todo, ésta fué envuelta y deshecha en poco tiempo por los escuadrones de nuestra caballería, que arrollaron á la carrera á la caballería francesa, y cayendo en seguida sobre el centro hízose total la derrota. Fué dicha de ellos el que á tal punto hiciesen valerosa salida de la plaza hasta seiscientos hombres, los cuales, destrozando la gente nuestra que guarnecía el puente del Segre por donde se comunicaban nuestros cuarteles, dieron ocasión y espacio á que algunos de los vencidos se recogiesen en los muros y otros se salvasen. No obstante la victoria fué para nuestras armas muy gloriosa y completa: dejaron los contrarios en el campo dos mil muertos y tres mil prisioneros, con catorce cañones y todo el bagaje, y la dispersión fué tal que apenas mil de ellos llegaron á Cervera. Interceptó en seguida un convoy que querían meter los enemigos en la plaza, y ésta tuvo que rendirse después de un horrible bombardeo. El Rey, que estaba en Fraga, vino entonces á Lérida y entró en triunfo. Acompañábale el conde de Monterrey, único de los favorecidos del Conde-Duque que se conservase en la gracia del Príncipe, y tan envidioso como inepto, no había cesado de sembrar desconfianzas de D. Felipe de Silva durante el sitio, pretendiendo dar lecciones en cosas en que se había mostrado tan torpe; con lo que éste, logrado el triunfo, se negó á continuar en el mando por más instancias que se le hicieron. Portóse noblemente D. Felipe, y aunque no es de aplaudir que dejase el servicio de la patria por particulares sentimientos, dió con ello merecida lección al Rey que no acababa de salir del yugo de los cortesanos, gente vil, y enemiga entonces como siempre de todo mérito. Poco antes había pedido su licencia y retirádose del servicio D. Juan de Garay: la ocasión fué el haber pedido un título y no concedérselo: reprensible motivo es el que prefiriese su sentimiento á sus deberes; pero no disculpable severidad en el gobierno que tantos títulos repartía entonces sin merecimiento alguno.
Los frutos de la victoria de Lérida fueron además de la toma de esta plaza, que Solsona, lo mismo que Balaguer y Agramunt, viniesen á la obediencia. Sucedió en el mando al vencedor D. Felipe de Silva, D. Andrea de Cantelmo, italiano de aquellos valerosos, que unidos bajo un cetro con los españoles, peleaban con ellos y por ellos en todos los campos de batalla adonde asistiesen nuestras banderas. Sin embargo, aunque leal y de buenas partes, habiendo desempeñado en Flandes el cargo de Maestre de campo general, y sido uno de los Gobernadores de aquellos Estados después de la muerte del Cardenal Infante, no tenía ganada mucha gloria militar, ni acertó á ganarla en Cataluña. Fué desde Lérida con un trozo del ejército á ponerse sobre la villa de Ager, y la tomó á pesar de la defensa desesperada que en ella hizo el caudillo catalán D. José Zacosta, y como Agramunt estuviese en la obediencia del Rey, acercándose los franceses á recuperarla, se vieron acometidos y puestos en derrota por dos de nuestros tercios que ya había allí acuartelados. Para vengar tantos descalabros reunió La Motte Hodancourt al improviso toda la gente que pudo, y con doce mil hombres y gran tren de artillería se presentó delante de Tarragona, mientras el marqués de Brezé cerraba con una armada la boca del puerto. Dióla en cuarenta días que allí se mantuvo trece ataques y uno general en que llegó á apoderarse de la torre del muelle; disparó contra los muros hasta siete mil cañonazos, y abrió muchas brechas en el recinto de la plaza. Pero el marqués de Toralto que allí mandaba, con algunos de los mejores tercios que quedaban de infantería española, rechazó todos los ataques, reparó las brechas, llenó de cadáveres enemigos los fosos, y aún hizo salidas con que causó daño inmenso en los sitiadores. Avergonzado el General francés, no sabía ya que partido tomar contra aquella resistencia desesperada, cuando supo que D. Andrea de Cantelmo con el ejército español de diez mil infantes y dos mil seiscientos caballos venía por tierra al socorro, y por mar aquel Carlos Doria, padre de Juanetín y duque de Tursis, que mandaba las galeras de Nápoles: con esto alzó el cerco después de haber perdido inútilmente más de tres mil soldados. Esta rota le costó el empleo á La Motte, que fué separado.
Fué esta campaña de 1644 la primera que tal pudo llamarse en Portugal después de cuatro años que la insurrección caminaba triunfante. Ya por este tiempo habían acudido á las banderas de los portugueses multitud de aventureros franceses y holandeses y aun regimientos enteros: tenían ya armas, instrucción, capitanes y cuanto se necesita para la guerra. Nombrado el marqués de Torrecusso por Capitán general de nuestras armas en aquellas fronteras en lugar del conde de Santisteban, llegó allá y reunió de la gente antigua que había y la mejor de las milicias que acudieron, un ejército pequeñísimo para las empresas que se esperaban, pero valeroso y robusto; porque el nuevo General pensaba con razón que era preferible poca gente y buena á mucha tumultuaria sin disciplina ni aliento. Mandaba la caballería el Barón de Molinghen, belga, que á poco tomó el cargo de Maestre de campo general; D. Dionisio de Guzmán la artillería. Reformó Torrecusso las costumbres de los soldados, restableció la disciplina, y luego comenzó las operaciones. Ya los portugueses, tomada Valverde, osaban amenazar á Badajoz. Comenzó el de Torrecusso por hacer en su territorio tal correría, que tomó y trajo consigo hasta dos mil cabezas de ganado. Vengáronse los portugueses quemando un lugar llamado la Zarza, y el de Torrecusso hizo quemar á Villamayor, que era de ellos. Tomaron también los portugueses á Montijo y Membrillo y saquearon ambas poblaciones. Luego, adelantando sus intentos, se fueron á poner sobre la plaza de Alburquerque. Socorrióla á tiempo Torrecusso, y además, para quebrantar la audacia de los contrarios, no pudiendo él asistir, ordenó al buen Barón de Molinghen que á toda costa les diese batalla.
Día del Corpus de aquel año, á las puertas de Montijo, se encontraron ambos ejércitos. Montaba el de los portugueses á ocho mil hombres de todas armas con seis piezas de artillería; el de los españoles sólo se componía de cuatro mil infantes, mil setecientos caballos y dos cañones. Mandaba á los portugueses el general Matías de Alburquerque: su infantería ocupaba el centro, y la caballería los costados, puesta al derecho la portuguesa y al izquierdo la de auxiliares extranjeros. Molinghen comenzó el combate; rompió nuestra caballería á la extranjera que cubría el ala izquierda de los portugueses, y acudiendo parte de la de éstos, que defendía el ala derecha, al socorro, fué también deshecha: entonces el centro fué acometido por todas partes y envuelto de manera que en un momento se puso en derrota. Matías de Alburquerque, aprovechándose sin embargo de la codicia de los nuestros que se entregaron al despojo y presa de los vencidos, logró ordenar la retirada, saliendo con honra del campo. Quedaron de los portugueses tres mil doscientos hombres en él y seiscientos prisioneros: nuestra pérdida no pasó de quinientos muertos y trescientos heridos, muchos de ellos personas y capitanes principales. Cantaron los portugueses la victoria, mas sólo por no desalentar á los pueblos: la verdad fué que la victoria, infeliz para ambas naciones hermanas, quedó aquella vez por Castilla. Que cierto puede decirse de pocas en aquella guerra. Tras esto rindió Torrecusso á Serpa y Alconchel, que á poco vino á perderse, y á Villanueva de Barcarota y otros lugares poco importantes, mas no á Elvas, aunque llegó á amagarla. Entre tanto el duque de Alba, que mandaba en la frontera de Ciudad-Rodrigo, contenía aunque sin recursos á los enemigos por aquella parte. Habiéndose acercado un grueso de ellos á la villa de Alberguería, no lograron efecto alguno, valiéndose el capitán nuestro que allí estaba de una industria no conocida por allí hasta entonces, que fué cargar los cañones con balas de mosquetes, con que los enemigos, imaginando por el número de las balas, que había dentro mucha gente, se retiraron, siendo así que la guarnición era muy flaca. Sucedió en el mando al de Alba D. Fernando Tejada, el cual, como muy experimentado en la guerra, tendió una emboscada á la guarnición de Almeida, en la cual murieron ciento y quedaron sesenta prisioneros.
Tales fueron los frutos de la campaña. El único descalabro que padecieron nuestras armas por estas partes de España, fué en el mar y después de un suceso dichoso. Porque habiendo sitiado los moros á Orán ó solicitados de nuestros enemigos ó sabedores de los apuros de la Monarquía, fué enviado allá al socorro un trozo de nuestra armada al mando del general D. Martín Carlos de Mencos, y lo logró de manera que los infieles, rechazados ya en varios asaltos, tuvieron que levantar el sitio; mas á la vuelta fueron acometidos nuestros bajeles enfrente de Cartagena por la armada de Francia que mandaba el marqués de Brezé, y después de un furioso combate en que pelearon los nuestros con gran valor, tuvimos dos navíos quemados, otros dos echados á pique y uno presa de los contrarios.
Las cosas de Italia no iban bien en tanto, pero tampoco ofrecían grandes disgustos. Rindió el príncipe Tomás de Saboya, nombrado Capitán general de las armas francesas, la plaza de Trin, que poseían los nuestros en el Piamonte, después de cincuenta días de sitio. El marqués de Velada, que había reemplazado en el mando al conde de Siruela, comenzó por demoler el fuerte de Sandoval levantado por el gran conde de Fuentes, cerca de Vercelli, por ahorrar la costa de mantenerlo: medida con razón censurada, porque habiéndose de devolver aquella plaza que era de Saboya en cualquiera paz, habíamos de quedar por allí sin alguna defensa. Luego sorprendió el castillo de Astí, que fué recobrado por el príncipe Tomás al poco tiempo y el propio Príncipe rindió á San Yá después de un largo asedio.
En Flandes, después de la rota de Rocroy, pareció que los enemigos iban á apoderarse de los Estados. El duque de Enghien entró en el Haynaut, tomó algunos fuertes, y adelantó partidas hasta las mismas puertas de Bruselas. Luego, dispuestas todas las cosas, se puso delante de Thionville, plaza importantísima porque dominaba el Mosa, cubría á Metz y abría á los franceses el camino del electorado de Tréveris. La defensa de la plaza no pudo ser más esforzada por parte de los españoles; pero al fin, falta de socorro, tuvo que rendirse con honrosos partidos. Clamaron los Estados porque se sacase de allí al marqués de Tordelaguna, á quien acusaban de tamañas desgracias, y nuestra Corte vacilando en el sucesor, envió por lo pronto al conde de Piccolomini, duque de Amalfi, á gobernar las armas. Pero entre tanto se logró un triunfo que si no puede decirse que se debiera á Mello, no dejó de servirle de algún mérito. Había invadido la Alsacia un ejército francés de diez y ocho mil hombres al mando del general Rantzau, en el cual se contaban muchos generales franceses de fama como Schomberg y Sirot, con el intento de expulsar de aquella provincia á los alemanes y españoles. El duque de Lorena, Mercy y Juan de Wert, que mandaban el ejército imperial y las tropas españolas de la provincia, determinaron salirles al encuentro y pelear con ellos sin demora; y D. Francisco de Mello, que supo el trance que se preparaba y de cuanta importancia habían de ser sus resultas para la Flandes española, envió de refuerzo dos mil caballos nuestros y dos mil infantes á cargo del Comisario general de la caballería de Alsacia D. Juan de Vivero. Halló nuestra gente al ejército enemigo acampado en los alrededores de Tutelinghen y de improviso cayó sobre él. Ya estaban los escuadrones de caballería española y alemana en medio del campo, ya eran dueños del parque de artillería, y todavía Rantzau no sabía á qué atenerse ignorando la ocasión del tumulto. Así la rota fué completa; quedó preso Rantzau con todos los generales, coroneles y capitanes, cuarenta y siete banderas, veintiséis estandartes, catorce cañones y dos morteros, que era toda la artillería, municiones, carros y bagajes. Los muertos no fueron muchos, porque la embestida fué tan repentina y tan vigorosa, que los franceses acobardados, apenas osaron ponerse en defensa; los heridos fueron más, y sobre todo los prisioneros y dispersos, á punto que de diez y ocho mil, apenas dos mil soldados se salvaron. Debióse lo principal del suceso al General de la caballería D. Juan de Vivero, que con los coroneles Vera, Villar y otros extranjeros de su mando, penetró en el campo enemigo no bien dada la señal del combate. Dió este hecho reputación á nuestra caballería; levantándose sobre la de la infantería, que, aniquilada en Rocroy, no acertaba ya con nueva gente á hacer nada importante, y como al propio tiempo en Cataluña se mostrase la caballería superior á la infantería, vino á resultar un cambio total en el género de reputación de nuestras armas, cambio no dichoso por cierto. El triunfo de Tutelinghen hubiera producido copiosos frutos en Alemania y en Flandes, á no andar flojos los nuestros y muy activos los enemigos. Estrechóse con él la alianza entre los holandeses y franceses, y unos y otros pusieron mayores fuerzas que nunca en campaña.
El duque de Orleans, con un ejército poderoso, donde iban por tenientes suyos los Mariscales de la Meilleraie y de Gassion, se puso delante de Gravelingas, mientras una armada holandesa establecía el bloqueo. Mandaba en la plaza el Maestre de campo D. Fernando de Solís; y aunque, ó por su culpa ó por culpa de nuestros generales, la guarnición no pasaría de mil quinientos hombres, cuando debiera ser doble en número, y así constaba en los asientos de España, fué la defensa bizarra, rechazando en cuatro asaltos á los franceses con horrible pérdida. Mas al fin, reducidos los nuestros á la tercera parte, y viendo aportillados por todas partes los muros, se rindió con honrosos partidos. Acudieron al socorro Piccolomini, que acababa de llegar á Flandes, y el mismo D. Francisco de Mello, con el conde Fuensaldaña y todas las fuerzas disponibles, mas no pudieron conseguirlo. Y entre tanto, el Príncipe de Orange, viendo desguarnecidas con aquel socorro nuestras fronteras, invadió el territorio, tomó tres fuertes nuestros poco importantes y el llamado de San Esteban, y logró circunvalar de esta vez el Saxo de Gante. Habíalo intentado ya antes, y estorbádoselo D. Francisco de Mello: ahora lo consiguió sin dificultad alguna. La plaza era pequeña, pero importantísima, porque desde allí se podía inundar á mansalva con los diques toda la campiña de Gante, y por estar á corta distancia de esta ciudad y de Amberes, abriendo puerta á todo el Brabante: era muy fuerte, pero guarnecida por solo trescientos hombres. Logró el Sargento mayor Espinosa, mozo muy alentado, meterse en la plaza con novecientos hombres, rompiendo las líneas enemigas, y esto prolongó la defensa por algún tiempo; pero al cabo de seis semanas tuvo que rendirse la plaza, no pudiendo tampoco socorrerla el marqués de Tordelaguna, D. Francisco de Mello. Suceso funestísimo que terminó la desgraciada campaña de 1644 por aquella parte, y que puso en horrible descrédito á Mello, á quien públicamente insultaban los naturales acusándolo de flojo é inepto. Su mujer, dama orgullosa, acabó de concitar contra él todas las iras, y al fin el Rey, aunque con honrosas distinciones, se vió obligado á separarlo del mando.
Á fines de este año murió la Reina Doña Isabel de Borbón. El Rey, que había ido á Aragón con intento de que jurasen los brazos del Reino por heredero al príncipe D. Baltasar, y á preparar las cosas de la nueva campaña, volvió á Madrid y manifestó sentirlo sobre manera. Ya por este tiempo estaba del todo declarada la privanza de D. Luis de Haro. Hubo asomos de disgusto y de resistencia en los Grandes á reconocerla; y aun llegaron á escribirse graves disertaciones, discutiendo la cuestión de si el Rey debía ó no tener favoritos. Las costumbres no habían mejorado por parte de los Tribunales y gente del Gobierno. La Universidad de Salamanca quiso trasladarse á Palencia por no poder más soportar los desafueros que allí se ejecutaban en sus estudiantes. Hubo auto de fe en Valladolid, donde murió quemado D. Francisco de Vera, noble caballero, acusado por su propio hermano de negar algunos artículos de la fe: y en Córdoba y otras ciudades habíalos á la par como siempre. Quemáronse públicamente en Madrid monederos falsos, y hombres acusados de pecado nefando y multiplicáronse los desafíos y las quiebras de negociantes.
Entre los hechos escandalosos, lo fué sobre manera la prisión y causa de D. Jerónimo de Villanueva, aquel famoso protonotario de Aragón amigo del Conde-Duque que tanto contribuyó á las revueltas de Cataluña, secretario de Estado de Flandes y España, por cuya mano habían corrido los mayores asuntos de la Monarquía; y las de Doña Teresa Valle de la Cerda, abadesa del convento de San Plácido, de Madrid, y tres de sus religiosas, ejecutadas y seguidas por el tribunal de la Inquisición. Amó D. Jerónimo á la Doña Teresa en sus mocedades, y tanto que estuvieron para contraer matrimonio. Arrepintióse ella inesperadamente de aquel trato, y sin que bastasen á disuadirla algunos ruegos, determinó meterse monja. Entonces D. Jerónimo, ó con su solo caudal ó con el suyo y el de su amada junto, edificó aquel convento, de donde ella fué abadesa, y al lado una gran casa que él habitaba. Visitaba frecuentemente el convento D. Jerónimo en compañía del Conde-Duque, y esto y la proximidad de la casa al convento, y los pasados amores, hicieron rugir á la murmuración sacrílegas y misteriosas historias. Al fin la Inquisición tomó parte, y aunque nada resultó, á lo que parece de los procesos que se formaron, fué acontecimiento que produjo doloroso escándalo. Tal sucede en los tiempos de depravación, donde la murmuración halla pretextos continuos: perviértese la opinión, dáse crédito á todo, porque todo se ve posible, y padecen tanto la moral y las costumbres con la verdad como con la sospecha.