Seguían los jueces, perezosos ó pervertidos como antes, de modo que sólo podía decirse que entendían en dar tormento, el cual aplicaban con horrible dureza. Padeciólo inocente Alonso Cano, el célebre artista, por haber hallado á su mujer muerta en el lecho, asesinada en su ausencia. Señalábase por la crueldad en esto de dar tormento, cierto alcalde de Corte llamado D. Pedro de Amezqueta, que apenas dió uno que no originase muerte. No cesaban las procesiones y funciones de iglesias, y alguna vez aún solía haber toros y fiestas. Pero no obstante, habíase aminorado notablemente el deseo de este género de entretenimiento.

Ahito el Rey de placeres y liviandades, y lleno acaso de remordimientos, no ponía tanta atención en ello; y la muerte de su mujer, á la cual en los últimos tiempos había vuelto todo su cariño, y la de su hijo, el príncipe D. Baltasar, acabaron de inclinar su corazón á la melancolía. Sintieron las comedias los primeros efectos de esta nueva disposición de ánimo del Rey. Diéronse ya en 1644, antes de la muerte de la Reina, unas leyes, por las cuales se prohibía que pudieran componerse ni representarse de otros argumentos que de vidas y hechos de santos; que hubiese cómicas que no fuesen casadas, y que los señores de la Corte pudiesen visitar á las comediantas arriba de dos veces: dictadas unas por la ignorancia y la hipocresía, ridículas otras y completamente ineficaces. Si algo había de prohibirse por profano é indigno, eran cabalmente las comedias de santos. Y no podía disculparse en el Rey y sus Consejeros que pasasen de la vida de comediantes que ellos propios con mengua de sus altos empleos hacían, á suprimir las comedias: lo único grande y la única recompensa, pequeña á la verdad, que nos hubiese quedado de tanta pérdida y desdicha, como aquella alegre y poética Corte nos había traído.

Muerta la Reina se puso ya en tela de juicio, como lo estuvo en los días de Felipe III, si eran ó no lícitas y convenientes las comedias; hubo papeles en pro y en contra, y al fin se suspendieron por dictamen del Consejo de Castilla, «hasta que Dios se sirva, decía, dar fin á las guerras tan vecinas con que Castilla se halla». Graves palabras y dictamen, que mirando la ocasión en que se dijeron, no pueden censurarse aún por los que más amen el divino arte dramático. Agravada luego la tristeza del Rey con la muerte de D. Baltasar, heredero presunto de la Corona, estuvieron suspensas las comedias por entonces. Por estos mismos años, llegado á mayor edad, fué reconocido por hijo del Rey, D. Juan Antonio de Austria, tenido en la famosa comedianta, llamada la Calderona. Púsosele casa en 1644; hízosele prior de San Juan, y comenzó á imaginarse qué cargo correspondería á su afición y nacimiento. Pronto se notó en él amor á las armas: quísosele hacer gobernador de Flandes, ó darle mando en los ejércitos de España; pero al fin se prefirió la marina. Fué nombrado, por tanto, Generalísimo de la mar, dándole por segundo á Carlos Doria, con otros capitanes antiguos y experimentados.

Nuevos vaivenes y borrascas se preparaban en tanto á dar el último golpe á nuestro poderío, agotando del todo nuestras fuerzas. Y eso que no podemos decir que en tales borrascas y combates no nos ayudase la fortuna; por el contrario, ella, declarándose muchas veces por nosotros, hizo aún dudar al mundo, si era ó no España todavía la nación potente de Felipe II. Faltan por ver prodigios del valor español; aun hay que ver cómo defienden piedra á piedra la grande herencia de sus padres por dentro y por fuera contrastada, los nobles hijos de Aragón y Castilla, á pesar de todas las faltas de su Gobierno. En Italia el príncipe Tomás se apoderó de Roca de Vigevano; mas recobráronla los españoles el año siguiente, y rindieron á Niza de la Palla, logrando mantener en el Piamonte la guerra que los enemigos querían traer al Milanesado. Viendo el Gobierno francés cuán poco adelantaba por aquella parte, imaginó embestir á Nápoles, donde el príncipe Tomás tenía algunos parciales, y donde había al parecer menos defensa. Para preparar el camino salió de las costas de Provenza una escuadra francesa al mando del duque de Brezé, compuesta de treinta y cinco naves, diez galeras y sesenta buques menores; tomó á su bordo al príncipe Tomás, con ocho mil soldados, y desembarcándolos en la playa de Siena, se apoderaron de Telamon y de los fuertes de Salinas y San Stephan, lugares descuidados y no bien provistos. Luego llegaron delante de Orbitello, plaza fuerte y defendida con buena guarnición por aquel valeroso Carlos la Gatta, que tan nobles pruebas dió de sí en el sitio de Turín.

Era Virrey de Nápoles el duque de Arcos; porque ya el ilustre almirante de Castilla, por causas que luego apuntaremos, había dejado aquel Gobierno, tornándose á España. No bien supo el de Arcos el sitio de Orbitello, levantó tropas, y con copia de bastimentos y dinero las envió en siete bajeles al socorro, el cual se logró felizmente. No fué tan afortunado otro socorro que envió el de Arcos á los pocos días en buques pequeños, porque sorprendidos por la armada de Brezé, que había quedado á la mira de las costas, fueron destrozados. Pero en esto, sabido el caso en España, se juntaron apresuradamente algunas galeras al mando de Don Diego Pimentel, hijo del conde de Benavente, las cuales, reunidas con las napolitanas, compusieron una armada de sesenta y cinco velas y diez barcos de fuego ó brulotes. Dió vista esta escuadra á la francesa en las costas de Toscana y al punto se trabó el combate, que duró tres días, aunque no con mucha furia; nosotros perdimos un brulote, que se incendió por sí mismo; los enemigos una nave gruesa y el Almirante, que murió de un cañonazo, con lo cual se dieron por vencidos y se alejaron á toda vela de aquellos mares, dejando triunfantes nuestras banderas. Mas aunque algunos de nuestros bajeles llegaron á la costa, no hallaron medios de enviar socorros á la plaza, cerrada completamente por los sitiadores, y así se temía su pérdida.

Desplegó el de Arcos una actividad loable; juntó un grueso de infantería que envió por mar á aquellas costas, y otro de caballería, por tierra y á dobles marchas; y todo el ejército lo puso á las órdenes del marqués de Torrecusso. Habíase este General retirado á Nápoles después de la batalla de Montijo; y cierto que la elección del Virrey no podía ser más acertada. Justificóla Torrecusso forzando valerosamente las líneas del príncipe Tomás delante de Orbitello, y poniendo en completa fuga á sus tropas. Ganó mucha gloria Carlos La Gatta, que en una salida deshizo todos los trabajos de los sitiadores, que estaban casi terminados, obligándolos á emprenderlos de nuevo. Quitó Mazzarino el mando de los ejércitos franceses al príncipe Tomás de resultas de este desastre, y envió una nueva expedición á aquellas costas, en naves francesas y algunas portuguesas, con un ejército al mando de los mariscales de La Meilleraie y de Plessis, el cual se apoderó de Piombino, que pertenecía á un pariente del Pontífice, por castigar á éste de cierto desaire que al Ministro francés había hecho. Luego los dos Mariscales desembarcaron en la isla de Elba y se apoderaron en veinte días de Portolongone, poseído por los españoles. Y parte de la armada que los trajo á aquellas costas adelantó su osadía hasta mostrarse amenazadora en el Golfo de Nápoles. Salieron á ella los bajeles españoles, que por acaso había en el puerto, y los napolitanos, tripulados por la nobleza de la ciudad, y no se dudaba del triunfo, cuando una calma repentina impidió el combate, y á favor de las sombras huyeron luego los franceses para evitarlo.

Piombino y Portolongone iban á caer en manos de los españoles de nuevo, cuando impensados sucesos vinieron á trastornar todas las cosas. Fué el primero el alboroto ocurrido en Sicilia á principios de 1647. Estaban los pueblos de aquella isla muy cargados de tributos, como todos los de la Monarquía. Las últimas empresas de los franceses en las costas de Toscana habían obligado al Virrey, que era el marqués de los Vélez, tan desgraciado en Cataluña, á reunir á toda prisa hombres y dinero con que defender sus costas, y atender al socorro de Nápoles y Toscana, y por lo mismo había acrecentado las derramas y había hecho levas considerables con gran disgusto del pueblo. Aconteció en tan mala ocasión una extraordinaria sequía, y con ella se declaró el hambre en toda Sicilia. No faltaba más para traer al último punto de la desesperación á los naturales. Incierto y confuso, y poco diestro, como siempre, el de los Vélez, oyendo el clamor del pueblo y temiendo ya sus excesos con el pasado escarmiento, comenzó á imaginar remedios para atajar el daño, y no se le ocurrió otro mejor que prohibir á los panaderos que subiesen el precio del pan, con pena de muerte. Retiráronse de tan peligroso ejercicio los panaderos; creció la miseria; aumentóse el desconcierto y, por último, impulsados por la desesperación, tomaron las armas tumultuariamente los naturales de Palermo, y acaudillados por un cierto Tomás Alesio, artesano, quemaron y saquearon las casas de los usureros y recaudadores, y las de los nobles y amigos del Virrey, abrieron las cárceles, y durante tres días fué dueña de aquella capital la anarquía. No hizo nada el de los Vélez para reprimirla: refugiado en las galeras desde los primeros instantes, no supo más que ceder á todo cuanto quiso solicitar de él la muchedumbre. Abolió las gabelas, devolvió al pueblo sus privilegios y concedió un perdón general á todos los culpables. Las turbas, insaciables, como siempre, no se contentaron con eso y continuaron los desórdenes en Palermo y luego en toda Sicilia, llegando á haber en las principales ciudades como Siracusa, Agrigento y Catania, barruntos de sacudir el dominio de España, dándose á los franceses. Pero Mesina se mantuvo fiel, y el mismo pueblo de Palermo hizo pedazos al Strático, que era el primer funcionario de la ciudad, por tachársele de agente de los franceses. Además, los varones ó señores feudales, de origen catalán en mucha parte, parciales de España y enemigos del pueblo, se pusieron del lado del Virrey, y así se logró atajar por entonces la insurrección, que muy amenazadora se presentaba. Harto peores resultas y cuidado ofreció el disgusto de Nápoles, que comenzó á mostrarse por los mismos días.

Era ésta de las provincias extranjeras de la Monarquía la más fiel y la que más había hecho en todas ocasiones por España. Sus ejércitos y sus armadas, lo mismo que sus tesoros, no se habían escaseado jamás: con los españoles se habían empleado copiosamente en las campañas que en el Nuevo y Viejo mundo había sostenido la Monarquía desde principios del siglo xvi. Sujetos sus soldados á la severa disciplina española, pronto adquirían la propia intrepidez, la misma firmeza, el mismo deseo de gloria que los tercios nacionales, á punto de no distinguirlos en las batallas. Napolitanos fueron muchos de los mejores capitanes que antes y después tuvo España; napolitanos muchos de los bajeles que tanta gloria dieron á nuestro pabellón en el Mediterráneo. Apenas puede decirse que las diversas provincias de España se tuvieran por tan españolas como aquella Nápoles, conquistada por la fuerza y sin otra razón ni derecho poseída. Aun por eso había menos cuidado en guardar aquel reino que ningún otro, y á principios de 1647 no pasaban de dos mil los soldados españoles que guarnecían todo aquel reino.

Pero á medida que Nápoles contribuía tanto á mantener el Estado, los Ministros de Felipe IV, como suele suceder, redoblaban sus exigencias. Así, en los veinte últimos años solamente, se calculaba en cincuenta mil hombres, número desproporcionado para aquella edad, y en ochenta millones de ducados lo que se había sacado de Nápoles para las guerras. Esto y la mala administración del reino, singularmente en los últimos años, lo habían traído á lamentable pobreza. Ni el conde de Monterrey, ni el duque de Medina de las Torres, deudos del de Olivares, que allí fueron Virreyes uno tras otro, pensaron en más que en esquilmar á los pueblos, y no ya sólo para servir y auxiliar á España, sino para enriquecerse ellos propios y contentar la codicia de sus favorecedores. Así andaban entonces todas las cosas. El pueblo napolitano, ligero é inflamable, aunque dado á la obediencia y leal á España, no podía ya menos de murmurar altamente del Gobierno, y aumentándose cada día la despoblación y la miseria, íbanse también aumentando las quejas, hasta el punto de producir profundo y general descontento. Y cierto que no era de despreciar éste: ya una vez lo había demostrado en tiempo de Carlos V, con motivo del establecimiento de la Inquisición, y hubo que renunciar á ello: después, en diversas ocasiones, había aparecido terrible.

Ni faltaba entre la muchedumbre quien se inclinase á la emancipación y á echar del reino á los españoles por cualquier modo, para darse á los franceses; y aunque estos reformadores fuesen pocos y flacos, todavía eran de precaver sus intentos y de repararlos con tiempo. Mas los Ministros y los Virreyes españoles no pusieron en nada de esto la atención más pequeña. Funestas y más tempranas habrían sido las resultas, á no mediar una circunstancia tan favorable para los españoles como desfavorable para la rebelión, y era la división entre nobles y plebeyos. Tal división, que perdió las libertades de Aragón y Castilla, mientras la unión conservaba las de las Provincias Vascongadas, y que daba vida á la insurrección de Cataluña, y facilitaba la desdichada emancipación de Portugal, era antigua en Nápoles. Vióse de ella una muestra durante el virreinato del gran duque de Osuna. No pudieron conllevar los nobles que fuera tan querido del pueblo, el cual no le amaba tanto sino porque lo creía enemigo de los nobles: lograron éstos desposeerle del virreinato, y aquél estuvo para tomar las armas en su defensa, no dependiendo quizás, sino de Osuna que no lo hiciese. Pero si esto retardó la rebelión y sacó al fin triunfante de ella nuestras banderas, no pudo impedirla ni estorbar sus excesos, que fueron luego tan horribles. Previóla el Almirante de Castilla, Enríquez de Cabrera, sucesor del de Medina de las Torres, que ya había sabido preveer la de Cataluña quince años antes que aconteciese, y desde el primer momento, comenzó á mejorar y moralizar la administración, y escribió á Madrid representando el peligro y la imposibilidad de sobrecargar á Nápoles con nuevas derramas y contribuciones, avisando al propio tiempo como buen soldado, que no eran bastantes las guarniciones españolas que allí había para mantener la obediencia, si el descontento llegaba á estallar en armas. Pero en Madrid, con la ordinaria imprevisión y el orgullo insensato de siempre, no se dieron oídos á sus avisos; antes, como en otro tiempo por los de Cataluña, se le tachó ahora de apocado y débil, á él que era de los poquísimos capitanes y Ministros de corazón heroico que aún tenía España. Entonces el Almirante, afligido por los nuevos males que miraba venir sobre la patria, hizo renuncia de su cargo, diciendo: «que no quería que en sus manos se rompiese aquel tan hermoso cristal que se le había confiado.»