Vino el Almirante á España, y en su lugar fué don Rodrigo Ponce de León, duque de Arcos. Tenía este hombre reputación de inflexible, y era, por tanto, muy estimado en la Corte, que miraba en esta la mayor de las cualidades para el gobierno de los pueblos; mas aún se equivocaba en ello, porque el de Arcos antes podía contarse por duro que no por inflexible, como se le suponía. Era de esos Ministros á quienes jamás les ve la sonrisa el humilde ó inerme; y delante del fuerte y del armado dejan escapar viles lágrimas: frecuentes en todos tiempos, más en los de decadencia, y propios siempre para ocasionar desdichas.
Tales fueron todos los que intervinieron en los principios de la rebelión de Cataluña. La inflexibilidad del carácter donde hay que ponerla á prueba es en los momentos de peligro ó de desgracia, y harto más resplandece en la autoridad vencida, que sabe morir sin ser indigna, que no en la autoridad triunfante y segura que oprime y tiraniza á mansalva. Buen español sí era el de Arcos, como lo demostró en la embestida de los franceses; probó hasta el punto de no tener dinero con qué volver á España cuando fué separado del virreinato; inteligencia no le faltaba y menos astucia; pero por las calidades que dejamos indicadas, no era sino el peor Virrey que pudiera ir á la sazón á Nápoles. No bien llegó allá tuvo que imponer un nuevo tributo para atender á los gastos de la defensa contra los franceses, y en mal hora se le ocurrió que fuese sobre el consumo de la fruta, porque tales tributos son los más dolorosos siempre, y más debía serlo aquél y en Nápoles donde la gente común no tomaba apenas otro alimento. Tratóse, viéndose el disgusto general, de abolirlo después de establecido; mas aunque se inventaron para ello varios recursos, no se ejecutó al cabo ninguno. Siguió el impuesto sobre la fruta, y con él de día en día fué aumentándose el disgusto hasta parar en cólera y desesperación.
Llegaron las cosas al punto en que sólo falta una cabeza para dar principio á los tumultos, y ésta, como suele suceder, no tardó en presentarse. Fué este caudillo Tomás Aniello de Amalfi, conocido vulgarmente por Masaniello, joven de veintisiete años, y de oficio vendedor de pescado. Desabrido como todo el vulgo con el impuesto sobre la fruta, tuvo además otro motivo para inclinarse á tomar parte en la rebelión: su mujer, á quien él amaba en extremo, fué presa por los aduaneros de la ciudad al querer introducir furtivamente una poca de harina, género también gravado con molesto tributo. De aquí nació que Masaniello se hiciese notar entre los más ardientes instigadores de la sublevación. Comenzó ésta por un altercado entre los rústicos que traían la fruta al mercado y algunos revendedores, sobre quién hubiese de pagar el impuesto: intervinieron los recaudadores, y acalorándose los ánimos cayeron algunas piedras sobre ellos; la primera disparada por Masaniello, con que comenzó á cobrar autoridad entre el vulgo. Luego, subiéndose el propio Masaniello sobre un banco, pronunció las siguientes palabras que vinieron á ser el grito de guerra de la insurrección: «¡Viva Dios! ¡Viva la Virgen del Carmen! ¡Viva el Papa! ¡Viva el Rey de España! ¡Viva la abundancia! ¡Muera el mal Gobierno! ¡Fuera la gabela!» Y poco después el populacho desenfrenado, dando suelta á su cólera, corría por todas partes, echaba las campanas á vuelo y quemaba las casillas de los recaudadores de tributos. Por último, sin objeto, sin idea fija, sin jefe aún reconocido, se lanzó al Palacio del Virrey.
Hacía días que el duque de Arcos estaba avisado del mal estado del pueblo; sabía lo exaltado de las conversaciones, lo aventurado de los intentos, la ira y la saña que germinaban en él. Pero no se dignó de abrir entrada en su alma al recelo: creía imposible que contra autoridad como la suya intentase nada el pueblo, y además tenía por infalibles remedios para atajar la sublevación si venía, los grillos y los dogales de la justicia. No cuidó de reforzar la guarnición de Nápoles, ni tomó precaución alguna de resistencia. Mas cuando vió desde sus balcones cómo desembocaban las turbas en la plaza de su Palacio, en qué número, con qué alaridos, con cuáles demostraciones de saña, toda la confianza antigua desapareció de un golpe, convirtiéndose en lo que suelen confianzas tan insensatas, en miedo. Si en aquel punto hubiese parecido tan animoso como antes se mostraba; si hubiera acertado á ser en trance de armas tan resuelto como era en el despacho pacífico de los negocios, todavía la rebelión hubiera podido contenerse. Montando á caballo, llamando á sí las tropas españolas y tudescas, convocando á los nobles de la ciudad, irreconciliables enemigos de la plebe, y atrincherándose en el Palacio ó saliendo valerosamente al encuentro de los rebeldes, estos hubieran sido indudablemente deshechos, faltos de armas, de organización, de caudillo, de todo lo necesario para el combate. Pero D. Rodrigo, con mengua y escarnio de su reputación de inflexible, y con afrenta de sus heroicos mayores, no supo más que temblar en la ocasión; dejó al populacho que rompiese las puertas, que invadiese los salones y se apoderase de su persona, soportando insultos y sujetándose á los más vergonzosos tratamientos. Al fin, merced á la astucia del Arzobispo de Nápoles, el Cardenal Filomarino, muy respetado del pueblo, pudo huir y refugiarse en el castillo de San Telmo, de donde luego disfrazado pasó al de Castelnovo, cuyo alcaide era D. Nicolás de Vargas Machuca, muy buen soldado y de familia de ellos. Allí poco á poco se fueron recogiendo los principales señores y caballeros.
El pueblo en tanto, aclamó por su caudillo á Masianello, que se había distinguido entre todos por su ardor y arrojo, y á quien favorecían con sus simpatías algunos de los demagogos más furiosos, entre otros un cierto Julio Genovino, anciano octogenario y sagaz que tuvo no poca parte en los posteriores sucesos. Soltáronse los presos de las cárceles, saqueáronse las armerías, formáronse pelotones diversos de gente armada, y pronto el número de los sublevados tocó, si es que no pasó, el número de cien mil hombres. Luego fueron quemadas las casas de los principales arrendadores de contribuciones y amigos del Virrey. Pero era tanto el amor de aquella gente á España; era tal aún su respeto á la Corona, que cuando en medio del saqueo encontraban retratos de Felipe IV y de sus antecesores, apartábanlos con mucho cuidado, improvisaban doseles en las esquinas, y allí los colocaban con fervientes aclamaciones. Sus caudillos y tribunos improvisados no cesaban de predicar obediencia y respeto al Rey de España, limitándose á censurar el mal Gobierno.
No se sabe que fueran perseguidos en el primer tumulto los españoles domiciliados; antes la furia común descargó principalmente sobre los Ministros y logreros napolitanos que tiranizaban y robaban á sus hermanos bajo el amparo de los Virreyes. El actual, D. Rodrigo Ponce de León, desde Castelnovo comenzó á negociar con el pueblo, pensando recobrar por maña lo que por fuerza había perdido; mas éste se negó á todo concierto que no fuese la abolición completa de los impuestos sobre consumos. No se hizo esperar el empleo de las armas: dentro de San Lorenzo, que era una especie de Casa Consistorial, en un torreón muy fuerte, había un depósito de artillería y guarnición de cuarenta soldados españoles. Acometió aquel puesto Masianello con hasta diez mil hombres ya bien armados y un cañón, y después de tres horas de mortífero combate tuvieron aquellos valientes, reducidos á mucho menos número, que rendirse á partido. Tras esto acometieron y deshicieron los sublevados algunas compañías de españoles y tudescos que acudían de diversas partes al refuerzo de la gente del Virrey. Éste en tanto, no desalentado con los primeros desaires que había recibido del pueblo, movió nuevos tratos con él, y mediando el arzobispo Filomarino, con indecible constancia entonces, logróse llegar á concierto. Mas como algunos forajidos, instigados por uno de los grandes señores enemigos de la rebelión intentasen matar á Masianello durante la ceremonia donde habían de jurarse los pactos, el pueblo, furioso, los hizo pedazos, y derramándose por la ciudad cometió ya infinitos excesos contra todo género de personas, abandonándose por el pronto toda idea de acomodo.
Al fin, las exhortaciones de Filomarino y el haber ganado con dinero ó promesas el favor de Julio Genovino, aquel octogenario que en los principios de la sublevación había figurado tanto, fueron parte para lograr nuevo concierto, que por esta vez llegó á ejecución. Pero fué inútil. La verdad era que en el punto en que estaban las cosas, como siempre que el vulgo ha llegado á triunfar de las autoridades y del Gobierno, no había más que ceder del todo ó recobrar con la fuerza lo perdido. Las concesiones, utilísimas y loables para evitar y precaver, no lo son para sosegar y vencer á los que ya han ejercitado el valor del brazo y probado con él que son capaces de obtener por sí lo mismo que quieren concederles otros.
Bien hubiera hecho el duque de Arcos en oir las quejas de aquel pueblo leal, que no pedía más que pan y frutas con que entretener las vidas y ganar tesoros que ofrecer á España. Ya que de las quejas había pasado el pueblo á las armas, no era ocasión sino de sustentar con honra la autoridad y de hacer respetar el mando. Mas el de Arcos, como antes el de Olivares cuando la insurrección de Cataluña, presuntuoso y terco, más bien que no firme, aguardó para ceder la peor de las ocasiones. Consintió en que se levantasen todos los nuevos impuestos, en que se aboliesen las gabelas, no conocidas en tiempo de Carlos V, y aun no fué esto lo más malo, por cierto, sino que compartió con el miserable Masianello el gobierno, le dió tratamiento de Grande, puso á sus órdenes las galeras con que Juanetín Doria, rescatado ya de sus prisiones, había venido á socorrerle, dejando el crucero de aquellos mares que le estaba encomendado é hizo que su guardia le prestase iguales honores que á él. Su esposa, Grande de España, prostituyó la dignidad de su clase, hasta el punto de tratar familiarmente con la mujer del vendedor de pescados, poco antes presa por el contrabando de harina en que la sorprendieron los aduaneros. Llegó la vileza del de Arcos hasta á limpiarle el sudor del rostro, adulando bajamente á Masianello delante del pueblo. Entonces se vió una cosa prodigiosa para el común de las gentes, de clara explicación para los que estudian los misterios de la naturaleza humana.