Masianello, el pobre vendedor de pescado, nacido era la abyección y criado entre el vulgo más soez del mercado de Nápoles, se mostró intrépido, generoso y hasta inteligente, mientras solamente se trató de combatir, mientras no hizo más que ser el primero en las determinaciones y en los peligros, cubierto de harapos, apellidado sólo por su nombre vil. Pero no bien trocó los harapos por un vestido de riquísima plata, que el Arzobispo le obligó á tomar por cierto; no bien notó los honores que le dispensaba la guardia del Virrey; no bien entró en los salones perfumados de éste, sintió sus adulaciones y vislumbró todo el poder, sintió pasiones desconocidas, y se trocó en otro hombre. Tuvo recelos de que le matasen y sacrificó á tal recelo centenares de víctimas; tuvo sed de sangre, sed de mando, sed de oro; derribó cabezas por capricho sólo y como para convencerse de que tenía poder para tanto; imaginó construirse un soberbio palacio; celebró banquetes magníficos; corría las calles á caballo con la espada desnuda afrentando á cuantos encontraba y vino al fin á parar en demente. El pueblo, que le idolatraba, llegó á aborrecerle con aquellas demostraciones, y aprovechándose de esto unos asesinos, enviados por el duque de Arcos sin duda, le sorprendieron en un convento y allí mismo acabaron con su vida. Entonces el pueblo bajo insultó su cadáver y lo arrastró en triunfo como días antes había arrastrado tantos por mera indicación de Masianello. Así acabó el imperio de aquel hombre singular, que aunque sólo duró nueve días, merece años de meditación y estudio, por las grandes lecciones que ofrece y los notables ejemplos que propone. ¿Llegó á pensar en levantar un Trono? No se sabe, ni es fácil decidirlo: la verdad es que rechazó las proposiciones que le hicieron mensajeros franceses que llegaron pronto á la ciudad para sacar partido de tales sucesos, y que hasta el último punto aparentó ser súbdito leal del Rey de España. Creyó el Virrey restablecida con esto la autoridad y sosegadas las cosas, y aun volvió á morar en su palacio y á gobernar desde allí como antes; pero hubo nueva ocasión de conocer cuán cierto es que contra un pueblo que toma una vez las armas y sale triunfante, no bastan ya concesiones y conciertos, y que es preciso, ó sujetarse á él en un todo, ó imponerle de nuevo con la fuerza el respeto perdido.
Pocas horas después de la muerte de Masianello ya había encontrado el pueblo nuevo motivo para renovar los pasados excesos; ya se lloraba aquella muerte como una gran desdicha, y los mismos quizás que habían arrastrado su cadáver por el cieno de las calles, se apresuraban á recogerle y á honrarle de mil maneras. No faltó quien le tuviese por santo y por mártir; pocos dejaron de celebrarle como á héroe, y el Virrey tuvo que refugiarse de nuevo á Castelnovo. Volvió á aplacarse el tumulto, pero no por eso cesaron los excesos: cada día se cometían nuevos atentados; cada día eran mayores las exigencias, hasta que por fin se declaró de nuevo abierta insurrección. Aún el motivo no está bien conocido; pero el espíritu de revuelta, las pasiones desenfrenadas antes, mal avenidas ahora con el orden, las artes de los revoltosos de profesión, deseosos de medrar en las revueltas, y acaso las de los emisarios franceses, pueden explicar los acontecimientos que sobrevinieron. De repente el pueblo, guiado sin concierto por varios caudillos, se arrojó cierto día sobre algunos puestos militares y los forzó fácilmente; estableció baterías que dominaban los castillos de Castelnovo y San Telmo; atacó la plaza de Palacio á mano armada, y, como hiciese fuego para defenderla la guardia tudesca, comenzó por todas partes un combate sangriento y una matanza horrible de españoles, tudescos y nobles napolitanos, sin perdonar edad ni sexo.
Lograron el primer día las turbas con lo inopinado del ataque grandes ventajas, y al siguiente pensaron en elegir un caudillo de experiencia y valor que los mandase. Fijáronse todos los ojos en el noble Carlos La Gatta, el cual se negó á ello resueltamente, con singular lealtad y ánimo; y en seguida propusieron el cargo al marqués D. Francisco Toralto ó Toralto de Aragón, príncipe de Massa y Maestre de campo general, bien conocido por la honrosa defensa que había hecho de Tarragón. El Príncipe se resistió al principio con noble entereza á condescender con los deseos del pueblo; pero llevado del amor de su mujer, que estaba en poder de los sublevados, por una parte, y creyendo por otra atajar la sublevación con el nombre y autoridad de caudillo que le daban, se prestó al fin á ello. Era Toralto honrado y leal, mas desprovisto de las altas cualidades de carácter que dan al hombre la conciencia y el gobierno exclusivo de sí mismo, encadenándolo, según sea, al deber, al deleite ó á la conveniencia. Naturaleza de aquéllas que hacen el mal obrando bien y que se envilecen con nobles propósitos y acciones. Su nombre quedó infamado para siempre; mas á la verdad no era tan digno de desprecio como de lástima. Púsose el nuevo General en comunicación con el buen Arzobispo, que no dejaba un punto de trabajar en demanda de la paz, y con el Virrey, desbaratando con astucia los intentos de sus mismos subordinados y avisando á los españoles cuanto pudiera importarles.
Todo el reino, harto conmovido ya con los anteriores sucesos, se declaró ahora en rebelión; y la capital, amaestrada en ellos, hizo su rebelión más terrible que nunca. Impacientes por pelear los caudillos del tumulto, sin aguardar órdenes de Toralto, embistieron formalmente el palacio donde se había fortificado el tercio viejo de napolitanos, mandados por D. Próspero Tuttavilla, soldado de valor, y á pesar de su esforzada defensa, les pusieron á poco en cuidado. Entonces el Virrey desde Castelnovo rompió el fuego contra la ciudad, haciendo señal para que lo imitase al castillo de San Telmo. Contestaron los rebeldes con su artillería, y se trabó un combate encarnizado, durante el cual cierto Andrea Pólito, audacísimo caudillo de las turbas, llegó á poner, con una mina que abrió diestramente, en no poco apuro á la fortaleza de San Telmo. Gobernaba en ella D. Martín Galiano, aquel valeroso defensor de Valencia del Pó, en el Milanés, contra franceses y saboyanos, y á éste se debió que Pólito no lograse al punto su intento, interviniendo también Toralto sagazmente, de modo que se paralizasen los trabajos de la mina.
Hubo tras esto nuevas capitulaciones y algunas horas de reposo, cuando se avistó la armada española de D. Juan de Austria y del viejo Carlos Doria, enviada de España, no bien se supieron acá tan graves acontecimientos, la cual se componía de veintidós galeras, doce naves gruesas y catorce buques menores. Traía esta armada á su bordo tres tercios de españoles y uno de napolitanos, recogidos en el ejército de Cataluña, donde se contarían hasta tres mil quinientos infantes.
Dió la venida del socorro sospechas y recelos á los sublevados, y valor y soberbia al Virrey, para que unos y otros de consuno quebrantasen las capitulaciones. Imaginóse un ataque general á todos los puntos ocupados por los rebeldes, para restablecer por la fuerza la autoridad del Rey; y el de Arcos y D. Juan de Austria de consuno tomaron todas las disposiciones. Á un tiempo rompieron el fuego sobre la ciudad los castillos y lugares fuertes guarnecidos de los nuestros y los bajeles de la armada, mientras la gente de desembarco emprendía en diversos trozos el ataque de algunos puestos enemigos. Mas el populacho, ordenado y dirigido por muchos soldados viejos italianos, de los licenciados que habían servido debajo de nuestras banderas, animado ya descaradamente por algunos agentes de Francia, y hasta por una parte de la gente de Iglesia, principalmente los frailes capuchinos que predicaban la rebelión abiertamente, armado todo, con copiosa artillería, y reforzado con las turbas más desaforadas de las provincias y no pocos bandidos, opuso tenacísima defensa. Toralto, aunque luchando hasta el último instante por lograr un acomodamiento, llegado el caso, sirvió á la sublevación con una lealtad funesta. Sus hábiles disposiciones y el número de su gente, que pasaba ya mucho de cien mil hombres, contrapuestos á nuestras escasas guarniciones y columnas, dieron á la rebelión notorias ventajas. Peleóse muchos días sin fortuna, perdiéndose algunos puestos, cuyas guarniciones pagaban con la vida lo heroico de la resistencia. Logró Toralto que en medio de la pelea y á pesar de sus ventajas, propusiesen los rebeldes una tregua; y el de Arcos, tomándolo á flaqueza de los contrarios, no quiso aceptarla. Mas continuándose el combate y viendo que á cada momento perdían terreno los nuestros, rebajó de nuevo su altivez y propuso á Toralto la tregua que antes había rehusado, implorando también humildemente la intercesión del Arzobispo, que de la propia suerte había desairado poco antes. Negóse Toralto y negóse ya el pueblo á escuchar las voces de concierto, y más que aquel estaba ya muy sospechado de amigo de los españoles y vigilado muy de cerca por sus propios parciales, y el Arzobispo, indignado con el anterior desaire, no quiso tampoco mediar ahora con su influjo siempre poderoso. Aun llevó el Prelado tan lejos su indignación, que llegó á concebir el intento insensato y traidor de tomar aquel reino para el Papa aprovechándose de la revuelta: cosa indigna no menos que de su talento, del elevado carácter que antes había mostrado. Sin embargo, no por eso fué estéril la idea que germinaba ya en todos los caudillos de la sublevación; pronto dieron un manifiesto á Europa declarándose independientes de España. No sorprendió esto á nadie, porque á tal punto habían venido las cosas, que aquello no era más que formular explícitamente lo que de hecho parecía.
Prosiguiéronse las hostilidades y como atacasen los rebeldes furiosamente un convento defendido por los nuestros y que era muy importante para el triunfo, habiendo estallado una mina dirigida por D. Francisco Toralto con más daño de los suyos que no de los nuestros, el pueblo harto receloso ya comenzó á apellidar traición, si con razón ó sin ella se ignora, y pasando pronto de las palabras á las obras, hizo pedazos al desventurado caballero. Así acabó su extraña y contradictoria conducta el príncipe Toralto de Aragón.
Nombraron en seguida las turbas por generalísimo en lugar suyo á un cierto Jenaro Annesio, de oficio maestro arcabucero, hombre zafio, ignorantísimo y cobarde, muy conocido ya en las anteriores revueltas; mas el gobierno verdadero de las armas lo pusieron en el Maestre de campo Brancaccio, soldado antiguo que había servido con venecianos y fué siempre muy ardiente enemigo de España. Habían los nobles, entre tanto, levantado tropas en la campiña, principalmente de caballería, formando en Aversa un pequeño ejército, el cual fué á mandar de parte del Virrey el general Tuttavilla; con tales fuerzas corrían los nuestros los alrededores de Nápoles y traían bloqueada á la ciudad. Salió contra ellos Jaime Rosso, caudillo popular, animoso y entendido en la guerra, con muchedumbre de gente armada: comenzó por atacar unas casas valerosamente defendidas por el capitán Ignacio Retes con cincuenta españoles, y luego, acudiendo al socorro Tuttavilla, se empeñó un combate general, en el cual llevaron al fin la peor parte los que seguían nuestras banderas. Resarciéronse bien de esta pérdida tanto Tuttavilla como los nobles napolitanos, destrozando en muchos encuentros parciales á los amotinados y estrechándolos á punto que Nápoles entera comenzó á sentirse aquejada del hambre. Annesio y Brancaccio no lograron ventaja alguna dentro de la ciudad, y así la causa de los rebeldes volvió á hallarse un tanto decaída. Tornáronse á entablar negociaciones de paz, pero el duque de Arcos ni el pueblo mostraron propósito de arreglar las cosas. Y en esto la rebelión entró casi impensadamente en su último período, en el que más peligro parecía ofrecer para nosotros; y lejos de eso, nos proporcionó la recuperación de todo y una completa victoria.
Fué el caso que Enrique de Lorena, duque de Guisa, de la casa de Francia, descendiente por línea femenina de Renato de Anjou, y por tal título no destituído de pretensiones á la Corona napolitana, después de largas y laboriosas negociaciones con los caudillos del pueblo, llegó á Nápoles por mar burlando la vigilancia de nuestros bajeles, y se puso al frente de la rebelión, cesando el villano Jenaro Annesio en el cargo y empleo de generalísimo que tenía. El monarca francés, que había pensado en apropiarse aquel reino, no vió con buenos ojos la empresa de Guisa; con todo se inclinó á enviarle una armada, esperando acaso convertir en su provecho el socorro. Con esto el de Guisa y los napolitanos se juzgaban ya triunfantes, y proclamaron solemnemente la república napolitana. Vióse en la ceremonia al arzobispo Filomarino, olvidando su antigua dignidad y constancia por los desaires del de Arcos, bendecir la espada del nuevo caudillo. Y éste, queriendo acabar pronto su obra ó dar señalada muestra de su valor, no bien se puso al frente del pueblo, dió rabiosa embestida á uno de los puestos españoles; pero fué rechazado con gran pérdida. No mucha más fortuna tuvo en el campo. Porque habiéndose puesto delante de Aversa, plaza de armas de Tuttavilla y los señores napolitanos, con buen golpe de infantes y caballos y artillería, salieron á él hasta mil quinientos caballos de los nuestros, y hubo un combate sangriento, no lejos del puente de Fignano, en el cual, aunque peleó valerosísimamente de su persona, fué obligado á cejar, dejando á los nuestros la victoria.