Había nombrado el Rey por su lugarteniente y Capitán general de Cataluña, ejércitos y galeras al desdichado marqués de Tordelaguna, D. Francisco de Mello; pero más para que con su autoridad dispusiese las cosas de la guerra, que no para que tomase el mando de las armas. De todas suertes el nombramiento no fué acertado; y sólo pudo disculparlo la misma insignificancia á que el D. Francisco se redujo, haciendo que apenas sonase su nombre. Al mismo tiempo, la Motte Hodancourt, aborrecido de los catalanes y censurado del Gobierno francés por sus derrotas, fué también separado, entrando en su lugar el conde de Harcourt. Reunió éste un poderoso ejército con la gente que trajo de Francia y la que ya había en el Principado, y no pudiendo más tolerar las hostilidades que desde Rosas hacía D. Diego Caballero, que allí gobernaba, determinó poner sitio á la plaza. Ejecutólo por orden suya el conde de Plessis-Praslin, mientras él se oponía á nuestro ejército, mandado aún por D. Andrea Cantemo. La plaza se defendió muy bien, y D. Diego hizo muchas salidas, rechazó un grande asalto, y apuró todos los recursos del arte; mas tuvo al fin que rendirse dos meses después de comenzado el sitio. Luego el de Harcourt determinó sitiar á Balaguer. Acudió al opósito Don Andrea con el marqués de Mortara por su segundo; fortificó el puente de Camarasa, y ocupó la orilla derecha del Segre, á fin de impedir el paso al enemigo. Pero este logró forzar el puente con un trozo de los suyos, y con otro, pasando el río por un puente de cuerdas, se fortificó en cierta montaña eminente, á la orilla que defendían los españoles. Embistió D. Andrea la montaña, y logró apoderarse de los primeros puestos; pero volvió á perderlos, y tuvo que retirarse. No obstante, impidió que el grueso de los enemigos, que todavía no había pasado, atravesase el río, obligándole á dar una gran vuelta para esguazar el Noguera y entrar con todas sus fuerzas, ya reunidas en el llano de Llorens, inmediato á Balaguer. Allí D. Andrea les salió al encuentro: embistiéronse los ejércitos y pelearon sangrientamente dos horas, inclinándose ya á un lado ya á otro la victoria; pero al fin Harcourt logró desordenar nuestros escuadrones. Mortara, el duque de Lorenzana que allí venía, y otros capitanes fueron hechos prisioneros, y D. Andrea, con el resto del ejército, se retiró apresuradamente.

Entonces Balaguer fué embestida. Salió D. Francisco de Mello de su inacción y dispuso el socorro por sí mismo; mas no se logró, aunque hubo en Ager un reñido encuentro, y otro donde fué herido Cantelmo. Con esto, se rindió Balaguer, y Harcourt, alentado, comenzó la siguiente campaña por el sitio de Lérida. Siete meses estuvo allí con diez y ocho mil infantes, cuatro mil caballos y veinte y seis cañones; pero la plaza se defendió de manera que no pudo adelantar un paso. Nada hizo para salvarla D. Francisco de Mello. Tuvo el Rey que acudir en persona, juntando todas las fuerzas españolas de Aragón y Cataluña en un regular ejército; á su frente el marqués de Leganés, nombrado en lugar de Cantelmo, con el duque del Infantado bajo su mando, se apostó en las cercanías de la plaza, teniendo como sitiado al francés dentro de su propio campo. Hubo varias escaramuzas favorables á nuestras armas, y en una de ellas logró Leganés romper las líneas por la parte de Villanoveta y meter abundantes socorros en la plaza, con lo cual los franceses, temiendo que les cortasen la retirada y desesperando del éxito, levantaron el cerco, dejándose en el campo toda la artillería y municiones y la mitad de su gente. Este fué el único hecho de la campaña de 1646, desalentados los franceses para emprender nuevas operaciones, y falto de recursos nuestro ejército para prevalerse de su estado.

Irritado Mazzarino quitó á Harcourt el mando, y con un florido ejército envió al duque de Enghien, vencedor de Rocroy, á que en la campaña de 1647 sitiase de nuevo á Lérida. Era Gobernador de la plaza el portugués D. Gregorio Brito, que la defendió antes y supo ahora también defenderla con tal esfuerzo y haciendo tan valerosas salidas que á los cuarenta días de ataques continuos hubo de levantar Enghien el cerco, ni más ni menos que Harcourt lo hubiera hecho, sin que el socorro levantado en Castilla y que traían el mismo D. Luis de Haro con el joven marqués de Aytona, Maestre de campo y otros capitanes, fuera necesario emplearlo. Y fué más vergonzoso el suceso para Enghien por la confianza vana con que emprendió el sitio al son de violines y músicas, y los jactanciosos ofrecimientos que hizo á su corte. Así aquellas orillas fértiles del Segre, y aquellos muros de la vieja Lérida, vieron en poco tiempo tres ejércitos franceses deshechos, mandados por los primeros capitanes de su nación. Enghien ó Condé, alzado el cerco de Lérida, no osó acometer ninguna otra empresa.

Por entonces terminó su carrera D. Diego Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, lleno de glorias, á pesar de sus faltas; retiróse del mando del ejército muy trabajado de enfermedades, y murió á poco.

Antes que él había ya muerto D. Felipe de Silva. Recayó entonces el mando de las armas en el joven marqués de Aytona, el cual no hizo cosa notable. Tenía doce mil infantes y tres mil quinientos caballos, número capaz de cualquier empresa. Llegó al lugar de las Borjas y le puso cerco; mas viniendo el príncipe de Condé contra él se retiró lentamente. Persiguiólo Condé sin empeño; tuvieron algunas escaramuzas los ejércitos en la huerta de Lérida, y al fin los nuestros fueron á meterse en un campo fortificado, entre aquella plaza y Gardeny, y el de Condé en otro que sentó hacia Vimbodi, sin venir á batalla. Y mientras los ejércitos principales estaban así en la inacción, de una y otra parte se acometían diversas empresas con varia fortuna. Tomaron los franceses á Mollerusa, á pesar del auxilio que enviaron los españoles, y éstos no pudieron rendir á Montblanch, ni á Flix, ni á Miravet, y sí el puente de Termas, poco después perdido. También amagaron los nuestros á Constantí y á Salou, ocupados del enemigo, y éste se apoderó de Ager. Mas con todo eso, la ventaja estaba de parte de los españoles con las victorias obtenidas delante de Lérida. Irritado al último punto Mazzarino, y teniendo que disponer de Condé para la guerra de Flandes, envió con nuevas fuerzas á Cataluña al mariscal de Schomberg. Fué éste más afortunado que sus antecesores, pues en ocho días rindieron sus armas á Tortosa. Quiso D. Francisco de Mello dar aquí nuevas muestras de su persona, y reuniendo alguna gente acudió á socorrer la plaza; pero el francés le obligó á retirarse sin efecto alguno. En cambio, D. Francisco Tuttavilla, gobernador de Tarragona, ganó á Montblanch, Salou y Constantí.

Fué preciso para hallar general que supiese mandar el ejército de Cataluña sacar con grandes súplicas de su retiro á D. Juan de Garay, substituyéndolo á Aytona. Juntó D. Juan un trozo de ejército de hasta siete mil infantes y tres mil caballos, y se puso en marcha hacia Barcelona. Llegó hasta Villafranca de Panadés sin obstáculo, y como su intento no era otro que el de mostrar á aquellos naturales el poder de las armas del Rey, se puso luego en retirada. Salieron á estorbársela los franceses y catalanes, superiores en número, al mando de MM. de Marsín y de Crequi: hubo discordia entre estos dos generales, y no supieron hacer valer el número; y Garay, aprovechándose diestramente de su desconcierto, destrozó la caballería francesa, que mandaba Crequi, matándole y tomándole trescientos caballos, y obligó al resto del ejército enemigo á recogerse en sus cuarteles, después de lo cual se volvió tranquilo á Lérida. En tanto los enemigos intentaron sorprender á Tarragona, vistiéndose como paisanos catalanes con acémilas de harina; mas, dentro ya algunos de los muros, fueron descubiertos y dados á hierro ó prisiones.

Más afortunados los nuestros, de Lérida bajaron á poner sitio á Castel Lleó, y la tomaron con pactos. Hizo sitiar de nuevo aquella pequeña plaza el duque de Vandome, que había sucedido á Schomberg en el mando de Cataluña por los franceses. Aprovecháronla bien sus tropas, mientras el de Vandome desde Balaguer alentaba la empresa; pero llegó el socorro de Lérida; nuestros soldados rompieron violentamente las líneas, forzaron el campo y pusieron en derrota cuanto se puso por delante de sus armas. Poco después los naturales de la villa de Falset entregaron los muros á unas galeras de España, que por acaso habían arribado á sus playas; mas no tardó en recobrarla Vandome.

Eran tales sucesos poco importantes y decisivos; pero por parte de los Ministros y capitanes españoles muy bien imaginados. Á la sazón no convenía ya hacer dura y sangrienta guerra en aquel territorio; el tiempo había de hacer más que las armas. Toda Cataluña andaba revuelta en celos, odios y discordias entre catalanes y franceses, haciendo los primeros contra éstos más que hicieron contra los españoles. Mazzarino, para hacer sentir la falta de su amparo y protección, no enviaba ya bastantes fuerzas y abandonaba á los naturales su defensa; mas éstos, lejos de amilanarse por ello, despreciaban en voz alta á sus protectores. Hijos de España, con hábitos y costumbres más ó menos extraños, pero españoles al cabo, aquellos nobles moradores no podían ya resistir la dominación extranjera. Suspiraban por su antiguo gobierno, por las antiguas cosas; y aunque no fué disculpable en ellos el darse á los extranjeros, mostrábanse con su arrepentimiento antes dignos de lástima que de ira. Algunos tributos impuestos entonces exaltaron más los ánimos. Y dando los franceses en formar procesos, ejecutar suplicios, fulminar destierros y confiscar haciendas, acabaron de perder á los pocos que el interés conservaba en su partido.

La dureza del natural, el odio al ejercicio del mando, el amor á la libertad, todo se suscitó entonces poderosamente en los corazones catalanes, juntándose con el patriotismo para ponerlos de nuestra parte. Viendo cuán grandes eran sus males presentes, olvidaron de todo punto los pasados. Lección elocuente que nunca deben olvidar los pueblos que rompen con sus hermanos y se entregan á razas extranjeras por motivos de cólera ó disgusto. Nunca pueblos hermanos se separarán sin que tarde ó temprano sientan la pena, ya sea involuntaria la separación, ya dictada por fuerza de enemigos. Las nacionalidades son como las familias; jamás la división de sus miembros puede traer otra cosa que empequeñecimiento y vergüenza, y los extraños que se entrometen en ellas, no vienen más que á ser cizaña, y en vez de protectores, verdugos.

Ahora los catalanes, arrepentidos, mostraban de mil maneras sus sentimientos. Pronto algunos de los principales abrieron tratos con el Gobierno español por medio de D. Baltasar Pantoja, que había sucedido á Brito en el mando de Lérida. Á estas nuevas el Rey y don Luis de Haro, llenos de gozo, determinaron obrar activamente. Dispúsose primero que la armada de España, gobernada á la sazón por el duque de Alburquerque, vuelto del mando de la caballería de Flandes, cruzase por delante de Barcelona al mismo tiempo que el ejército insultaba sus mismos muros. Llegóse á esperar luego que los moradores abrirían sus puertas á la gente de desembarco de la armada, que iba ya bien prevenida para eso; y aunque no se logró, porque descubierto el trato de los franceses, fueron presos (1656) los que teníamos en inteligencia con nosotros, no por eso cesaron las idas y venidas y hablas de concierto. Al fin, pareciendo que sería lo más breve, y viendo cuán falto de enemigos andaba el Principado, se determinó el sitio de Barcelona. Retirado por última vez de las armas D. Juan de Garay, fióse la empresa como Virrey y Capitán general al buen marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, rescatado ya de sus prisiones, y tan práctico de aquella guerra; y al mismo tiempo se envió orden á D. Juan de Austria, Capitán general de todas las armadas marítimas que estaban en Sicilia, para que acudiese á la empresa, mandando levantar gente en Alemania y reunir la de todas partes que se pudiese.