Felipe IV no sólo no dió entrada á tal pensamiento en su ánimo, sino que accediendo á la súplica de las Cortes de Castilla que le pidieron que contrajese matrimonio, lo ajustó en 1647 con su sobrina Doña Mariana de Austria. Habían solicitado las Cortes el matrimonio, no mirando más que el interés de dejar varón que empuñase el Cetro más adelante, sin reparar en la posibilidad y la conveniencia de pacificar á Portugal por tal modo. Sintieron profundamente esta determinación, que podía echar por tierra todos sus planes, los castellanos y portugueses interesados en que la unión se llevase adelante, y algunos de ellos con exagerado patriotismo, sin reparar en lo odioso del medio, tramaron una conspiración para asesinar al rey Felipe, robar á la Princesa y casarla en seguida con el príncipe D. Teodosio de Braganza. Los principales eran Don Carlos Padilla, Maestre de campo que había sido en Cataluña, D. Rodrigo de Silva, duque de Híjar, Don Pedro de Silva y Domingo Cabral. Una carta de Don Carlos Padilla á un hermano suyo que servía en las armas de Milán, venida por azar á poder del Gobierno, fué el hilo por donde se descubrió la trama. Todos ellos fueron presos, dióseles tormento, y convencidos del hecho, D. Pedro de Silva, marqués de la Vega de Sagra y D. Carlos Padilla fueron degollados en la Plaza Mayor de Madrid. Domingo Cabral murió en la cárcel. Los demás cómplices padecieron menores castigos, y el duque de Híjar, que era de los más culpados, no fué condenado sino á cárcel perpetua y á pagar diez mil ducados de multa (1648). Justos aunque sensibles castigos por el noble móvil que guiaba á los delincuentes.

LIBRO OCTAVO

SUMARIO

De 1648 á 1665.—Fines del reinado de Felipe IV.—Cataluña: inteligencias con los del Rosellón; virreinato de D. Juan de Austria; pérdida de Figueras; defensa heroica y socorro de Gerona; pérdida de Villafranca de Conflans; pérdida de Puigcerdá; socorro malogrado de Castellón de Ampurias; pérdida de Sobrona, victoria delante de esta plaza; combate naval en Barcelona; toma de Berga y gloriosa victoria delante de sus muros; nuevo virreinato de Mortara; Castelfollit en nuestro poder; victoria al paso de Fluviá; toma de Camprodón y batalla gloriosa del Ter.—Italia: nuevas tentativas del duque de Guisa; batalla de la Roqueta; nueva guerra con el Modenés; toma de Reggio de Correggio; pérdida de Valencia del Pó.—Flandes: el príncipe de Condé en nuestro campo; sublevaciones en Francia; toma de Rocroy; prisión del duque de Lorena; sitio de Arraz; fuerzan los franceses nuestras líneas; entra Don Juan de Austria en el Gobierno; rota de los franceses en Valenciennes; sucesos de Inglaterra; negociaciones con Cromwel; muerte de Aschau; insultos á nuestro Embajador; guerra con los ingleses; pérdida de Mardik; sitio de Dunquerque; batalla segunda de las Dunas y pérdida de la plaza; Gravelingas, Oudenarde y otras muchas se rinden al enemigo; rinden los ingleses nuestras flotas en América; negociaciones y paz de los Pirineos; matrimonio de la infanta Doña María Teresa con Luis XIV.—Portugal: sitian á Badajoz los enemigos; va al socorro D. Luis de Haro; derrota de D. Luis en Ervás; campañas del marqués de Viana en Galicia; vuélvense contra Portugal todas las fuerzas; D. Juan de Austria viene á intentar la reconquista; disposiciones de una y otra parte; toma D. Juan muchas plazas pequeñas, y entra en Germeña y en Evora; retirada de esta plaza y batalla llamada de Estremoz; piérdese todo lo ganado; campaña del duque de Osuna por Ciudad-Rodrigo; es derrotado por los portugueses; entra el marqués de Caravaca en el mando; pierde la batalla de Montesclaros ó de Villaviciosa; sentimiento del Rey; conjuración del marqués de Heliche; disputa de los embajadores en Londres; afrentas; muerte del Rey y principales disposiciones de su testamento; juicio de su reinado y resumen de los males que causó á la Monarquía.

Llegan por fin los últimos años de la vida de Felipe IV, y con ellos los fines de la guerra con Francia, la paz de los Pirineos, los desastres de Portugal, que afirmaron la Corona de aquel reino en las sienes del de Braganza, las humillaciones de España en las negociaciones y cortes extranjeras. Sucesos, si no más temibles, más vergonzosos que nunca comprende este nuevo período.

Continuaron en tanto, á pesar de la sumisión de los naturales, las hostilidades en Cataluña. Suplicaron los del Rosellón al Rey que hiciese un esfuerzo para recobrar aquella provincia como había recobrado la de Cataluña, asegurándole que allí estaban los ánimos no menos propensos que aquí á volver á la obediencia. Llegó el caso de prestarse por sí sola á la recuperación de Cataluña, con tal que se la ayudase con caballería, que era lo que le faltaba. Y el Rey y sus Ministros, tímidos é irresolutos, no osaron acometer una empresa tan importante, y que la ayuda de los naturales, deseosos de volver á juntarse con la madre patria, hacía tan fácil. Dejó el de Mortara el virreinato al comenzar la campaña de 1653, y entró en él D. Juan de Austria mientras casi todo el ejército que había obrado la recuperación era destinado á Portugal. Comenzáronla los franceses entrando de nuevo con un cuerpo volante de soldados y miqueletes que llegó hasta el llano de Vich; pero fueron rechazados por D. Gabriel Llupiá con algunos soldados y buen golpe de paisanos. Luego el mariscal de Hocquincourt con el traidor Margarit, un tal D. José Ardenas y el capitán Manuel Aux, bien señalado en las pasadas revueltas, entró por el Portus, mandando catorce mil infantes y cuatro mil caballos. Pensaban que Cataluña al verlos se levantaría de nuevo en armas contra su natural Gobierno; pero erraron completamente el cálculo. Sólo los forajidos, acosados por la justicia, se juntaron con los franceses, aunque á la verdad no en corto número, porque nunca lo hubo por desgracia de tales gentes en el Principado. Señalóse en su odio contra los españoles además de Margarit, Aux y Ardenas, un cierto Segarra, gran forajido. Pero el grueso de la población tomó valerosamente la parte de España.

Dos tercios formados para defender á Barcelona durante el sitio, vinieron á ponerse á las órdenes de Don Juan con otros muchos soldados y capitanes que estuvieron peleando contra España. Tomaron los franceses algunos lugares y á Figueras no sin pérdida, y luego pusieron sitio á Gerona. Allí estaba lo mejor de nuestro ejército con el Condestable de Castilla, General de la caballería, el barón de Sabac, el marqués de Sierra y D. Juan Palavicino, sus principales capitanes; y llegando los franceses de improviso se hallaron encerrados. Defendiéronse heroicamente ayudados por los vecinos, hombres y mujeres que á porfía se prestaban á coronar los muros: rechazaron á los franceses de sus brechas, y teniéndolos setenta días sin adelantar un paso, dieron tiempo á D. Juan de Austria para que desde Barcelona, juntando ejército bastante, viniese al socorro. Compúsolo de catalanes, voluntarios casi todos, con alguna infantería napolitana acabada de desembarcar y algunos escuadrones de caballería vieja, y el total no pasaba de cinco mil infantes y mil quinientos caballos. Con todo, bastóle esta gente para llegar delante de Gerona y romper un trozo de enemigos que le salió al encuentro; y como la guarnición de la plaza hiziese una salida oportuna, diéronse las manos los españoles de dentro y de fuera y se logró el socorro, viéndose forzados á retirarse los contrarios. Señalóse en aquella ocasión D. Francisco de Velasco, hermano del Condestable, que quedó pasado por el pecho de un mosquetazo y quebrado un brazo, cumpliendo con su obligación largamente. Recobráronse luego Castellón de Ampurias y Figueras. Disolvióse el ejército catalán después de tales victorias, con lo cual los enemigos pudieron de allí á poco entrar otra vez en el Principado y correr la tierra hasta Gerona sin obstáculo alguno. Pero de todos modos hizo mala campaña Hocquincourt, que perdió mucha gente en Gerona y más en la retirada, sin poder ganar una plaza importante ni conservar siquiera los pequeñas lugares donde entró. Á la campaña siguiente, destinado Hocquincourt á Flandes, entró á gobernar á los franceses el príncipe de Conti.