Este había ya aparecido en la parte de Conflans con cuatro mil infantes y mil quinientos caballos: tomó por asalto á Villafranca de Conflans, pasando á cuchillo la mayor parte de su guarnición, que se defendió hasta el último punto, y luego emprendió el sitio de Puigcerdá. Quisieron los nuestros distraerle del intento y amagaron á Rosas; dejó el de Conti con efecto á Puigcerdá y fué á socorrer esta última plaza, mas en el camino fueron destrozadas sus tropas por las partidas de naturales apostadas en los desfiladeros; sin embargo, llegó delante de Rosas y obligó á los nuestros á retirarse con premura. Dió ocasión el no haber ejército á que los enemigos osasen insultar las murallas de Barcelona pasando por delante de ellas, aunque sin fruto. De nuevo se pusieron sobre Puigcerdá, que tenía dos mil hombres de guarnición, y se defendió muy bien al principio; pero muerto de un cañonazo su gobernador, D. Pedro Valenzuela, se dió á partido.
Pugnaba en tanto D. Juan de Austria por juntar ejército que oponer al enemigo; y aunque Cataluña puso mucho de su parte, no lo hubo bastante para dar batalla á los franceses. Con esto D. Juan salió de Barcelona y estuvo observándoles algunos días; luego guarneció las plazas más importantes y se recogió, sin hacer nada, á la capital. En tanto el enemigo entró en la Seo de Urgel, que halló indefensa, en Berga y Camprodón. Púsose también sobre Vich; pero los miqueletes catalanes le tomaron de tal suerte los pasos, impidiéndole los mantenimientos, que hubo de alzar el campo. Luego reforzado recorrió el Ampurdán y sitió á Cadaqués, que estaba ya bloqueado por algunos bajeles; rindióla, y desde allí fué sobre Castellón de Ampurias. Había logrado D. Juan levantar ya en la provincia algunos tercios, y con la escasa caballería y gente veterana con que contaba se propuso librar esta plaza; ya estaba cerca cuando cayó en una emboscada que le tenían dispuesta los enemigos; trabóse con igual valor el combate, pero sobreviniendo el grueso de los contrarios, tuvo D. Juan, inferior en poderío, que retirarse á Palamós, y Castellón fué perdida. Apoderóse D. Juan de Bañolas; pero el francés se resarció con usura, entrando en Solsona, que halló desguarnecida. Mandaba en esta ocasión D. Manuel de Aux, llevando consigo todos los soldados viejos de aquella provincia que no habían desamparado las banderas extranjeras, y luego quedó con ellos de presidio. No tardó D. Juan en mandar un trozo de gente á que le asediasen; acudieron á socorrerle, cuando ya estaba apretado, mil quinientos caballos franceses y algunos infantes, y D. Juan, que estaba en Vich, envió su caballería, que mandaba D. Diego Caballero de Illescas á estorbar el intento. Viéronse entrambas fuerzas delante de Solsona, pelearon y hubo muchos muertos y heridos; pero los contrarios debieron padecer mucho más y quedar derrotados, porque se recogieron á un bosque cercano, y de allí, desistiendo del socorro, pasaron á Berga. Luego el de Conti se puso sobre Palamós para divertirnos de lo de Solsona, sitiándola por mar y tierra; pero sobreviniendo nuestra armada al mando del marqués de Santa Cruz con veinte bajeles y treinta galeras, hubo de alzar el sitio. Tomó no obstante algunos lugares mientras nuestra armada ocupaba las islas Medas.
Tropezó esta armada delante de Barcelona con una francesa que traía el duque de Vandoma para visitar aquellas costas y sublevarlas de nuevo; dióse un combate que duró todo el día, donde ambas partes se atribuyeron la victoria, y los franceses se retiraron á sus puertos y los nuestros á Cartagena. Entre tanto don José Galcerán de Pinós, noble caudillo catalán, se apoderó de Berga; vinieron los franceses á recobrarla, y la defendió su alcaide Juan Miró valerosamente, dando tiempo á que Pinós con mil infantes y mil cuatrocientos caballos, á cargo de D. Diego Caballero, acudiese en su auxilio. El enemigo, tomada ya la villa, aprovechó la ocasión de poner la conquista del castillo, ocupado aún de Miró y los suyos, á trance de batalla. Mandábalos el catalán D. José Ardenas. Su infantería ocupó ciertas colinas ventajosas, y la caballería quedó en un llano de poca extensión metido entre unos barrancos; una ermita enlazaba á la infantería y la caballería protegiendo á ésta. La infantería catalana, mandada por Pinós, ganó las colinas al enemigo y se comunicó con el castillo. D. Diego Caballero con la caballería, al amparo de algunas mangas de walones, logró doblar los barrancos, entrar en el llano donde estaba la enemiga y deshacerla; luego la guarnición del castillo cayó sobre la villa, y la rota de los franceses fué completa. Casi toda su infantería quedó prisionera y entre todos bien perderían mil quinientos soldados con el bagaje y artillería. Salvóse milagrosamente D. José Ardenas, retirándose por los montes seguido de pocos. Sabida esta victoria por D. Juan salió de Barcelona, y reforzando aquel pequeño ejército con mil quinientos infantes sacados de las galeras, asedió formalmente á Solsona, descuidada hasta allí por unos y por otros á causa de los diversos accidentes de la guerra, y la tomó sin grande esfuerzo.
En esto fué nombrado D. Juan de Austria para el gobierno de Flandes, y el virreinato de Cataluña tornó al ilustre Mortara. Ahuyentó el marqués del Ampurdán á los franceses, tomando todos los lugares de aquellos contornos menos Rosas, y D. Diego Caballero y el conde de Humanes con un trozo de ejército fueron á ponerse sobre la Seo de Urgel; pero ó bien por desorden de ellos, ó bien por no atreverse á esperar al enemigo que venía superior en fuerzas, levantaron el sitio. En tanto el duque de Candale, francés, y Margarit entraron en Blanes y en muchos lugares abiertos, é insultaron de nuevo al llano de Barcelona. El gobernador francés de Castellfollit vendió por dinero aquella plaza al rey Felipe, y un golpe de gente catalana recobró á Blanes. Sitió el de Candale á Castellfollit deseoso de castigar al Gobernador y de recobrar la plaza; socorrióla D. Próspero Tuttavilla con escogido escuadrón de caballos, no sin pérdida del enemigo, y en su retirada al paso del Fluviá fueron acometidos los franceses por Mortara con el grueso de sus fuerzas, y obligados á echar al río dos cañones que llevaban, perdieron muchísima gente dispersa. En seguida D. Próspero Tuttavilla acometió el castillo de Camprodón; acudió á socorrerlo Mr. de Santonné con buen golpe de infantes y caballos, y á una legua de aquella plaza tuvo lugar un combate, en el cual los enemigos fueron destrozados con pérdida de quinientos hombres, muriendo no pocos y calificados de nuestra gente. Con esto se rindió Camprodón; pero no tardó en sitiarla de nuevo Mr. de Santonné con más de cinco mil infantes y tres mil caballos.
Reunió entonces Mortara los tercios catalanes, la infantería de las galeras al mando de D. Melchor de la Cueva, el tercio de la guardia que allí estaba á cargo de D. Juan Salamanqués, un tercio valenciano y otro navarro y hasta dos mil quinientos caballos al mando de D. Diego Caballero, y con esta gente se presentó delante de los enemigos. Salieron ellos á esperarle en un llano que baña el caudaloso Ter. Trabóse la batalla, en la cual nuestras dos alas envolvieron las de los enemigos; pero antes aún de que esto se verificase, ya don Diego Caballero había esguazado el río con sus caballos, y cogiendo por la espalda al enemigo, había destrozado cuanto se le había puesto delante, forzando, espada en mano, las líneas y entrando á degüello los cuarteles que habían quedado bien guarnecidos. Con esto fué completa la victoria, perdiendo el enemigo hasta mil quinientos prisioneros, las banderas y artillería. Fué tan brillante acción la última de la guerra por aquellas partes. Sostúvose tibiamente porque Francia, no contando ya con el favor de los pueblos, juzgaba inútil el esforzarse; y España, escudada con la fidelidad de la provincia, no tenía miedo del enemigo. Así fué que en lugar de enviar á Cataluña nuevas tropas se enviaron á Portugal, Italia y Flandes las que permitieron reunir los tiempos tan estrechos. Fué gloriosísima sin embargo la conducta de nuestras armas, catalanas en la mayor parte, durante estas últimas campañas, poniendo casi siempre de nuestro lado la victoria. Así anduvieran nuestras cosas por todas partes.
Pero en Italia, Portugal y Flandes no era buena la fortuna. En Italia se mostró varia. Por el lado de Nápoles hubo un nuevo amago del duque de Guisa, no menos funesto para él que el anterior. Habíase librado éste á ruegos de D. Juan de Austria de la pública muerte que le preparaba el buen conde de Oñate por castigo, y conducido á España fué encerrado en el Alcázar de Segovia. De allí se escapó disfrazado: pero no pudo ganar á Francia, y preso de nuevo en Vizcaya fué restituido á sus prisiones.
Pasara allí el resto de su vida, si el príncipe de Condé no hubiera interpuesto su favor y súplicas con el Rey de España, cuando vino á nuestro servicio. Creyóse acaso que aumentaría el partido de los Príncipes contra Mazzarino; pero el de Guisa, ingrato al de Condé, se puso de parte del Ministro, é ingrato al Rey de España que le dió la libertad cuando tenía derecho para quitarle la vida, comenzó á solicitar ayuda y protección para volver á Nápoles. Hizo entonces Mazzarino equipar una armada de cuarenta bajeles, y pensando vengarse del aliento que daba España á sus enemigos personales, envió en ella al duque de Guisa á las playas napolitanas, con armas y soldados. Llegó esta armada delante de Castelmare y hallándola desprovista, sin esfuerzo alguno cayó en sus manos. Al saber la venida de los franceses, conmoviéronse los Abruzzos, y las cuadrillas de bandidos que recorren siempre aquellas comarcas, se engrosaron grandemente á punto de causar serios temores. Pero el Virrey que, vuelto Oñate á España era el conde del Castrillo, obró con actividad y acierto. Reunió la infantería española y la caballería napolitana, y caminó apresuradamente á Castelmare. Salió el de Guisa al encuentro lleno de presunción, y hubo á las puertas de la ciudad un combate, en el cual los enemigos fueron completamente derrotados: de suerte que apenas pudieron reembarcarse al abrigo de los muros. Luego se hicieron á la vela los bajeles franceses, y el de Castrillo sosegó fácilmente los revueltos ánimos de los naturales de los Abruzzos, y volvió á poner en paz todo el territorio.
Á principios de 1653 entró el mariscal Grancey en el Piamonte con un ejército, y juntándose con las tropas del duque de Saboya, fueron en busca del Gobernador de Milán que lo era aún el marqués de Caracena, don Luis de Benavides, con el fin de provocarle á batalla. Halláronle cuando éste entendía en esguazar el Tánaro por la Roquetta, y al punto le embistieron. Eran los dos ejércitos casi iguales en número; peleóse casi todo un día, y con tanto escarnizamiento, que los regimientos suizos que traían los franceses, faltos ya de balas, cargaron sus armas con los botones de hierro de sus vestidos; mas al fin los franceses, que habían venido á provocar la batalla, tuvieron con su retirada que confesar la derrota. Perdimos nosotros poca gente, mucha los aliados. En seguida el vencedor Caracena, amagando antes algunas plazas del enemigo, tomó cuarteles de invierno. No osaron los franceses emprender nada en la siguiente campaña; pero en la de 1655 volvieron á alimentar grandes esperanzas. El duque de Módena, Francisco de Este, obligado poco antes á pedir misericordia á España, no pudiendo llevar con paciencia la altivez de Caracena, volvió á empuñar las armas. Envió Mazzarino en su ayuda al príncipe Tomás con un trozo de ejército. Mas no bien supo el de Caracena la determinación del Modenés, entró en sus estados con respetables fuerzas, tomó á Reggio y luego se puso sobre Berzello.
No hallaron el duque de Módena y el príncipe Tomás otra traza para libertar esta última plaza, sino el poner sitio por su parte á Pavía, plaza de extrema importancia en el Milanés. Lisonjeábanse ya de conquistarla, compensando con esta sola ventaja cualquiera pérdida que tuviesen, cuando apareció Caracena; y cortando los víveres á los enemigos y acosándolos de continuo, les obligó á levantar el asedio, disminuídos ellos, él sin pérdida notable. Luego para desquitarse de no haber tomado á Berzello, redujo á Correggio á nuestra obediencia. Con esto el marqués de Caracena aumentó su reputación sobremanera; y como la Corte pusiera mayor atención en Flandes que en ninguna otra parte, le envió allá, trayendo de allí en cambio para gobernar estas armas al conde de Fuensaldaña. No era el nuevo general, ni muy antiguo, ni muy experimentado en las armas, ni los sucesos le daban por muy afortunado tampoco; pero poseía cierta firmeza de carácter y habilidad, y estaba sobre todo en Madrid bien visto, cualidad bastante á la sazón para desempeñar cualquier cargo.
Fueron á decir verdad, no desafortunadas sus operaciones. En un encuentro empeñado rompió buena parte de las tropas de Módena; mas el Duque, con los nuevos refuerzos que le enviaron los franceses al mando del duque de Mercoeur, que vino á reemplazar al príncipe Tomás de Saboya, muerto en aquellos días, juntando hasta catorce mil hombres, fué con ellos sobre Valencia del Pó. Defendióse ochenta días la plaza; pero tuvo al fin que rendirse, porque Fuensaldaña no pudo socorrerla, aunque lo intentó por dos veces, y á pesar de haber obtenido notables ventajas á campo raso contra las tropas modenesas que acudían al cerco, no logró levantarle. Recibió Fuensaldaña algunos refuerzos del Emperador; mas la falta de dinero, y por consecuencia de pagas y bastimentos, impidió sacar provecho alguno. Sitió á Valencia del Pó y no pudo recobrarla, porque acudieron al socorro los enemigos; mas en cambio impidió á éstos, mandados por el Modenés y el príncipe de Conti, con varias y acertadas combinaciones, que se apoderasen de Niza de la Palla, sitiada todo un mes por ellos. Rindieron sin embargo á Mortara y los pequeños fuertes de Varas y de Novi, y Fuensaldaña no pudo apoderarse de Borzello que de nuevo tenía sitiada. Así hallaron por allí la paz nuestras armas. Fuensaldaña, á pesar de que no cesaba de suplicar al Rey que hiciese la paz á toda costa, dando sino el Milanés por perdido, supo mantener con su firmeza por aquellas partes, no sólo nuestro dominio, sino también el respeto de nuestras armas.