Mas donde verdaderamente lucharon con encarnizamiento durante el último período de la guerra españoles y franceses, fué en las provincias de Flandes y no poco en el interior de la misma Francia, al calor de las disensiones. Allí fueron varios y continuos los sucesos, no pocas las complicaciones; y para tratar de todo ello es preciso explicar y relatar algunas cosas, que, tanto en España, como en Francia, ocuparon por largo tiempo la atención de los Ministros y diplomáticos. Dejamos al príncipe de Condé en Flandes, y en unión con nuestros capitanes. Dióle la Corte de España, deseando utilizar sus talentos, título de Generalísimo y tales consideraciones como obtenía el mismo archiduque Leopoldo. Puesto al frente de un trozo de nuestro ejército con algunos regimientos levantados por él para servir á su patria, y que ahora seguían su bandera, recobró á Rethel y tomó á San Menehould dentro del territorio francés.

Desquitóse de estas pérdidas Luis XIV, recobrando la importante plaza de Bourg en Guyenne, mal defendida por D. José de Osorio que allí mandaba y reduciendo á su obediencia á Burdeos, puesto en armas por el príncipe de Conti, al calor de una armada que al mando del barón de Batteville y del marqués de Santa Cruz se dejó ver á la embocadura del Garona. Teníamos ocupados muchos puestos á la embocadura del río y sin duda no cediera la ciudad de Burdeos al enemigo si Lormont que la aseguraba, no hubiera sido vendida á Mazzarino por la guarnición irlandesa que allí tenía España. Con Burdeos tornaron á obedecer á su rey Livourne, Perigueux y otras plazas, no poco revueltas también por aquellos días, en las provincias occidentales de Francia. Al Oriente por la parte de Flandes, el príncipe de Condé, el conde de Fuensaldaña, y el duque de Lorena, salieron á campaña con hasta veinticinco mil hombres, recorrieron las riberas del Soma y sitiaron la plaza de Rocroy, de funesta memoria; guardaron esta vez los desfiladeros vecinos de forma que no pudiese venir el socorro, y por fin la rindieron. Poco faltó para que se malograse esta empresa por la discordia que sobrevino entre el Príncipe y el de Fuensaldaña. Acudió á componerlos, desde Bruselas, el mismo archiduque Leopoldo, y no tardó en disputarle el de Condé con el título de Generalísimo, que tenía ciertas preeminencias, por manera que tomó aún mayores proporciones la discordia. Medió el duque de Lorena y se terminaron las diferencias; pero á los pocos días fué preso el propio Duque y enviado á España.

Ocasionó esto grande y más peligrosa discordia; algunos regimientos loreneses se pasaron á los franceses; muchos soldados y capitanes sueltos hicieron lo mismo, y del resto de las tropas auxiliares del Duque se confiaba tan poco que apenas se sacó de ellas partido alguno. Sin embargo, continuaron al servicio de España gobernadas por Francisco, hermano del duque Carlos. Acusaban al Duque de mantener inteligencias con Francia, y de andar en tratos de paz con aquella potencia; mas esto no estuvo nunca bien justificado. Y cierto que la conducta del duque Carlos no era para engendrar tales sospechas; él había abandonado el partido de Francia por el partido de la casa de Austria; la había servido eficazmente por su persona y con sus súbditos contra todo género de enemigos, y había empleado en su provecho sus talentos militares, que eran grandes y la sangre de sus soldados; había perdido por ella su hacienda y estados. Ni el Imperio antes ni ahora España, tuvieran mejores aliados, y principalmente esta última, por la cual, aun viéndola en tanta decadencia, luchaba heroicamente en Flandes. Dícese que entibió su ardor en los últimos tiempos; mas para olvidar tantos servicios y castigarle tan duramente, era preciso que más que tibieza se advirtiera en él clara defección. Y aun así y todo sería de dudar si á un Príncipe soberano, aliado nuestro, y no vasallo ni feudatario, podíamos sin justicia castigarle porque se fuese de nuestro partido. Mas el hecho fué que Fuensaldaña, en quien descansaba entonces nuestra Corte todos los negocios de Flandes, recibió órdenes reservadas para ejecutar la prisión; que la hizo con gran sigilo, sin que el Archiduque pusiera de su parte más que la confirmación de tal medida, y que vino á España, donde, encerrado en el Alcázar de Toledo, estuvo maldiciendo nuestra ingratitud hasta la conclusión de la paz.

Entre tanto se perdió Stenay, una de las plazas rebeldes contra el Rey de Francia por el lado de Flandes. Para distraer á los franceses de aquel sitio se emprendió el de Arras, que nos fué muy funesto por la división de los capitanes y el desorden del ejército, de ella y la prisión del de Lorena ocasionado. Era el ejército de hasta doce mil infantes y diez mil caballos. Mandábanlo el archiduque Leopoldo y el príncipe de Condé, los cuales atacaron tan mal la plaza, que en cincuenta días no lograron aportillar los muros. Su línea de cinco leguas de circuito tardó tanto en cerrarse, que hubo tiempo de sobra para que las abasteciesen los franceses y reforzasen su guarnición. Luego los mariscales de Turena y de la Ferté, con diez y ocho mil hombres escasos, acudieron á levantar el cerco, situándose á media legua de la plaza. Propusieron unos capitanes ir á atacarlos, otros mantenerse en las líneas; y el ejército francés recibió, al mando del mariscal de Hocquincourt, un gran refuerzo. Todavía era posible sorprender á este último por tener separado su campo del de Turena con notoria imprudencia; mas no pudieron ponerse de acuerdo tampoco nuestros capitanes. Pasaron días, nuestro ejército se desatentó y se debilitó sobremanera, y al fin Turena, bien tomadas sus disposiciones, embistió por todas partes nuestros cuarteles. Fué forzado casi sin defensa el cuartel de los loreneses, y con muy poca el de españoles, que mandaba D. Fernando de Solís, y se comunicaron los enemigos con la plaza; entonces el Archiduque con algunos cabos y poca gente se retiró á Douay; el príncipe de Condé con el General de la caballería española y la mayor parte del ejército se vino en buen orden á Cambray, y Francisco de Lorena amaneció en Valenciennes fugitivo. Perdióse la artillería y bagajes. Consecuencia de este descalabro fué el que Turena recobrase en Francia á Quesnoy, la Chapelle y otras plazas, y rindiese, á pesar de su esforzada defensa, la importante plaza de Landrecy, sin que el príncipe de Condé pudiera recobrar lo perdido.

Acabó de disgustar también aquel revés al archiduque Leopoldo, harto disgustado ya con la falta de recursos y con la confianza que la Corte de Madrid hacía en Fuensaldaña, el cual gobernaba verdaderamente todas las cosas en mengua suya, y solicitó que se le dispensase del cargo. Eran entonces los principios del año de 1653, y nuestra Corte, viendo cuán poco adelantaba con la alianza de Condé y sus parciales, atribuyendo no sin razón mucha parte al poco concierto de los generales, oyó bien la solicitud del Archiduque y determinó enviarle sucesor apartando de allí á la par al conde de Fuensaldaña, ya mal visto de muchos. Habíase granjeado el archiduque Leopoldo el amor de los pueblos, que habían de sentir naturalmente su ausencia; necesitábase reemplazarle con persona de autoridad bastante para que no se le echase tanto de menos, y al propio tiempo era evidente que, sin autoridad y sin conocimiento de las armas, no podía haber gobernador que bien lo fuera donde estaba el príncipe Condé. Todo esto hizo recaer la elección en D. Juan de Austria, que estaba casi ocioso en Cataluña.

Fué con efecto D. Juan á desempeñar su cargo, no sin padecer antes en la mar muchos azares, y con él, para acompañarle en el mando, se destinó al marqués de Caracena D. Luis de Benavides, entrando en lugar de este á gobernar á Milán el conde de Fuensaldaña, como atrás hemos visto. Dieron los nuevos capitanes en Flandes excelente comienzo á su Gobierno. Sitiaban los mariscales de Turena y de Ferté la gran plaza de Valenciennes con un ejército de treinta mil hombre y mucha y buena artillería: defendíala D. Francisco de Meneses, su Gobernador, con extraordinario esfuerzo, de manera que los enemigos no adelantaban un punto. Pero sin embargo, D. Juan de Austria con Caracena y el príncipe de Condé, determinaron socorrerla, y lo ejecutaron felicísimamente. Estaban los Mariscales franceses acampados, el uno en una y el otro en otra de las orillas del Escalda, que baña la ciudad, á fin de estrecharla por todas partes. D. Juan y el de Condé rompieron las exclusas en Bouchain, é inundaron ambas riberas del río, de suerte que no era posible caminar por ellas. Al mismo tiempo se pusieron en marcha por terreno seco hacia el cuartel del mariscal de la Ferté: llegaron sonada la media noche y lo embistieron, de manera que en un momento lo arrollaron todo, poniendo á los franceses en completa derrota.

Tuvo el marqués de Caracena la gloria de ser el primero que plantase nuestro estandarte sobre las trincheras enemigas. No pudo Turena enviar á su compañero refuerzo alguno, porque no consentía el paso de los infantes y caballos la inundación de la ribera, y así todo el trozo de ejército de la Ferté fué destruído. Siete mil cadáveres quedaron en el campo de batalla, y cuatro mil prisioneros, entre los cuales se contaban el mismo la Ferté, y hasta sesenta y siete capitanes de menor cuenta; todo el bagaje, artillería y banderas vinieron á poder nuestro. Turena entonces tuvo que alzar el cerco y retirarse en buena ordenanza. Fué el fruto de esta victoria la toma de Condé, con lo cual se terminó la campaña de 1656. Para la siguiente tuvieron ya que luchar D. Juan de Austria y Condé con un nuevo enemigo. Este era Cromwel, protector de la República de Inglaterra.

Aquel príncipe de Gales, que estuvo para ser cuñado de Felipe IV, tan rencoroso con España siendo ya Rey, había muerto en un cadalso á manos de sus propios vasallos, con el nombre de Carlos I. El pueblo inglés, puesto en armas contra su Rey, después de vencerle y degollarle, depuso sus iras y se entregó á merced de aquel afortunado aventurero. Cromwel fué más tirano que nunca lo hubiese sido Carlos I, y el pueblo, como suele suceder, llevó ahora con paciencia cosas mayores que las que antes pusieron las armas en sus manos. Europa, ocupada en aquellas encarnizadas luchas entre católicos y protestantes, entre la casa de Austria y sus enemigos, no prestó grande atención en los principios á aquellas turbulencias; aun hubo naciones, como Francia, que contribuyeron á exacerbarlas para tener distraída á Inglaterra y otras, como España, que celebraban en secreto las amarguras del rey Carlos, recordando las ofensas que le debían. Ni aun llegado el trance de la muerte de aquel desdichado Príncipe, lloraron los demás Príncipes tanto como debieran el ejemplo fatal que se ofrecía á los pueblos, y la lección que acababa de escribirse en la historia, atentos sólo á lo presente. Ciegos con sus odios, y desvanecidos con sus empeños, antes se pararon á ver el partido que podían sacar de tal acontecimiento, que no las consecuencias que de él habían de deducir y recoger los tiempos futuros. Así unas primero, otras después, todas las Potencias fueron reconociendo á la República inglesa.

Señalóse España por haber sido en esto la primera. Verdaderamente en el punto en que estaban las cosas, luchando á solas contra Francia y Portugal, la alianza de los ingleses podía reputarse, no sólo por útil, sino aun por necesaria. Imaginó D. Luis de Haro aprovechar el despego con que en los días que siguieron á la muerte de Carlos I miraban todas las naciones á Cromwel para solicitar su alianza, y por lo mismo se apresuró á reconocerlo. No se descuidaron Portugal y Francia en entablar iguales negociaciones, y entonces el astuto Cromwel comenzó á prevalerse del deseo de tales Potencias para entretenerlas á un tiempo, hoy dando, mañana quitando esperanzas, ya inclinándose á una, ya á otra, con el objeto de sacar más ventajas de su alianza. Hubo, pues, en Londres, una larga lucha diplomática, en la cual el marqués de Leyden y D. Alonso de Cárdenas, Embajadores nuestros, ordinario el uno, el otro extraordinario, hicieron desesperados esfuerzos por traer al astuto protector al partido de España, y aun pudiera decirse que humillantes. Mas en tanto que se afanaban por lograr la amistad del protector, aconteció en Madrid un desagradable suceso.