Fué el caso, que habiendo enviado Cromwel á nuestra Corte con título de residente á Antonio Ascham, uno de los más decididos parlamentarios y parcial suyo, al día siguiente de su llegada fué asesinado en su propia casa por cierto inglés realista, de los acogidos á nuestro suelo, queriendo castigar en él la parte que había tomado con su voz y voto en el suplicio de Carlos I. Sintiólo mucho nuestra Corte, y titubeó algún tiempo entre la aprobación que el hecho de aquel realista le merecía y la amistad de Cromwel, deseando hallar medio de conciliar ambos afectos: para ello se dió tiempo al agresor á que se acogiera en sagrado, y luego se dieron órdenes rigurosas á un alcalde de Corte de que lo redujese á prisiones. No entendió el alcalde las ocultas miras de la Corte, y lleno de indiscreto celo puso tales asechanzas al inglés y se valió de tales amaños, que logró sacarlo del sagrado, poniéndolo á disposición de los Tribunales. Entonces estos no pudieron menos de condenarle á muerte; y la Corte, aunque llena de dolor, no tuvo aliento para renunciar á la amistad de Cromwel, y dejó ejecutar la sentencia castigando indirectamente al alcalde. Pero Cromwel, lejos de contentarse con tan dolorosa satisfacción, no dejó de hacer cargos á nuestra Corte sobre la muerte de Ascham, y no tardó en urdir contra nosotros una trama miserable.

Era costumbre en Londres, que á la entrada de cada nuevo Embajador asistiesen los coches y séquito de los demás Embajadores para honrarle; y en tales casos se seguía en la colocación de los diversos carruajes el orden de dignidad y grandeza que alcanzaban las naciones; de modo que hasta entonces los de España habían ido siempre delante de los de Francia. Llegó á Londres un Embajador de Suecia: salieron como siempre á recibirle los carruajes de los demás, y caminando el del Embajador de España como de costumbre, se le interpuso el carruaje del francés y pasó adelante. Al punto los españoles de la servidumbre del Embajador pusieron mano á las espadas y obligaron á los franceses á volver á su puesto. Pero Cromwel, de acuerdo ya con ellos, tenía apostados por aquellas inmediaciones un trozo de soldados, los cuales acudieron al rumor de la pendencia, y so pretexto de poner en paz á españoles y franceses, dejaron á éstos que pasasen delante. El asunto, aunque parecía trivial y pequeño, no era sino de grande importancia en aquellos tiempos de etiqueta diplomática, y el marqués de Leyden, hombre de gran valor y carácter, que como General de la mar había ya defendido una vez á Dunquerque de los franceses, se quejó duramente á Cromwel; mas no obtuvo satisfacción alguna, y poco después, desesperando de lograr nada, se volvió á Flandes.

No tardó en seguirle D. Alfonso de Cárdenas; porque Cromwel, quitándose al fin la máscara, ajustó un tratado con Mazzarino, por el cual se comprometió á declarar la guerra á España, embistiéndola con todas sus fuerzas marítimas, y á dar seis mil hombres al Rey de Francia para sitiar de nuevo á Dunquerque, plaza que tomada, debería quedar á disposición de Inglaterra. No faltó allá durante las negociaciones quien representase á Cromwel como más favorable á la nación la alianza de España que no la francesa, á fin de mantener el equilibrio entre las dos Potencias; pero el protector, con funesta sagacidad, se empeñó en ponerse en contra nuestra. Decía con razón que Francia no tenía colonias, ni navegación, ni comercio que pudiera ser presa de la armada inglesa como tenía España; que la guerra contra Francia podía ser muy gloriosa á Inglaterra, pero que no la proporcionaría provecho alguno, y que la rica y abandonada herencia de España, con poca dificultad y coste, si bien con menos gloria, estaba convidando al saqueo. No bien fué conocido el Tratado, mandó Felipe IV que todas las mercadurías y buques ingleses que hubiese en sus reinos, fuesen confiscados; pérdida inmensa para aquella nación, y medida, si no justa porque no podía serlo tal despojo, osada al menos y proporcionada al género de hostilidades y daños que de Cromwel podían temerse. Este ordenó equipar al punto armadas que atacasen á nuestras colonias y persiguiesen á nuestros buques en todos los mares; pero en Flandes fué donde se sintieron los mayores golpes.

Vinieron en los principios de 1657 á reforzar el ejército del mariscal de Turena seis mil ingleses escogidos de los veteranos de la revolución, al mando del coronel general Renols, caudillo muy nombrado en la guerra civil. Ya D. Juan de Austria y el príncipe de Condé habían recobrado á San Guillain, y forzado al enemigo á alzar el sitio de Cambray. Juzgóse que la primera empresa de los enemigos aliados sería el sitio de Dunquerque, y por lo mismo se metió Condé dentro de la plaza con numerosa guarnición y escogida. Tal era en verdad el intento de Turena; pero no osó, al saber las prevenciones, llevarlo á cabo, y fué á ponerse sobre Bourbourg, plaza pequeña y mal defendida que rindió en horas. De allí fué á San Venant y la tomó, y luego precisó á los nuestros á levantar el campo de delante de Ardres; por último, sitió á Mardik, fortalecida y guardada por los españoles, tomóla en ocho días, y la puso en manos de los ingleses mientras que cumplía el Tratado rindiendo á Dunquerque.

Ni tardó en conseguir esto con la ayuda poderosa de Inglaterra. Mediado el año de 1658, una armada inglesa de veinte navíos de guerra cercó la boca del puerto de Dunquerque, y seis mil ingleses más, también escogidos y veteranos, al mando de milord Lokart, vinieron de Inglaterra á reforzar el ejército de Turena. Repartiéronse luego los cuarteles, y pronto estuvo aquella ciudad estrechamente sitiada por mar y tierra, viniendo al campo el mismo Luis XIV para alentar á sus soldados. En tanto halló medio el de Leyden, antes Embajador en Inglaterra, para atravesar las líneas enemigas con alguna gente y socorros, y atendió con mucho acierto y valor á defender la plaza. Los sitiadores metidos entre ella y Furnes y Bergues y Niwport, que estaban en nuestro poder, no podían recibir los bastimentos sino por la parte del mar; de modo que su posición era peligrosa. D. Juan de Austria y Condé, con hasta quince mil hombres, vinieron á agravarla, presentándose por el camino de Furnes hacia las Dunas, distantes como tres cuartos de legua del campo; venían con ellos el marqués de Caracena, el mariscal de Hocquincourt, del partido de los Príncipes y el duque de York, hijo del desventurado Carlos I, hermano del pretendiente Carlos II, y luego infeliz Rey de Inglaterra, que estando al servicio de Francia se había pasado al de España por causa de la liga ajustada entre aquella Potencia y Cromwel, obteniendo de nuestra Corte el título de Capitán general de la armada del Océano. Tal ejército y con tales capitanes, dejaba esperar que al enemigo se le frustraría el intento de apoderarse de la plaza; mas no sucedió así por desgracia. No creyeron ni D. Juan ni Condé que el ejército anglo-francés viniese á ofrecerles batalla; porque encerrado como estaba entre ciudades nuestras, una rota le habría traído á perdición completa. Por otra parte, no tenían ellos todas sus fuerzas; faltaba la artillería que habían dejado muy atrás por acudir más pronto, y no poca parte de la infantería: por manera que á la sazón eran muy superiores los anglo-franceses. Así, pues, no imaginando que los otros viniesen á atacarlos, ni queriendo ejecutarlo ellos hasta tener dispuestas todas sus cosas, estuvieron nuestros Generales dos ó tres días sin emprender cosa de importancia, ocupados sólo en hacer reconocimientos y facciones.

Uno de tales reconocimientos le costó la vida al mariscal d'Hocquincourt. Mas Turena, que sabía que don Juan y Condé aguardaban refuerzos, que no tenían artillería, y que eran entonces muy inferiores en número, aprovechó hábilmente los momentos, y al amanecer de un día, cuando nadie lo esperaba en nuestro campo, vino sobre él en orden de batalla. Formóse apresuradamente nuestro ejército, apoyando su derecha en aquellas mismas Dunas, tan fatales ya otra vez para nuestras banderas, extendiendo el centro y ala izquierda por las arenosas llanuras, testigos medio siglo antes de la rota gloriosa de nuestras armas. Mandaba la derecha, D. Juan de Austria con los españoles; la izquierda, el príncipe de Condé con sus regimientos propios y otras tropas extranjeras, y éstas componían también el centro.

El marqués de Castelnau con los franceses, y milord Lokart, con la vieja infantería inglesa, embistieron las Dunas, que eran, como hoy se dice, la llave de la posición de los nuestros: defendiéronla los españoles con valor; pero fué inútil, porque en la playa que se extendía entre las Dunas y el mar no se había puesto alguna guarda, á causa de estar muy alta la marea cuando se formó el ejército en batalla, y ahora bajando la marea dejó abierto allí bastante espacio para que pasase un Cuerpo de caballería francesa, el cual, cogiendo por la espalda á los españoles, los puso en derrota. Deshechos éstos, lo demás del ejército no pensó ya más que en huir, dejando tres mil hombres muertos en el campo, más en la fuga que en la batalla, y muchos prisioneros. Debieron el triunfo los enemigos á la infantería inglesa, si es que puede decirse que alguno ganara allí la gloria; la verdad es que con la imprevisión de D. Juan de Austria en no guardar la playa ó caleta entre el mar y las Dunas no había lucha posible, era inevitable la derrota de nuestro campo. Vergonzosa derrota esta segunda de las Dunas, y harto diferente de la primera donde el honor quedó por los vencidos.

De resultas de ellas tuvo que capitular Dunquerque, mas no antes de que muriese de sus heridas el valeroso marqués de Leyden; pasó á manos de los ingleses, según lo pactado, y Link, Dixmunda, Gravelinas, Furnes, Oudenarde, Ypré y otras plazas importantes abrieron luego sus puertas, sin hacer las más resistencia al enemigo. Estos fueron los últimos sucesos de aquella guerra en Flandes. D. Juan de Austria, aunque tan culpado en aquella derrota, fué llamado á España para mandar el ejército de Portugal, y en su lugar vino al Gobierno de Flandes el archiduque Sigismundo, con gente de refuerzo que enviaba el Emperador; mas no hubo ocasión de probar al nuevo capitán, terminada ya la guerra.

Una armada inglesa en tanto, compuesta de diez y siete bajeles de guerra y muchos de transporte, con buenas tropas, al mando del almirante Pen y del general Venables, se presentó delante de la isla de Santo Domingo. Hecho el desembarco, la gente inglesa se dirigió á la capital; mas en el camino fué detenida por los españoles que á toda prisa acudieron á la defensa; y cincuenta mosqueteros, apostados en un bosque, hicieron de modo que la pusieron en desorden, obligándola á retirarse á sus bajeles, con pérdida de seiscientos muertos, trescientos heridos y doscientos prisioneros. Pen y Venables, avergonzados y temerosos de volver á la presencia de Cromwel con el cuento de tan impensada desdicha, determinaron intentar nueva empresa, que fué harto más feliz para ellos. Llegaron delante de la Jamaica, que estaba completamente desguarnecida y sin armas, desembarcaron pacíficamente, y tomaron posesión de la isla. Amagaron luego los ingleses á Cuba y Tierra-firme, sin fruto alguno. Pero el almirante Blake, con una armada poderosa, vino á esperar delante de nuestras costas los galeones del Perú, ricamente cargados como siempre, mediado el otoño de 1656; y uno de sus segundos, Stayner, con siete bajeles que mandaba, hallándolos en número de cuatro con otras tres naves, á vista de la playa de Sanlúcar, que ya saludaban gozosos después de tan largo y peligroso viaje, embistió furiosamente con ellos, logrando tomar, después de una esforzada defensa, el que mandaba don Luis de Hoyos, perdiéndose además dos de las naves en el combate.

Habíase formado en Cádiz apresuradamente una armada á cargo de D. Pablo de Contreras para salir á buscar los galeones; pero se le dieron tales órdenes de excusar la batalla, que por no desobedecerlas no pudo evitar la pérdida. Fuera mejor para esto no disponer tal armada. Al año siguiente, en la bahía de Santa Cruz de Tenerife, acometieron Blake y Stayner otra vez á los galeones, y defendiéndose heroicamente sus tripulaciones, diéronlos al fuego antes que rendirlos, perdiéndose las riquezas y muchos hombres. No pudimos vengar estos daños de los ingleses, y la muerte de Cromwell terminó dichosamente tales hostilidades casi al propio tiempo que, abiertas de buena fe entre España y Francia las negociaciones para la paz, se ajustó ésta con el nombre de Paz de los Pirineos, acabándose aquella lucha tremenda y decisiva que había durado veinticinco años.