Ya la Francia la deseaba, si no tanto como España, bastante al menos para que corriendo el año de 1656 entablase en Madrid tratos que no llegaron á buen término por ciertas condiciones que parecieron inadmisibles. La principal era el matrimonio de la infanta María Teresa, hija mayor de Felipe y heredera de la Corona, con el joven rey Luis XIV, con lo cual se habrían juntado en una las Coronas de Francia y España. No quiso Felipe IV dar oídos á semejante pretensión; antes pretendía casarla con el archiduque Leopoldo de Hungría, que fué luego Emperador, imaginando acaso reunir de nuevo el Imperio con España. Verdaderamente el primer matrimonio era inadmisible. España no podía ni quería unirse con Francia, que mucho más poblada y más próspera no habría tardado en dominarla y convertirla en una de sus provincias; ni había apariencias de que la Europa, que á tan duras penas consintió luego en que un Príncipe francés viniese á ceñir esta Corona, tolerase unión semejante á ningún precio. Pero el intento de reconstituir la colosal herencia de Carlos V, juntando otra vez la Corona imperial con la católica, no era menos aventurado, y señalaba bien á las claras cuánto el espíritu de familia mantenido y avivado por el matrimonio de Mariana de Austria imperaba en Felipe. Ello fué que el no haber obtenido Luis XIV la Infanta por esposa prolongó dos años la guerra. Pero habiendo dado á luz la reina Doña Mariana á fines de 1658 un hijo, el cual tuvo por nombre D. Felipe y murió más tarde sin llegar á heredar la Corona y desvanecidos por lo pronto los temores de unión de las dos Coronas, volvieron á entablarse los tratos.
Acogiólos Francia con favor, porque su tesoro estaba de todo punto exhausto, y muerto Cromwell no podía contar con la alianza de Inglaterra, al paso que Holanda, los Príncipes alemanes y los potentados del Imperio comenzaban á mirar su grandeza con la misma envidia y recelo con que habían mirado la de España. Temió agotar sus fuerzas y exponerse á perder todo lo ganado, y se apresuró á ceder algo discretamente. Así se hubiera hecho en España cuando era tiempo de hacerlo. Ahora si Francia necesitaba de la paz, júzguese cuánto la necesitaríamos nosotros: estábamos ya sin aliento, sin vida; no quedaba sangre en nuestras venas, ni oro en nuestras arcas, semejante la nave del Estado á aquéllas desarboladas y sin timón, que sin poder moverse para esta ó la otra parte, ni mantenerse fijas en un punto, son en el Océano miserable juguete de los vientos y ludibrio de las olas. Tres meses duraron las negociaciones para la paz entre D. Luis de Haro, Marqués ya del Carpio por muerte de su padre, y conde-duque de Olivares por herencia del tío, y el cardenal Julio Mazzarino, que á tan justo título podía jactarse de haber dado cima á la obra de Richelieu. Fué el lugar de ellas una casilla de madera construída de por mitad en una isla del Bidasoa, llamada de los Faisanes, media legua de Irún, en la raya de España y Francia, y que se supuso que pertenecía á ambas Coronas. Concertáronse las negociaciones en ciento veinticuatro artículos que forman aquella paz famosa de los Pirineos, tan importante en la historia de España. Por ella cedimos á Francia, en el condado de Artoys, las ciudades de Arras, Hesdin, Bapaume, Bethune, Liliers, Lens, el condado de Saint Pol, Terouane, Pas y, en fin, toda la provincia menos Saint Omer y Ayre con sus dependencias: en Flandes á Gravelingas, con los fuertes de la Esclusa, de Felipe y de Tuttin, á Bourboug y Saint Venant; en el Haynaut á Landrecy y Quesnoy; en el Luxemburgo á Thionville, Montmedi, Dambilliers, Ivoy, Chavancy y Merville, y además Avennes, Filipeville y Mariembourg. Por la parte de España cedimos también los condados de Rosellón y Conflent ó Conflans, señalando por límites entre las dos naciones la cima de los montes Pirineos; de modo que todo lo del lado de acá quedase á España, y todo lo del lado de allá á Francia. Obligámonos á restituir á Rocroy, Chatelet y Limchamp, plazas conquistadas en Francia durante el último período de la guerra. Con estas pérdidas hay que juntar la de Dunquerque, que tenía cedida Luis XIV á los ingleses. Francia nos devolvió á cambio de estas cesiones el condado de Charolois y las plazas de Borgoña, en Flandes Oudenarde, Dixmunde, Fournes, Nerville sur la Lys, Menin, Commine, la Bassé, Bergues, Saint-Vinos y otros fuertes y lugares sin importancia; en Italia á Mortara y Valencia del Pó; en Cataluña á Rosas, Cadaqués, Urgel, la Bastida, Ripoll y el condado de Cerdania.
No es fácil suponer ahora qué mayores ventajas pudieran obtenerse del Tratado; quizá Francia persistiría en conservar las conquistas con que más podía perjudicarnos, negándose á devolver las plazas y territorios que más nos conviniesen. Pero hay harta ocasión á recelar que faltó acierto en las negociaciones. Jamás pudiendo debimos abandonar el Rosellón, y á cambio bien pudiera darse doble territorio en Flandes, con que la Francia ganara más y nosotros perderíamos menos. El interés de Francia, si la inclinaba á poner en el Pirineo su frontera meridional, tanto ó más pudiera inclinarla á extenderse hacia el Rhin, que es su natural frontera por la parte de Oriente y la más necesitada de defensa; porque si detrás del Pirineo está España, detrás del Rhin está todo el continente. Parece, pues, que si D. Luis de Haro hubiera sabido traer á su pensamiento tales ideas, con más ó menos costa se hubiera alcanzado algún concierto menos desfavorable. Ni fué el de ceder el Rosellón el único yerro que se cometió en el Tratado: de las mismas plazas de Flandes se cedieron también muchas de las más importantes, y se recuperaron otras que no lo eran tanto y que desde luego podían darse por perdidas. Acaso Mazzarino, hablando como vencedor al de Haro, le forzó á aceptar aquella repartición absurda de plazas que nos daba las del Franco Condado, aisladas é indefendibles de todo punto en la guerra, al propio tiempo que nos quitaba tantas otras enclavadas en nuestras provincias é indispensables para su mantenimiento.
Lo mismo este yerro que el anterior engendran naturalmente la sospecha de que tanto como la mala fortuna de la guerra, nos perjudicó en el Tratado la ineptitud de D. Luis de Haro. Tras de no tener este Ministro suficiente talento para comprender los grandes y verdaderos intereses políticos de España, era muy ignorante y de todo punto desconocía los territorios y localidades. Así todo se le volvía, según cuentan, dar largas á las negociaciones, poner estorbos, negar las cosas más sencillas y desconfiar de Mazzarino. Éste, por el contrario, con alta idea de las cosas de Estado y especial de los intereses y conveniencias presentes y futuras de Francia, poseía además perfecto y minucioso conocimiento de las plazas y territorios y de su importancia militar y política. Sagaz y diestro á maravilla, sabía afectar indiferencia por las cosas que más deseaba, y empeñarse en pequeñeces que el nuevo conde-duque de Olivares le disputaba tenacísimamente; cedía luego, y á la sombra de la aparente derrota, ganaba verdaderos y ricos triunfos. Tal retrato hacen las historias de la época de los dos negociadores, y cierto que confirma completamente nuestras sospechas: quizá perdió España, como arriba decimos, tanto como por las armas en las negociaciones del Tratado.
No salieron tampoco muy bien librados nuestros aliados el duque de Lorena y el príncipe de Condé. El primero, preso ya en España por desconfianza de su persona, y, por tanto, flojamente apoyado de nuestra Corte, tuvo que demoler sus fortalezas y ceder buena parte de sus Estados al Rey de Francia, quedando sujeto á más duro feudo que nunca: en cambio recobró la libertad. El de Condé, aunque hidalgamente defendido por D. Luis de Haro que quiso hasta hacerlo Príncipe soberano, dándole algunas plazas en los Países Bajos, fué combatido de tal manera por Mazzarino, su particular enemigo y émulo, que al fin tuvo que consentir en humillarse al Rey y al Cardenal, pidiendo perdón de sus últimos hechos. Y aun porque no perdiese sus dignidades y bienes hubimos de dar la plaza de Avennes y sacar la guarnición española de Julliers con otros partidos.
Más felices fueron naturalmente los aliados de Francia. Al duque de Saboya tuvimos que restituirle á Vercelli y el lugar de Cencho; el príncipe de Mónaco, Grimaldi, quedó libre del presidio español que oprimía sus Estados desde el tiempo de Carlos V, y obtuvo que se le devolviesen todos los bienes que en Nápoles y el Milanés se le habían confiscado; el duque de Módena obtuvo que saliese de Correggio la guarnición que allí solía haber de españoles. Sólo Portugal quedó en abandono de todos los aliados de Francia, y eso en los protocolos, que en la realidad fué luego otra cosa. Hizo Felipe IV este abandono, condición indispensable de la paz, no sin razón por cierto. En vano el francés propuso los más ventajosos partidos, llegando hasta á comprometerse á devolver á España todas las conquistas hechas en la guerra, con tal que el reino de Portugal fuese reconocido como independiente. Felipe y D. Luis de Haro fueron inflexibles en este punto, y Mazzarino tuvo que abandonar Portugal á su suerte en el Tratado, declarando que lo hacía por no perpetuar la guerra, pues era inevitable, de insistir en tal condición, el rompimiento de las negociaciones. Sólo pudo recabar Luis XIV una amnistía completa para todos los que hubiesen intervenido en los sucesos de Portugal, semejante á la que acababa de concederse á los catalanes, con tal que viniesen voluntariamente á la obediencia. Lástima que tal empeño en recuperar á Portugal no se hubiese puesto antes, y que luego no se hubiese llevado á cabo con más acierto y fortuna. Por último, se pactó en el Tratado el matrimonio de Luis XIV con la infanta Doña María Teresa, que era como la base y el sello de todo; ajustándose al propio tiempo un convenio particular para las bodas, en el cual la Infanta renunció completamente por sí y sus descendientes á la sucesión de la Corona de España: renuncia que no tuvo efecto en adelante, y convenio que sirvió para encender luego en España aquella larga y funesta guerra, que trajo á un nieto de Luis XIV al Trono español.
Firmada y ratificada la paz de los Pirineos, y hechos los truecos de plazas y satisfechas las más de las condiciones, se pensó en llevar adelante el matrimonio. Vino el duque de Grammont á Madrid á pedir á la Princesa; partió luego nuestro Rey con ella á la frontera francesa; hiciéronse los desposorios en San Sebastián, representando el marqués del Carpio y conde-duque de Olivares la persona de Luis XIV; entregóse la Princesa á su marido en la raya de Francia, y allí mismo conferenciaron privadamente Felipe y Ana de Austria. Solemne conferencia aquella de los dos hermanos separados por tantos años, y, por tantos aún, irreconciliables enemigos. Uno y otro tenían que referirse largos disgustos, causados los más por el vicio de la galantería, que fué en Ana de Austria como en Felipe muy poderoso. Amada por Richelieu, por Mazzarino y por muchos de los principales señores de la Corte de Francia, despreciando á unos, correspondiendo á otros, y engendrando con ésto y aquéllo despechos y envidias, puede decirse que en todas las turbulencias que afligieron á Francia durante su Regencia, tuvieron muy principal parte tales aventuras. Pero Ana tuvo bastante discreción para no entregar por afición el Poder sino á un hombre de alta capacidad como Mazzarino, y Felipe lo entregó á confidentes y terceros indignos de regir tan gran Nación como España. Así ésta perdió tanto con Felipe; y Francia ganó tanto con Ana de Austria. Harto diferente en costumbres de su padre y tía fué la infanta Doña María Teresa, que dió España á Luis XIV en garantía de la paz. Cuéntase que este Príncipe licencioso dijo al saber su temprana muerte: «es el primer pesar que me ha dado». Separáronse las dos Cortes del Bidasoa, dejando consumado un matrimonio que tan inmenso influjo había de tener en la suerte de España. Á D. Luis de Haro, por la parte principal que había tenido en todos aquellos sucesos, se le dió el título de la Paz, antes y después llevado por otros.
Mas entre tanto que se continuaba y traía á término la guerra con Francia, no estaba en abandono la de Portugal. Habíase puesto al fin, después de diez y ocho años de inercia, la merecida atención en las cosas de allá; pero fué tan tarde, que parecía todo inútil. Lo que había que hacer ya no era una guerra de recuperación, sino de conquista; porque al cabo de diez y ocho años el partido de España se había desvanecido del todo, los Grandes se habían acostumbrado á obedecer á la nueva dinastía, el pueblo la amaba ya y la miraba como suya, todas las fuerzas del Reino estaban reunidas en derredor del Trono y tenía este ya ejércitos de soldados viejos, armada y alianzas muy fructuosas con Holanda, Inglaterra y Francia. Estaban, pues, totalmente mudadas las cosas: y aun cuando el honor exigiese continuar la guerra y hacerla formalmente, bien podía recelarse la inutilidad del empeño.
Si nosotros hubiésemos gobernado bien aquellos pueblos; si hubieran estado unidos con nosotros por vínculos de amor ó de costumbres, como á pesar de todo lo estaban los de Cataluña; si aquéllos como éstos hubieran caído bajo una mano extranjera ó tiránica que los oprimiese más con menos derecho, habrían podido fundarse razonables esperanzas en el tiempo, esperando que la rebelión se confundiese á sí misma. Pero Portugal no dejó de considerarse apenas como extranjero: había sido, si no tan mal gobernado como el resto de la Monarquía, bastante al menos para el vulgo, ignorante de los altos intereses que conciliaba la unión, y los nobles, apasionados en sus agravios, pudieron desear ardientemente el restablecimiento de las antiguas cosas: había sido, finalmente, gobernado por el de Braganza, con dulzura y prudencia, ya que no con grande acierto. La misma guerra que habíamos hecho en la frontera, toda de saqueos, de robos y de exterminio, había acrecentado sobremanera el odio de aquella nación á la nuestra, inclinándola más y más al partido de la independencia.