Corría el año de 1658 cuando se imaginó hacer contra Portugal grandes esfuerzos, y ya á esta sazón el duque de Braganza, Juan IV, y su hijo Teodosio, eran muertos, sucediendo en el Trono D. Alonso, mozo de estragadísimas costumbres y flaco juicio. Quiso Dios que ni aún esta incapacidad del nuevo Rey viniese en provecho de España; y eso por causa de una española, que fué aquella funesta Doña Luisa de Guzmán, mujer del duque Juan de Braganza y madre de D. Alonso. Era aquella mujer entonces quien con más bríos llevaba el nombre glorioso de Guzmán: ella impulsó á su marido á levantarse en el Trono, y ahora sostuvo en él su hijo cuando parecía que iba á desplomarse. Así fué que aun el calor que tomó ahora la guerra, no partió tanto de España como de la altivez y atrevimiento con que osó aquella dama amenazar nuestro territorio. Juntando un ejército de hasta catorce mil infantes y tres mil caballos, con veinte cañones y dos morteros, al mando de Juan Méndez de Vasconcellos, uno de sus mayores privados y generales, emprendió el sitio de Badajoz. Pareció increíble en Madrid el propósito, y se dudó por muchos días, hasta que llegaron las nuevas de que las trincheras estaban abiertas y estrechado el cerco. Metióse dentro de la plaza á abastecerla don Francisco Tuttavilla, duque de San Germán, Capitán general de la frontera, con el Maestre de campo general D. Diego Caballero de Illescas; eran el General de la caballería D. Pedro Téllez Girón, ahora duque de Osuna, hijo del que llamaron el Grande, y el General de la artillería D. Gaspar de la Cueva, hermano del duque de Alburquerque. Comenzaron los portugueses por embestir el fuerte de San Cristóbal á cierta distancia de la ciudad, de donde fueron rechazados por el marqués de Lanzarote, D. Diego Paniagua y Zúñiga, que allí mandaba. El de San Germán, logrando meter en la plaza hasta cinco mil buenos infantes, se salió fuera á proporcionar el socorro, dejando por Gobernador al Maestre de campo Móxica. Acometieron furiosamente los portugueses; pero los de dentro rechazaron todos los ataques y les obligaron á convertir el sitio en bloqueo. Y en tanto en Madrid, cerciorada del caso nuestra Corte, avergonzada del atrevimiento de los portugueses, y viendo que si Badajoz caía en sus manos, podían penetrar sin estorbo hasta el corazón de Castilla, se determinó acudir pronta y poderosamente al reparo. Hubo un Consejo, en el cual no faltaron personas que opinasen porque el Rey saliese á campaña, entrando en Portugal con el ejército; opúsose á ello el marqués del Carpio, D. Luis de Haro, y más aún la propia indolencia del Rey; de suerte que se desechó aquello que, ahora como antes, era lo más acertado.
Era D. Luis de Haro, aunque no mal intencionado, como sabemos, celosísimo de su autoridad y receloso; recordaba que la salida del Rey al ejército de Cataluña, fué de las mayores causas que hubo para que su tío el Conde-Duque perdiera la privanza, y más que él tenía ya contra sí á la reina Doña Mariana, como aquel tuvo contra sí á la reina Doña Isabel. Tales motivos le hicieron opinar porque el Rey no fuese al ejército; y prevaleciendo su parecer, se ofreció él mismo á acudir á la empresa, aunque nunca hubiese andado en ejércitos ni entendiese de gobernarlos. Consintió el Rey en el propósito del Méndez de Haro, y éste comenzó á toda prisa á juntar fuerzas; y como no reparaba en los medios ni en la calidad de la gente, sacándola por fuerza de los cortijos de Castilla, sin darla ninguna orden ni enseñanza, pronto tuvo bajo sus órdenes hasta ocho mil infantes y cuatro mil caballos, con los cuales se juntaron luego dos mil caballos que sacó de la plaza el duque de San Germán para atender al socorro. Marchó este ejército la vuelta de Badajoz; mas se encontró al llegar con que el enemigo, no osando esperar, había alzado el cerco, hallándose tan disminuído que apenas contaba ya con once mil combatientes. Entonces el del Carpio y Olivares, achacando á propia gloria lo que era efecto de la buena defensa de la plaza y de los padecimientos de los sitiadores, cobró alientos para pasar la frontera y poner sitio á la plaza de Elvas.
Defendióla vigorosamente su gobernador Sancho Manuel durante mes y medio, y dió tiempo á que con mucho trabajo juntasen los portugueses nuevo ejército al mando del conde de Castañeda. Estaban las líneas de Elvas regularmente fortificadas en cuatro cuarteles y sostenidas por algunos reductos. Llegó á ellas el de Castañeda igual en infantería, menor en caballería; pues sólo contaba con dos mil y quinientos jinetes, y las embistió al alba de cierto día cuando los nuestros no esperaban que osase allí acometerlo, y disputaban sobre si convenía ó no salir á esperarlo. Estaba todo tan mal dispuesto, que mientras el grueso de la infantería campaba al costado izquierdo, al costado derecho por donde se dejó ver el enemigo no había más que veinte hombres en un gran fuerte y hasta ciento cincuenta más á tiro de mosquete; en cambio, ostentábanse numerosos los escuadrones de caballería. Al descubrir á los portugueses sobre las trincheras fué cuando se envió por infantería; pero aún ésta no se había puesto en movimiento, cuando ya los portugueses, arrollando fácilmente á los veinte hombres del fuerte, habían tomado posesión de él y de todas las trincheras de aquella parte. En vano el duque de San Germán, á quien tocaba el puesto, quiso defenderlo; no teniendo con quien, sólo logró que al primer encuentro lo hiriesen de un mosquetazo en la cabeza con que lo derribaron. Acudió también el de Osuna con la caballería; pero ésta era inútil para echar á los portugueses de nuestros mismos reductos y líneas donde estaban situados. Entonces todo fué confusión en nuestro campo; D. Luis Méndez de Haro, no bien oyó el estruendo de la artillería, con proceder indigno de su noble raza, tomó la fuga abandonándolo todo hasta los papeles del Ministerio; y aunque el duque de Osuna, la Cueva, Móxica y los demás capitanes rechazaron en el costado derecho á los portugueses y prolongaron por siete horas la pelea, no pudieron ya mantener firmes sus escuadrones desconcertados, sin plan ni aliento, y tuvieron que retirarse al fin con apariencias de fuga (1659), dejando en el campo la artillería, bagajes y banderas, cuatro mil muertos y hasta dos mil prisioneros. Debióse al valor del Maestre de campo D. Rodrigo Móxica que se pudiera salvar alguna gente en escuadrón formado. El y Osuna y otros cumplieron largamente con sus obligaciones.
Debió una rota de tal naturaleza hacer morir de vergüenza al Ministro y de cólera al Rey; mas ni uno ni otro hicieron demostración de cólera ó de vergüenza. El privado no cayó de la gracia del Rey; y tanto fué así, que inmediatamente le nombró para hacer aquellas paces de los Pirineos, donde anduvo, como dejamos dicho, no más acertado que en lo de Elvas. Menos desgraciada que por la parte de Extremadura fué por la parte de Galicia la campaña de 1659, y aun pudiera decirse que gloriosa. El marqués de Viana mandaba por aquella parte un pequeño ejército, que no llegaría á cinco mil hombres, teniendo por Maestre de campo general á D. Baltasar Pantoja y otros capitanes de cuenta á sus órdenes. Con estas fuerzas pasó el Miño, no lejos de Valencia, y plantó del lado allá sus cuarteles. Y habiéndole embestido el conde de Castel Melhor con fuerzas portuguesas, que serían á poco más ó menos como las suyas, peleó dos veces esforzadamente, principalmente la última, en que los contrarios fueron rotos y obligados á refugiarse en las montañas de Coura. Diéronnos estas ventajas el castillo de Lampella, situado en la misma ribera del Miño, que en pocos días capituló; luego la importante plaza de Monzao, defendida valerosamente por los portugueses durante cuatro meses de asedio, y, por último, Salvatierra y el fuerte de Portello, tomado por sorpresa. Hizo el de Viana estas conquistas contra la opinión de la Corte, que, asustada con el suceso de Elvas, le ordenaba la retirada. Pero no bien se supieron en Madrid, para darlas más importancias y hacer olvidar lo de Elvas, se restableció el antiguo Consejo de Portugal, suprimido ya por inútil, así como si de nuevo tuviese que gobernar aquel reino. ¡Ridícula jactancia! En tanto no se abrieron otras campañas, esperando á que llegase á España D. Juan de Austria, llamado de Flandes después de la derrota de las Dunas, y tomando el mando de un poderoso ejército nuevamente reunido, rematase de verdad la conquista. Vana esperanza la que se edificaba sobre tal caudillo, que tan pocas muestras había dado de ser el gran capitán que necesitaba la empresa; pero como había asistido á la recuperación de Nápoles y Cerdeña, se juzgó que en Portugal había de acompañarle la misma suerte. Y como anduviesen ya muy adelantadas las negociaciones de paz, se aguardó á terminarlas para disponer de todas las fuerzas.
Al fin en 1661 se resolvió hacer el esfuerzo final y supremo. Faltaba, como siempre dinero, y como tantas veces, se determinó buscarlo alterando el valor de la moneda, no escarmentados los Ministros con tantos desengaños. La alteración que ahora se imaginó fué la más extraña del mundo; porque consistía en repartir en cuatro cada pieza de cobre de dos maravedís, y darle valor de ocho á cada trozo, echándole la cuarta parte de plata. Hízose la mezcla, perdióse en ella cantidad de plata, falsificóse al punto mucha de aquella moneda, echándola en lugar de plata estaño, hubo la ordinaria confusión y carestía, perdióse mucho y no se ganó nada; de suerte que se prepararon las cosas de la guerra con la mayor escasez y penuria. Al mismo tiempo la mala suerte de nuestras armas en los últimos años hacía pensar á la sazón en la necesidad de reformar los ejércitos y mejorarlos antes de salir con ellos á campaña.
Así como en otros tiempos hervían los arbitristas financieros, proponiendo delirios y cosas que parecían de burlas, á no andar escritas en libros serios, sin poner en olvido la Hacienda, dedicábanse ahora los ingenios arbitristas á curar los males de la milicia española, pretendiendo cada cual con sus consejos hacerla invencible. Mas no adoptándose ninguno de los buenos pensamientos que por acaso se ocurrían, y afirmándose los errores que venían destruyendo de mucho tiempo antes nuestra milicia, vino á suceder que cada día tuviese España peores ejércitos.
El principal, destinado ahora contra Portugal, que había de entrar por Extremadura al mando de D. Juan de Austria, con D. Diego Caballero de Illescas por Maestre de campo general, D. Diego Correa por General de la caballería, y Luis Poderico, el napolitano, y otros capitanes de nombre, se componía de ocho mil novecientos infantes y cuatro mil novecientos caballos. Mucha parte de los soldados eran alemanes, walones é italianos, traídos de Flandes ó de Italia, ó levantados de nuevo en aquellas provincias y en Alemania. Sólo en la caballería se hallaba número considerable de españoles, porque en ella, contra el sentir de los antiguos capitanes y las antiguas experiencias, se cifraba el nombre escaso de nuestras armas, perdido del todo el de nuestra temible y famosa infantería. Era la causa de que hubiese ahora en el ejército muchos extranjeros, que D. Juan de Austria, incapaz de comprender las buenas y las malas cualidades del soldado español, y por lo tanto incapaz de remediar las malas, achacando á los españoles la pérdida de batallas que él con su torpeza había perdido, traía á éstos desacreditados en la Corte, sustentando que no había en sus pechos bastante aliento, ni bastante robustez en sus brazos para el ejercicio de las armas. Cosa increíble que tal hubiera quien pensase de la nación que fué durante siglo y medio el terror del mundo por solo el valor de sus armas; que hizo con sus almogávares temblar á Constantinopla, conquistando la Grecia, que redujo á Sicilia, Nápoles y Cerdeña por virtud del hierro y de la sangre de sus hijos, que contó entre sus soldados á los de Hernán Cortés y á los del Gran Capitán, cuya infantería no halló gente alemana que no devorase en Rávena, ni esguízaros que pudieran resistirla en Pavía, ni franceses en San Quintín, ni suecos en Nordlinghen que supieran disputarle el campo. Y que tal se dijera cuando apenas eran pasados veinticinco años de aquella última batalla tan gloriosa, y donde tan alto y tan superior al de todas las demás naciones se señaló el valor de España; cuando quedaba todavía alguno que otro soldado heroico de aquellos que vencieron en gloria á sus vencedores mismos en los campos de Rocroy. «Hijos espurios—exclama el marqués de Buscayolo, sabio escritor y valeroso capitán italiano—; hijos—dice—espurios y monstruosos de España, que miden los ánimos ajenos por su flaqueza, reprueban la suposición fundamental de mis proposiciones con acusar de viles é impropios para armas tan esforzadas sus nacionales. ¿Acaso estos últimos diez años han podido quitar las inmemoriales, ingénitas y siempre continuadas leyes de la generosidad española? No; que no obra tan precipitadamente la naturaleza. Son argumentos de la ferocidad y menosprecio de la muerte que persevera en los ánimos españoles las riñas y pendencias de las calles, pues ninguna nación las ejerce con mayores bríos, particularmente con espadas y rodelas. Es necesario referir las calamidades de la Monarquía á otras causas.»[21] Y tenía razón el ilustre italiano, y bien pudieron ocurrírsele al D. Juan de Austria las propias reflexiones al ver tanto valor mal gastado en este género de combates, y tan poco empleado en las fronteras; y al ver cuán deshechos andaban los antiguos tercios, cuán perdida la disciplina, cuán olvidado el buen concierto y arte de los ejércitos. Generales como él, sin otra prenda que el valor de un buen soldado y el ser hijo del Rey, capitanes elegidos, no en alguna escuela militar ó después de largos servicios, sino buscados al improviso entre los fanfarrones y acuchilladores de profesión de la corte, confundiendo el valor personal con el conjunto de dotes y calidades necesarias para el mando, ó acaso tomados entre los amigos y clientes de los cortesanos, sin tener para nada en cuenta su aptitud ó capacidad, soldados sin instrucción ni práctica, enganchados en la más vil chusma ó tumultuariamente recogidos en los campos de Castilla, no podían componer ejércitos que sostuviesen el honor de nuestro nombre. Hubiéranse restablecido las antiguas costumbres militares, la antigua honra, el antiguo estímulo, la antigua severidad en repartir los empleos y en distribuir las recompensas, y la infantería de España hubiera tornado á ser lo que fué, y en vez de avergonzar á D. Juan de Austria por su flaqueza, hubiera debido él avergonzarse de mandar con tan pocos títulos tan noble gente.
El segundo ejército de los destinados á recuperar á Portugal se puso á la parte de Castilla. Dióse el mando al duque de Osuna, D. Pedro Téllez Girón, con don Juan Salamanqués por Maestre de campo general. El número pasaría de cinco mil infantes y mil caballos, una sexta parte soldados, los otros paisanos de la comarca, quitados como se solía hacer, entre pastores y villanos. El tercer ejército, que era el de la parte de Galicia, quedó como estaba, á cargo del marqués de Viana, Capitán general de aquel reino, con la misma gente ó poco más ó menos que tuvo en las anteriores campañas. Debía el primer ejército emprender la conquista, mientras los otros hacían diversiones cada uno por su parte, sin meterse en grandes empeños. Juntóse además una pequeña armada con los pocos bajeles que quedaban, cuyo mando se dió al duque de Veraguas para que tomase la mar é impidiese los socorros, dando calor á la par á cualquier movimiento favorable que pudiera declararse por dentro del reino. Así dispuestas las cosas, se comenzó la campaña. Pero antes Doña Luisa de Guzmán, espantada de tales preparativos, juzgándose verdaderamente abandonada de las demás naciones por las paces de Munster y de los Pirineos, propuso á nuestra Corte partidos de avenencia y concierto. Dicen algunos que estos partidos no parecieron admisibles por muy soberbios; mas otros afirman, por el contrario, que hizo proposiciones verdaderamente humildísimas y demasiadas. Aveníase según éstos á reconocer al reino de Portugal como feudatario de Castilla, pagando cada año por feudo gruesas sumas, naves y gente de guerra. No siendo admitido, añádese que propuso otro más ventajoso, y fué ceder á Castilla todo el reino, quedándose solo con el rincón de Algarbe. Pero ni aun esto fué admitido; tanta se supone que era la confianza que había en la reconquista, contentándose nuestra Corte con ofrecer que devolvería á la casa de Braganza sus bienes y el Virreinato perpetuo de Portugal.
No parecen probables tales propuestas de parte de la esforzada Doña Luisa; y ello es que no tardó en renunciar á toda plática de paz. Estaban los ingleses ya aliados con ella, y no tardaron en estrechar más y más esta alianza por el matrimonio del nuevo rey Carlos II repuesto en el trono de su padre después de la muerte de Cromwel, con su hija Doña Catalina; y los franceses, deseosos de quitarnos la fuerza de la unidad sin acordarse de lo prometido en los tratados ni tener cuenta con los juramentos y compromisos tan cercanos, vinieron á asegurarla bajo mano que no la abandonarían nunca. Permitiéronla en seguida levantar regimientos enteros de sus naturales cada una de estas naciones, enviándole á porfía oficiales y dinero; Francia al mariscal de Schomberg, uno de sus mayores generales, para que tomase el mando de las armas, con hasta doscientos oficiales y sargentos veteranos que disciplinasen las tropas, cuatrocientos jinetes, y poco después seiscientas mil libras de socorro; Inglaterra tres mil infantes, mil jinetes veteranos y armas y bajeles. Bien que ésta última exigió en pago que se le entregase á Tánger, como lo hizo en efecto la de Braganza contra la voluntad de los vecinos; de suerte que tuvo que valerse de aleves medios, y entre otros el de hacer caer en una emboscada de moros á los más de aquellos que resistían la entrega.