Cuéntanse hasta cuarenta batallas perdidas por él, y sin duda fueron tantas ó más las que consumieron nuestra sangre sin gloria ni ventaja. Las pérdidas de territorio fueron inmensas, añadiéndose algunas en los últimos años á las que ya hubo en tiempo del Conde-Duque. El ejército lo dejó reducido en toda la Península á veinte mil soldados, y esos sin instrucción ni pundonor, cuadrillas de holgazanes y forajidos, más bien que no escuadrones y tercios. El nombre de la infantería española no se conservaba más que para designar con él, tan noble y respetado antes, á la vil turba que en los patios de los teatros se ejercitaba en silbar ó aplaudir comedias; y, al compás que se agotaban los soldados, desaparecían los Generales y capitanes. Durante todas las campañas de este reinado se oyeron sonar en los ejércitos y batallas los antiguos nombres favorecidos de la fortuna y de la gloria; pero no ciertamente para hallar nuevos favores ni acrecentarse en esplendor y grandeza. Ejército mandó un duque de Alba en Portugal, y fuera mejor para su nombre glorioso que no lo mandara, y más allí donde tan alto lo había dejado su grande abuelo; ejército mandó allí mismo un duque de Osuna, diferente también del que mereció el título de Grande; ni el D. Juan de Austria de ahora era el de los días de Felipe II; ni fué el Colona que se halló en Cataluña semejante á aquellos otros valerosos y experimentados compañeros del Gran Capitán; ni tuvo que ver el Alejandro Farnesio de Portugal con aquel ilustre de Flandes; ni los Dorias y el marqués de Santa Cruz eran marinos invencibles como sus padres. Guzmanes y Zúñigas primero, luego Toledos, Benavides, Ponces de León y Haros, al paso que perdían á la nación en el gabinete, la deshonraban en los campos de batalla, principalmente aquellos Guzmanes á quienes el mismo rey D. Felipe contaba por los enemigos más funestos que en aquel siglo hubiese tenido España, poco antes de su muerte. Guzmán, era el Conde-Duque; Guzmán la duquesa de Braganza; Guzmán el vil marqués de Ayamonte; Guzmán el de Medinasidonia; Guzmanes se hallan entre todos los que saquearon el tesoro y huyeron en las batallas y perdieron reinos. Sólo un Guzmán, el marqués de Leganés, á pesar de sus faltas, sirvió bien á la Monarquía.

Á la par que éstos, se hallaron en poder é influencia casi todos los nobles de otros tiempos, porque los favoritos han sido siempre nobles. Ya no los contenía la venganza de Fernando V, ni los oprimía el brazo de Felipe II; pero no por eso daban altas muestras de sí, á no ser en rarísimas personas, ni reconquistaban ninguno de sus antiguos derechos políticos. Si iban á los ejércitos, no era por deber ó gloria, sino por los sueldos y comodidades; por poseerlos y disfrutarlos se disputaban los destinos públicos, sin consultar si la capacidad propia basta ó no para desempeñarlos; ninguno entendía servir á la patria, sino servirse á sí propio. Veíanse también aparecer títulos nuevos; personas de humilde ó mediano nacimiento llegar á ser contados entre los Grandes; y los hábitos de las Ordenes militares sacados á pública subasta, y las ejecutorias de hidalguía vendidas á precio de pequeños servicios, acabaron de echar por tierra los cimientos de la verdadera aristocracia, al paso que se acrecentaba la vanidad general, tan pueril y tan funesta. Esta pasión de la vanidad todo lo invadía ya, de suerte que no había quien no se creyese apto para todo; unos mismos hombres gobernaban indistintamente los ejércitos y la hacienda, y fallaban litigios en los tribunales, y asistían á los consejos del Rey, y componían tal vez en los ratos de ocio entremeses y comedias. La codicia corría parejas con la vanidad. Cargábase en cada plaza y en cada ejército doble número de gente de la que había; abastecíanse á gran costa las fortalezas y armadas, y luego se hallaba que ó los bastimentos no llegaban á entrar nunca en ellas, ó se vendían á buen precio. «Por cuyo engaño, decía en aquel tiempo el buen Estebanillo González, se perdieron muchas victorias y se malograron muchas ocasiones; que de ello pudiera decir acerca de esto y de otros sucesos que han pasado y pasan de esta misma calidad, no sólo á patrones de galeras, sino á Gobernadores de villas y castellanos de fortalezas, y á municioneros y proveedores, en quien puede más la fuerza del interés, que el blasón de la lealtad.»

Vendíanse hasta las municiones de las plazas y de los bajeles; y los capitanes de las compañías buscaban algunos truanes en los lugares donde estaban, que el día de la revista asistiesen como soldados, para fingir gran número, y no llevar consigo más que la mitad del que cobraban. Así la Corte disponía que se acometiese una empresa fiando en que ya había fuerzas para ella; declarábanla por bastante los documentos y partes de los Generales, y luego se malograba porque en el trance de la batalla éramos siempre menos numerosos que los enemigos. Á la par desaparecía lastimosamente la antigua honra del nombre español; no se vió en tiempo de Carlos V ni de los dos primeros Felipes capitán ó soldado que vendiese su puesto al enemigo, y ahora comenzaron á verse de ellos ni más ni menos que en las otras naciones. En tanto la población del reino, disminuída constantemente, desde el tiempo de los Reyes Católicos, quedaba ya reducida á cinco millones y medio de almas, esparcidos por los anchos territorios de Aragón y Castilla. Y dependiendo solamente el comercio y la hacienda del caudal de las flotas de América, como no había marina que las escoltase, ó no llegaban, ó llegaban tarde á nuestros puertos, robadas y perseguidas siempre, ya por las escuadras de las potencias enemigas ya por piratas de todas las naciones, que alentados con la impunidad y el cebo de la ganancia segura, salían á buscarlas por todos los mares.

Con el nombre de hermanos de la costa ó filibusteros, llegaron los piratas á atacar brazo á brazo nuestras flotas haciendo desembarcos en Tierra Firme; y se apoderaron del islote de la Tortuga, al Norte de Santo Domingo, estorbándonos desde allí la navegación de aquellos mares. Señaláronse entre tales piratas el francés Pedro Legrand, el holandés Juan David, los ingleses Mansfeld y Scot, y un mestizo de Nueva España llamado Diego el Mulato, al cual propuso nuestra Corte con harta afrenta, hacerlo Almirante de España, con crecido sueldo y perdón de sus innumerables crímenes con tal que viniese á nuestro servicio. No dejaban los argelinos de recoger las naves que libraban bien de los Hermanos de la costa, apresándolas luego en nuestras mismas aguas; y en tanto se pedían naves de limosna á Génova, se alquilaban á los holandeses, y el conde de Castrillo, D. García de Avellaneda, siendo Presidente del Consejo de Hacienda, declaraba que era preciso renunciar á tener armada.

La justicia andaba tan perdida como lo demuestra el caso escandaloso de D. Antonio de Amada, que en 1654 horrorizó á la Corte. Era éste criado del marqués de Cañete, y por su bizarría y buenas partes muy querido de todos. Aconteció que el Marqués golpease á la mujer de uno de sus lacayos, porque quiso impedirle que hiriese á su marido. Ofendido éste determinó matar al Marqués, y ya anochecido al bajar las escaleras, escondiéndose detrás del D. Antonio de Amada, le disparó una estocada de que quedó muerto, huyendo él al punto. Fué preso Amada, y aunque protestó de su inocencia hasta lo último, fué condenado á muerte sin oirle en derecho. Hallábase con órdenes menores, y lo reclamó la justicia eclesiástica; pero no oyéndola, en el momento de ejecutarse el suplicio, envió el Cardenal Arzobispo de Toledo, con licencia del Rey, cuadrillas de frailes y de criados que robaron al supuesto reo llevándolo á casa del Prelado. No tardó la justicia ordinaria en forzar la casa de éste y llevarse al reo de nuevo ejecutando al cabo de una semana la sentencia. Todos los Grandes acudieron á favorecer al verdugo, porque con la muerte del de Cañete cada cual temía por su vida, principalmente habiendo habido un cochero que respondiese por aquellos días al duque de Pastrana «que todos eran hombres y que cada uno se tenía por hijo de su padre», palabras y temor que ha conservado Barrionuevo[25] y que bien muestran lo que era por entonces la grandeza, y el estado que alcanzaban los plebeyos. Estos, excitados por los clérigos, estaban de parte de Amada y hubo que desterrar á muchos y aun al mismo Cardenal que se negó á cumplir la orden. Temíase un conflicto entre la grandeza y el clero donde hubiera que llegar á las armas, cuando un suceso inopinado vino á llenar á toda la corte de espanto. El lacayo que había muerto al de Cañete estando á punto de morir de heridas, que se ocasionó en la fuga, declaró que D. Antonio de Amada era inocente, y que él era el culpable. La vergüenza y el dolor del Rey fueron grandes; el escándalo tal, que en mucho tiempo no se trató de otra cosa en la corte. Por los mismos días el Condestable de Castilla mató á un criado suyo, é hizo armas contra un alcalde de Corte, y el suceso fué venir á quedar sin castigo, porque ni siquiera cumplió el corto destierro que se le impuso. Tal se entendía entonces la igualdad sagrada de la justicia.

Si volvemos los ojos á las Cortes de los reinos, tampoco hallaremos consuelo alguno. Reúnense periódicamente las de Castilla; pero continúa en ellas sólo el brazo popular, y éste es impotente para hacer prevalecer sus determinaciones. Mejoróse su constitución en los primeros años de Felipe IV, logrando de este Monarca que no continuase el abuso introducido por los antecesores de nombrar ellos los procuradores de las ciudades, con que desaparecía completamente la representación del reino. Todavía, durante este reinado, se vieron sus derechos subsistentes y respetados: todavía sin votarse en ellas no se cobraron impuestos, y aun en 1632 osaron negar al Rey el dinero que pedía. Pero el Conde-Duque halló medio de reprimir aquellas centellas de libertad é independencia como á su tiempo dijimos, reconociendo en los procuradores la facultad de conceder tributos por sí propios, sin venir autorizados de las ciudades. Así, ganados ellos, todo se lograba; y en adelante no hubo más resistencia.

Poco resistieron también las de Aragón, aunque á la verdad menos solicitados y gravados sus reinos que Castilla. Valencia fué más indócil, y sobre todo Cataluña. Pero la libertad de las Cortes en estas últimas provincias, y sobre todo en Cataluña, lejos de ser favorable á la nación, fué tan funesta como atrás hemos visto. Ajenas las Cortes en esta provincia á toda idea nacional, mirando sólo su particular conveniencia, no lograron su resistencia á los despilfarros del Rey, sino que los pagase sola Castilla, y aún que Castilla atendiese sola á la defensa de todos. Luego estas mismas Cortes contribuyeron á tan lastimosos levantamientos que pusieron á punto de perderse del todo la Monarquía. La falta de libertad en los unos, y en los otros la libertad sobrada, no habiéndose conservado en todos una libertad razonable; el no haberse preferido la unidad nacional á cualquiera otra ventaja; los males del provincialismo; las desventajas de la desunión de nobles y plebeyos en Castilla, y de que aquellos careciesen de representación é influjo en las Cortes; todos los errores en fin de nuestra organización política, no corregidos por Fernando el Católico, por Carlos V, ni por Felipe II, salieron ahora á la faz de la nación. ¡Cuántas lastimosas consecuencias debían preverse! Guerras civiles, desconcierto, impotencia, todo se toca ahora, y de todo hay que acusar á Felipe IV y sus Ministros. Eran males escondidos en el seno de nuestra organización política; pero las torpezas de aquellos hombres los exacerban y los suscitan, y aunque no los producen, los hacen nacer. Hacemos estricta justicia. Tampoco ha de contárseles por únicos responsables en el mayor mal que hubieran producido la intolerancia religiosa y el rigor de la Inquisición, que era la ruina intelectual de España. Ni esta ruina, ni siquiera la decadencia, se conocieron en los primeros años de Felipe IV. Dijimos ya en tiempo de Felipe III, que todo el poder intelectual de la nación se había consagrado á la literatura: esto se vió más y más en el reinado que acabamos de narrar, hasta que le tocó también á la literatura la hora de la decadencia.

La afición del Rey y de la Corte á las comedias, hizo que fuera este género de literatura el que más alto llegase; de modo que á calificar por una sola cosa este reinado, así como el de Felipe III puede decirse que fué de frailes y de monjas, de éste hay que decir que fué de cómicos y comedias. Jamás en tiempo ni en nación alguna se ha cultivado con más entusiasmo y más talento el arte dramático que en España y en el reinado de Felipe IV. Catorce años le duró la vida á Lope de Vega, después de muerto Felipe III, y en todo este tiempo no dejó de componerlas; de suerte que su nombre va también unido al de Felipe IV. Calderón fué ya todo suyo, y Tirso y Moreto y Rojas y el corcovado Alarcón escribieron para su placer y el de su Corte, La vida es sueño, El desdén con el desdén, El Burlador de Sevilla, D. Juan Tenorio, García del Castañar y La verdad sospechosa, obras inmortales. Á la par de estos ingenios de primer orden, cuyas obras andan en bocas de todos, brillaron Luis Vélez de Guevara, y Montalbán; hizo Guillén de Castro el original del Cid; la Hoz y Mata escribió su Castigo de la miseria; Diamante su Judía de Toledo; Solís sus obras dramáticas que eclipsaron más tarde el mérito singular de sus páginas históricas; D. Fernando de Zárate y el judaizante Enríquez Gómez las suyas, ya sean dos ellos, ya sea una propia persona; y florecieron Cubillo y Mira de Mescua, Matos Fragoso y D. Antonio de Mendoza, Belmonte y Leiva, si no con tan grande ingenio como los primeros, dignos todavía de admiración y aplauso. Y aun el catálogo dramático no está terminado, porque detrás de los poetas de primero y segundo orden, aparecieron otros no despreciables todavía: Villaizan, á cuyas comedias asistía siempre disfrazado Felipe IV, tal era la estimación en que las tenía; Zabaleta, el primero que escribió artículos de costumbres, ingenioso en ellos, penoso en sus reflexiones y escritos morales; el novelista Salas Barbadillo, funesto en la poesía épica, y no muy aventajado en la lírica; D. Alonso del Castillo Solórzano, también novelista y bueno, no así poeta, aunque algunas de sus novelas estén en verso; y Coello y los Herreras, D. Jacinto y D. Rodrigo, los hermanos Figueroas, D. José y D. Diego, Jiménez Enciso, D. Gerónimo Cáncer, que pudiera llamarse medio poeta, pues no escribió obras sino de por mitad, Villaviciosa y Avellaneda, su colega en componer comedias; Vélez el hijo, la célebre monja de Méjico, sor Juana Inés de la Cruz, Monroy, un cierto maestro León harto distinto del gran lírico en mérito y fama, Muget y Solís, Matías de los Reyes, y el doctor Felipe Godínez, más dado que á las humanas á las comedias religiosas.

En éstas se emplearon también, el maestro José de Valdivieso, no mejor dramático que épico; el trinitario fray Hortensio Félix Paravicino, predicador de Felipe IV, hombre no falto de talento, pero de deplorable gusto é ingenio, que hacía las delicias de la corte en sus sermones, y la desdicha de todo el mundo en sus comedias; los jesuítas Céspedes, Calleja y Fomperosa, y una multitud de frailes caballeros, anónimos y poetas aprendices ó perversos, indignos de memoria. Mas no es de olvidar entre ellos el nombre de Luis Quiñones de Benavente, que pretendió resucitar en España la ditirámbica imitación de Aristóteles, uno de los cuatro géneros en que está dividida la imitación poética: la cual consistía en juntar en una misma pieza, verso, música y baile. No podía ser la presentación más alta; pero ni aun el nombre ni la materia de sus obras correspondieron con ella, y sólo fué autor de bailes, entremeses y sainetes, en cuyo género de escribir le acompañaron Cáncer y Avellaneda y algunos otros de los escritores menos estimados de la época. También escribió comedias y medias comedias D. Francisco de Quevedo, y como en otra parte decimos, no falta quien suponga que las escribía el propio Monarca bajo el título de un ingenio de esta corte, bien que este género de anónimos fuese entonces empleado de muchos.

Con tales poetas y comedias no podían menos de ser muchos y buenos los comediantes[26]. Señaláronse desde los fines del reinado de Felipe III hasta la muerte de Felipe IV, aquella María Calderón, en quien tuvo el príncipe á D. Juan de Austria; la Baltasara, que purgó sus libertades de cómica con penitente y solitaria vida; la hermosa Josefa Vaca y su marido Alonso Morales, llamado el príncipe de los representantes; los dos Olmedos, padre é hijo, hidalgos é infanzones; el desvergonzado Juan Rana, encanto por sus gracias de la corte; Roque de Figueroa, el Néstor de los cómicos; María Riquelme, notable por haber sido virtuosa en las tablas; Bárbara Coronel, mujer varonil, célebre en aventuras y costumbres impropias de su sexo, homicida á lo que se cree de su esposo; Eufrasia de Reina, casada á un tiempo con dos maridos; la famosa Amarilis María de Córdoba; el noble caballero D. Pedro de Castro; Sebastián del Prado, que fué con la infanta Doña María Teresa á París, y durante mucho tiempo representó allí comedias españolas con grande aplauso y ganancia, y otros innumerables hidalgos, clérigos, frailes y personas de toda condición y estado, aficionados á tal género de vida, donde la piedad del siglo no extendía sus tiránicas leyes, ni clavaba la Inquisición, tan severa contra los libros y las ideas, su garra sangrienta.