No justificó ciertamente el de Caracena tales esperanzas. Salió de Badajoz con su gente y fué á ponerse sobre Villaviciosa; tomóse la ciudad, pero no el castillo; y cuando se trataba de la expugnación, el marqués de Marialva y el conde de Schomberg que mandaban á los portugueses, aparecieron determinados á hacernos levantar el cerco. No hubieron de esforzarse mucho, porque Caracena, lleno de vanidad, deseaba tanto la batalla, que solía decir que antepondría siempre la incertidumbre de ella á la cierta conquista de Villaviciosa. Apenas avistó á los enemigos, contra el parecer de los más expertos capitanes que opinaban que los esperase en sus posiciones, que eran tales que no podían menos de proporcionarle la victoria, alzó el campo y fué á encontrarlos. Hallólos cerca de un lugar llamado Montes-claros, media legua de Villaviciosa, muy superiores en infantería, pues subía la suya á doce mil hombres, cuando la nuestra con la que había quedado al resguardo de las líneas, no pasaba allí de seis mil; inferiores en caballería. Pero tenían los enemigos tomado ya tal puesto, que no pudo obrar nada nuestra caballería y solo la infantería se arrojó al combate contra el número doble de los enemigos. No hubo más que una descarga, y en seguida se arrojaron unos y otros á pelear pica á pica. Componíase la infantería contraria de portugueses, franceses é ingleses; la nuestra de italianos, alemanes y españoles, y de una y otra parte se peleó con tanto furor, que los nuestros quitaron dos veces el puesto al enemigo, y éstos por otras dos veces lo recobraron, hasta que después de siete horas de pelea, viendo el de Caracena que iba consumiéndose sin fruto su gente, ordenó la retirada. Hízola en muy buen orden, sin que los enemigos, por miedo de su caballería, tan numerosa y casi intacta, osasen de perseguirle; pero tuvo que abandonar casi toda la artillería por no poder arrastrarla, y la mayor parte del bagaje. Dejamos cuatro mil hombres en el campo muertos y heridos, no siendo mucho menor el número en los enemigos, y hartos prisioneros, entre los cuales se contó el Capitán general de la caballería española D. Diego Correa. Caracena con el resto del ejército se retiró á Badajoz (1665), desde donde solicitó refuerzos, diciendo que el éxito de la batalla era tal, que de enviárselos nunca había sido más fácil aquella conquista. Arranque de vanidad ridículo, aunque fué verdad que los enemigos quedaron casi tan destrozados como nosotros en la batalla.
Por los propios días salieron de Cádiz algunos bajeles contra las costas portuguesas al mando del duque de Aveiro, uno de los Grandes más poderosos de Lisboa que acababa de venirse á nuestro partido, y no logró otro efecto que la conquista del islote de Berlinga, y la del fuerte de Baleyers, siendo rechazado delante de Sagres. Se había pretendido formar una armada respetable haciendo un tratado con cierto comerciante de Génova llamado Hipólito Centurione, que por subido precio debía facilitarnos á punto de guerra los bajeles; mas el Gobierno de aquella república no quiso consentir el armamento, previendo ya las desdichas que había de acarrearle su fidelidad á España.
Estos sucesos llenaron de profunda tristeza el corazón de Felipe IV. Aleccionado al fin por la experiencia, comprendió que en Estremoz y Villaviciosa había perdido definitivamente el trono de Portugal. Así fué que al recibir la nueva de esta última batalla, dijo con acento doloroso: «hágase la voluntad de Dios», y cayó acongojado. Ya su edad de sesenta años no le permitía desvanecer las inquietudes del ánimo; y asomaron en él de pronto los desempeños y remordimientos de la vida pasada, más poderosos que nunca. Si otras veces halló medio de olvidar las desdichas, si halló placeres y deleites con que perturbar sus sentidos, ya el cansancio de los años le ofrecía desnudo el dolor, al paso que le velaba el consuelo. En vano se amontonaban á sus ojos los placeres. Corriendo el año de 1657 le dió el marqués de Heliche una comedia en la Zarzuela que costó diez y seis mil ducados; hubo luego una comida de mil platos. «Para que el gusano de seda no se muera al encapotarse el cielo y echar bravatas así de los truenos como de los rayos que arroja, el remedio único es tocar guitarras, sonar adufes, repicar sonajas y usar de todos los instrumentos alegres que usan los hombres para entretenerse: esto acontece con el Rey.» Tal decía, con harta verdad y menosprecio de Felipe, el autor de los Avisos inéditos, D. Gerónimo de Barrionuevo. Ni ya tenía queridas, ni tenía siquiera amigos. D. Luis de Haro, en quien puso algo del grande amor que tuvo al Conde-Duque, depositando en él sus confianzas, había muerto en 1661, y ni D. Baltasar Moscoso, Arzobispo de Toledo, ni el duque de Medina de las Torres, ni el viejo conde del Castrillo, D. García de Avellaneda, que se repartieron el despacho de los negocios después de la muerte de Haro, llegaron tan adentro en su confianza que pudieran aliviarle como él en aquellas horas de remordimientos y de melancolía.
Acrecentóle esta no poco la conducta del hijo primogénito de su último amigo D. Luis de Haro, que era el marqués de Heliche, D. Gaspar de Haro y Guzmán, joven de harta más ambición que talento, de vida desordenada y licenciosa, dado á maneras y costumbres extranjeras, y despreciador de las nuestras, el cual, resentido malamente porque no hubiese recaído en su persona la privanza del padre, ofreció por aquellos años una prueba más de cuán puerilmente jactancioso fuera decir que la tierra de España no hubiese criado hasta nuestra edad regicidas. Propúsose matar al Rey con todos los de su séquito cuando asistiese en el teatro del Buen Retiro, del cual era ó había sido director hasta entonces; y al efecto compró á precio de oro ciertos asesinos que escondiesen debajo del pavimento un barril de pólvora para ponerle fuego durante el espectáculo. Logrado por los asesinos el poner á punto el barril, todo lo demás era de ejecución no ardua; de modo que sin duda hubiera llegado á término la trama, á no descubrirla uno de los iniciados en ella. Fueron al punto presos todos los culpables, y, averiguado el caso, pagaron con la vida su crimen algunos de ellos. Pero el Marqués, que era el más criminal de todos y el que mayor castigo debía tener, no padeció otra pena que la de estar detenido algunos meses, porque el Rey, más aquejado de dolor que de cólera, le perdonó en memoria de su padre (1663). El Marqués agradecido, y avergonzado, se fué al ejército, sentando plaza de soldado particular, donde con gloriosos servicios lavó algo la mengua que había hecho recaer sobre su persona el haber intentado tan gran crimen por tan liviano motivo[23]. Mas el Rey que había visto contra sí la sangre de su amigo y que en pocos años había mirado tramarse dos conjuraciones contra su vida en la nación más amante de sus Reyes que hubiese habido en el mundo, tuvo ocasión de contemplar claramente y de llorar con muy amargas lágrimas el triste estado á que habían traído los ánimos y voluntades de sus vasallos los desórdenes y liviandades de su tiempo, en que él, ó por lo que toleró ó por lo que hizo, había tenido harta parte.
Ofrecierónsele por los mismos días otras ocasiones de mirar que si él había perdido en el respeto y amor de los vasallos, no había perdido menos en el respeto y consideración del mundo; y de que si decaídas dejaba las virtudes dentro del reino, no dejaba menos decaída la fama por fuera. Era cuando heredó el trono todavía el primer príncipe de la tierra, y apenas podía ya contarse entre los segundos; mortificación para él, tan orgulloso, muy horrible. Hemos visto antes con qué artificios indignos logró Cromwell que el séquito de un Embajador francés pasase por delante del séquito del de España. Después de tal acaecimiento, los Embajadores españoles en Londres, no contando con la buena voluntad de aquella Corte, se abstuvieron de enviar coches y séquito á ninguna de tales ceremonias, y como se declarase poco después la guerra entre Inglaterra y España, no acabándose hasta 1660, en que muerto Cromwell, subió Carlos II al trono de sus mayores, tampoco hubo muchas ocasiones de que tal abstención se notara. Pero no bien restablecido Carlos II, hallándose en Londres por Embajador nuestro el barón de Batteville, ocurrió la entrada de otro Embajador. Había concertado, á lo que parece, Batteville con el conde de Soissons, primer Embajador francés, con quien concurrió en aquella Corte, que tendría la preferencia el primero que llegase á la ceremonia, retirándose el otro; mas el conde de Estrées que sucedió al de Soissons, no quiso pasar por tal concierto y anunció su propósito de tomar la delantera. Entonces Batteville, ofendido, y no queriendo ceder á la imperiosa pretensión del francés, envió su séquito á la recepción del Embajador sueco, preparado para cualquier accidente. Los tirantes de los coches dispuso que fuesen cadenas de hierro, y los cocheros y lacayos todos iban armados. Llegados así á la ceremonia, los cocheros del conde de Estrées movieron sus caballos á pasar por delante de los de Batteville; pero los cocheros y lacayos de éste se arrojaron sobre los franceses, hirieron y mataron á algunos, desjarretaron sus caballos, cortaron los tirantes de sus coches, y luego tomaron el puesto que les correspondía. No bien supo el suceso el joven Luis XIV, cuando lleno de ira mandó salir de París el conde de Fuensaldaña, nuestro Embajador, llamó al suyo en Madrid, prohibió el paso por el reino al marqués de Caracena que venía de Flandes, y exigió imperiosamente de nuestra Corte que reprobase la conducta de Batteville y declarase que los Embajadores de Francia debían tener la preferencia sobre los de España.
Ofendióse justamente de la demanda la soberbia española, y entonces se hubieran celebrado los funerales á la paz de Irún ó de los Pirineos, á no hallarnos tan desprovistos de todo para comenzar de nuevo la guerra; pero cabalmente por entonces la retirada funesta de Evora nos traía más miserables que nunca. Hubo que ceder, y cedió Felipe IV con lágrimas en los ojos, separando de Londres al barón de Batteville en castigo de su entereza, y enviando á D. Gaspar de Teves, marqués de la Fuente, á París, para que delante de toda la Corte y de los Ministros extranjeros declarase que España no disputaría la prioridad á Francia. Batieron los franceses una medalla representando aquella declaración para nosotros tan humillante[24] y en Londres para evitar nuevos choques se abolió la costumbre que dió origen á tales reencuentros. Poco antes de morir Felipe IV se estipuló también entre España y Holanda que cuando se encontrasen buques de las dos naciones en los mares, arriasen á un tiempo la bandera, y que todo fuese igual para ambas potencias, perdiéndose hasta aquella demostración y reconocimiento de superioridad, que era lo único que nos quedaba ya de nuestro antiguo señorío. Nueva humillación que tuvo que llorar Felipe y aún mayor que otras, por ser de gente que tanto había despreciado.
No tardaron en faltarle las fuerzas del cuerpo como las del alma; y el sentir la muerte tan vecina, y el contemplar el mal Gobierno que para colmo de todas las desdichas dejaba en la Monarquía, precipitaron todavía más sus pasos hacia el sepulcro. Muertos los príncipes D. Baltasar y D. Felipe Próspero, no le quedaba más heredero que el príncipe D. Carlos, el cual, sobre criarse muy enfermizo, no llegaba aún á los cuatro años de edad. Su joven esposa, Doña Mariana de Austria, que por su muerte había de entrar interinamente en el Gobierno del reino, dejaba ya entender harto á las claras las faltas que se le notaron más tarde. Mirábala ya entregada á su confesor, el padre jesuíta alemán Nithard, sin hacer otra cosa que lo que él le aconsejase; mirábala en pugna con D. Juan de Austria, hombre que, con ser pequeño como era, todavía podía considerarse como el más importante que hubiese en la Monarquía; sabía y temía la ambición y la soberbia de éste, y que no había de llevar á bien el Gobierno de la Reina madre. Si á ésta la dejaba con el Gobierno, preveía que España sería gobernada por un jesuíta extranjero, y si lo dejaba en D. Juan, no podía estar del todo seguro de su fidelidad al tierno Infante que encomendaba á su arbitrio. Por todas partes iguales peligros, por todas partes grandes daños. No pudo resistir Felipe á tantos y tan diversos pesares; el único servicio que ya podía hacer á la Monarquía era prolongar por algunos años su vida, ahorrándola una minoría desastrosa y el reinado de aquel fatal jesuíta; y esto no tuvo bastante aliento en el alma, ni fuerzas en el cuerpo para que pudiera suceder. El día 15 de Septiembre de 1665 rindió al Criador su espíritu, y terminó su infeliz reinado, que había durado cuarenta y cuatro años, con estas lastimeras palabras encaminadas á su hijo, que no podía comprenderlas todavía: «Dios os bendiga y haga más dichoso que yo.»
En su testamento nombró por heredero á aquel único, varón que le quedaba de matrimonio, llamando al Trono á falta de su descendencia, á la infanta Doña Margarita y á sus descendientes; en falta de éstos á los hijos y descendientes de la augusta Emperatriz Doña María, su hermana, con las mismas condiciones y precedencias dispuestas en la sucesión de sus hijos; en falta de éstos á los hijos y descendientes legítimos de la infanta Doña Catalina, su tía, duquesa de Saboya; y excluyó á los descendientes de la Reina de Francia Doña María Teresa, su hija, con estas palabras: «Queda excluída la infanta Doña María Teresa y todos sus hijos y descendientes varones y hembras, aunque puedan decir ó pretender que en su persona no corren ni pueden considerarse las razones de la causa pública, ni otras en que se pueda fundar esta exclusión; y si acaeciere enviudar la serenísima Infanta sin hijos de este matrimonio, en tal caso quede libre de la exclusión que queda dicha y capaz de los derechos de poder y suceder en todo.» ¿Quién había de decir entonces que de tantas personas y líneas llamadas á la sucesión del Trono solo había de venir á ocuparla aquélla tan terminantemente excluída por las antecedentes palabras?
Decidióse también el Rey á nombrar por tutora del Príncipe y Gobernadora del reino, durante la menor edad de éste, á su esposa Doña Mariana, asistida de una junta ó consejo de gobierno, el cual había de componerse del Presidente del Consejo de Castilla, que era á la sazón el conde de Castrillo, del Vicecanciller de Aragón, que lo era el jurisconsulto D. Cristóbal Crespí de Valdaura, del Arzobispo de Toledo, primado del reino, que lo era el cardenal Sandoval, del Inquisidor general, que lo era el cardenal D. Pascual de Aragón, ó los que sucediesen en tales puestos, y además, por la clase de Grandes, del marqués de Aytona, y por el Consejo de Estado, del conde de Peñaranda. Con esta junta se pretendía acaso evitar que la regencia de la Reina fuera tan fatal como se preveía; pero no bastó por cierto, como hemos de ver adelante.
Tales fueron los hechos de Felipe IV, á quien llamó el Grande la lisonja vil del conde-duque de Olivares; díjose de él con donaire, y no falta quien suponga que lo dijo él mismo en época de amargura y desengaño, que no fué grande sino á manera que lo son los agujeros de la tierra, que mientras más se arranca de ellos, mayores son.