LIBRO NOVENO
SUMARIO
Carácter de Doña Mariana de Austria y del Padre Nithard; elevación de éste y primeras desavenencias con D. Juan.—Proyectos ambiciosos de Luis XIV; acomete á Flandes y toma muchas plazas.—Paces con Portugal.—Preparativos de guerra y donativos; pérdida del Franco Condado y paz de Aquisgrán, donde se recupera.—Ordénase á D. Juan que pase al gobierno de Flandes; muerte de Malladas; niégase D. Juan á ir á Flandes; quítale la Reina el gobierno; dispónese prenderle en Consuegra; su fuga á Cataluña; división de la Corte y de la nación en dos partidos; dirígese en armas D. Juan desde Barcelona á Madrid; preparativos de resistencia; llegada de don Juan á Torrejón de Ardoz; cede al fin la Reina desterrando al Padre Nithard.—Nuevos disgustos entre la Reina y D. Juan; el Regimiento de la Guardia; niégase D. Juan á deshacer sus fuerzas; nómbranle Vicario de los reinos de Aragón; intentos de D. Juan.—Principios de la privanza de Valenzuela; desórdenes de los Guardias de la Reina; gobierna Valenzuela la Monarquía; desastres en América; nueva guerra con Francia; imposibilidad de sostenerla; el Rey llega á su mayor edad y llama á D. Juan al Gobierno; destierro de Valenzuela y de la Reina.—Sucesos de la guerra.—Flandes; batalla de Seneff; pérdida del Franco Condado: Ayre, Condé, Valenciennes, Cambray, Gante é Iprés, rendidas al enemigo; batalla de Mons.—Cataluña; inteligencias en la parte de Rosellón; hazañas de los miqueletes y ventajas del duque de San Germán; combate glorioso del Tech; batalla de Maurellás; heroísmo de los miqueletes; gloriosa defensa de Gerona; el capitán Boneu; combate de Vilanadal; pérdida de Puigcerdá.—Sicilia; insurrección contra el Virrey en Mesina; dase esta ciudad á Francia; combate naval; viene Ruyter con la Armada holandesa en nuestra ayuda; combates navales y muerte de Ruyter; abandonan los franceses á Mesina; paz vergonzosa de Nimega.—Gobierno de D. Juan de Austria; su descrédito; casamiento del Rey; muerte de D. Juan.
Era la reina gobernadora Doña Mariana de Austria, Princesa de poco talento, pero imperiosa y terca sobre manera: de suerte, que todo límite opuesto á su voluntad le parecía estrecho; cruel en sus iras y orgullosa; poco amante de los españoles, á quienes miró siempre como extranjeros, al paso que profesaba ciego cariño á su casa y á su familia. No temía los sucesos, por peligrosos que fueran, cuando los miraba de lejos, y sólo al sentir sobre ella el golpe, decaía de aliento. Devota, aunque no tanto que por serlo se olvidase de que era mujer, ni cifrase todas sus dichas en el cielo. Sedienta de oro, no tanto por el que necesitaba para sí, como por el que derramaba sin tasa entre su familia y sus favorecidos, tuvo también aquella mujer la desgracia de no saber suplir los talentos que á ella la faltaron, rodeándose de quien los tuviese grandes. Así se vió que los más de sus Ministros y favoritos eran menos capaces que ella de dirigir las cosas del Gobierno.
El primero, que fué el Padre Juan Evérard ó Everardo Nithard, de la Compañía de Jesús, había sido confesor suyo desde los primeros años, y en tal concepto vino acompañándola á Madrid. Jamás caracteres más parecidos han podido reunirse que el del confesor y la Reina. Tenía aquél solo más astucia, como que le hacía más falta en lo humilde de su condición para los altos fines que ambicionaba; pero en lo demás era imperioso y terco como la Reina, como ella crédulo y fanático y enemigo de tener compañeros en el poder é influjo. No bien murió su marido, se propuso la Reina dar entrada en la Junta formada en el testamento para asistirla en todas las cosas del Gobierno, al confesor Nithard. Favoreció la casualidad su propósito; porque veinte horas después del fallecimiento del Rey faltó también el cardenal Sandoval, Arzobispo de Toledo, con lo cual quedó en la junta un puesto vacante. Aguardaba todo el mundo con curiosidad la provisión de empleo tan alto, cuando la Reina, llamando al cardenal D. Pascual de Aragón, que como Inquisidor general era de los miembros de la Junta, le ordenó que aceptase el Arzobispado de Toledo, dejando su antiguo empleo. Resistióse el de Aragón como era natural, porque en aquellos tiempos no había ya cargo alguno en la nación que pudiera compararse con el suyo; pero la Reina le obligó á consentir en ello, nombrando en seguida al Padre Nithard Inquisidor general, y como tal, miembro nato de la junta. Por muy prevista que estuviese la privanza del confesor, causó el suceso profundo y general disgusto.
Señalóse entre los que murmuraban de la elevación insólita del jesuíta, el bastardo príncipe D. Juan de Austria, que era quien más desfavorecido se hallaba con el nuevo orden de cosas. Enemigo de Doña Mariana de Austria casi desde el punto en que ella puso el pie en España, acusándola, de sus derrotas primero, y luego más quejoso de ella por su destierro, envidioso desde entonces porque con sus gracias hubiese cautivado al Rey á punto de fiar de ella más que de él, quitándole la privanza que tenía por segura y aun enajenándole su amor, de suerte que ni quiso verle en la hora de la muerte, resentido porque ni el Rey en esta última hora, ni luego la Reina misma, quisieron concederle el título de Infante, que aunque bastardo pretendía, teniendo en menos la aptitud de la Reina, y despreciando al confesor, de cuya virtud públicamente se burlaba, y cuyos principios escarnecía, y á la par de esto, más rico en ambición que en mérito, pensando que á hombre como él estaba reservado sólo el salvar en tan difíciles circunstancias la Monarquía, y que era desconocer la grandeza de su capacidad el que donde estaba para gobernar, otros gobernasen, y más un teatino y una mujer, cuando claramente se necesitaba un gran soldado, y él por tal se tenía, D. Juan no debía ver con paciencia los sucesos. Y por lo mismo, si él era quien más hostilizaba á la Reina y al confesor, también era la persona contra quien el confesor y la Reina estaban más enconados. Esperaban éstos una ocasión en que echarle de la corte con honroso pretexto, cuando el mismo D. Juan, anticipándose, se salió de Madrid cierto día y se retiró á Consuegra, donde antes había estado retirado, residencia ordinaria de los grandes priores de Castilla en la Orden de San Juan, cuya dignidad poseía. Publicaba que después de haber presidido en el consejo secreto de su padre, no podía tolerar compañero tan inferior en los consejos y determinaciones como el Padre Nithard. No contentó á éste ni á la Reina la retirada, recelando con razón que la hacía para conspirar mejor contra ellos. Lo que deseaban era echarle lejos y de suerte que no tuviera por qué querellarse. Y no tardó en ofrecerse pretexto para esto, por cierto bien desgraciado.
La guerra con Portugal continuaba, aunque reducida á robos, correrías y desolaciones de una y otra parte, sin que hubiese aquí ni allí ejército que emprendiese operaciones formales. Había querido hacer la paz la Reina gobernadora no bien murió Felipe IV; pero los Consejos del reino con laudable impulso de patriotismo se negaron á ello, no queriendo renunciar al derecho que asiste á España de ser una, ya que por entonces faltase el poder de ejecutarlo. Meditábase aún levantar tropas y buscar dinero con que avivar de nuevo las hostilidades: dinero era lo principal, porque se veía á la poca gente que por allí teníamos salir á robar por los caminos y por las calles de nuestras mismas poblaciones para sustentarse. Pero no hubo tiempo para atender á esta guerra: acontecimientos gravísimos lo estorbaron. Luis XIV andaba buscando ocasión desde la muerte del rey Felipe para aprovecharse de la debilidad del Gobierno y de la impotencia de la nación, despojándonos á mansalva de los dominios que nos quedaban todavía. Un leguleyo, por nombre Duhan, natural de Turena, había descubierto, revolviendo y compulsando antiguos libros, que en el estado de Bravante había vigente una ley, la cual disponía que siempre que un poseedor pasase á segundas nupcias, hubiese de reservar los bienes patrimoniales para los hijos del primer matrimonio.