No necesitó más Luis XIV, y extendiendo al punto un manifiesto donde pretendía probar que aquella ley civil debía considerarse como ley política, exigió que España le entregase por su mujer María Teresa, única sucesora que había quedado del primer matrimonio de Felipe IV, el Bravante y cualquiera otro país donde tal derecho de reserva hubiese. Rechazó, como era natural, Doña Mariana de Austria la pretensión y el manifiesto del francés; y aun refutólo victoriosamente el doctor D. Francisco Ramos del Manzano con sólidas y eruditas razones. Pero ni la negativa de la Reina, ni las buenas razones del jurisconsulto Manzano pudieron apartar al rey Luis de su propósito. Concertó una alianza con Portugal para que nos entretuviese en nuestra frontera, á fin de que no pudiésemos asistir á Flandes con alguna ayuda, concentró numerosas tropas en las dos provincias más próximas á los Países Bajos, preparó víveres y municiones, y ajustó tratados con los Príncipes alemanes confinantes para que no dejasen pasar por su territorio los socorros que pudiera ó quisiera enviar el Emperador; y en seguida, juntando la fuerza con la pretensión (1667), entró sin más justificación y declaración de guerra en los Países Bajos con hasta cincuenta mil soldados, ejército poderosísimo para aquella edad, puesto que hasta entonces no hubiera sido costumbre usarlos tan numerosos.

Cómo estuviesen los Países Bajos para resistir tal invasión, da pena recordarlo. Gobernábalos á la sazón el marqués de Castel-Rodrigo, Don Francisco de Moura, ilustre portugués que había seguido la parte de España, y en largas experiencias y servicios tenía dadas pruebas de su lealtad. No bien vió amenazadas sus provincias, escribió á la Reina una carta donde la decía: «Que mientras Francia hacía tan grandes preparativos de su parte, todo era desnudez y falta de recursos en Flandes; que tenía necesidad de los soldados españoles é italianos, y hasta tiempo para mejorar algo las cosas; que había abastecido en lo posible á Namur, Charlemont y Charleroy, alentando los abatidos ánimos; pero que no por eso podían contarse por seguras tan importantes plazas, puesto que continuaban haciendo falta provisiones, y los doscientos mil escudos, que era la sólida cantidad que había recibido en dos meses, no bastaban para cubrir la centésima parte de las urgencias; que si los franceses entraban como se decía aquella primavera, no veía cómo habían de salvarse las plazas sino era de milagro, y que bien pudiera darse una provincia, con tal de evitar entonces el rompimiento.» No logró el buen Marqués que la Corte atendiese á nada de esto, y cuando entró Luis XIV en persona en los Países Bajos, se halló para resistirle con algunos miles de hombres desorganizados y hechos á vivir de limosna en los caminos reales, sin víveres, ni artillería, ni capitanes. No hay que culpar de nada al marqués de Castel-Rodrigo; él hizo cuanto se podía hacer en tales circunstancias.

Voló las fortificaciones de muchas plazas por no tener soldados con que guarnecerlas, entre ellas á Armentieres, Condé y San Gillain: quiso hacer lo mismo con Charleroy, donde tenía á medio acabar grandes obras de fortificación; pero no llegó á tiempo de lograrlo. El Monarca francés en persona tomó esta ciudad é hizo acabar las fortificaciones. Jamás se ha hecho una campaña más ventajosa ni más ponderada que la que éste hizo en aquella ocasión; pero tampoco se ha hecho menos honrosa. Pobre sería la reputación de las armas de Francia, si hubiera de formarse con tales hazañas como entonces hicieron: pasear con cincuenta mil hombres y formidables trenes de artillería un país indefenso, tomar plazas voladas ya ó desmanteladas, sin víveres ni guarniciones, era cosa que cualquier Monarca hubiera hecho aún sin llamarse, como Luis, el Grande, y que la nación menos esforzada de Europa hubiera sabido llevar á cabo.

Mientras el rey Luis fortaleció á Charleroy, el mariscal D'Aumont con diez mil hombres tomó á Bergues, y á Furnes, valerosamente defendida, á pesar de todo, por su gobernador D. Juan Toledo. Luego el propio Rey, continuando su paseo militar, entró en Ath sin resistencia, y con poca en Tournay y D'Aumont se apoderó de Courtray, Oudenarde y Alost. Douay ofreció ya á Luis alguna resistencia, y dió tiempo á que se acabase de aprovisionar á Lila, que era la plaza inmediatamente amenazada. El conde Croy, capitán flamenco de nombre, entró en ella con buena guarnición, y se dispuso á sostenerla hasta el último punto. No tardó en sitiarla el Monarca francés con todo su ejército, levantando formidables baterías: la defensa fué como se esperaba; pero al cabo de diez y ocho días de trinchera abierta, aportillados los muros por todas partes, fué preciso capitular. En tanto el de Castel-Rodrigo había levantado algunos regimientos alemanes y otros de naturales, con los cuales, que sumarían seis mil hombres, envió al conde de Marsín al socorro de la plaza. Llegó tarde aquella gente; pero aun cuando hubiera llegado antes, era harto exiguo su número para que pudiese obrar cosa de provecho. No bien supo Luis que venía acercándose á su campo, deseando hacer un simulacro de batalla, y volver á París con la gloria de haber arrollado, á diez contra uno, nuestras banderas, envió numerosas tropas á su encuentro. Retiróse el de Marsín en buen orden; pero los franceses cerca del canal de Brujas alcanzaron su retaguardia, la cual no obstante lo desigualísimo del número, se defendió tan bien, que con pérdida de ochocientos hombres mató más de mil á los enemigos. Sin embargo, fué arrollada, que era lo que Luis XIV quería. Así acabó la campaña.

Sorprendida con ella nuestra Corte, dejóla comenzar y acabarse sin acertar á poner algún remedio. Lo primero que se discurrió fué hacer las paces con Portugal, atendiendo á que mantener la guerra en ambas fronteras contra tan pujantes enemigos era imposible. Y si semejante paz, que rompía para muchos siglos al menos nuestra unidad, pudiera ser en alguna ocasión por necesaria disculpable, en esta lo era. Sin embargo, fuera mejor aún abandonar ó vender toda Flandes con tal de sostener aquí la guerra, que no dejar de hacerla aquí para sostenerla en defensa de aquellas provincias. Mas el honor nacional, vilmente insultado por Luis XIV, excitaba de una parte el deseo justo de la venganza, y de otra, como la guerra con Portugal había sido tan desgraciada, todo el mundo suspiraba por la paz en Castilla. Opusiéronse todavía alguna cosa los Consejos y Ministros á quien se consultó; pero al cabo cedieron, y por medio de aquel marqués de Heliche y del Carpio, prisionero en Lisboa desde la batalla de Villaviciosa, se entablaron las negociaciones; y siendo mediador y fiador el Rey de Inglaterra, se ajustaron las paces al empezar Febrero de 1668.

En ellas se acordó restituir á Portugal las plazas que durante la guerra habían recobrado las armas del rey Católico, y al Católico las que durante la guerra le tomaron las de Portugal, con todos sus términos, quedando las plazas con la artillería que tenían cuando se ocuparon, y los moradores libres para ausentarse ó quedarse, como mejor les conviniera; declarando que en tal restitución de plazas no entrase la de Ceuta, con la cual había de quedarse el rey Católico, por ciertas razones que se consideraban, y fueron sin duda el notar que ésta no había dejado de estar un momento bajo nuestro dominio, y que por su voluntad se había unido á nuestra corona, no reconociendo nunca al de Braganza. Restableciéronse todas las cosas del comercio y tráfico al punto que tenían cuando murió el rey D. Sebastián, y se devolvieron de ambas partes los bienes confiscados.

Entonces, libre nuestra Corte por este lado, volvió toda su atención á Francia. Imaginóse un préstamo que podían hacer las personas pudientes del reino, mil de ellas á mil ducados, y otras á mil quinientos; mas este préstamo no llegó á ejecutarse. Lográronse sólo ciertos donativos de personas particulares, con que se reunieron algunos miles de escudos que enviar á Flandes. Permitíase, á pesar de la guerra que el Embajador francés, que era el Arzobispo de Embrún, permaneciese en Madrid y espiase nuestras acciones, cosa que de mucho antes venía sucediendo, á punto, como en otra ocasión hemos dicho, que más se sabían en París que en Madrid mismo nuestras flaquezas. De este Embajador quedan despachos sobre el tal donativo, donde se dan curiosos detalles: señalóse el viejo marqués de Mortara, dando, á pesar de los apuros de su casa, no de las más ricas, mil patacones; el Almirante de Castilla también contribuyó con mil pistolas, los Consejeros de Castilla cedieron la mitad de sus emolumentos de un año, y el conde de Peñaranda, el Arzobispo de Toledo, el cardenal duque de Montalto y otros grandes contribuyeron de la propia manera. Impúsose un tributo sobre los carruajes y las mulas; rebajóse un quince por ciento más á la deuda de juros reales; no hubo cosa en que no se pensara por sacar dinero, hasta el apoderarse de la plata que venía de América para los particulares, consejo de que se culpó en lo sucesivo á D. Juan de Austria, y no se llevó á efecto. Al propio tiempo se mandó al duque de Osuna, Virrey á la sazón de Cataluña, que hiciese una diversión en el territorio francés: juntó éste un pequeño ejército, y con él, no hizo más que entrar en algunos lugares abiertos de la frontera y amenazar á Bellegarde. Pero en el ínterin Inglaterra, Holanda, Suecia, y además varios Príncipes alemanes, alarmados con las ventajas obtenidas con Luis XIV en Flandes, ajustaron un tratado por el cual se comprometieron á arreglar las diferencias de España y Francia, obligando á ceder por las armas á cualquiera de estas Potencias que se empeñase en continuar la guerra. Comenzaron por proponer la suspensión de armas, y el Rey de Francia se avino á conceder una tregua de tres meses; pero fué acabada la campaña de 1667, y cuando el invierno dificultaba las operaciones militares; de modo que el marqués de Castel-Rodrigo hubo de contestar, según se cuenta, que ya no necesitaba de más treguas que las que la estación había naturalmente de ofrecerle.

Esto bastó para que Luis XIV, queriendo hacer un nuevo alarde de poderío y aparentar que desafiaba las estaciones, resolviera la conquista del Franco Condado en medio del invierno. Esta provincia, enteramente desguarnecida y abandonada casi por nuestra Corte, estaba separada de Flandes por la Borgoña y la Lorena; de suerte que el marqués de Castel-Rodrigo no podía acudir á ella, y por lo mismo en cualquier estación su conquista era obra de algunos días. Sin duda el de Castel-Rodrigo no pensó más que en sus provincias de Flandes al despreciar la tregua en invierno, á causa de que el Franco Condado, después de la paz de los Pirineos, había vuelto al estado de neutralidad en que siempre se había mantenido; y ahora, después de rota la guerra, continuaba el tratado de neutralidad, y seguía pagando por él la provincia cierto canon al Rey de Francia. Aquella dificultad de defenderla aislada en mitad de Francia hacía tal neutralidad y tributo indispensable, y explica cómo fué esto reconocido en tiempo del mismo Felipe II. Mas resuelto ya Luis XIV á no respetar la neutralidad, y no contento con la dificultad de la defensa y las facilidades que de por sí ofrecía la conquista, hizo cuanto pudo para hacer aquélla más difícil, y más fácil ésta.

Vergüenza da de algunas de las precauciones que tomó, y asombran en un Príncipe que aspiraba á la gloria militar, en una nación que pretendía ser ya la primera en las armas, y en un hecho que ha sido considerado como heroico por la vanidad francesa. Ingenieros disfrazados entraron primero en la provincia y examinaron sus fortificaciones y defensa; luego que hubo ya conocimiento de todo, se empezaron á acopiar municiones en las fronteras, enviándolas empaquetadas á manera de mercaderías y objetos de tráfico; por último, pretextando que marchaban á defender á Cataluña del duque de Osuna, se reunieron hasta diez y ocho mil hombres en las provincias limítrofes, entre tanto que daba Luis XIV las mayores seguridades al Franco Condado de que respetaría su neutralidad, y su Embajador en Suiza negociaba con los de aquella provincia la continuación del tratado. Cuando tuvo ya á punto las cosas, se quitó de repente la máscara, y el Príncipe de Condé se arrojó sobre Dole, la ciudad más importante del Franco Condado. Tomóla en cuatro días, á pesar del esfuerzo con que la defendieron algunos españoles que allí había; la capital de Besanzon, Salins y sus fuertes sin soldados ni municiones, también se entregaron al punto; el marqués de Jenne, Gobernador de la provincia por España, no pudo hacer nada en su defensa, y Luis XIV vino en persona á asistir á aquel mezquino triunfo. Cray, donde se encerró el marqués de Jenne, se sostuvo más, pero sin fruto: y los líricos franceses cantaron con vanidad harto fundada, que catorce días le habían bastado al gran Rey para conquistar el Franco Condado, luchando con nuestras armas y con el rigor del invierno. Más y más alarmadas las naciones aliadas, con el propósito de la paz, redoblaron sus instancias; celebróse un congreso en Aquisgrán, y allí se estipuló que Luis XIV conservaría todas las once plazas que había conquistado en Flandes, devolviendo sólo el Franco Condado: errado y torpe concierto de nuestra parte, pues más que nada nos convenía ceder el Franco Condado, imposible de conservar como acababa de demostrarse. Pero todo pareció preferible á continuar entonces la guerra, y se enviaron órdenes precisas al marqués de Castel-Rodrigo para que no esquivara ningún género de condiciones, Y en seguida se continuaron con más actividad que antes los preparativos para la defensa de Flandes, sospechando que el francés no tardaría en ponerse de nuevo en campaña debajo de un pretexto cualquiera.

Este socorro de Flandes, antes y después de las paces, fué el pretexto de que se valió la Reina para alejar á D. Juan de Austria. No era D. Juan más diestro que el marqués de Castel-Rodrigo, ni más celoso; pero como él era el Gobernador y Capitán general de aquellos estados por nombramiento de muchos años antes, confirmado en el testamento del Rey, siéndolo no más que interinamente Castel-Rodrigo; como era grande el peligro y grande la confianza que ponían en él algunos, esperando de su mano victorias, y á otros parecía conveniente que en tales circunstancias hubiese en Flandes hombre de su representación, nadie extrañó que la Reina le ordenase pasar allá con el socorro. Ni él mismo osó negarse abiertamente á la obediencia. Pero no se sometió sin hacer del confesor y de la orden de la Reina sangriento escarnio. Porque habiéndose presentado delante de la Junta de gobierno, donde como individuo de ella asistía el Padre Nithard, antes de aceptar el encargo es fama que dijo estas palabras: «¿Por qué no enviáis á Flandes al reverendo confesor, que, puesto que tan santo es, no dejará el cielo de concederle victorias de franceses? ¿No basta el lugar en que está para persuadirse de los milagros que sabe hacer?» Y replicándole el confesor que su profesión no era la milicia, contestó más enojado: «Como esas, Padre, le vemos hacer cada día cosas bien ajenas de su estado.» Disimuló el confesor, y partió D. Juan á Galicia, en cuyos puertos había de hacerse el embarco; llegó desde Cádiz para ejecutarlo D. Fernando Carrillo con ocho naves de guerra apresuradamente aparejadas; enviáronse hasta novecientos mil escudos de plata, que fué todo lo que se pudo recoger, en los galeones que acababan de arribar felizmente, y de la gente empleada contra Portugal en Galicia, y nuevas levas allí hechas, hasta nueve mil soldados.