Al propio tiempo que llegaba á Zaragoza D. Juan comenzaba á declararse la privanza de D. Fernando de Valenzuela, hombre de pocos años, de algún talento, de conversación graciosa y amena, audaz, de hermosa figura y, para aquel tiempo, donde esto era todavía de estimación, dotado de una gran cualidad, que era ser poeta tierno, amoroso y dulce, muy dado á las preciosidades y sutilezas del culteranismo lírico y dramático no despreciable. Era natural de Ronda, donde se le tenía por hidalgo; vino á Madrid, á buscar fortuna, á tiempo que, hallándose el duque del Infantado de partida para Roma, á ocupar el puesto de Embajador, pudo conseguir que le tomase por su criado. Sirvióle bien, y á su vuelta el Duque le premió con lograrle un hábito de Santiago; pero muerto de allí á poco su protector, se halló desvalido y en lastimosa pobreza. Entonces discurrió introducirse con alguna de las personas que tenían parte en el Gobierno, y sabiendo que el Padre Nithard, acobardado con las amenazas de don Juan y de sus partidarios, andaba buscando personas de bríos que le resguardasen y acompañasen, se ofreció á ello con gran decisión y rendimiento. De tales principios llegó á encaramarse tanto en la confianza del Padre Everardo, que acabó por hacérsele necesario, y éste, porque más le sirviese, le dió entrada en Palacio mismo, siendo allí su Ministro y mensajero.

No tardó Valenzuela en aprovechar diestramente sus idas y venidas á Palacio; valióse de su buena gracia para enamorar á una camarista llamada Doña María Eugenia de Uceda, en quien tenía puesto su afecto la Reina. Casóse con ella, y para favorecer tal matrimonio, le hizo la Reina caballerizo suyo, creciendo desde este punto de hora en hora su grandeza. Sirviéronle los apuros en que puso á la Reina y al confesor la llegada de D. Juan á Torrejón de Ardoz para mostrar su fidelidad y aptitud, y cuando salió desterrado el Padre Everardo, fué la persona con quien éste comunicaba las cosas que quería que supiese la Reina. Dióse en esto tanta traza, que la Reina, que en los primeros días que siguieron á la salida del confesor no quería oir ni consultar á nadie sobre sus asuntos, necesitando, al fin, un confidente, puso en él los ojos. Habíala llamado ya la atención, no sólo por las noticias favorables que de él tenía y por los servicios que la había hecho, sino por ciertas comedias suyas que se habían representado en Palacio, y á las cuales había ella asistido con las damas y las personas más allegadas de la Corte, mostrándose todos muy complacidos. Parecióle, por sus talentos y gracia, el más á propósito para enterarle de las cosas que pasaban en Madrid; de lo que se intentaba ó murmuraba contra ella, y para aconsejarse en sus determinaciones, mucho más siendo él por quien se comunicaba todavía con el Padre Everardo. Dió parte de este intento á Doña María Eugenia, la cual, pensando más en lo que había de ganar su ambición que en lo que podía perder con aquel trato su cariño conyugal, la oyó con regocijo y facilitó el que á las altas horas de la noche entrase su marido en el aposento real. Pronto Valenzuela se hizo en él más necesario aún que se hubiese hecho el Padre Everardo. Las primeras conferencias las tuvieron Valenzuela y la Reina delante de Doña María Eugenia. Pero no consta que siempre se observase lo mismo.

Ignoró el pueblo de Madrid, por algún tiempo, esta privanza. Notábase que la Reina, que no hablaba ni consultaba con nadie, estaba enterada de todo, hasta de los menores detalles de las cosas; que sabía los secretos y las conversaciones más recónditas; y como se ignoraba quién fuese el confidente, le designaban con el nombre de Duende de Palacio. Mas como eran tantos ojos á ver y observar, tampoco tardaron mucho en averiguar la fortuna del Valenzuela, produciendo, desde los principios, grande escándalo. Con esto y con las intrigas de los partidarios de D. Juan y el disgusto del pueblo por la formación del regimiento de la Guarda de la Reina, quedó Madrid, después de la ida del Príncipe á Zaragoza, tan revuelto, poco más ó menos, como antes.

Forjaron algunos de los descontentos, para alarmar al pueblo, un decreto que suponían firmado por la Reina gobernadora, en el cual se ordenaba registrar todas las armas ofensivas y defensivas, prohibiendo su uso por tiempo limitado; y esto solo, estuvo en poco que no produjese un conflicto, porque el uso de las espadas y broqueles sobre todo era tan general, que no había ciudadano alto ó bajo que no se sintiese perjudicado y resuelto á resistir la orden. Desvanecida esta alarma, comenzaron á originarlas no menores las fechorías que cometían los soldados de la guardia por todas partes.

Andaba tal la hacienda, que á pesar de todo el cuidado que se puso en asistirla, faltaron desde los primeros meses las asistencias. No se necesitó de más para que se repitiesen en Madrid aquellas lastimosas escenas de los días de Felipe IV, poco antes de la caída del Conde-Duque. El reposo en que había estado el reino por algunos años había favorecido á las justicias para corregir los desórdenes y castigar á los malvados; al calor de las turbaciones engendráronse de nuevo criminales y crímenes sin cuento, y unos y otros con la formación del regimiento de la Guardia vinieron á compendiarse en Madrid. Bien habían previsto esto la villa y el Consejo en sus representaciones; pero la Reina no oyó nada, aguijada del deseo de asegurarse contra don Juan; y ahora los naturales comenzaban á recoger de tal determinación amargos frutos. Viéronse casos espantosos en pocos días. Dos de los soldados, yendo á robar unos melonares, mataron al dueño de él, que era el ventero de Alcorcón, y saquearon la venta. Salieron Ministros de Madrid á averiguar el suceso, y tropezando con otros del regimiento que ya había allí, se trabaron de palabras, y viniendo á las manos pelearon justicia contra justicia, hasta que los de la militar con los soldados obligaron á sus contrarios á encerrarse en la venta, y allí les pusieron cerco determinados á no dejar uno á vida. Pudieron los sitiados avisar á Carabanchel, de donde salieron en su socorro la hermandad del lugar y de otros comarcanos, y como también á los soldados les hubiesen venido de refuerzo no pocos de sus compañeros, se dió en aquellos campos una batalla donde, fueron muchos los muertos y heridos de ambas partes, retirándose al cabo los soldados, muy inferiores en número á sus contrarios. Juraron aquellos vengarse de los de Carabanchel, y una noche se acercaron algunos al lugar con propósito de robar; pero también tuvieron poca ventura, porque salieron los vecinos á ellos, mataron dos y trajeron tres prisioneros á la cárcel de la corte. Entonces irritados al último punto los soldados, se juntaron hasta en número de cincuenta, y con todo arreo y ordenanza militar fueron á talar y quemar los panes del pueblo. Estaba este ya aparejado á la defensa, cerradas las bocas calles, sin más que un portillo por donde se entrase, con cuerpo de guardia constante. No bien sus espías les avisaron el propósito y número de los soldados, los lugareños salieron á su encuentro, no pareciéndoles número desproporcionado á sus fuerzas, y pelearon con ellos tan valerosamente, que mataron hasta doce, retirándose los demás escarmentados.

Tales sucesos merecen ser recordados, porque de ellos se infiere cómo andarían en Madrid las cosas de gobierno, cuando á sus puertas se verificaban sin remedio ni espanto. Lo más eficaz que se le ocurrió al marqués de Aytona para corregir á sus soldados, fué encerrarlos en el barrio de San Francisco, desocupando todas las casas y prohibiéndoles de noche la salida. Otros arbitrios que dió eran triviales é inútiles, ya que aquel no fuese en todo de ejecución posible. Pasó la Reina su dictamen al Consejo de Castilla, y éste aprovechándose de la ocasión, la representó con gran libertad y firmeza, que no había más remedio sino echar al regimiento de la corte, diciendo que «la principal obligación de los Reyes es castigar los delitos, carga de muy gran peso, pero estrechísima, porque pasó á los Reyes con la traslación que hicieron los pueblos.» Así las disputas y discusiones iban poco á poco encendiendo los espíritus y haciendo brotar las doctrinas más liberales de entre las cenizas á que la Inquisición las había reducido. Poco después el mismo Consejo hizo una descripción de los excesos del regimiento, verdaderamente horrible: «Son los testigos más vecinos, decía, las quejas universales que dan los caminantes y tragineros de lo que á las entradas de Madrid les sucede, quitándoles lo que traen, y á los que no tienen los maltratan ó matan, dejándoles desnudos. Los frutos de las viñas los han talado. Las huertas las han destruído; del ganado que se apacentaba en prados en contorno de esta villa, han quitado muchas cabezas y tratado mal á los pastores; las casas de los hombres de negocios, depositarios y asentistas, no se ven libres de tientos y papeles en que les piden socorros con amenazas; pocas personas se escapan de las peticiones que les hacen los soldados á título de la necesidad que padecen.» Y la evidencia de estos daños era tal, que la Junta grande de Gobierno y el Consejo de la Guerra que habían opinado por que se formase el regimiento, ahora aconsejaron también á la Reina que lo echase de Madrid.

Era el marqués de Aytona, D. Ramón Guillén de Moncada que lo mandaba, hombre devoto y de honradas costumbres, pero no poco ambicioso y de carácter firme y terco, y por estas cualidades irreconciliable enemigo de D. Juan, de quien estaba ofendido, y de todos los suyos. Sabía y deploraba los desórdenes del regimiento; buscaba y proponía de buena fe maneras de remediarlo; pero no consentía ni en salirse con su regimiento de Madrid, ni en oprimir tanto á sus soldados que llegasen los ciudadanos á encimárseles tratándolos sin temor. Su objeto era el mismo que tan desastrosamente llevaban á cabo sus soldados, el dominar y espantar á Madrid por la parcialidad que había mostrado hacia don Juan. Lo único que le desagradaba era la forma, porque él hubiera apetecido que se llevara á cabo sin muertes, robos ni injusticias; cosa imposible en verdad y que demuestra que tampoco eran grandes los talentos de Aytona. Aun quiso éste que sus soldados en todo se distinguiesen de los ciudadanos y demás soldados, á fin de que conservasen más su espíritu de cuerpo, la unión entre sí y la enemistad contra todos los otros, y para ellos les dió un traje particular que se llamó chamberga, según unos, porque era el mismo que usaban los soldados de Schoemberg, según otros porque los traía cierto Mr. de Chavaget que vino á servir á España y estuvo en el ejército de Portugal. De aquí vino el llamarse aquel regimiento de la chamberga ó chambergos; y chambergos por un lado y golillas por otro, que así llamaban ellos á los cortesanos, continuaron revolviendo á Madrid, hasta que muerto Aytona y trocadas las circunstancias, pasó el regimiento al ejército de Cataluña, cuando las cosas de la guerra lo hicieron allí necesario.

Pero ya por este tiempo la atención pública que estaba distraída antes con la chamberga, se encaminaba á otros objetos. El principal era la privanza de Valenzuela. Había llegado esta en breve espacio á sus últimos términos. Nombróle la Reina su primer caballerizo, y el marqués de Castel-Rodrigo, que vuelto del Gobierno de Flandes, donde le había sucedido el Condestable de Castilla, desempeñaba el cargo de Caballerizo mayor, escandalizado porque ni siquiera se hubiese consultado con él, representó á la Reina sobre la cortedad de los títulos del favorecido: ella entonces, para remediar el mal, lo hizo conde de San Bartolomé de Pinares. No había aún la Corte acabado de murmurar sobre esta gracia, cuando muerto el de Castel-Rodrigo, que fué á poco, cargado de años y servicios, pretendiendo su empleo de Caballerizo mayor casi todos los Grandes de España, fué preferido á todos el nuevo conde de San Bartolomé de Pinares. Y como se murmurase más que antes, naturalmente, para que no hubiese ocasión de olvidar tal ejercicio, salió á poco en favor del mismo Valenzuela el nombramiento de grande de España de primera clase. Sobraban ya motivos para que la envidia y la emulación por una parte, y por otra la honradez y la virtud, se declarasen contra Valenzuela, cuando la Reina, impaciente por terminar su obra, lo declaró por su primer Ministro, dado que ocultamente hacía ya tiempo que lo era.

La ira de los cortesanos y Ministros contra Valenzuela comenzó á endulzarla un tanto en la apariencia el verlo ya árbitro de todas las mercedes y dueño de todo el Gobierno; pero, como suele acontecer, se refugió en lo íntimo de los corazones, esperando para estallar mejores tiempos, sin escasear entre tanto ocultamente las sátiras ni las burlas. Cierto día, amaneció puesto cerca de Palacio un retrato de la Reina y Valenzuela: ella la mano sobre el corazón con un letrero que decía: «Esto se da», y él la mano sobre las insignias de todos los empleos y dignidades, con letra también que decía: «Esto se vende». En tanto, el pueblo clamaba descaradamente contra aquella vergonzosa privanza, y para acallarlo no escaseó sus trazas Valenzuela. Tomó de tal suerte sus medidas, que cuando en Madrid andaban escasos los mantenimientos, ahora durante su Ministerio se hallaban siempre abundantes en los mercados; resucitó los regocijos del tiempo del Conde-Duque; de suerte que Madrid ardía en fiestas continuamente, corridas de toros, mascaradas y comedias, donde Candamo y Solís y algún otro ingenio, de los pocos que había dejado tras sí Felipe IV, alcanzaban altos aplausos; y acometió obras de mucha importancia para ocupar á los ociosos y adornar á la corte, siendo una de ellas el terminar la reedificación de la Plaza Mayor de Madrid, que tenía un ángulo por tierra desde el último incendio, y otra el puente de Toledo, y otra, á lo que se cree, el arco de Palacio.

Pero como la vanidad es una misma en todos los tiempos, deseoso Valenzuela de hacer más y más pública su fortuna, comenzó á lucir en las fiestas divisas muy parecidas á aquélla que tan cara le costó al conde de Villamediana; una de ellas decía, yo solo tengo licencia, y otra, á mí solo es permitido. Ambas de grande escándalo: públicamente se escarnecían á la Reina y al favorito, y quien más los adulaba y obedecía, más se ocupaba en difamarlos. Los más altos los despreciaban personalmente, aunque no osaban oponerse á su poder; los más bajos los aborrecían, aunque se aprovechasen de sus larguezas y pareciesen contentos con el pan y los espectáculos que se les ofrecían, como á aquellos viles ciudadanos de la Roma imperial. Y así quieto D. Juan, la nobleza expectante, tranquilo el pueblo porque no le aquejaban escaseces ni grandes desdichas, fueron pasando los primeros meses de la privanza de Valenzuela. Pero pronto su inexperiencia para gobernar la Monarquía y los sucesos mismos vinieron reciamente á combatirle, dando fuerza á sus naturales y encubiertos enemigos para derribarle. Si D. Juan estaba quieto, era por conveniencia propia, pero sin dejar de atender por eso ni él ni sus partidarios á satisfacer las venganzas de lo pasado y preparar las cosas futuras; bien se vió lo primero con el suceso del Padre Nithard, en Roma. Andaba éste allí harto desairado, y con temores de que á instancia de D. Juan, que las hacía muy grandes, se le despojase de todos sus títulos, cuando habiendo vacado algunos capelos, y tratándose de dar uno de ellos á España, escribió la Reina á S. S. secretamente, suplicándole que honrase con él á su antiguo confesor, sin reparar en que el Consejo de Castilla había ya propuesto oficialmente las personas que lo merecían. Mas se tenía ya tan poca cuenta con los deseos de la Reina, que el marqués de San Román, nuestro Embajador en Roma, en vez de apoyarlos como debía, hizo que el Papa, lejos de honrar con un capelo al Padre Nithard, le obligase á renunciar sus cargos.