Día amargo fué aquel para la reina Doña Mariana. Los Grandes de España y palaciegos del partido de D. Juan habían persuadido secretamente al joven Rey de que la primera determinación que tomase fuera la de nombrar á D. Juan su primer Ministro, encargándole de todas las cosas del Gobierno. Entre los regocijos de la corte por aquel suceso iba ya á firmarse el decreto que esperaba D. Juan en el palacio del Buen Retiro, adonde ya había llegado, cuando la Reina, enterada del caso, llena de desesperación, corrió al punto á buscar á su hijo, consiguió hablarle á solas, le rogó, le suplicó, y tanto hizo y tantas lágrimas derramó, que logró rendir al flaco Rey y le arrancó una orden separando á don Juan de la lugartenencia de Italia, con orden verbal de que se alejase al punto de la corte y volviera á residir en Zaragoza. Así permanecieron durante un año las cosas, gobernando, como antes, la Reina y Valenzuela en nombre de Carlos; pero D. Juan y sus partidarios no descansaron un punto hasta urdir una nueva trama, que tuvo harto mejor éxito que la pasada. Vuelto á persuadir el Rey de que era necesario llamar á D. Juan al Gobierno, le aconsejaron que una noche saliese de Palacio y se fuese al Retiro, dejando orden á las puertas de que por ningún motivo permitiesen salir á la Reina. Ya en el Retiro el Rey, rodeado de personas afectas todas á D. Juan, sin querer abrir las cartas que al saber el suceso le escribió desde Palacio la Reina, expidió el decreto nombrando á su hermano, D. Juan de Austria, que no excusaba darle tal título, á que le asistiese y tomase sobre sus hombros (1676) el grave peso de la Corona. Así, al cabo de tantos años de vanos esfuerzos, logró D. Juan vencer á la Reina y obtener el Gobierno que deseaba. Dióselo Dios por pocos años, y con menos fortuna, encerrando en el sepulcro las esperanzas más altas que tenía, si las tuvo como se cree.
Pero ya es tiempo de que veamos qué tal se mostraba con nosotros la fortuna en la guerra empeñada en 1673. Era Flandes escuela antigua de nuestras armas, donde con mejor ó peor fortuna habían sido siempre respetables; obramos ahora solamente á modo de auxiliares, de suerte que no alcanzamos reputación alguna, bien que pérdidas sí las tuviésemos, y muy dolorosas. Fué mengua el reconocer por Capitán General de los ejércitos coligados al Príncipe de Orange, «statouder» de Holanda, rebelde vasallo de nuestra Corona, poniendo á sus órdenes las viejas banderas del duque de Alba, para que las llevase detrás de las de aquella república, que no era sino un pequeño trozo de nuestros antiguos dominios. De esto que el Gobierno de Madrid miró ya como cosa natural, sin causarle vergüenza ó disgusto, nacieron en las empresas y ocasiones irreparables daños, porque los generales españoles si no grandes todos, todos de ilustre cuna, recordando la pasada superioridad, no llevaban con calma la actual dependencia. Uno de ellos, que era el de la Caballería, D. Fernando de Aragón y Moncada, conde de Cartageneta y primogénito del cardenal duque de Montalto, al intimarle la orden de la Reina para que en todo se sujetase al de Orange, rompió su bastón de mando, dejó el ejército y se vino á España; y el duque de Monterrey y el de Villahermosa, que le sucedieron, tuvieron también con el caudillo holandés continuos disgustos. De todos modos, se juntaron las armas y se comenzó la guerra.
Juntas unas y otras con las alemanas, conquistaron á Noerden (1673), obligando á los franceses á abandonar todas sus conquistas en Holanda, y dieron la batalla famosa de Seneff (1674). Mandaba en ella los ejércitos aliados el mismo Príncipe de Orange, asistiendo también el conde de Monterrey con los nuestros y llegando el total de las fuerzas á sesenta mil hombres. Algo menor era el número de los franceses que el Príncipe de Condé gobernaba. Peleóse desesperadamente durante muchas horas, señalándose el de Monterrey con los españoles, y, al fin, quedó indecisa la victoria, retirándose unos y otros á sus cuarteles después de dejar veinticinco mil hombres en el campo. Entre tanto (1674) Luis XIV volvió á acometer el Franco Condado. Había propuesto el viejo duque de Lorena, aliado, como siempre, del Imperio y de España, que se empezasen las campañas por esta provincia, con lo cual ella se hubiera salvado y hubiera sido más fácil penetrar en el interior de Francia; pero no fué oído este consejo, y Luis XIV determinó hacerlo imposible en adelante apoderándose de la provincia. Entró en ella (1674), en persona, con cincuenta mil hombres y grandes trenes de artillería, y sus generales se apoderaron, en seis semanas, de todas las plazas fuertes: Gray, Besanzon, Salins, Dole, con todos los castillos y puntos fortificados. Hallábase esta vez, más aparejada que otras á la defensa, la provincia. D. Francisco de Albeyda, que allí mandaba, tenía á sus órdenes quince mil soldados y buenos capitanes como el Príncipe de Vaudemont, hijo del duque de Lorena, el barón de Soye y otros: de suerte que parecía que no debía ser tan fácil el triunfo del Monarca francés. Pero todos los esfuerzos de Albeyda y sus tenientes, asistidos aún de una diversión que hizo el duque de Lorena por la parte del Rhin, no bastaron para luchar con los franceses, que, sobre ser más de triple número que los nuestros, tenían de su parte una cosa que hasta entonces les había faltado, que era el favor de los naturales. Estos, por tanto tiempo leales á España, y que tanto habían padecido por serlo y tantos sacrificios habían hecho por conservarse en nuestro dominio, cansados ya de verse entregados al enemigo, persuadidos de que nuestros Reyes carecían de fuerza para defenderles, y de que, tarde ó temprano, habían de venir á parar en ser súbditos franceses, lejos de ayudar, como otras veces, á la resistencia, facilitaban cuanto podían la conquista. Tuvo Albeyda que repartir su gente casi toda en guarniciones por las plazas, á fin de que ellas mismas no se alzasen en favor de los enemigos: así, cuando llegaron sobre él los cincuenta mil franceses, se halló con sólo tres mil infantes y ochocientos caballos para mantener el campo, con que no pudo socorrer ninguna de las plazas sitiadas ni obrar cosa de provecho. Las guarniciones españolas de las plazas se defendieron con denuedo, al decir de los mismos franceses, y una de ellas, la de Besanzon, ejecutó una acción digna de los soldados de Carlos V y de Felipe II, no superada en Roma ó Esparta. Aportillados los muros y no pudiendo más prolongar la defensa, después de veinte días de ataques continuos, pidieron capitulación. Mandaba á los franceses en persona el rey Luis, que para mostrar su esfuerzo con aquellos rendidos, no quiso concedérsela, exigiendo que se rindiesen prisioneros de guerra. Entonces los soldados, llenos de honrosa indignación, prefirieron morir con las armas en la mano, y saliendo en escuadrón formado contra las líneas francesas, las embistieron, y peleando uno contra ciento murieron todos.
El Franco Condado, unido tanto por su voluntad como por el poder de las armas á la monarquía francesa, no se ha separado de ella desde entonces. Acompañaron á esta pérdida, tanto en aquella como en las siguientes campañas, otras iguales ó mayores por la parte de Flandes, para todos los aliados. Perdiéronse entre otras las plazas de Ayre y Condé (1677), donde un Maestre de campo español, con trescientos soldados solamente, supo romper la línea de sitio para introducir socorros; hubo que levantar el sitio de Maestrik; y nosotros particularmente perdimos (1678) la importante plaza de Valenciennes, una de las más fuertes de los Países Bajos, no sin recelo de traición por parte de algunos de los moradores ó extranjeros que la defendían, dado que en el mismo marqués de Richebourg su gobernador, no se suponga como se puede. Perdimos también la ciudad de Cambray, muy bien defendida por su gobernador D. Pedro Scala, y habiendo sido derrotado el Príncipe de Orange en la batalla de Mont-Cassel, hubo también de rendirse la ciudadela, que era más fuerte que la ciudad, á pesar de la heroica resistencia de su gobernador D. Pedro Zabala, que herido y casi moribundo se sostuvo hasta lo último con una guarnición casi toda de españoles haciendo prodigios de valor, al decir de los historiadores franceses.
También se perdió Saint Omer con regular defensa. Mandaba ya en Flandes el duque de Villahermosa, vuelto á España Monterrey, el cual, aunque no se estuvo ocioso durante esta campaña (1677), no logró hallarse de acuerdo ni una vez apenas con el de Orange, queriendo él pelear cuando el otro retirarse, y al contrario; de modo que no pudieron lograr juntos ventaja alguna. En la de 1678 los enemigos, conociendo de una parte que las plazas españolas estaban mucho menos fortificadas y guarnecidas que las holandesas, y de otra que era más fácil que las conservasen por el tratado de paz, manteniendo ya también inteligencias para ajustarla con Holanda, volvieron contra nosotros todas sus fuerzas. Atacaron á un tiempo cinco plazas: Gante, Iprès, Namur, Mons y Luxemburgo con poderosos ejércitos. Gante, valerosamente defendida por D. Francisco Pardo, tuvo al cabo que rendirse, y lo mismo Iprès que sostuvo hasta el extremo el marqués de Conflans. No hubo en verdad ningún género de esfuerzo que no hiciese Villahermosa para socorrer estas plazas; pero abandonado casi de sus aliados por hallarse á la sazón el Príncipe de Orange en Inglaterra, y continuar las inteligencias entre holandeses y franceses, sin recibir un solo real de España ni un solo hombre, falto de todo, no pudo evitar el daño. Hallábase entregado á la desesperación cuando vino á terminarse la paz. Sitiaba todavía el Mariscal de Luxemburgo la plaza de Mons, y el Príncipe de Orange vuelto ya de Inglaterra estaba en campo con sus tropas, disgustado de una paz que le robaba el influjo en la república. Concertó con éste Villahermosa dar batalla al de Luxemburgo á pesar de la conclusión de la paz, prevaliéndose de que todavía no habían recibido oficialmente las nuevas, sin más propósito que el de renovar de nuevo la guerra ó de vengar pasadas pérdidas; y con efecto, acometiendo ambos generales al francés, se dió una batalla tan inútil como sangrienta, en la cual ambas partes cantaron el triunfo dejando siete mil muertos en el campo.
De mayor ventaja y gloria, por ser mantenidas de nosotros solamente, contra los enemigos, fueron las campañas de Cataluña. Fué allí á mandar la provincia al abrirse la campaña de 1673 el duque de San Germán, D. Francisco Tuttavilla, viejo General y harto experimentado en Cataluña, Portugal y otras partes, el mejor acaso que tuviera entonces España. Entró por el Portus Mr. de la Bret con tres mil infantes y setecientos caballos, para quemar algunos lugares en venganza de los que el conde de Monterrey quemaba en Flandes. Salió al opósito el de San Germán con ochocientos caballos y muchos paisanos, sostuvo un combate ventajoso, donde murieron más de ciento de los enemigos, y por último les obligó á repasar la frontera. Intentaron otras varias entradas por el Ampurdán, mas siempre fueron rechazados; y en la villa de Massanet, que acometieron furiosamente, tuvieron bastante pérdida. Aunque estos pequeños principios eran afortunados, como no había tropas en la provincia para atender á una ordenada defensa, era de temer que los enemigos la pusiesen en algún peligro. Entonces Cataluña, ardiendo todavía en deseos de mostrar su patriotismo y aborrecimiento á los franceses, levantó á su costa diez tercios de infantería, con lo cual y los escasos jinetes que allí había, se formó un regular ejército, ordenándose también los somatenes, para que acudiesen cuando se los llamase.
Contuviéronse los franceses al saber estas prevenciones, y más que á la sazón les daban á ellos harto en que entender las cosas de su territorio. De él era parte el Rosellón, provincia natural de España, que aún no podía llevar con paciencia el dominio extranjero. Puestos de concierto los paisanos del lado de allá de los Pirineos con los del lado de acá, no cesaban de acosar á los franceses. Bastaba que uno de ellos se apartase de compañía ó ejército para ser muerto. Los colonos que habían venido á residir en los lugares del Rosellón, eran acometidos de los antiguos vecinos, y muertos también y saqueados; los montes estaban ocupados por los angelets, que eran como los almogávares de Cataluña, gente suelta, incansable, atrevida, que no dejaba un momento de reposo á los franceses, sin dar cuartel á ninguno, recogiéndose en la mala fortuna al abrigo de los catalanes, que desde Massanet y otros pueblos de la frontera hacían también á aquellos guerra á muerte. Todo esto acontecía antes de que se formalizase la guerra. Mas ahora, alentados con ella los principales vecinos de Villafranca, de Conflans y de otras principales villas y lugares de Rosellón, negando que Felipe IV hubiese tenido derecho para enajenar aquella parte de la Corona, determinaron sustraerse al dominio francés, tornando á España. Comunicaron su intento al Gobernador de Puigcerdá, D. Gerónimo Dualdo, y concertaron con él el modo de sorprender á los franceses, y de apoderarse en un punto de toda la provincia. Descubrióse desdichadamente la conspiración, y los más de aquellos nobles españoles fueran ajusticiados. Tras esto los franceses, para vengarse hicieron una invasión en el Ampurdán, al mando del marqués de Riberolles; pero fué en su daño, porque volvieron desordenados por los paisanos y almogávares ó miqueletes, con gran pérdida, y siendo el mismo General de los prisioneros, los cuales por primera vez obtuvieron cuartel durante esta guerra.
No contentos con este triunfo, hicieron infinitos daños los miqueletes en la frontera francesa. Luego el duque de San Germán con el ejército formado en Cataluña y algunos refuerzos que recibió de Nápoles y Castilla, entró por el Rosellón á mano armada (1674). Llevaba consigo hasta doce mil infantes y dos mil quinientos caballos. Con ellos rindió á Maurellás y su castillo, rompió un trozo de franceses á la otra parte del río Tech, con prisión del Teniente general la Bret que los mandaba, obligándoles á desamparar al Boulou y San Juan de Pajés, y bloqueó el castillo de Bellegarde. En seguida atacó valerosamente la villa de Ceret, y la tomó, mientras que D. José de Trinchería degollaba un regimiento de franceses casi entero, y luego rompía otro, tomando un gran convoy que llevaba al lugar de los Baños, haciendo prisioneros al mayor número de los soldados. Era este Trinchería catalán de los del Rosellón, y mal avenido desde su infancia con que su provincia fuese presa de los extranjeros, se consagró á hostilizarlos; fué de los principales caudillos de los angelets, y ahora lo era de los miqueletes ó almogávares, acaudillando una cuadrilla de ellos, con la cual llevó á cabo hechos famosos.
Alentado San Germán con sus primeras ventajas y hallando faltas de comunicación, por tenerlas interceptadas los miqueletes, las fuertes plazas de Bellegarde y los Baños, determinó embestirlas á un tiempo. Rindióse Bellegarde, mucho tiempo antes bloqueada, después de ser furiosamente batida; pero la plaza de los Baños no pudo ser tomada por haber sobrevenido al socorro el Mariscal de Schömberg con tres mil caballos, doce mil infantes y cerca de diez mil paisanos, número muy superior al de los nuestros. Concentró el duque de San Germán, para oponerse, todas sus fuerzas, que no pasaban ya de cuatro mil trescientos infantes y setecientos caballos, sobre Maurellás, en las orillas del Tech, ordenando á los somatenes del contorno que viniesen en su ayuda. Era su intento continuar el bloqueo de los Baños, ordenándolo desde Maurellás con su ejército. Lisonjeóse Schömberg de sorprenderle, y atacó de repente sus líneas por un punto que juzgaba desguarnecido; pero no estaba sino muy bien defendido por la infantería catalana de los somatenes. Por tres veces embistieron los enemigos, y tres veces fueron rechazados, siendo casi deshecho un regimiento de suizos que tomó la delantera. Salió entonces nuestra caballería, escondida en unos olivares, y espada en mano arrojó á los franceses del otro lado del Tech, con gran destrozo. Sin embargo, como los nuestros, tan inferiores en número, no osaban salir á campo raso, tuvo lugar Schömberg para socorrer los Baños y tomar á San Juan de Pagés, con que el de San Germán dispuso retirarse. Avergonzado el francés de la anterior derrota, quiso desquitarse impidiendo esta retirada, suponiendo que daría ocasión á completo desorden. Entonces aquellas orillas del Tech y campos de Maurellás fueron testigos de una batalla gloriosa para los españoles. Acometió Schömberg nuestra ala derecha, donde había dos tercios de catalanes, al mando de los Maestres de campo D. José Mari y D. Manuel Senmenat con superiores fuerzas; pero los tercios se defendieron valerosamente y dieron tiempo á que, llegando el conde de Lumiares, General de nuestra caballería, con buen golpe de jinetes, destrozase á los jinetes franceses, obligando á la infantería á ponerse en fuga. Al mismo tiempo habían embestido los enemigos nuestra ala derecha, y aquí fué más completa su derrota. Componíanla otros dos tercios, uno compuesto de catalanes, el otro el de la chamberga, mandado aquél por el nuevo marqués de Aytona, y éste por el de Leganés, no menos valiente que fué su padre, y que, gobernando en Orán, había ya dado altas muestras de su persona; acudió también al socorro el conde de Lumiares con su caballería en lo más recio del combate, y entre todos obligaron al francés á huir vergonzosamente, ganándole la artillería, parte de la cual clavaron, y parte trajeron á nuestro campo. Fuera allí total la destrucción de los franceses, si el de San Germán no hubiese ordenado cesar la pelea. Con todo, dejaron en el campo mil hombres muertos y muchos prisioneros, entre otros, el General de la caballería, un hijo de Schömberg y muchos coroneles y capitanes; tomóse también la mayor parte del bagaje.