Tan señalada victoria no se consiguió sin alguna pérdida de nuestra parte; del trozo llamado de Medina apenas quedó hombre á vida. No faltó quien censurase al de San Germán por no haber proseguido la victoria; pero fué disculpable sin duda el no empeñarse mucho con un enemigo tan superior en fuerzas, y que conservaba mucha gente de refresco todavía. Contentóse el Duque con permanecer atrincherado á la orilla del Tech, al propio tiempo que los enemigos fortificaban su campo más allá de San Juan de Pagés. Allí estuvieron muchos días ambos ejércitos sin emprender cosa notable, con gran vergüenza del francés, tan superior en número, hasta que los rigores del invierno y las enfermedades obligaron á éste á retirarse á su territorio, con lo que los nuestros alzaron también su campo. Pero en todo el tiempo que estuvieron frente á frente los ejércitos, no dejó de haber combates parciales y gloriosísimos siempre á los españoles, señaladamente á los miqueletes catalanes.
Eran estos miqueletes los mismos que en otras ocasiones hemos llamado almogávares; nombre aquél árabe, que significaba soldado ligero, y éste derivado de cierto Miguel de Prat, caudillo famoso de ellos, compañero de César de Borja. Sus hechos contra los castellanos en los días de la rebelión son bien conocidos; los que ahora ejecutaron contra los franceses son dignos de eterna memoria. Distinguiéronse entre los caudillos ó cabezas, José de Trinchería, de quien ya hemos hablado antes, y el baile de Massagoda. Embistieron los franceses el puente de Ceret, y fueron de los mismos miqueletes rechazados; Massagoda y Trinchería cogieron numerosos convoyes, poniendo en grande estrechez el campo enemigo. Luego corrieron el Rosellón como vencedores, recogiendo en todas partes botín y prisioneros, y destruyendo cuantos franceses hallaban á mano. Quisieron éstos entrar en el Ampurdán por el Coll de Bañuls, y los miqueletes los rechazaron; la guarnición de los Baños, que hizo una salida, fué encerrada de nuevo con gran pérdida en la plaza; acometieron de nuevo el puente de Ceret y un fuerte allí cercano, y tampoco los miqueletes les dejaron conseguir su intento, haciéndoles horrible mortandad por todas partes. Desesperado Schömberg, concertó con su teniente M. de la Bret, ya rescatado, y con el traidor don Juan de Ardena, que aún mandaba su caballería, una artificiosa emboscada para coger á Massagoda y Trinchería con todos sus miqueletes; pero ellos no solamente supieron burlarla, sino que causaron al enemigo nuevas pérdidas, matando el propio Massagoda á D. Juan de Ardena, y entre otros al Teniente general de la caballería francesa.
Fué también famoso el hecho de cuarenta y cinco caballos españoles, que entrando en el Rosellón como si fuera tierra nuestra, todavía llegaron hasta insultar los muros de Perpiñán, robando á sus mismas puertas mucho ganado y víveres con que volvieron ricamente cargados. Verdad es que tan osadas empresas las facilitaba el amor de los habitantes de Rosellón y el odio á los conquistadores franceses. Llegó por este tiempo á Barcelona la armada holandesa del almirante Tromp, destinada por su Gobierno, de concierto con el nuestro, á hacer un desembarco en las costas del Rosellón, cosa que fuera provechosísima en tales circunstancias; mas bien fuese por mala inteligencia, bien por mala voluntad del holandés, ello es que el intento quedó abandonado, y la armada se volvió á sus puertos.
No fué tan ventajosa la siguiente campaña de 1675, porque no pudo ya reunirse ejército alguno que oponer al enemigo. Entró éste en el Ampurdán, saqueando las iglesias y cometiendo en ellas grandes profanaciones; quiso tomar á Bellegarde por sorpresa; fué rechazado con daño, y tomó el camino de Gerona, resuelto á ponerla sitio. Seguíanle en cuadrillas los miqueletes, principalmente los que acaudillaba aquel baile de Massagoda, por nombre Lamberto Manera, acosándole por todas partes en el alojar y desalojar, en las marchas y en los altos; y los vecinos de los pueblos que iban atravesando, con noticia de los sacrilegios que venían cometiendo en las iglesias, salían á los caminos, como dice un analista «á caza de franceses», obligándoles á no apartarse de su ordenanza. Introdujeron los miqueletes socorros en el Portus, por si era atacado de los enemigos, tomándoles tres convoyes con hasta mil acémilas, y prendieron una compañía de franceses, que con poco tino pretendía ejercitar aquel oficio de almogávares ó miqueletes. Luego, reunidos el de Massagoda y Trinchería, derrotaron otro convoy que escoltaban mil franceses, y mientras Massagoda iba detrás de los franceses camino de Gerona, volvió atrás Trinchería, y llenó de espanto el Rosellón, insultando de nuevo los muros de Perpiñán. Uno de los mejores regimientos franceses, el que llevaba el nombre de Schömberg, fué acometido por los miqueletes cuando más seguro marchaba á reunirse con el grueso del ejército, confiado en su valor y sus fuerzas; de quinientos hombres que lo componían, doscientos murieron en el campo y los demás quedaron prisioneros. Fatigado con tales descalabros llegó, al fin, Schömberg á las cercanías de Gerona.
Hallábase dentro el duque de San Germán con el duque de Medinasidonia, harto más honrado que su padre, que servía de voluntario en aquella guerra, el general de la artillería D. Francisco Velasco y un conceller de Barcelona, que había venido gobernando un tercio levantado por aquella ciudad en sólo tres días, para la defensa del Principado. Determinóse que el Duque, como Virrey, saliese de la plaza á atender á su socorro, y que dentro quedasen los demás caudillos, y así se hizo. No tardaron los franceses en comenzar los ataques. Un trozo de su ejército fué sobre el fuerte de Montjuich, otro sobre el rastrillo de San Lázaro. Por dos veces fueron rechazados del fuerte, formado sólo de fagina y tierra; tomáronlo á la tercera, á costa de más de cuatrocientos hombres, después de haberlo embestido con cinco mil infantes, abrigados de toda su caballería. El duque de Medinasidonia mantuvo en tanto, con admirable constancia, el rastrillo de San Lázaro, donde se vieron hechos heroicos. Un cierto don Francisco Vila, capitán del tercio de D. Pedro Rubio, con sólo treinta hombres detuvo cinco horas á centuplicado número de enemigos; y el baile de Massagoda, Lamberto Manera, cubierto de sangre de ellos y de sus propias heridas, halló allí fin á su gloriosa vida, después de haber peleado todo el día. Fueron parte estos hechos para que, temeroso el francés de la resistencia que le esperaba, alzase el cerco, retirándose con prisa.
Intentó una armada francesa infestar las costas del Principado bordeando hacia Rosas; pero halló á los naturales tan apercibidos á la defensa que no osó poner gente en tierra. Y los miqueletes, cada día más audaces con sus triunfos, sabida la retirada que hizo el enemigo de Gerona, vinieron á acosarle, impidiéndole asentarse en parte alguna. Cuatrocientos de ellos osaron embestir un convoy de harina y dineros, asegurado por más de tres mil franceses, infantes y caballos; pelearon cuatro horas con inaudito esfuerzo, y aunque no lograron tomar el convoy, hicieron gran destrozo en los enemigos. No tardó Trinchería en desquitarse de aquel frustrado suceso. Venía un convoy enemigo á pasar por el Coll de Bañuls con quinientos caballos y otros tantos infantes, parte de ellos de aquella gente ligera formada entre sus paisanos, á semejanza de nuestros miqueletes, y aguardábanlo hasta dos mil soldados, destacados del ejército de Bañuls, á la desembocadura de los desfiladeros. Trinchería salió de noche con sólo doscientos hombres, dejando algunos más para asegurarse la retirada, y embistiendo en el paso de Bañuls al convoy, mató doscientos hombres enemigos, uno por cada cual de los suyos, y tomó hasta trescientas acémilas, salvándose las demás á duras penas.
En tanto un trozo del ejército enemigo de hasta cuatro mil infantes y quinientos caballos atacó la villa de Massanet. Hallábase en ella el capitán José Boneu, el cual, viendo que no podía salvarla contra tan crecido número de enemigos, echó á la montaña á toda la población y se quedó dentro con sólo cuarenta miqueletes; llegaron los franceses y rompieron las tapias de la villa fácilmente; pero en las calles estaba fortalecido Boneu con sus cuarenta hombres, y se las fué disputando palmo á palmo. Así cuatro mil quinientos hombres de un lado y cuarenta de otro estuvieron lidiando en las calles largas horas, hasta que, muertos muchos y oprimidos del número los demás, se recogieron con su capitán José Boneu á la iglesia. Allí se sostuvo Boneu todavía, hasta que los franceses lograron escalar las bóvedas y penetrar por tantas partes á un tiempo, que no tuvo más remedio que rendirse. Quiso el general francés ahorcar á Boneu, en castigo—según decía—, de haberse atrevido, con cuatro pícaros, á defenderse y ofender temerariamente á un ejército real; mas no lo ejecutó, con mejor acuerdo, recordando que él mismo debía la vida á los paisanos catalanes, y que ellos eran terribles en sus represalias.
Cuesta dolor el apartar la vista de estos hechos heroicos de los naturales, para fijarse en los del ejército y capitanes reales. Bellegarde, defendida por mil soldados á las órdenes de un extranjero llamado Niemberg, no bien se presentó el enemigo delante de sus fuertes muros, pidió socorro; enviólo el Virrey, y como la plaza estuviese ya circunvalada, ofrecióse el valiente Trinchería á abrir puerta con sus miqueletes. Abrióla, con efecto, rompiendo un cuartel de alemanes; pero los capitanes y soldados que venían al socorro se negaron luego á encerrarse en los muros; con que fué inútil aquella alta hazaña. En seguida el Niemberg, asustado con las bombas enemigas, rindió la plaza. Retirábase el francés al Rosellón después de aquella importante conquista, cuando tropezó con una ermita llamada de Nuestra Señora del Castillo, donde había de guarnición sesenta catalanes: atacóla con dos mil infantes, quinientos caballos y tres cañones; pero los sesenta hicieron tanto, que los detuvieron once días delante de sus tapias. Para concluir la campaña con algún hecho notable, amenazó el enemigo á Puigcerdá; pero habiéndola provisto muy bien el duque de San Germán, desistieron del propósito. Debajo de los muros de aquella villa hubo un combate entre algunos caballos españoles y un grueso de caballería enemiga, donde murió peleando gloriosamente uno de los mejores capitanes de Cataluña, por nombre Rimbau de Corbera; y los enemigos, aunque tan superiores, tuvieron que huir escarmentados.
Dejó en esto el Virreinato el duque de San Germán, y puesto en su lugar el marqués de Cerralbo, se abrió la nueva campaña. Mandaba ahora el ejército francés el duque de Novalles, y traía hasta doce mil infantes y tres mil caballos. Sorprendió en Figueras á un tercio catalán, de modo que ni un hombre se libró de ser prisionero; mas Trinchería nos desquitó de esta pérdida prendiendo á toda la guarnición francesa de Besalú, que, evacuado el lugar, iba á juntarse con su campo. Á esto se redujo la campaña. Tampoco fué más Virrey Cerralbo, y el Príncipe de Parma, que vino en su lugar, no hizo más que entrar en el Rosellón con alguna gente, á fin de divertir al enemigo que amenazaba al Ampurdán. Logrólo, y en seguida, sin saberse bien el por qué de tales mudanzas, entró en el Virreinato el conde de Monterrey. Hizo Cataluña un donativo extraordinario de trescientos mil escudos en tres años, envió la corte alguna ayuda, vino gente de Italia y de Castilla, y al fin se formó un ejército de doce mil hombres con D. José Galcerán de Pinós por Maestre de campo general y otros caudillos de nota.
Nunca tal ejército se hubiera formado; porque así como fueron afortunados y gloriosos los hechos de los miqueletes, así los suyos fueron infelices. Con él salió el conde de Monterrey á atacar al enemigo, que, inferior en fuerzas, molestaba el Ampurdán. Aguardáronle los franceses fortificados entre dos montes, á la otra parte de Villanadal, y él fortificó delante de ellos su ejército. Allí estuvieron unos y otros observándose muchos días sin venir á las manos. Propuso Pinós que, levantando los somatenes, se cortase al enemigo la retirada, que tenía que ser por terreno asperísimo y desfiladeros casi impracticables; con que atacándolo el ejército nuestro tan superior por el frente, sería su destrucción segura. No se siguió este parecer tan acertado, y el francés, conocido el yerro que había cometido metiéndose en lugar de tan difícil salida, levantó su campo y comenzó á retirarse lentamente. Había en nuestro ejército mucha Nobleza, que había acudido á él con deseos de distinguirse, y al ver al enemigo en retirada, sintiendo que se les escapase de las manos cuando tenían la victoria por segura, se lanzaron á perseguirle en desorden. Iba el duque de Monteleón mandando la vanguardia y á su lado el joven conde de Fuentes, el vizconde de San Jorge, y muchos caballeros españoles y alemanes, y no bien descubrieron al enemigo, le acometieron temerariamente. Dió éste cara en buena ordenanza, peleóse furiosamente, y cayó el de Monteleón mortalmente herido entre otros, quedando muertos el de Fuentes y el de San Jorge. Entonces Monterrey puso su ejército en batalla, recogiendo á la deshecha vanguardia y esperando pelear con todas sus fuerzas; mas no le dió lugar el enemigo, poniéndose de nuevo en precipitada marcha á favor de las sombras de la noche, y ganando el Rosellón sin que pudiéramos hacerle el menor daño. Diéronse gracias á Dios en los templos, tanto en Barcelona como en Madrid, por esta jornada; pero con bien poco fundamento. Sintióla Cataluña profundamente, y los generales quedaron muy desunidos, principalmente Pinós, con los demás que habían desoído su consejo, hasta el punto de renunciar el cargo.