Entró á la siguiente campaña (1678) el propio mariscal de Novalles con más de veinte mil hombres en Cataluña y puso sitio á Puigcerdá. Defendió bravamente la plaza el gobernador D. Sancho de Miranda, muy bien asistido de los habitantes, y dió tiempo á que el de Monterrey pudiese juntar ejército con que acudir al socorro. Pero no atreviéndose luego á pelear con el enemigo, superior en número, se retiró Monterrey, y D. Sancho de Miranda, á los cuarenta días de abierta la trinchera, tuvo que darse á partido, con gran disgusto de los ciudadanos, que solicitaban enterrarse en los escombros de la plaza. Todavía el valeroso Trinchería molestó mucho á los enemigos en el cerco de esta plaza, aunque ya cundiese el disgusto en Cataluña por ver que el Rey no iba á jurar sus privilegios, dilatándolo de día en día, y por el poco aliento y destreza con que la defendían los capitanes reales. Aumentó esta cólera un suceso vergonzoso que tuvo lugar en Barcelona: había anclado un navío dentro del mismo puerto, entró en él la armada francesa y lo quemó, sin opósito apenas de la plaza, por indecisión y torpeza del gobernador D. José de Borja y de los otros capitanes que allí se hallaban. Sintiólo Barcelona por amor de la nación, no por interés propio, pues era el navío de los del Rey, tan escasos entonces. Aquel fué el último suceso de la guerra. Al saber las paces los franceses, que amenazaban de nuevo la frontera, se retiraron sin hacer más que destruir las fortificaciones de Bellver y otros castillos poco importantes que poseían.

Más poderosamente aún que Cataluña y Flandes llamó la atención de nuestra corte la guerra de Sicilia, y tanto, que, por sostener ésta, abandonó más y más las otras en los últimos años, separando, principalmente de Cataluña, todos los soldados de alguna experiencia. Quedó la isla algo conmovida desde los sucesos del reinado anterior. Gobernaba ahora D. Luis del Hoyo, marino viejo, pero, al parecer, poco prudente, el cual pretendió disminuir los privilegios de Mesina, que estorbaban el ejercicio libre de su autoridad; excitó con esto la cólera de la Nobleza y de una parte del pueblo de aquella ciudad, y habiendo sucedido al D. Luis en aquel gobierno D. Diego de Soria, marqués de Crispano (1674), se halló ya la rebelión muy cercana. Temióla tanto el Marqués, que hizo prender á los senadores Vicente Zuffo, Tomás Caffaro y otros que reputaba como instigadores de los demás, no bien se encargó del Gobierno. Irritóse la muchedumbre al saber la nueva, y acaudillada por los dos hijos de Caffaro, se presentó delante del palacio del Virrey gritando: ¡Viva Carlos II y mueran los malos gobernadores! No supo entonces D. Diego de Soria resistir como debiera el tumulto, y puso en libertad á los presos. Entonces los mesineses, envalentonados, quisieron apoderarse de la persona del Gobernador, y por consejo de Caffaro, en lugar de «viva Carlos II» gritaron «viva Francia», enviando embajadores á aquella potencia para que les diese socorro.

No se dejó éste esperar mucho. Habíanse apoderado fácilmente los sublevados de todos los fuertes de la ciudad menos del de San Salvador, el más importante, donde D. Diego de Soria se había refugiado con su familia. Pronto acudieron tropas de diversos puntos de la isla y algunas de Cataluña, y D. Beltrán de Guevara con las galeras de Nápoles vino á cerrar la boca del puerto. Dióse un ataque á la ciudad, que no produjo efecto, porque los mesineses, atrincherados en las calles, rechazaron á los nuestros, y el D. Beltrán no osó luego pelear con la armada francesa de M. de Valbelle, cuyos bajeles eran de mucha más fuerza. De modo que entrando el socorro de los franceses, se fortificó y declaró más y más la rebelión. No obraron en esto tan tibiamente como en otras cosas la Reina gobernadora y sus Ministros, escarmentados sin duda con las consecuencias de tales rebeliones. Ordenóse el armamento de veinte bajeles, y con ellos y las galeras de Nápoles fué el marqués del Viso á bloquear á Mesina, mientras la mejor parte del ejército que había en Cataluña se enviaba á la isla, y la ciudad fué tan estrechamente bloqueada. Llena de hambre y miseria (1675), se aguardaba su rendición de un momento á otro. Impidiólo el mariscal de Vivonne, que se presentó en el puerto de repente con una poderosa armada de franceses. Salió á recibirla el del Viso, y combatió con ella bien al principio; pero al ver que M. de Valbelle, con los bajeles en que había traído el primer socorro, salía del puerto á acometerle por la espalda, huyó malamente á Nápoles. Entonces Vivonne desembarcó las tropas que traía, guarneció con ellas los fuertes de la ciudad, y tomó el título de Virrey por Francia. No tardaron los mesineses en echar de menos á su Gobernador antiguo y á los españoles: tal fué la conducta rapaz y licenciosa que allí tuvieron Vivonne y sus soldados.

Al propio tiempo el resto de la Sicilia se había ya puesto en armas en favor de España. Tenía en ella nuestro dominio profundísimas raíces, como que tantos siglos antes estaba unida con Aragón formando una de las provincias de este reino. Todas sus glorias, todos sus recuerdos estaban mezclados con los de Aragón, y aragoneses y catalanes eran de origen muchos de los barones y señores de la isla. Al ver tremolar en ella la bandera extranjera, y al sentir los excesos de aquella gente enemiga en las ciudades y en los campos, no hubo más que una voz que aclamase á España. Así cuando Vivonne salió con ejército formado de Mesina, encontró en todas partes tenaz y continuada resistencia. Amagó en vano á Catana y Siracusa, y aunque se apoderó del pequeño puerto de Angusta, perdió casi todo su ejército, consumido por las enfermedades y los desórdenes. En este punto fué cuando se habló de enviar allá á D. Juan de Austria con el cargo de Vicegeneral en todos los estados de Italia, y al mismo tiempo se pidió á Holanda que nos enviase como aliada fuerzas marítimas bastantes para contrarrestar á las francesas. D. Juan no fué, como atrás dijimos; pero los holandeses, no sin hacerse pagar crecidos subsidios, enviaron al famoso Ruytter con diez y ocho naves de línea, cuatro brulotes y cuatro naves de descubierta. Juntáronsele dos naves y nueve galeras de España, y con tales fuerzas salió Ruytter á recibir al almirante Duquêsne que venía á reforzar á Vivonne con veintiséis naves. Dióse un combate sangriento, en el cual, por causa del viento, no pudieron tomar parte las galeras de España sino ya al acabarse, que vinieron á remolcar á los navíos holandeses que quedaban maltratados; y aunque el combate quedó indeciso, fué siempre ventaja de los enemigos el entrar en Mesina. En tanto, el marqués de Villafranca, Virrey de la isla, había reunido ya bastantes fuerzas para sitiar á Angusta con buen golpe de gente á las órdenes del conde de Bucquoi, título ya ilustre en nuestros ejércitos, y Ruytter fué encargado de bloquearla por mar con una escuadrilla española, reunida, que mandaba D. Francisco Freyre de la Cerda. Duquêsne, reforzado también con muchas naves, vino á atacar á la armada coaligada, y hubo un nuevo combate (1676), en el cual quedó herido de un cañonazo el famoso Ruytter, muriendo de allí á pocos días. Fué preciso tras esto levantar el sitio de Angusta, que ya nos había costado muchas vidas, y entre otras la del conde de Bucquoi, que murió peleando en una salida de los enemigos.

Apenas había pasado un mes de la muerte de Ruytter, cuando Duquêsne se presentó delante de Palermo, donde estaban reparándose los bajeles holandeses y españoles, y hallándolos dentro del puerto, metió en él muchos brulotes que quemaron al mayor número con pérdida de mucha gente por nuestra parte. Estas desgracias facilitaron al de Vivonne que se apoderase de Scaletta, valientemente defendida de los españoles de Taomina, Merilli y muchos castillos convecinos. Pero como el odio de los sicilianos á los franceses era mayor cada día, y mayor el entusiasmo por la causa de España, temiendo el Gobierno francés unas nuevas vísperas, determinó abandonar la isla. Hízolo traidoramente (1678), porque envió con una escuadra y nombre de Virrey al duque de la Féuillade, el cual embarcó todas sus tropas y efectos bajo diversos pretextos, y hasta que estuvo en alta mar no participó la determinación á los rebeldes. Estos, llenos de desesperación, tuvieron entonces que rendirse sin resistencia; huyeron los más culpables, muchos fueron ajusticiados, y el marqués de las Navas, nombrado Virrey en lugar de Villafranca, aunque á costa de grandes castigos, restableció la tranquilidad en toda la isla.

Después de guerra en todas partes tan poco afortunada, no podían ser muy ventajosas las paces; pero la torpeza de nuestra diplomacia y la mala fe de Holanda hizo que las que ahora se ajustaron fueran aún más fatales para España. Holanda, por cuya causa se había comenzado la guerra y en cuyo provecho la habían empeñado principalmente España y el Imperio, mirando que estaba comprometida á no hacer paz ó tregua con Francia, sin que ésta nos devolviese lo que nos había quitado desde la paz de los Pirineos, fué quien primero se cansó de la guerra, disponiéndose á dejar de cualquier modo las armas.

Hubiera esto podido excusarse, á no añadir á la poca constancia la perfidia con que sacrificó los intereses de sus aliados á los suyos propios. Había ya tiempo en verdad que se trataba de ajustar las paces, y para ello todas las potencias beligerantes tenían en Nimega sus Embajadores, siendo los de España el marqués de los Balbases, D. Pablo de Espínola y D. Pedro Ronquillo. Pero como las pretensiones de Francia eran tan grandes, no se podía de modo alguno hallar concierto. Entonces Luis XIV propuso secretamente á Holanda que la devolvería cuanto la hubiese tomado con tal que le dejase resarcirse á costa de España; y como no fuesen mal oídas sus proposiciones, las últimas campañas se encaminaron casi solamente contra nosotros. Resistíase el Príncipe de Orange á la paz; pero por eso mismo más la deseaban los Estados generales de Holanda, recelosos de que la ambición del Statuder pusiese en peligro la libertad de la república. No obstante, para ocultar mejor la deslealtad ajustaron los Estados generales un tratado primero con Inglaterra, comprometiéndose ambas potencias á obligar á las otras á hacer las paces de grado ó por fuerza, atacando juntas á la que se mostrase indócil y empeñada en no dejar las armas. Al calor de este tratado se ajustaron definitivamente las paces con Francia, que no pudo serles más ventajoso (1678), obligando á España, imposibilitada para defender sola sus provincias y para oponerse á los nuevos aliados, á que aceptase las condiciones que quiso dictarle Luis XIV, que no pudieron ser más desastrosas.

No supieron aprovecharse nuestros Embajadores de la buena fe con que los de Inglaterra, que no habían intervenido en la negociación sino para procurar la paz general, se negaron á firmar el tratado particular de Holanda; ni supieron conocer á tiempo las alevosas negociaciones que secretamente mantenían los Embajadores franceses y holandeses. Así nosotros solos pagamos los gastos y padecimos las consecuencias de aquella guerra desgraciada. Fué preciso ceder al Rey de Francia el Franco Condado, Valenciennes, Condé, Bouchain, Cambray, Aire, Saint-Omer, Ypres, Warwik, Warneton-la-Lis, Poperingue, Bailleul, Cassel, Menin, Bavay y Maubeuge con sus dependencias, y además la plaza de Charlemont por no haberse podido obtener del Obispo y cabildo de Lieja que diesen á Dinan como estaba convenido. Aquella vergonzosa paz de Nimega, que exponía nuestra debilidad al escarnio y burla de las demás naciones, causó en España profundo disgusto. Ella acabó de desacreditar el gobierno de D. Juan de Austria, ya muy mal reputado.

Este hombre que tantas esperanzas había hecho concebir á la nación, y que tanto había censurado á los demás gobernantes para fabricar sobre la ajena deshonra la propia elevación, obró de modo que en un instante desvaneció todas las esperanzas, y atrajo sobre sí mayores censuras que la Reina, que el confesor y que el propio Valenzuela. Comenzó por vengarse crudamente de todos sus enemigos, con lo que claramente dió á entender que más le movía pasión propia que amor de la patria. Negóse á entrar en Madrid mientras el Rey no apartase de su lado á la Reina su madre, y con efecto consiguió que fuese confinada á Toledo, dándola el alcázar de aquella ciudad por residencia, y por honor su Gobierno; ¡pequeño honor para caída tan grande! Luego su primera resolución fué la captura de Valenzuela. Habíase este retirado al Escorial, debajo del real seguro, y allí tuvo noticia de lo que se pensaba, y se refugió en el monasterio, donde el prior, compadecido de él, le ocultó cuidadosamente. Súpose que estaba allí por un sangrador á quien fué preciso llamar habiendo caído enfermo Valenzuela; y el duque de Medinasidonia y D. Antonio de Toledo, hijo del duque de Alba, que con doscientos caballos fueron al propósito de prenderle, sin reparar en otra cosa que en servir á don Juan de Austria y en satisfacer acaso su propia cólera, violando el sagrado, por fuerza le sacaron del monasterio, lleváronle al castillo de Consuegra, donde estuvo algún tiempo, y luego, quitándole todos los títulos, dignidades y bienes que poseía, se le envió D. Juan desterrado á Filipinas. Así cayó aquel monstruo de fortuna que había escandalizado tanto á la España y al mundo. Llevó su desgracia con entereza muy grande; y cierto que si alguna vez fuera disculpable la ambición vil que llega á su término por tan bajos medios como llegó Valenzuela, habría de serlo en este que no abusó del poder en daño de ninguno, contentándose con disfrutar él y que disfrutasen sus amigos á costa de la Monarquía. ¡Tiempos de aborrecible memoria en que aún esto pudo merecer cierta alabanza!

Castigado Valenzuela, sin acordarse aún de los negocios del Estado, encaminó D. Juan sus iras contra sus amigos y los de la Reina y aún contra los que habían permanecido neutrales. De estos era el conde de Villaumbrosa, Presidente á la sazón de Castilla, hombre recto y de ejemplar entereza, el cual, habiendo recibido en los pasados disturbios una orden de la Reina para que sin forma de proceso mandase decapitar á un hombre, echó el papel á un brasero diciendo: «así cumplo yo orden tan contraria á mis obligaciones.» Pero así como no consintió esto, tampoco se prestó á vender y abandonar á la Reina, como hicieron todos los Ministros y Grandes en los últimos días de su gobierno, comprometiéndose por escrito solemne á traer á D. Juan al gobierno. Esto bastó para que fuese separado de su alto empleo, entrando á sucederle un D. Juan de la Puente y Guerosa, canónigo de Toledo, buen amigo sin duda de D. Juan, mas no por eso buen Presidente de Castilla, indigno de tan alto encargo. Ya comenzaba á murmurar la corte cuando comenzaron á salir desterrados todos los Grandes y personas principales amigos de la Reina, (1676), el Almirante de Castilla, el duque de Medina de las Torres, Príncipe de Astillano, el de Osuna, el marqués de Mondéjar, el conde de Aguilar y otros: de suerte que con tales venganzas y ejemplos casi se tuvo á fortuna en el marqués Aytona, el mayor de los enemigos de D. Juan, que hubiese muerto poco antes. Desterró hasta dos mil hombres del regimiento de la Guardia, antes de enviarlo fuera de Madrid; y no hubo violencia que no cometiese. Ni paró en sus enemigos la saña; sino que temiendo que se le escapase poder tan costosamente adquirido, viendo que Monterrey, uno de sus mayores parciales, iba adelantando mucho en la gracia del Rey por el cuidado que ponía en sus enfermedades y dolencias, le envió á mandar las armas en Cataluña con desabrimiento. Al propio tiempo continuaba la guerra, si con poca fortuna en los años anteriores debajo del gobierno de la Reina, desgraciadísimamente ahora, faltando más que nunca los recursos y disposiciones; como que D. Juan no reparaba siquiera en ella. Pasaba los días leyendo los papeles que en copioso número circulaban por Madrid llenos de sátiras y de injurias contra él; desesperábase con ellos y meditaba venganzas horribles contra los autores, sensible á la censura cuando era tan insensible á su deber; cobarde para arrostrar las iras de la opinión, cuando era tan audaz para provocarlas, cosa muy vista en gobernantes. De esta suerte pasó por sus manos, casi sin advertirlo, la afrentosa paz de Nimega, y tocó la nación en el último punto de su descaecimiento y vergüenza. Soberbio, iracundo, sin resolución para las cosas grandes, dado sólo á pequeñeces é intrigas, suspicaz al extremo, envidioso de todo, cada momento se dejaba abandonar de uno de sus parciales y se hacía un nuevo enemigo. Siempre fijos los ojos en el cetro, que las dolencias continuas del Rey acercaban más y más á sus manos, temiendo que se le escapase, odiando á todos los que podían impedirle que lo disfrutase, llegó á vacilar su razón y llegaron á decaer las fuerzas de su cuerpo. También era para él grande la Corona; tampoco podía con ella su cabeza; tampoco sus ojos podían resistir el brillo que de ella se despedía, ni los aromas y sonidos dulces que la acompañaban, y solamente al verla cerca se rendía. Algo de la locura de Masianello había en aquel hombre, hijo de una cómica y de un rey que sólo en el nombre lo era, y traído á tan altas esperanzas por la fortuna.