Todo se lo debía al favor del pueblo, y en otro tiempo había escrito que en él se hallaban refugiadas las nobles calidades que faltaban en la nobleza y personas principales; mas ahora en el poder, no tenía con él cuenta alguna.
En su tiempo murieron las Cortes de Castilla, tan respetadas, á pesar de todo, por Felipe IV, y aunque poco consultadas por la reina Doña Mariana, no caídas hasta entonces en completo olvido. Cobraba los viejos tributos sin pedir su renovación, como se solía, y con tal de no reunir las Cortes, prefirió en los apuros de la guerra acudir á los Grandes por donativos. Alba, Astorga y Osuna dieron cada uno cien mil escudos, y él mismo, con loable conducta en esto, amonedó mucha parte de la vajilla que tenía en provecho del Estado. Pero cabalmente entonces, el pueblo agradecía menos que pudiera agradecer nunca el que se le perdonasen tributos á costa de no reunirse las Cortes. Los últimos disturbios y el abatimiento de nuestro poderío, y el continuo desgobierno que se veía, obligaba ya á los más indiferentes á pensar que sólo en las Cortes de la Monarquía, bien y legalmente reunidas, podían hallar remedio nuestros males. Hasta bullía en muchas cabezas aquella idea fecunda de que era preciso reunir en unas Cortes generales los brazos y estamentos de las diversas provincias, y en muchas partes la idea de que era preciso fundir de nuevo «esta campana rota de la Monarquía», según las palabras citadas, comenzaba á inclinar los ánimos á la revolución. Estos momentos críticos escogió D. Juan para poner en completo olvido las Cortes de Castilla, para no cumplir con los fueros de aquella Cataluña que tanto le había amado, y para permitir que el pueblo de Madrid, tan favorecedor suyo, en lugar de aquella abundancia en que le tuvo Valenzuela, padeciese hambre continua. Así, jamás una revolución general había estado tan próxima en España, ni hubo nunca Ministro más aborrecido que D. Juan. Las mismas esperanzas que había hecho concebir, ahora empujaban el odio y lo acrecentaban.
D. Juan perdió la Corona que ambicionaba con su propio Gobierno, cuando él siendo acertado y patriótico pudiera traérsela á las manos; la muerte, que le sobrevino tan pronto, no hizo más que apresurarle el desengaño. Tuvo tiempo, sin embargo, de tocarlo en sus propias obras. Como no ponía su atención sino en lo que se hablaba de él y en lo que contra él se hacía, supo que el pueblo le aborrecía, y que los Grandes, conjurados casi todos contra él, no cesaban de invitar á Doña Mariana á que volviese de pronto de Toledo, y con ayuda de ellos derrocase al bastardo Príncipe. Comprendió que todos le faltaban, hasta el Rey mismo, viniendo también infundados recelos á atormentarle. Porque hecha la paz de Nimega, el Rey, que se hallaba en los diez y siete años, determinó contraer matrimonio. Hizo cuanto pudo D. Juan por desbaratar este intento, temiendo que á pesar de la mala salud del Rey, le diese Dios sucesión para su daño. Desbarató el que estaba ya hablado con Doña Mariana, hija del Emperador y no hizo nada por lograr el de la Infanta heredera de Portugal, que tan lisonjeras esperanzas prometía de reunir otra vez los reinos. Por último, con propósito de evitarlo, á la última hora propuso D. Juan mismo el de Doña María Luisa de Orleans. Era hermosa esta Princesa y de dulce fisonomía, que daba á entender angelicales sentimientos; vió D. Carlos su retrato y prendóse de ella; dentro de aquel alma, abatida por los dolores penosos del cuerpo, no había lugar para otro sentimiento que el amor, no ardiente y licencioso, sino más bien fraternal, pero constante. Así, desde que vió los retratos, no apartó un momento su atención de este matrimonio.
Alarmóse D. Juan al ver cuán seriamente tomaba el Rey sus burlas, y procuró estorbar tal matrimonio, propuesto por él con más empeño que ninguno, y en esta lucha con el amor del Rey, perdió el poco afecto que ya éste, arrepentido de lo que había hecho con su madre, le tenía. El casamiento se efectuó, dejando al Embajador francés no poco resentido, y poco después el Rey, sin tener cuenta con las órdenes de D. Juan, alzó el destierro al duque de Osuna y al Príncipe de Astillano, diciendo con desusada firmeza: «aunque él se oponga, basta que yo quiera para que se haga.» Y con efecto, ya no consultaba el Rey sus determinaciones sino con el duque de Medinaceli y un cierto D. Gerónimo de Eguía, que de escribiente había llegado á secretario del despacho, y entendía mucho en los asuntos públicos.
Por algunos meses estuvo el Rey tan animado, que se llegó á esperar un desarrollo afortunado de su naturaleza. Comenzó á mostrar no sólo firmeza, sino ira y resolución muy grandes. Barrionuevo cuenta que cierto día tiró la espada, y estuvo á punto de matar á un paje porque contradijo levemente sus órdenes.—Fué un fuego fatuo aquel aliento y resolución; pero duró lo bastante para hacer temblar á D. Juan por su poderío. Susurrábase ya que la Reina madre había de venir para asistir á la entrada de la nueva Reina, y los enemigos de D. Juan se mostraban alegres y confiados, al paso que él se hallaba solo, sin un amigo apenas que le diese consuelo. Procuró divertir al Rey con comedias y fiestas que le daba ya en el Pardo, ya en la Zarzuela, esquivando llevarlo á Aranjuez, porque no estuviese tan cerca de su madre; mas no consiguió por eso recobrar su afecto. Trajo de Salamanca en tal extremidad para que le sostuviese, á un catedrático de la Universidad, por nombre Fr. Francisco Relux, muy partidario suyo en otro tiempo, elevándole al cargo de confesor del Rey. Pero éste se puso contra él al punto, llevándose antes de la conveniencia que presta el ir tras el vencedor, que de la gratitud que le exigía el seguir la suerte del vencido. Nadie dudaba ya que al llegar la nueva Reina, el resentimiento que tenía el Embajador de su nación con D. Juan y la vuelta de la Reina madre le derribasen, cuando el peso de los cuidados, de los temores, de las esperanzas burladas, la ambición y la ira de consuno postraron al bastardo en el lecho, de donde no se levantó jamás. Murió, dicen, de tercianas; otros dicen de veneno; pero, sin duda, el verdadero mal fueron sus pasiones desordenadas. Mostró la mayor conformidad en los últimos momentos, y sus funerales se confundieron con el regocijo á que se entregaba toda la corte por la próxima llegada de las dos Reinas. En la muerte de D. Juan termina, naturalmente, el primer período de la vida de Carlos II.
LIBRO DÉCIMO
SUMARIO