Vuelta de Doña Mariana á la corte.—Muerte de Valenzuela.—La reina Doña María Luisa.—Fiestas á su llegada.—Intrigas en la Corte.—Afrentas de los extraños.—Ministerio de Medinaceli.—Cuestión de Alost.—Guerra con Francia.—Flandes: pérdida de Luxemburgo.—Cataluña: defensa gloriosa de Gerona; hazañas de los miqueletes.—Bombardeo de Génova.—Treguas.—Más intrigas en la Corte; caída de la camarera y el confesor.—Miseria del reino.—Sosiego del Rey.—Caída de Medinaceli y Ministerio de Oropesa.—Lira.—Nuevas disposiciones.—Hostilidades de franceses, moros y filibusteros.—Liga de Augsburgo.—Muerte de la Reina.—Nuevo matrimonio del Rey.—Intrigas de Lira; su caída.—Guerra.—Flandes: batallas de Valcourt y de Fleurus.—Pérdida de Mons y de Hall; batalla de Nerwinde.—Italia: batallas de Saluces, de Coni y de Marsalla.—Cataluña: disturbios de los naturales; pérdida de Camprodón; recóbrase esta plaza; pérdida de la Seo de Urgel; bombardeo de Barcelona; pérdida de Rosas; disgusto de Cataluña; batalla funesta del Ter; pérdida de Palamós, Gerona, Hostalrich y otras plazas; levántanse de nuevo los miqueletes; sus hazañas; sitios de Hostalrich y Palamós; defensa de Barcelona y su pérdida.—Hostilidades de los infieles.—Paz de Riswich.—Intrigas de la Corte durante la guerra.—El cojo y la perdiz.—Caída de Oropesa.—Influjo de la nueva Reina.—Privanza de Montalto.—Gobierno de los Tenientes generales. Agrávanse los males del Rey.—Artificios del conde de Arcour, Embajador de Francia.—Pretensiones á la sucesión.—Partido alemán y partido francés.—Favor de Portocarrero.—Nueva privanza de Oropesa.—Motín de Madrid.—Tratado de repartimiento.—Supuestos hechizos del Rey.—Debates sobre la sucesión.—Pide el Rey consejos.—Su testamento.—Su muerte.

Dos días después de muerto D. Juan, entró en Madrid en triunfo la reina Doña Mariana, acompañada del Rey su hijo (1679), que fué á buscarla á Toledo. Los Grandes más encarnizados enemigos suyos se apresuraron ahora á felicitarla, y el pueblo mismo, inconsciente como siempre, la vitoreó con entusiasmo. Olvidáronse las faltas de aquella mujer, de quien nunca se esperó cosa buena, comparándolas con las de D. Juan, que tantas esperanzas había hecho nacer en vano. Fué fortuna que ya que el pueblo y los mismos Grandes obrasen con tan escasa cordura, la Reina hubiese adquirido alguna, en el destierro y la expiación que había padecido. Mujer que aunque sin culpa había amenguado la honra del Trono poniéndose en lenguas del vulgo y que había traído á la nación á tanta anarquía, no podía ya intervenir con público provecho en el Gobierno. Conociólo la misma Doña Mariana, y apenas se ocupó en adelante sino en asistir á las ceremonias de la corte y practicar sus devociones, ó cuando más, en intrigas domésticas. No había puesto, sin embargo, en entero olvido lo pasado, porque su primera diligencia fué pedir al Rey que levantara el destierro de Valenzuela, y nunca dejó de instar en ello. Frustróse su deseo, á causa primero de la oposición del secretario Eguía, que veía en él un rival temible, y luego de la repugnancia del Rey, de modo que murió Valenzuela, desgraciadamente, sin tornar á España.

Había logrado con su afable trato que el Gobernador de Filipinas le sacase del castillo de San Felipe, donde al principio estuvo, y le permitiese vivir con holganza en Manila haciendo y representando comedias. Logró después que ya que no se le alzase el destierro, se le dejase pasar á Méjico, donde el Virrey, conde de Galve, hermano de su primer protector el duque del Infantado, le acogió cariñosamente. Con su amistad y una corta pensión que obtuvo, vivió allí algún tiempo ocupado, según se cuenta, en domar potros salvajes, hasta que uno de éstos, hiriéndole con una coz, le ocasionó la muerte. Vida y muerte extrañas en un hombre que tan alto había encaramado la fortuna; y hombre que no excita de sí tanto desprecio como lo excita la Monarquía, de que pudo ser por tantos años dueño. Más infeliz si cabe que la suerte de Valenzuela, era en tanto la de Doña María Eugenia de Uceda, su esposa. Debió ésta arrepentirse muchas veces de haber dado entrada con la Reina madre á su esposo; y mucho debió de padecer durante su privanza. Acabada esta, la persiguió el vengativo recuerdo de D. Juan tanto como á su esposo, privóla hasta de su dote, quitóla los gananciales en la confiscación de los bienes del marido, y la redujo á tan miserable condición, que andaba pidiendo limosna de puerta en puerta, recogiéndose de noche en un campanario. Algo debió de aliviarla la reina Doña Mariana cuando volvió á la corte; pero ello es que murió obscuramente sin que se sepa su último paradero. Todos motivos de remordimiento y de retiro para la reina Doña Mariana.

Fijábanse por entonces los ojos del pueblo en la nueva reina Doña María Luisa, que entró en Madrid á principios de Enero de 1680, y era digna en verdad de amor por sus virtudes, que excedían aún á su belleza. Dedicóse desde el primer momento á tranquilizar y cuidar al Rey, y éste la pagaba amándola tiernísimamente y proporcionándola continuos espectáculos, toros, comedias y farsas donde recrease su espíritu, presentando la corte por muchos días el propio alegre aspecto que en los mejores tiempos de Felipe IV. No había visto ningún auto de fe Carlos II, y con objeto de proporcionarle este placer, dispuso la Inquisición general en 1680 en que viniese á celebrar uno en Madrid la Inquisición de Toledo, y para mostrar en él todo su esplendor siniestro y su terrible grandeza, vino el tribunal de aquella división con todos sus familiares y allegados y los de Ávila, Segovia y demás iglesias comarcanas. Reuniéronse las causas de hasta ciento veinte de aquellos desdichados que tenía el Santo Oficio en sus cárceles, y se mandó levantar un teatro en la Plaza Mayor de Madrid, mucho mayor y mucho más ostentoso que aquel con que se obsequió en 1632 á Felipe IV. El Rey, como tan supersticioso, acogió con júbilo el propósito del tribunal, lo propio que la reina Doña Mariana; y la misma Doña Luisa, amable y bien intencionada, por no disgustar á su esposo hubo de poner buen semblante á aquel espectáculo odioso que se la preparaba. Pero fué mayor aún el júbilo en la grandeza y pueblo. Hiciéronse para esta función familiares del Santo Oficio los más de los Grandes y de los títulos ilustres de España; y los Alencastre, los de la casa de Aguilar, los de Zúñiga, Osorio, Pimentel, Pacheco, la Cueva, Silva, Mendoza, Fonseca, Moncada, Cardona, Guzmán, Fernández de Córdoba, la Cerda, Toledo, Portocarrero, Guevara y Manrique de Lara, hubieron de presentar nuevas pruebas de nobleza para alcanzar el honor de ser familiares del Santo Oficio, y acompañarlo con su cruz al pecho, en el ejercicio de sus venganzas.

Los del pueblo, por no ser menos que los nobles en aquella demostración, acudieron presurosos á formar, para escolta de los reos, una compañía llamada de soldados de la fe. Hízose la ceremonia de llevar los haces de leña donde habían de ser quemados los que parecían más culpables al Alcázar real, y allí se ofreció uno de ellos al Rey, que éste ordenó cuidadosamente fuese el primero que en muestra de su piedad se echase al fuego. Paseáronse ostentosamente por Madrid las cruces llamadas de la fe, llevando en tales procesiones el estandarte de la Inquisición el duque de Medinaceli, de Cardona y de Lerma, D. Francisco de la Cerda Enríquez Alfán de Rivera, declarado ya primer Ministro, y asistiendo en la guarda del tribunal el noble marqués de Pobar y Malpica con cincuenta alabarderos de su casa. Por fin llegó el día del auto, que fué en Madrid de universal regocijo; el pueblo discurría por las calles desde el amanecer gritando ¡viva la fe de Cristo! Los Grandes y los nobles aprovechaban tal ocasión para hacer alarde de la grandeza que poseían; el clero, numerosísimo y lujoso, acudía á presenciar su triunfo; los Reyes fueron de los primeros que aparecieron en la Plaza Mayor para no perder un punto del espectáculo; y hasta las damas hermosas de la Corte, no queriendo ser menos, llevaban bordados en los vestidos el hábito y las insignias de la santa Inquisición. Al propio tiempo que este concurso brillante y alegre llenaba el gran teatro levantado en la Plaza Mayor, veíanse en ella también los miserables que habían de ser condenados; jóvenes, ancianos y mujeres, en la flor de su edad muchas, otras que apenas llegaban á la adolescencia. Los que habían muerto en las cárceles estaban allí en estatua con las cajas de sus huesos, los pertinaces con mordazas en los labios, otros sin ellas, pero todos con corozas y los hábitos horribles que la Inquisición acostumbraba: espectáculo de penosa recordación, pero que bien merece alguna descripción, porque solamente así ha de comprenderse á qué punto de degeneración había traído el fanatismo religioso las ideas y los sentimientos de los españoles.

Tomó el Inquisidor general, que era D. Diego Sarmiento de Valladares, juramento al Rey, de que perseguiría siempre á los herejes y apóstatas, y de que los entregaría al Santo Tribunal sin omisión ni excepción alguna; juramento humillante en quien lo daba, osado en quien lo pedía. Luego un fraile probó en el púlpito, con no pocas citas de autores paganos, la justicia de castigar á los infieles. Leyéronse las acusaciones y las sentencias de todos los condenados, y por último salieron para el brasero, para aquella sola ocasión levantado, en las afueras de la puerta de Fuencarral de que escribió en sus Memorias el marqués de Villar, hasta en número de cincuenta y uno, los treinta y dos en estatuas, los otros en persona, que eran trece hombres y seis mujeres y de ellas una madre con dos hijas. Los demás padecieron diferentes castigos, todos durísimos, en los días siguientes. Lícito es creer que la buena reina Doña Luisa no quedaría muy contenta del obsequio que se la hizo; y que harto más agradecería las otras fiestas de toros y comedias con que antes y después del auto se celebró su venida.

En tanto continuaban, muerto D. Juan, las intrigas de la Corte. Nacidas de la debilidad del Rey, como esta era mayor que la de ninguno de sus predecesores, tampoco se conocieron jamás tantas y tan penosas en España. Húbolas muy grandes antes de que el duque de Medinaceli fuese declarado primer Ministro. Pretendían este cargo, á la par que Medinaceli, el Condestable de Castilla, duque de Frías, D. Iñigo Fernández de Velasco y D. Gerónimo de Eguía, hombre de bajos principios y de menores talentos, el cual, favorecido ya con el cariño del Rey, y habiendo contribuído no poco á desacreditar á D. Juan, levantaba sus pensamientos á ocupar el primer lugar de la Monarquía.

Era el D. Gerónimo, de los Ministros más indignos que hubiese tenido España; pero poseía la fácil destreza de adular, y el arte de sufrir y disimular; uno y otro de gran poder en las Cortes, sobre todo en épocas de debilidad en la Corona y de disturbios entre los cortesanos. Así hizo tanto, que si no lograse la privanza, entretuvo por más de medio año al Rey con diversos pretextos, para que no nombrase primer Ministro y en el ínterin estuvo gobernando á su antojo la Monarquía. Apoyaba la Reina madre al Condestable, á Medinaceli el cariño del Rey, y Eguía contaba además de este con la ayuda del confesor, que no quería ver de primer Ministro á hombre que fuese muy poderoso. Después de muchas idas y venidas y de muchos sutiles manejos de los pretendientes, en los cuales tuvieron que tomar alguna parte las dos Reinas, quedó por Medinaceli la victoria.

Era este magnate bien reputado, de quien se creía que superaban los talentos á la ambición; mas otra cosa mostró su conducta. Halló abandonados de Eguía todos los negocios públicos, y que el francés bajo pretexto de que se dilataba la entrega de la ciudad de Charlemont, según lo pactado en Nimega, había enviado á Flandes unos siete mil caballos, que subsistieron á costa del país hasta que el duque de Villahermosa, no pudiendo como debiera vengar aquel insulto, accedió á sus pretensiones. Al propio tiempo amenazaba á Italia entrando en Cazal, tantas veces disputada, por medio de un tratado con su señor el duque de Mantua, y fué preciso enviar algún socorro á Flandes y á Italia por temor de nuevos atentados, aunque el dinero faltaba tanto, que apenas para el gasto diario de la Casa real se encontraba, pues aunque en los mismos días del matrimonio había llegado la flota de Indias ricamente cargada, todo se gastó en los festejos, y luego no se discurrió otra medida para remediar la Hacienda, que el bajar de nuevo el valor de la moneda, lo cual originó, principalmente en Toledo, grandes tumultos.