Medinaceli, para apartar de sí una parte de aquella responsabilidad inmensa, acudió al remedio, tan usado antes y después en España, de crear una junta de consulta, la cual se compuso del Condestable, el Almirante, el marqués de Astorga, el confesor y otros dos teólogos. Y mientras él se entretenía en consultar con aquella junta, Nápoles andaba afligida de salteadores; los filibusteros desolaron á Portobello, y poco después á Veracruz, y dominaron completamente los mares de América; los Gobernadores de las provincias obraban cada cual á su arbitrio, y entre otros el de Buenos Aires D. José Garro, echó de la colonia del Sacramento á los portugueses, comprometiéndonos en nuevas desavenencias; Francia nos amenazaba insolentemente con bombardear á la menor ocasión nuestros puertos; y por último, dentro de Madrid mismo hubo un gran tumulto, que causó por algunos días grande inquietud al Rey y á toda la corte. Un cierto Marco Díaz, de oficio comerciante, escandalizado al ver la mala administración de los regidores de la villa, que aplicaban en su provecho todos los subsidios que pagaba el pueblo, hizo muy ventajosas proposiciones, si se le daban las rentas del Rey en arrendamiento. Regocijóse el pueblo, que había de ganar mucho con las proposiciones de Marco Díaz; pero de parte de los interesados en el cobro de las rentas fué muy mal oído el propósito. Y sea que ellos mismos pagasen la muerte de Díaz, sea que él tuviese otro género de enemigos, el hecho fué que acometido camino de Alcalá cierto día por unos enmascarados, le dieron varias heridas mortales. Fué tanta la ira del pueblo de Madrid, que se temió que faltasen al mismo respeto del Rey. La Providencia, no contenta con esto, señaló aún con hambres, huracanes y desolaciones producidas por los elementos, los primeros meses del gobierno de Medinaceli.
En tales circunstancias se rompió al fin de nuevo la guerra contra Francia. Cada vez más soberbio Luis XIV con ver que era mayor nuestra debilidad cada día, nos pidió el condado de Alost y la antigua y noble ciudad de Gante, con otras varias, sobre las cuales suponía tener derechos que España, antiquísima y libre dominadora de la provincia, le disputaba. No contento con bombardear horriblemente á Luxemburgo, ejecutándolo contra la fe de todos los pactos y del derecho de gentes, llevó á cima sus atentados invadiendo las tierras de Alost y los demás estados con numerosas tropas. Hubieron de rechazar la fuerza con la fuerza algunas partidas de españoles, y Luis XIV tomó de esto pretexto para dar por comenzada formalmente la guerra. Y enviando al mariscal de Humières con numerosísimo ejército, sujetó á su dominio las plazas de Courtrai y Dixmunda, sorprendidas y sin prevención alguna. Luego propuso que devolvería estas plazas si se le entregaba Luxemburgo ó Pamplona.
Á tan insolente conducta no pudo corresponder España sino con declarar la guerra (1683); y cierto que si alguna vez había sido justa, ahora lo era, porque del honor no pueden prescindir jamás las naciones. Pero nunca tampoco se había comenzado debajo de tan malos auspicios. No teníamos medios de ofender ni de defendernos, y causa maravilla que no se perdiese más de lo que se perdió. Consta de los despachos de los Embajadores franceses, continuos espías de nuestras cosas, que en 1680 no habían guarnición ni municiones en San Sebastián, Pamplona ni Fuenterrabía, y que no había ejército en toda Navarra para mantenerla un mes contra Francia. La Vauguyon, uno de estos Embajadores, denunció á su corte que en 1682 no había hallado más que unas cuatro compañías con doscientos hombres inútiles en Vizcaya y las Castillas. Todas las provincias estaban lo mismo.
Gobernaba la de los Países Bajos el duque de Villahermosa, D. Carlos de Guerrea Aragón y Borja, soldado de valor que había comenzado á servir en los puestos más bajos de la milicia, á pesar de su ilustre sangre, el cual levantó algunas tropas walonas, reorganizó las pocas españolas que tenía, y dispuso la defensa lo menos mal posible. Sin embargo, no pudo impedir que en el invierno de 1683 asolasen los franceses el Brabante, ni que Oudenarde fuese horriblemente bombardeada y destruída, ni que se perdiese la grande y fortísima plaza de Luxemburgo. Sostúvola valerosamente el Príncipe de Chimay con hasta dos mil hombres, en que había bastantes españoles, número desproporcionado á tan extensas fortificaciones como eran las de aquella plaza, y no la rindió sino al cabo de veinticinco días de trinchera abierta, después de haber apurado en salidas y defensas todos los recursos de la guerra.
Habíanos ofrecido socorros Holanda, ajustándose un tratado de alianza; pero apenas nos envió algunos, y más desde que con la pérdida de Luxemburgo vió abiertas sus fronteras á las armas de Francia. Así fué que no pudimos una sola vez parecer en campo en Flandes delante de los escuadrones franceses.
En tanto en Cataluña, no bien publicada la nueva guerra contra Francia, levantó Barcelona algunos tercios para defender la provincia. Entró en ella el francés el mismo año (1684) al mando del marqués de Bellefont, con cerca de veinte mil hombres; llegó á Bascara y de allí se encaminó á Gerona. Acudió al opósito el virrey duque de Bournonville, con el pequeño ejército que había podido juntar, incapaz de resistir al enemigo en campo abierto, y le disputó encarnizadamente el paso del Ter; pero no pudo impedir que lo esguazase y abriese trinchera delante de Gerona. Entonces el Duque se volvió á Barcelona para atender al socorro y al reparo y fortificación de las demás plazas. Colocó once cañones el de Bellefont en sus trincheras, y batió tan furiosamente á Gerona, que á los pocos días estaban abiertos por todas partes los muros y arruinadas muchas casas. Antes de dar el asalto, que parecía ya fácil, envió el francés un trompeta á la plaza ofreciendo honrosos partidos para la rendición, y amenazando de lo contrario con entrarla á fuego y sangre; pero el Gobernador D. Carlos Sucre y los vecinos, llenos de entusiasmo, se negaron á oir toda proposición de concierto. Entonces dió el francés un asalto general con todas sus fuerzas, y los de la plaza lo resistieron de modo, que después de largas horas de combate quedaron dueños de sus muros, bañados con la sangre de nueve mil enemigos y de cuatrocientos de ellos. Tres banderas que osaron los enemigos clavar en las brechas, fueron tomadas de los nuestros, y, desalentados y rendidos, abandonaron sus líneas después del asalto, retirándose en completo desorden.
Aprovecháronse de este decaimiento de los franceses el marqués de Leganés y Trinchería para caer sobre Bascara y traerse prisionera á toda la guarnición francesa. Pero en su retirada, todavía muy superiores en número á los nuestros, tomaron con ayuda de su armada, que era muy gruesa, el puerto de Cadaqués, y amenazaron á Rosas, aunque hallándola bien prevenida, continuaron retirándose hacia Camprodón, vivamente perseguidos por el infatigable Trinchería y sus miqueletes, como siempre, tomándoles convoyes, matando á los extraviados y causándoles infinitos daños.
Así acabó aquella campaña, y con ella la guerra por esta parte. También amagaron durante ella los franceses al país vascongado, pero no pasó de amago; y aunque llegaron á embestir á Fuenterrabía, no lograron fruto alguno, defendiendo los naturales con su ordinario valor la frontera. Bombardearon con poderosa escuadra á Génova, por castigar la antigua alianza que con España tenía aquella república. Hubiéranse aún apoderado de la ciudad á no ser por la valerosa defensa que hicieron en varios puestos tres mil soldados que el Gobernador de Milán envió á socorrerla. Fué esto parte para que, lejos de conseguir su propósito, tuvieran que reembarcarse con mucha pérdida; pero hicieron con sus bombas tremendo estrago. No hubo lugar á más, porque interviniendo el Emperador y Holanda, se ajustó en Ratisbona (1684) una tregua de veinte años por la cual tuvo España que dejar en depósito en manos de Luis XIV las plazas de Luxemburgo, Bovines y Chimay, recobrando las demás que había perdido. Génova, temerosa de los franceses, se reconcilió también con ellos debajo de las condiciones humillantes que éstos la impusieron, apartándose de la amistad antigua de España.
Lo mismo la guerra que la tregua se hicieron casi por sí solas, sin que la Corte tuviera ocasión de ocuparse de ellas. Porque á la verdad, si grandes eran los apuros de la Monarquía, mayor era la flojedad y la incapacidad política de Medinaceli. En lugar de atender á los peligros, ya que tomaba á su cargo los honores del Gobierno, no tardó en consagrarse enteramente á las intrigas en que ardía la Corte. Jamás jirones de poder y grandeza han sido más disputados ni por más pequeños medios. Figuraban ahora principalmente entre los contendientes frailes y mujeres; de ellos y ellas eran los instrumentos del primer Ministro y de los que procuraban sucederle; de ellos y de ellas los que empleaba todo el mundo para lograr sus planes. Señalábanse entre las mujeres la duquesa de Medinaceli, mujer de elevado talento y ambiciosa, que tenía dominado á su marido, y disponía de todo á su antojo, y la de Terranova, Camarera mayor de la Reina, dama de imperioso carácter, que apenas juzgaba por su igual á la Reina, ni reconocía derecho en nadie á competir con ella el influjo. De entre los frailes, era el principal el P. Reluz, confesor del Rey.
Hallábase un tanto en peligro la de Terranova, por andar disgustada con ella la Reina. No bien se traslució esto, comenzaron á disputarse ya el puesto la marquesa de los Vélez, la de Aytona, la duquesa de Alburquerque y otras muchas señoras principales, cada una apoyada por sus deudos y amigos. Declaráronse los duques de Medinaceli contra la de Terranova, que estorbaba todos sus propósitos, despreciando más que acatando su poder, y ella también se propuso derribarlos del mando. Y coaligados con la duquesa el P. Reluz, confesor del Rey, tan ingrato á D. Juan de Austria, y D. Gerónimo de Eguía, llegó á creerse que aquel suceso ocasionaría la caída del débil marido y la mujer ambiciosa. Tuvo el buen fraile una conferencia con el Rey, donde le probó con abundante copia de razones cristianas, que debía separar á Medinaceli y nombrar Ministro que fuese de su gusto; procuró llenarle de remordimientos, como llenaron sus antecesores en el cargo á Felipe III, y le amenazó seriamente con la eterna condenación, si no escuchaba sus consejos. Torpe empleo el que hacían aquellos frailes desalmados de su santo y consolador ministerio. En un Rey como Carlos no podía menos el confesor de lograr el efecto que esperaba; y no bien llegó Medinaceli, se apresuró aquél á darle sus quejas. Defendióse el Ministro como astuto y le aconsejó que para que más no le acongojase con aquellas predicciones terribles y anatemas, tomase confesor más blando. No oyó mal tampoco este consejo el pobre Príncipe, y vagando de una en otra incertidumbre, consultó el caso con Eguía, que, como aliado del confesor y de la camarera, parecía que hubiera debido esforzar los argumentos de aquél, perdiendo á Medinaceli. Pero éste Eguía no era hombre que se juzgase obligado con nadie sino consigo propio; y al ver al confesor y la camarera triunfantes, y al Ministro herido y decadente, prefiriendo al amigo poderoso el enemigo débil, se puso de repente de parte de Medinaceli, y aconsejó al Rey, como éste, que buscara confesor más blando y que jamás se entrometiese en las cosas de Gobierno. Entonces el P. Reluz fué separado del cargo de confesor, y la de Terranova, combatida por el Ministro y aun por la Reina madre, que recordaba en ella una de las más encarnizadas enemigas de su regencia, abandonada de Eguía y oprimida de tantos como por deudos ó amigos seguían el partido de las otras señoras que solicitaban su empleo, hubo de sucumbir. Ordenósela cortesmente que pidiese su retiro, cosa no vista jamás en damas de su empleo, que no solía acabar sino con la vida de las reinas ó la propia vida, y entró en su lugar la duquesa de Alburquerque, amiga de la Reina madre y del Ministro, mujer amable y de no vulgar talento.