Creyóse afirmado con este triunfo el de Medinaceli; pero no tardó en desengañarle su caída. La intriga y la envidia y la baja ambición, desencadenadas siempre en derredor de los tronos mal ocupados, donde se asientan personas débiles ó de inteligencia escasa, no dejaban ahora de agitarse un punto. Era natural que la Reina madre quisiese ver acomodados en destinos públicos á los que la habían acompañado en la desgracia, sin que por eso hubiera de usurpar el poder; pero lejos de tolerarlo los cortesanos que solicitaban aquellos destinos, alborotaban la corte diciendo que el Rey estaba otra vez en tutela. No se pagaba á nadie, porque no había con qué; los empleados de virtud y valía se negaban á asistir en sus puestos por no poder vivir en ellos con la honra ilesa, dado que no era posible contar con los sueldos; hubo algunos á quienes fué preciso obligarlos á continuar por fuerza. Y, sin embargo, jamás se han disputado tanto ni con tanto encarnizamiento los empleos. Dió esto lugar á que el de Medinaceli, falto de dinero, no atreviéndose á pedirlo al reino reuniendo Cortes, y sin medios de procurárselo, sacase á pública subasta casi todos los empleos, llegando á ser uso lícito lo que fué abuso hasta entonces. Los pocos destinos que no se vendían se daban por motivos indignos: tal vez á la mujer adúltera ó á la hermana deshonrada para el hombre abyecto que de ellas se valía, tal vez al objeto de aplacar una saña; como cuando, separada del cargo de camarera la duquesa de Terranova, se dieron á su yerno y nieto el duque de Hijar y al de Monteleón, al uno el Virreinato de Galicia, y al otro el Toisón de oro. Y si alguna vez se daba al mérito un empleo, era entonces cuando mayores quejas se suscitaban, como se vió en la provisión del Virreinato del Perú, que se hizo en D. Melchor Navarra y Aragonés, hombre de claro saber y virtud, aunque de cuna humilde; cargo pretendido por el marqués de Santa Cruz, que si no estaba destituído de mérito, no tenía tanto como el nombrado, pero que contaba en su apoyo numerosa familia y amigos. Todos, con razón y sin razón, combatían al Ministro: si él era malo, malos eran los más de los que lo combatían; ansiaba cada cual suplantarle y hacer lo mismo que él, y para eso voceaban mucho el bien del Estado.
El Rey, entregado en tanto al reposo que necesitaba su espíritu, sin fuerzas siquiera para conllevar las horas de despacho, disfrutaba de los días más felices de su vida en el regazo de su buena esposa Doña María Luisa de Orleans. Esta, llena de santos deseos y dotada, aunque de débil complexión, de más energía que su marido, no dejaba de aconsejarle lo que juzgaba bueno y justo. Pero ni su corazón ni su cabeza eran á propósito para aquellas miserables luchas; y así, oyendo tantas quejas y viendo tantos males, pidió, al fin, al Rey que separase á Medinaceli, sin pensar en quién había de sucederle. Semejantes causas movían á desear la ruina del Ministro á la Reina madre, aunque, á la verdad, tampoco faltasen en ella razones de interés propio. Andaba sentida de que Medinaceli no la pagase sus pensiones, teniéndola reducida á no poca estrechez y penuria. Juntóse también contra el Ministro, y era el principal móvil de su ruina, porque aspiraba á sucederle, el conde de Oropesa, que, para indisponer á Medinaceli con el Rey, se valió de su criado Vivanco, hombre cándido y bien intencionado, introducido por él en el cuarto del Rey. Logró primero de éste que lo nombrasen Presidente de Castilla, desde cuyo puesto comenzó á cercenar las facultades del Ministro, é hizo tanto contra él, que el Rey, aconsejado al propio tiempo por su esposa y por su madre y anhelando mejor gobierno, determinó, al fin, apartar de sí á Medinaceli, comenzando á hacer á éste públicos desaires, á fin de que pidiese su retiro. Mas el de Medinaceli no se dió por entendido. Lejos de eso, intrigaba con más ardor que nunca por conservar el mando, cuando recibió orden del Rey para que se retirase al lugar de Cogolludo (1685), privado de todos sus empleos.
Entonces entraron á gobernar de consuno el conde de Oropesa y D. Manuel de Lira. D. Manuel Joaquín Garcí-Alvarez de Toledo y Portugal, conde de Oropesa, era segundo de la casa de Braganza, de origen bastardo, aunque él no lo fuese; hallábase en la flor de su edad y había figurado no poco en las turbulencias de los últimos años, distinguiéndose por sus claras luces y la destreza y disimulo con que logró sostenerse no mal quisto entre D. Juan y Valenzuela y Medinaceli y todos los potentados, hasta que á él le llegó la ocasión de serlo. Dábase por muy devoto, gobernaba hermandades y favorecía iglesias, todo muy á propósito para medrar en aquella época, y tenía también mujer muy intrigante y ambiciosa que le ayudase en sus miras y que le asistiese con sus consejos. Fué primero Gentilhombre, luego Consejero de Estado, por último Presidente de Castilla, desde donde logró derribar á su bienhechor Medinaceli. Una vez conseguido, por aparentar poca parte en lo que era obra de sus manos, no quiso tomar el nombre de primer Ministro, contentándose con el que tenía de Presidente de Castilla, ni gobernar solo, porque otros llevasen las culpas aunque fuese él solo quien gobernase. De aquí nació el que nunca se hallasen tantas personas como ahora entendiendo en los negocios públicos, y aún que compartiese el de Oropesa el Gobierno con D. Manuel de Lira.
Era éste ya, por influjo de Oropesa, Secretario de Espado y del despacho universal, hombre, si de antiguos servicios en los ejércitos y negocios políticos, probo y diestro, de ambición grande, como entonces se usaba. Lo más notable de este Ministro fué que se atreviese á proponer se permitiese la vuelta á España de los judíos, practicar secretamente sus ritos, y tener cementerios á los demás extranjeros, como uno de tantos medios de proteger el comercio y la industria en España. Mas con tales ideas, hubo contra él desde el primer día cierta oposición que llegó á ser declarada guerra más adelante. Lira no recordó cuánto le debía á Oropesa sino para aborrecerle más, aunque no desembozándose al principio, porque éste con sus relaciones y hechuras, y más con sus devociones y buen ingenio, era omnipotente en el ánimo del rey Carlos. Prestaba éste entonces alguna más atención que solía á los negocios; preguntaba por todo y de todo quería enterarse, y gustaba mucho de la facilidad con que ponía á su alcance las cosas el favorito. No lo apartaba de su lado, y Oropesa hallaba nuevos pretextos para encubrir sus propias obras en la voluntad del Rey. No tardó, sin embargo, en alarmarse de verle tan inclinado á los negocios, y entonces discurrió, á lo que se cuenta, una traza funestamente ingeniosa. Buscaba á propósito los más difíciles, y en lugar de aclarárselos, lo confundía en ellos hasta hacer que los aborreciese de nuevo. Entretanto, suprimió plazas en los Tribunales y Secretarías; reformó el consejo de Hacienda; abolió empleos militares inútiles, ordenando que se recompensase con empleos civiles á los que habían servido bien en las armas; rebajó ciertos sueldos, y ordenó que no se empleasen más que á los cesantes por orden de antigüedad y servicios. Publicó, además, en materia de Gobierno reglamentos y órdenes no destituídos de conocimiento; otros, equivocados, como el prohibir la entrada de mercaderías extranjeras por impedir que saliera el oro, y aún que las usasen las personas de la Casa real, para dar ejemplo. Hubo nuevos autos de fe de mercaderías, como aquellos que señalaron los principios de Felipe IV, y se abolieron ciertos impuestos gravosos, compensando con réditos á los que tenían hipotecados por adelantos al Tesoro tales impuestos.
Mandó también Oropesa que se persiguiese enérgicamente á los bandidos que infestaban el reino, prohibiendo el uso de armas de fuego cortas, con que favorecían sus crímenes, y tuvo particular cuidado en que no faltasen en Madrid los abastos, aunque faltasen comestibles en toda España. Singular privilegio en Madrid, cuando tan poca centralización política tenía la nación; pero no por eso menos cierta. Juzgaban entonces los Ministros que era contentar á Madrid tener contento á todo el reino, sin duda, porque sólo las quejas de Madrid llegaban á oídos del Rey, y su miseria era la notada y conocida sólo. Quiso también Oropesa rebajar los gastos de la Casa real, y aunque no pudo por la oposición que halló en los cortesanos, fué loable pensamiento. Mas no hubo tiempo de formar grandes esperanzas sobre Oropesa, aunque hubiese muchos loables pensamientos entre los suyos. La Condesa, su mujer, tras de ser tan dada al influjo como la de Medinaceli, su antecesora, era más dada á la codicia, y el mismo Conde no era ni más recto ni menos inclinado que los que le precedieron al provecho propio y de sus amigos. Viéronse en Madrid, como antes, crímenes duramente castigados en unos, no en otros, por ser criados ó deudos de los amigos del Ministro. Sospechóse luego que en el abasto de la carne, más cara que lo que era razón, y á cargo de unos negociantes llamados los Prietas, tenía que ver la mujer del Ministro, realizando de acuerdo con ellos enormes ganancias. Notóse, en fin, con escándalo, que cuando la Superintendencia de la Hacienda, como tan aniquilada, pedía persona de gran conocimiento, el de Oropesa, prefiriendo su interés particular al de la Corona, puso en tal puesto al marqués de los Vélez, su primo, ya Presidente de Indias.
Era el Marqués hombre de gran bondad, pero de talento cortísimo, y todos sus negocios los dejaba á cargo de un cierto García de Bustamante, criado suyo y antes paje, sin más talento que una bachillería agradable, pero con deseos ya de primer Ministro. Este, hallando establecido por el de Medinaceli, que también fué Presidente de Indias, el arbitrio de vender todos los empleos y beneficios de aquellas provincias, lo continuó y acrecentó de modo, que hasta las magistraturas y los obispados se vendieron en almoneda. Pronto hubo corredores de estos últimos empleos que públicamente ejercían su oficio, señalándose entre ellos el marqués de Santillana, indigno de su nombre. Estos corredores, después de entenderse con el de Bustamante en su particular, compartían con la marquesa de los Vélez la ganancia. No tardaron en salir á subasta los indultos por medio también de corredores; lo que ellos no hacían, lo hacía de por sí, ajeno á la vergüenza, Bustamante. Pretextábase que el dinero que se sacaba era para el Estado; pero no era sino para este vil agente y los suyos. Ni se contentó Bustamante con tener riquezas; quiso tener honores proporcionados, y logró de Oropesa, con universal escándalo, primero plaza en el Consejo de Hacienda, y luego en el de Indias. Tantos desmanes levantaron á todo el mundo contra Oropesa, dando pretexto á sus émulos y envidiosos para censurarle y combatirle.
Había traído á ser confesor del Rey á un Fr. Pedro Matilla, hombre obscuro y de pocas obligaciones, con ambición y sin talento: también al uso. El objeto fué asegurarse del Rey; pero le salió tan mal la cuenta como á otros de sus predecesores. Matilla, viéndose con tanto poder, convirtió el agradecimiento en odio, y comenzó á combatirle sin tregua. Aumentó una burla de Oropesa la saña del confesor. Instaban todos á aquél para que dejase la Presidencia del Consejo y quedase sólo de primer Ministro; era el intento debilitar su poder para destruirle; mas colorábase con que atendiendo á ambos cargos no podía despachar bien ninguno de ambos. Andaban á la verdad muy retrasados los negocios, y el Rey mismo, convencido y aconsejado por el confesor, le propuso que dejase la Presidencia, dando el encargo de proponérselo al confesor mismo. Conocía Oropesa la celada, y procuraba evitarla á toda costa; sospechaba ya el odio del P. Matilla, y para probarlo y burlarse de su credulidad, respondió á sus razonamientos, que bien querría dejar la Presidencia; pero sería en persona tan apta como él, y no en otro. Hubo de resignarse humildemente el confesor á esta honra, creyendo que de verdad se la ofrecía el Ministro, y éste, triunfante, contó el suceso al Rey, sazonado con los chistes de su conversación, que era muy celebrada. El Rey comenzó con aquello á desconfiar del confesor, diciéndole en la primera ocasión que se vieron: «¿por ventura sois vos quien ha de ser Presidente de Castilla?» Y el confesor desde entonces juró perder al Ministro.
Halló de su parte al D. Manuel de Lira, al Cardenal Arzobispo de Toledo, al viejo Almirante de Castilla, á los duques de Arcos y del Infantado y otros señores principales, y todos trabajaron tanto, que Oropesa tuvo al fin que dejar la Presidencia al Arzobispo de Zaragoza D. Antonio Ibáñez. Tuvo traza el confesor de indisponer con éste al Ministro, cuando todo se lo debía. El nuevo Presidente se unió con los enemigos del Ministro, aliándose también con el Condestable, cada día más sediento del poder que le robó Medinaceli; hombre al decir de un contemporáneo «tan negado á hacer bien con su amistad, como capaz de hacer mucho daño siendo enemigo». Los sucesos vinieron á ayudar á todos estos conjurados en sus empresas contra el Ministro.
No dejaba Francia de hacernos afrentas. El haber procesado en uso de nuestro natural derecho á algunos contrabandistas franceses, fué motivo para que Luis XIV enviase al almirante d'Estrée á Cádiz con una poderosa armada (1686), la cual apresó algunas naves, exigió quinientos mil escudos, y hubo que prometerle entera satisfacción para evitar el bombardeo que amenazaba. Orán se vió afligida con un trágico suceso. Gobernaba allí D. Diego de Bracamonte, uno de los capitanes de caballería que acompañaron á D. Juan de Austria en Torrejón y Guadalajara, hombre de temerario valor y muy esclavo de la cólera. Como llegaron los moros en asombrosa multitud delante de aquella plaza, comenzando á talar los jardines y huertas del contorno, salió á ellos imprudentemente el Bracamonte con sólo ochocientos hombres. Pusiéronle los enemigos una celada fingiendo huir, y Bracamonte, enfurecido, cayó en ella, donde perdió la vida peleando valerosísimamente, con todos sus soldados, menos cincuenta que lograron abrirse camino por entre los montones de cadáveres enemigos y volver á la plaza. Hubiérase perdido ésta, á atacarla inmediatamente los infieles, y de todos modos ella misma habría abierto las puertas al enemigo, á no sobrevenir el duque de Veraguas con algunos bajeles. Alguna más fortuna tuvimos en Melilla, donde fueron rechazados los moros por D. Francisco Moreno, su Gobernador, aunque él también perdió valientemente la vida. Súpose que ambas jornadas habían sido movidas y dirigidas por los franceses.
Ni eran ajenos éstos tampoco á las piraterías de los filibusteros, cada día más audaces. Á Scott, David, Manfield y Morgán sucedieron Olonnés, Monthars, Miguel el Basco y Grandmont, todos á cual más osados y sanguinarios. Grandmont llegó á apoderarse de Veracruz y asolar las cercanías de Cartagena. En 1685 se apoderó de Campeche, con daño inmenso de nuestra parte. Por los años de 1647 llevó Luis XIV al último punto los ultrajes. Mandó á su marina que hiciese arriar bandera á nuestras naves en reconocimiento de feudo y vasallaje por las provincias de Flandes, que poseíamos, y juzgaba tributarias de su Corona. Herían tantas afrentas el orgullo de la nación, vivo todavía; ¿y cómo no habían de herirlo? Murmuraban todos del Ministro que las toleraba, y éste, no menos airado que los otros, y deseando también librarse de sus invectivas, se resolvió á tomar venganza en la guerra. No era tiempo. Pusiera el mal Ministro más cuidado en el Gobierno; reformara abusos sin cometerlos; acopiara tesoros que no había; juntara y disciplinara ejércitos que no se hallaban; buscara capitanes de experiencia; fortificara bien las fronteras, que después de todo esto bien podía emprenderse la guerra, no antes, so pena de padecer sin fruto nuevos descalabros. ¿No bastaban las costosas experiencias de los últimos años para conocer que tal como estábamos de Hacienda y de milicia, era locura pensar en la guerra? ¿No habían dicho los sucesos pasados que, aun en alianza con otras naciones, todo el daño era para los débiles y todo el provecho para los fuertes? ¿No valía tanto padecer afrentas en el gabinete como en los campos de batalla? Nada de esto pudo en Oropesa. Púsose de acuerdo con el Papa, que estaba muy resentido de Francia; con el Emperador, su irreconciliable enemigo; con el príncipe Guillermo de Orange, que aspiraba á quitar el trono de Inglaterra al rey Jacobo, fiel aliado del francés; con los duques de Saboya y de Baviera, ofendidos de las altiveces de Luis XIV, y con todos los Príncipes del Imperio, reunidos en la dieta de Ratisbona. Dificultó algo la conclusión de la liga el escrúpulo de haber de coaligarse España con los protestantes, y señaladamente con el de Orange, contra un Rey católico como lo era el de Francia; pero hubo á mano mercedes bastantes con que ganar á teólogos para que desvaneciesen el escrúpulo en favorable dictamen. Formóse entre todos la liga llamada de Augsburgo; todos tenían casi iguales pretextos de queja por las infracciones continuas que hacía Luis XIV de los tratados de Munster y de Nimega y por la soberbia con que, fiado en su poder, trataba á los demás pueblos. Comenzó á recoger sus frutos Guillermo de Orange, desembarcando con un ejército de holandeses y apoderándose, entre las aclamaciones del pueblo inglés, del trono que ocupaba el débil Jacobo. No dió tiempo la rapidez del suceso para que Luis XIV llegara á impedirlo; y conociendo la tempestad que iba á caer sobre él, reforzada aún la liga con el poder de Inglaterra, quiso ganar la delantera comenzando por su parte las hostilidades. Envió un poderoso ejército al Rhin, que, sin previa declaración de guerra, porque todo era intriga de gabinetes hasta entonces, se apoderó de muchas plazas del Imperio (1668). En seguida publicó de por sí la guerra contra España; el Emperador y la dieta de Ratisbona le declararon á él enemigo del Imperio; Holanda, el nuevo rey Guillermo de Inglaterra y el duque de Saboya le declararon también la guerra, y en un pronto se llenó Europa de armas y de sangre.