Necesitábase, en tanto, en España dinero para otra guerra que Francia nos declaró, y Oropesa no se atrevió ó no quiso convocar las Cortes del reino; contentóse con donativos que principalmente de Italia vinieron cuantiosos, y con las ordinarias trampas y anticipos, en que se cifraba el gobierno de nuestra Hacienda. Crecieron los apuros y con ellos las quejas y los pretextos contra Oropesa; éste se defendía trayendo al Rey de acá para allá en cazas de lobos y jabalíes y en diversiones todavía pomposas de comedias y toros, impidiéndole que oyese á sus enemigos. Carlos, cada día más postrado de cuerpo y de espíritu, se olvidaba de todo en brazos de aquella buena María Luisa, que era para él una hija y una hermana, siempre á su lado llorando con él cuando no podía traerle la sonrisa á los labios. Así, distrayendo al Rey, por no molestarlo con cuitas, apoyaba involuntariamente la Reina á Oropesa. Quiso Dios que éste perdiese pronto aquel apoyo.
Á principios de 1689 murió en Madrid la reina Doña María Luisa, díjose que envenenada, pero sin algún fundamento. Verdad es que el no tener sucesión traía ya alarmados á todos los españoles, y confiado al francés en heredar el Trono: «si parís, parís á España; sino parís, á París», decía una copla que entonces corría por el pueblo. Achacábanla algunos la falta, y esto, á pesar de sus virtudes, traía disgustados á los que preveían el daño que había de seguirse. Pero los más juzgaban que la impotencia procedía del Rey, y, de todos modos, no era tan execrable crimen para intentado por nadie, aun entre los que más desearan ver otra mujer en el regio tálamo. El noble amor de la patria y la humanidad no dictan tal género de remedios á los males públicos. Con María Luisa se fué de los labios del Rey la última sonrisa.
Deseoso de tener sucesión, y conociendo también las cuestiones sangrientas que de no tenerla habían de seguirse, se apresuró á buscar nueva esposa; pero como su corazón no podía ya inclinarle á otra mujer, dejó la elección al gusto del Emperador, el cual, por consejo de la Emperatriz, que amaba mucho á Doña María Ana de Neoburgo, hija del elector palatino, sin contar para nada con la conveniencia de nuestro Rey y de nuestra nación, puso los ojos en ella y la señaló para reina de España. Sometióse el infeliz Carlos II á la elección del Emperador, y se llevó á cabo el matrimonio, manifestando D. Carlos, en los principios, cierta curiosidad pueril por conocer á su nueva mujer, que luego se convirtió en melancólica indiferencia. La verdad es que ni él amó nunca á su nueva mujer, ni ella hizo más que acortar sus días con pesares sin cuento. Vino á España, con gran pompa (1690), escoltada de las poderosas escuadras aliadas, y, desde luego, comenzó á hacer notar sus defectos. Era soberbia, imperiosa, altiva; la capacidad moderada, el antojo sin moderación ni límite, la ambición de atesorar grande, no menor la de tener parte en el manejo del gobierno, así en las resoluciones árduas como en la provisión de mercedes, cargos y honores. Llevaba con tal impaciencia cualquier cosa que se opusiese á su voluntad, que hasta con el Rey prorrumpía en desabrimientos muy pesados y en injurias que Carlos, flaco y enfermo, sufría con tolerancia, por no saber con vigor excusarlo, haciendo lo que ella quería, muchas veces aunque repugnara á su entendimiento. Para colmo de desgracias padecía accidentes terribles que la ponían á las puertas de la muerte cada hora, obligando á tratarla con no menor cuidado y recelo que al Rey. Lo primero que hizo fué ponerse á la cabeza del partido contra Oropesa, que había descuidado poner á su disposición el Gobierno; adelantóse D. Manuel de Lira á ofrecerla todo su influjo, é hizo de él instrumento y confidente, guardándolo para su primer Ministro. La guerra de intriga se hizo entonces más empeñada que nunca. El de Lira, perdido de amores de sí, con el favor de la Reina y los muchos que ayudaban sus planes, no hallaba ya obstáculo que le pareciese grande. Su nacimiento, que había sido muy humilde, le aguijoneaba para llegar más alto, y todo lo encubría y adornaba con cierto desinterés y limpieza, pues no se sabía de él que hubiera robado el Tesoro como los otros. Costosa honradez la de aquel hombre que dejaba hacer á los demás el daño, mirándolo aún de buen ceño, con tal de parecer más limpio entre tantos manchados, y que si no tomaba oro de las arcas públicas tampoco lo necesitaba, porque para sí sabía adquirir buenos sueldos, y á sus amigos les pagaba en hábitos, títulos y graduaciones, trayendo á tal vileza los honores, que no parecía cosa honrada tenerlos. Soltóse Lira descaradamente contra el Conde, y por dondequiera le injuriaba y desacreditaba. Tenía el Rey entre tantas flaquezas, la de no poder callar ningún secreto; así, cuanto le decía su mujer contra Oropesa se lo contaba á éste, y cuanto éste le aconsejaba para defenderse del predominio de su mujer, lo ponía en oídos de la Reina; llegaba Lira, y le hablaba contra Oropesa; entraba luego Oropesa, y le hablaba contra Lira, y el Rey les comunicaba en secreto sus mutuos informes.
Parecía la Corte casa de vecindad; el Gobierno, juego de mujercillas y de rameras. La Reina madre, aunque tan quejosa de Oropesa, menospreciada por su nuera, se puso de parte de aquél y dilató algo su caída, influyendo en el ánimo del Rey, que ya por sí le amaba tiernamente, y no se resolvió á separarlo. Pero tantos combates habían hecho ya en él no poca mella. Dábalo á conocer el que después de haber dejado Oropesa la Presidencia para ser primer Ministro, por más instancias que ahora hacía, dilataba el declararlo por tal, siendo cosa en que tanto le hubiese instado antes. Lira se creía de todos modos vencedor, cuando los sucesos de la guerra, que mal sostenida por Oropesa, daba tantos argumentos contra éste, que usaban él y la Reina y el confesor y el Presidente de Castilla y todos los de su partido, vinieron á derribarle impensadamente á él mismo antes que á su contrario, habiendo empezado las hostilidades con poco empeño por la parte de Flandes en 1689.
El Príncipe de Valdek, que mandaba á los holandeses, derrotó en Valcourt al mariscal Humières, causándole alguna pérdida, y lo demás de la campaña se empleó en choques poco importantes. Mas en la siguiente etapa fueron tremendas las operaciones. Hizo Lira de modo que fuese á gobernar los Países Bajos el marqués de Gastañaga, D. Francisco Antonio de Agurto, grande amigo y parcial suyo, hombre sin mérito ni valor, aunque con vanidad muy grande, sosteniéndolo contra el dictamen de todos en aquel empleo. Gastañaga, ocupado sólo en hacerse reverenciar de los pueblos que gobernaba, disipando en insensatos alardes de lujo y de riqueza cuantos tesoros venían á sus manos, no pensó en acopiar soldados ni recursos con que hacer ventajosamente la guerra. Sin embargo, reunió alguna gente, y la envió á juntarse con el ejército del Príncipe de Valdek. Encontróse este ejército con el de los franceses que mandaba el mariscal de Luxemburgo en los campos de Fleurus. Peleó algunas horas, haciendo prodigios de valor la caballería española; sostúvose medianamente la infantería alemana y holandesa, y al fin, los nuestros, abandonados de los aliados, después de hacer horrible carnicería en los enemigos, tuvieron que abandonar el campo; con que quedó la victoria por los enemigos, no sin igual pérdida de ambas partes. Tal fué, que ni unos ni otros quedaron en disposición de emprender nuevas operaciones.
En 1691 había resuelto Luis XIV el sitio de Mons, plaza importantísima de los españoles, disponiendo las cosas con gran sigilo. No lo tuvo tanto que no comprendiese su intento el Príncipe de Orange, ya Rey de Inglaterra, el cual se lo participó al marqués de Gastañaga en las conferencias celebradas en la Haya, para disponer las cosas de la nueva campaña, rogándole dijese el verdadero estado de Mons, á fin de atender entre todos á su mejor resguardo y defensa. Respondió Gastañaga soberbiamente que Mons estaba harto segura en sus manos, asegurando que había dentro hasta doce mil hombres y todas las municiones de boca y guerra que necesitaba para un largo sitio. Fiaron en esto los aliados, y vieron sin inquietud que se acercase á sitiarla el rey Luis acompañado de todos sus Ministros y Generales, y hasta ciento diez mil soldados con doscientas piezas de artillería, ejército el más poderoso que se hubiese visto en aquellos parajes. Pero el marqués de Gastañaga había faltado á la verdad en todo. La guarnición de Mons no llegaba á seis mil hombres, y aunque su Gobernador, el conde de Berges, se defendió esforzadamente, tuvo al fin que ceder, falto de todo, á los veinticinco días de trinchera abierta. Sorprendió la pérdida á los aliados que, lentamente, como tan confiados, preparaban el socorro, y el Rey de Inglaterra, irritado contra Gastañaga, escribió al infeliz Carlos II cuanto mal pudo discurrir de su conducta. Gastañaga, por su parte, escribió también á Lira implorando su protección, y éste, lleno de vanidad como todos, y confiado en la debilidad de Carlos, tuvo audacia para contestarle diciendo que mientras él se hallase en el despacho, aunque en Flandes no quedara más que una almena, sería él Gobernador de ella. Fué dichoso azar, cuando no obra de la soberbia de Gastañaga, que llegase la carta á manos del Rey de Inglaterra, el cual, ardiendo en ira, se la envió á nuestro Soberano con los comentarios que han de suponerse.
Aprovechóse diestramente del suceso Oropesa, y D. Manuel de Lira fué separado de su puesto y metido en la Cámara de Indias, donde murió de allí á poco de pesadumbre, no pudiendo conllevar el peso de sus burladas esperanzas. Pero Oropesa no gozó tranquilo del triunfo. La pérdida de Mons produjo tan mal efecto en todos los ánimos, que no contentos con la caída de Lira, solicitaban también la de Oropesa. Este mismo, no desvanecido con sus ventajas, deseaba retirarse y dejar pasar el nublado; pero su altanera mujer no se lo consintió, incitándole á defenderse hasta el último trance. La Reina, más irritada que nunca con la separación de su confidente Lira, redobló contra Oropesa sus esfuerzos, y el conde de Joculis, Embajador de Alemania, de una parte excitado por la Reina, de otra inclinado contra Oropesa por la pérdida de Mons, vino á juntarse con los enemigos del Ministro. Eran á un tiempo á combatirlo la Reina, el Embajador, el Presidente de Castilla y los principales Grandes; de modo que hubo que sucumbir al cabo. Fué la ocasión el nombramiento de sucesor á Lira; logró Oropesa que se extendiese el decreto nombrando á un cierto Angulo, muy parcial suyo; pero el decreto no tuvo efecto por entonces. Y el Rey, que lo amaba cada día más, le envió un papel que, para muestra de lo que el Rey pensaba y de cómo se hablaba de las cosas públicas, merece recordarse: «Oropesa, le decía; viendo de la manera que está esto, y si por justos juicios de Dios y por nuestros pecados, quiere castigarnos con su pérdida, por lo que te estimo y te estimaré mientras viviere, no quiero que sea en tus manos.» Oropesa, entendiendo el deseo del Rey, se apresuró á ofrecerle la dimisión de sus puestos, saliendo oculto de Madrid, como solían salir todos los Ministros caídos, para la Puebla de Montalbán.
Mas tiempo es ya de recorrer el cuadro general de aquella guerra tan indiscretamente empeñada, y sostenida á un tiempo en Flandes, Italia, Cataluña y América. En Flandes, perdida Mons, se perdió también Hall, y quedó amenazada Bruselas. No se repusieron de estas pérdidas los aliados en la siguiente campaña, porque en la de 1692 tuvieron que ceder el campo de Stinquerque á los franceses, después de una desesperada batalla en que fué igual la pérdida y hasta dudoso el triunfo, y en la de 1693 perdió el mismo Orange, Rey de Inglaterra, contra el Mariscal de Luxemburgo la gran batalla de Nerwind, antes por el número superior de los enemigos que por torpeza ó flojedad de sus soldados. Allí donde se miraron reunidos franceses, holandeses, ingleses, alemanes, austriacos, italianos y españoles, dieron éstos alta prueba del superior esfuerzo que había en sus corazones todavía. La caballería española, colocada en el ala derecha del ejército aliado, rechazó por tres veces á la francesa, vencedora en todas partes, obligándola á volver grupas con gran pérdida, y fué preciso que se la ordenase la retirada para que dejase sus puestos, únicos que se conservaron en la batalla. Perdiéronse y ganáronse algunas plazas, y Bruselas fué bombardeada de los enemigos; pero nada importante se hizo en las otras campañas que se emprendieron hasta la conclusión de la paz.
En Italia, lo mismo que en Flandes, peleamos ahora á manera de auxiliares. El duque de Saboya era aquí Capitán general de la liga, y á sus órdenes estaba el príncipe Eugenio, tan famoso más tarde, con un cuerpo de imperiales, y un buen trozo de españoles gobernados por el conde de Fuensalida, capitán de los del regimiento de la guardia de la Reina, y ahora Gobernador del Milanés. Entró el mariscal de Catinat en Saboya con poderoso ejército, y tomó muchas plazas, poniéndose luego delante de Saluces. Acudió al socorro el ejército de la liga, y hubo una gran batalla, en la cual quedaron vencedores los franceses, y por cuyas resultas se apoderaron de la plaza sitiada. Pero habiendo recibido gran refuerzo de imperiales y de españoles, derrotó el duque de Saboya en Coni á los franceses y recobró á Saluces y á Carmagnola, donde un tercio de españoles asombró, por su valor heroico, á los franceses, tomando un reducto de que no pudo ser desalojado por más que hicieron los defensores; hazaña á que se debió la rendición de la plaza. Luego, el propio Duque penetró en el territorio francés (1692) y tomó algunos lugares, guardó los pasos, y recobró toda la Saboya y las plazas del Piamonte.
Sucedió á Fuensalida en el Gobierno de Milán el marqués de Leganés, el cual, reuniendo cuantos españoles tenía á sus órdenes y muchos regimientos italianos, fué á juntarse con el duque de Saboya, tomando el fuerte de San Jorge, cerca de Casal, y bloqueando por muchos meses esta plaza. El ejército aliado sitió á Pinerol, ocupada por los franceses; vinieron éstos al socorro, mandados por Catinat todavía, y en los campos de Marsella hubo una gran batalla (1693), también perdida de nuestro bando, con gran destrozo de ambas partes. La falta de refuerzos impidió á los franceses sacar de ella partido, y los aliados, cada día más numerosos, también tuvieron que deplorar la división entre los Generales, porque ni el duque de Saboya, ni Caprara y el príncipe Eugenio, que mandaba á los imperiales, ni el marqués de Leganés, que gobernaba á los españoles, podían entre sí avenirse, echándose mutuamente las culpas de los malos sucesos. Tomóse, sin embargo, á Casal; pero las desavenencias llegaron á punto de que el de Saboya se separase de la liga antes de las paces (1696), con lo cual no se emprendió más hostilidad alguna.