Cataluña fué, como siempre, el lugar donde con más empeño se combatiera. Habían seguido aquí á la guerra anterior graves disgustos entre los paisanos y los soldados por causa de los alojamientos y por las infracciones de los fueros de la provincia. Sucedió en el Gobierno de ella el marqués de Leganés al duque de Bournonville, y contra él eran las principales quejas. No tardaron muchos pueblos catalanes, viendo que la Corte no les hacía justicia, en unirse para la resistencia. Determinaron no contribuir con nada á los soldados, señalándose Centellas en la determinación. Envió el Virrey á reducir esta villa al General de la caballería, D. Domingo Pignateli, con cuatrocientos caballos y seiscientos infantes. Fué imprudencia ésta del de Leganés, más joven y ardiente que experimentado, sobre todo, no teniendo órdenes ni fuerzas para llevar las cosas al último rigor. Llegaron los soldados á Centellas, y se acuartelaron en la villa; pero los paisanos de las inmediaciones, convocados al son de caracol y campana, acudieron en tanto número y con tan amenazadoras demostraciones, que tuvieron por bien aquéllos el retirarse, para excusar un choque sangriento. Furioso Leganés al saberlo, recogió toda la caballería que había en Barcelona, y con ella se vino para Centellas, propuesto á castigar duramente á los paisanos; pero éstos se acrecentaron de manera y se presentaron tan temibles, que no osó acometerlos con la gente que llevaba, y escuchando al fin el parecer de personas prudentes, se volvió á Barcelona. Fué dichosa esta retirada, porque entraron en seguida las negociaciones, y por ellas se logró aquietar á los pueblos, aunque no sin grandes esfuerzos y dilaciones y aun algunas muestras de rigor; dieron éstas nueva ocasión á disgustos, y el marqués de Leganés y el joven conde de Melgar, don Tomás Enríquez de Cabrera y el duque de Villahermosa, pasaron uno tras otro por el Gobierno de la provincia, sin ver restablecida en ella la tranquilidad y la confianza. En tal estado andaba aún el país, cuando comenzó la nueva guerra contra Francia. Entró el duque de Noailles con nueve mil hombres, se puso sobre Camprodón y la tomó en pocos días, por la poca asistencia que la dieron los miqueletes y paisanos desconfiados del Gobierno. Recibió tanto sentimiento Villahermosa de esta pérdida, que mandó ahorcar al Gobernador D. Diego Rodado, á quien juzgaban todos inculpable. Pidiéronse donativos á Cataluña para continuar la guerra; mas ella, como disgustada, ya no quiso darlos. Á la sazón se juntaba en el ánimo de los naturales la cólera de los presentes disgustos con el recuerdo de que el Rey no hubiera venido aún á jurar sus privilegios, y cierta aprensión extraña de que los capitanes del Rey, inclinados á Francia, pretendían más bien entregar que no defender la provincia.

Por lo mismo, ya que no diesen dinero, no dejaron de levantar gente. Con ella, y algunos buenos trozos de infantería y caballería que vinieron de Castilla, salió á campaña el Virrey, llevando á D. Juan de la Carrera por Maestre de campo general, y al marqués de San Vicente en el mando de la caballería; el total del ejército llegó á componerse de más de catorce mil infantes y cuatro mil caballos. Con este ejército, tan superior al de los franceses, se propuso el de Villahermosa invadir el Rosellón, para divertir más al enemigo; pero la Corte le ordenó que fuese sobre Camprodón, y la sitiase. Logrólo á vista del enemigo que, formado en batalla muchos días, no se atrevió á empeñarla, á pesar de las provocaciones de los nuestros. Hubo con todo un combate contra dos regimientos franceses que defendían ciertas posiciones sobre la villa, en el cual los nuestros llevaron la ventaja, y como luego lograsen con industria los paisanos y miqueletes cortar el agua á la guarnición de la plaza, no tuvieron más remedio que abandonarla. Voló el de Villahermosa las fortificaciones con gran disgusto de los catalanes, y demolió también la plaza de Montallá, retirándose luego con tan lucido ejército sin hacer nada, á tomar cuarteles de invierno. Durante éste, hubo varios combates entre los paisanos y soldados, siendo el mayor delante de Gracia y Sarriá á las puertas mismas de Barcelona. Mantúvose fiel y tranquila esta ciudad y los más de los lugares del Principado; premió el Rey á Barcelona, concediéndola el privilegio que pretendió en 1632 y 1640 de que sus concelleres se cubriesen delante de los Príncipes, cosa que teniéndola ya por perdida, ó no habiéndola tenido nunca muy clara y determinada, fué ahora de grande agradecimiento, y fueron presos y castigados algunos de los paisanos sediciosos, y perdonado el mayor número, con que volvió á restablecerse la tranquilidad un tanto.

No tardaron los franceses en entrar de nuevo (1690) en Cataluña; tomaron á San Juan de las Abadesas y á Ripoll, demoliendo sus fortificaciones y rindieron á Vich, sin que el de Villahermosa hiciese más que movimientos inútiles y sin fruto. Fuera triste suerte la de este caudillo, á hallar quien lo juzgase con tanto rigor como él juzgó antes al Gobernador de Camprodón. Clamó Cataluña porque se le separase del mando, achacándole todas las pérdidas y desórdenes, y la Corte envió en su lugar al duque de Medinasidonia. Comenzóse bajo su mano la campaña de 1691, en la cual los franceses rindieron la Seo de Urgel, valerosamente defendida de D. José Agulló, por no haber sido socorrida, cosa muy sentida en Cataluña. Ofrecióse entonces llena de ira á facilitar hombres y dinero con que echar á los franceses. Una armada de éstos de cuarenta naves, al mando del conde de Estrées, bombardeó por dos días á Barcelona con poco daño, y se retiró al aparecer la nuestra, gobernada del conde de Aguilar, aunque ésta excusase el combate. Ni en esta campaña ni en la siguiente hizo más el de Medinasidonia que vagar de acá para allá con un mediano ejército que tenía, ya sitiando plazas, ya alzándose de sobre ellas, ora ofreciendo batalla al enemigo, ora huyéndola, sin llegar nunca á pelear. Sólo los miqueletes peleaban por donde quiera ejecutando sus ordinarias proezas, bajo sus caudillos naturales, entre los cuales se contaba aún el viejo Trinchería. Hubo también algunas celadas y choques de poca cuenta entre soldados sueltos del ejército. Tampoco los franceses hicieron más que demoler aquí y allá fortificaciones, hasta 1693 en que, con ejército de veinte mil hombres y cuarenta cañones, embistieron á Rosas. Defendióla valerosamente D. Pedro Rubí hasta ser herido de muerte en la defensa, y su sucesor, don Gabriel de Quiñones, rindió la plaza con poca honra.

Menos manifestó todavía el duque de Medinasidonia, que pudo lograr el socorro y no quiso intentarlo. Abandonaba la provincia á su suerte, y cuando se quejaban de ello los naturales respondía: «que todo era inútil, pues no había mejor partido que hacer las paces, sometiéndonos á la voluntad del extranjero». Duque indigno de su casa y nombre; otro Guzmán que añadir á aquellos tan fatales del reinado anterior. Vergonzosamente envió regalos el Gobernador de Barcelona á la armada francesa de M. de Tourville, que tuvo la insolencia de pedirlos al pasar por aquellas aguas, diciendo que de todas las plazas de la costa de España quería llevar esta muestra de agasajo. Lloró Cataluña con noble altivez aquella vileza, y más al ver que el Gobernador y sus capitanes achacaban la determinación al pueblo. Fué también de gran sentimiento el desorden de la campaña, porque el ejército francés se paseó por el Ampurdán como quiso, y el de los españoles malgastó el tiempo en pareceres y marchas, sin poner mano á las armas. La Corte, viendo tal interés, separó al fin al de Medinasidonia, y envió en su lugar al marqués de Villena; salió aquél del Principado querido por su carácter dulce y su justicia, pero universalmente despreciado. Era el nuevo Virrey tan imprudente como fué su antecesor irresoluto y no dotado de más talento que él. Al comenzar la campaña de 1694 envió capitanes que alistasen en Castilla muchas compañías. «Llegaron en crecido número, dice el historiador Feliú de la Peña, contemporáneo y catalán; pero tales, que antes servían de embarazo que de provecho, por no ser disciplinados, ni ser fácil en poco tiempo enseñarles el arte, modo de disparar, jugar las armas ni perderles el temor. Amaestrábanlos en el disparar, no sólo los hombres, sino hasta los muchachos de Barcelona, porque era para ellos muy extraño aquel ejercicio, como sacados de los cortijos y lugares de Castilla. No obstante, contento el Virrey del número, no advirtiendo la calidad, prometía prodigios y decía: «Con veinte mil hombres y todos españoles, no hay que temer.» El suceso le desengañó. Desengañóse, con efecto, muy en daño de la Monarquía, aunque no por culpa sólo de tales soldados.

Entró el duque de Noailles en el Ampurdán con ejército igual al nuestro, y asentó su campo á la orilla izquierda del Ter, cerca de Torroella de Mongri. Acudió al opósito el de Villena, poniéndose á la orilla derecha del río, en campo abierto, por juzgar que éste bastante lo defendía. Aprovechóse de esta confianza necia el de Noailles, y esguazando el río con parte de su caballería, cayó sobre nuestros descuidados cuarteles. En un momento fueron deshechos los trozos de caballería que gobernaban D. Juan Colón y D. Fernando de Toledo, con muerte honrosa de los dos capitanes. Huyó el resto de nuestra caballería, dejando sola en el llano á la infantería, que desordenada, y tan sin conocimiento de las armas como se sabe, no tardó en ser rota y dispersa. Murió el Maestre de campo D. Alonso de Granada pugnando por ponerla en orden, y en el propio empeño fenecieron los mejores capitanes, siendo otros muchos prisioneros. Del de Villena no se supo en todo el trance; el general de la caballería, Senmenat, quedó luego prisionero, y fuera allí total la vergüenza, á no ser por el esfuerzo de aquel valeroso José Bonet, que tan heroica muestra dió de sí años antes en la villa de Massanet, defendiéndola por largo espacio con sólo cuarenta hombres contra todo un ejército enemigo. Era ya el Bonet Maestre de campo en el tercio catalán llamado de la Diputación, y, además, gobernaba, por ausencia de caudillo, el tercio viejo de los morados, que era el mejor del ejército. Al ver la acometida de los enemigos y el desorden de los nuestros, Bonet formó en batalla sus tercios, que fueron los únicos que así se vieron aquel día, sobre una zanja, donde se mantuvo valerosamente hasta que se halló de todo punto desamparado. Luego volvió á hacer alto en la colina de Foxá, y recogió muchos fugitivos, salvando los restos del ejército, á pesar de que el enemigo puso el mayor empeño en desordenarle.

Glorioso y vencedor, se alejó por fin Bonet de aquel campo de ignominia, donde quedaron las banderas y la artillería, los papeles del Virrey y los de los regimientos, las armas, los bagajes y cuanto pudo ser presa del enemigo. No dejó éste escapar los frutos de aquella batalla que se llamó del Ter. Llegó delante de Palamós y la rindió á pesar de la esforzada defensa de D. Melchor de Avellaneda, que allí mandaba; luego se puso sobre la importantísima plaza de Gerona, que tan imposible de rendir había sido otras veces, y la tomó sin dificultad ninguna por causa del Maestre de campo general, D. Carlos Sucre, que aún gobernaba en la plaza, y de D. Juan Simón, que abandonó sin defensa una de sus más importantes fortalezas. Lloraron los vecinos largamente aquella capitulación que hubo de ajustar Sucre sin su noticia. Hostalrich con poca defensa y Castelfollit también cayeron en poder del enemigo, y ochenta partidarios franceses osaron entrar en Corbera á cuatro horas de Barcelona. Quisieron los paisanos y miqueletes recobrar á Hostalrich juntándose tumultuariamente en una especie de ejército donde vino á hallarse en persona el de Villena; pero se abandonó la empresa, no bien amagó el francés el socorro.

Dejó el de Villena avergonzado el mando y entró á sucederle aquel marqués de Gastañaga que tan mala cuenta había dado de sí en Flandes. Tuvo éste en los principios el acierto de reconocer su incapacidad y el poco valor de sus soldados, y manteniéndose en guarnición de las plazas con ellos, excitó á los paisanos á que defendiesen la tierra. Ayudaron los franceses cometiendo algunos daños; y no necesitaron de más los valerosos catalanes. En el invierno mismo de 1694, queriendo un inglés que gobernaba por Francia la villa de Blanes, bien fortificada, recoger algunos rehenes y tributos, envió un trozo de quinientos hombres á los lugares comarcanos, que fué derrotado. Para castigarse este hecho embistió el inglés con ochocientos hombres á Pineda, lugar pequeño y abierto; pero fué rechazado con muerte de más de sesenta de los suyos. Luego los mismos paisanos de Pineda y las cercanías le obligaron á encerrarse en Blanes. Derramados de repente los miqueletes por todo el principado, mataban á cuantos franceses osaban salir sin amparo de ejército á los caminos, entrando á matar dentro de la misma Gerona. Aconteció (1695) que no queriendo pagar contribución á Francia la villa de San Esteban de Bas, acudió á quemarla en castigo con mil trescientos hombres escogidos el Gobernador de Castelfollit, de orden de Mr. de San Silvestre, que estaba por caudillo de toda aquella parte de Gerona. Cuando llegaron los franceses cerca de San Esteban de Bas, hallaron ya la villa puesta á la defensa habiendo recogido á la montaña todas las personas inútiles. Hubiera sido grande la defensa de la villa á comenzar el ataque los franceses; pero no se atrevieron á intentarlo. Durante su marcha habían sido descubiertos por los paisanos catalanes, que con increíble audacia se pusieron á perseguirlos de uno en uno. Al llegar á San Esteban serían ya estos paisanos hasta en número de cuarenta; y aunque los enemigos subían á mil trescientos, repartidos en tres trozos, tuvieron valor para acometer uno de estos trozos. Acudió al punto el veguer de Vich con algunos paisanos, y el francés con notable cobardía dispuso la retirada. Serían ya hasta ochenta los paisanos, y se pusieron vivamente á perseguirle como si fueran un ejército, engrosándose ellos á cada momento y matando á cuantos hallaban un poco retrasados.

Apoderóse un terror pánico de los franceses, y al pasar un puente llamado de San Roque fueron desordenados por los paisanos, que llevaban ya muertos un centenar de ellos y prisioneros muchos más, separándolos en dos trozos. El menor de ellos, cercado en un hospital, tuvo que rendirse; el más grueso, donde iba el mismo Gobernador de Castelfollit, no atreviéndose á pasar adelante, se fortificó en el convento del Carmen de Olot. Ya el número de los paisanos era grueso acudiendo de todas partes; mandábanlos el veguer de Vich y los caudillos Francisco Toralla, José Más de Roda y Galderch, llamado el mozo, hombre de valor heroico. Este logró meterse por un agujero que abrió en el muro con hasta doce hombres dentro del convento, y allí peleó largo rato con el gran número de los franceses, hasta que, muerto él y cinco de los suyos, los otros tuvieron que fingirse muertos para salvar la vida. Entre tanto el convento era asaltado por todas partes, y después de un largo combate donde el caudillo francés fué mortalmente herido, tuvieron que rendirse sin más honor sino que no se quitasen á los oficiales los vestidos. Llenó de júbilo esta gloriosa victoria á toda Cataluña. La guarnición francesa de Blanes, desbandada, se salió del lugar dejándolo abandonado; pero acometida en el camino por los vecinos de Pineda y labradores, perdió ciento cincuenta hombres muertos y doscientos ochenta prisioneros, huyendo el resto en desorden. Trescientos franceses que guarnecían á Argelagués se rindieron también á algunas compañías de dragones y miqueletes; y un capitán por nombre Plex entró por un agujero que abrió en la puerta de San Lorenzo de la Muga, donde había cien granaderos franceses, con solo treinta hombres, y después de haberlos acorralado en la iglesia les obligó á rendirse. Sonaba el caracol marino por todas partes levantando en armas el principado, y los franceses no tenían en ninguna un momento de reposo. Blas de Trinchería, hijo acaso de aquel valeroso D. José y D. Valerio Saleta, con sus gavillas de miqueletes bloquearon á la guarnición de Hostalrich, reduciéndola al mayor extremo, y el veguer de Vich y José Más de Roda, pusieron en el mayor aprieto á Castelfollit, favorecidos por algunas compañías de dragones y derrotando á los franceses que intentaban socorrerla.

Ya estaban á punto los paisanos de tomar esta plaza, dirigidos por un cierto Luis de Novas, catalán que había estado al servicio de Francia, cuando vino al campo D. Juan de Acuña con un buen trozo de ejército á encargarse del sitio, y en un punto se perdió todo; fué preciso alzar el campo por haber logrado socorrerla los franceses. También tuvieron que alzarse de sobre Hostalrich los paisanos, por no ser socorridos con artillería y algunas municiones como solicitaban. Demolió sin embargo el francés tanto las fortificaciones de esta plaza como las de Castelfollit, de miedo de que los paisanos y miqueletes volviesen sobre ellas. Pero ya por entonces aquel glorioso ardor de los catalanes había desaparecido. El marqués de Gastañaga, D. Francisco Antonio de Agurto, se había mostrado cada día más afecto á los paisanos, loando y regalando á sus caudillos, recorriendo y animando por sí mismo las cuadrillas de ellos que pasaban por Barcelona, haciendo tocar en su palacio los temerosos caracoles marinos de que usaban y que solían levantar en ira las comarcas por donde iban. Si fueron órdenes de la Corte recelosa del ascendiente y soberbia de los paisanos, ó celo de los capitanes que la rodeaban, ó idea de que ya no eran necesarios tales servicios por haberse juntado numerosas tropas en la provincia, no se sabe; pero ello es que de pronto cambió de opinión el Virrey y comenzó á mirar con mal ceño las cuadrillas de paisanos.