La voz de Cataluña fué que el marqués de Villadarias, que acababa de venir por Maestre de campo general del ejército, había traído orden de la Corte para ir entregando la provincia á Francia; mas esto era increíble cuando cabalmente se había juntado allí el mejor y más numeroso ejército que tuviese España, y el de mejor calidad que hubiera aparecido en toda la guerra. Componíanlo hasta veintisiete mil hombres, muchos alemanes é irlandeses que trajo en refuerzo, de parte del Emperador, el príncipe Jorge de Hesse Darmstad, no pocos walones y bastantes castellanos y navarros de las nuevas levas.
Por este tiempo se presentaron también en aquellas costas las escuadras unidas de Holanda é Inglaterra, dueñas del mar. Con tal poder militar y poca ayuda de los paisanos, desalentados y aun llenos de saña con la mudanza que notaban en el Virrey, se continuó la campaña de 1698, y en ella se vió de nuevo cuanto superasen á los soldados mal acaudillados y organizados que teníamos los valerosos paisanos catalanes. Púsose el de Gastañaga con el gran ejército y armadas sobre Palamós, villa flaca, y hubo de alzar el asedio sin fruto, si bien los franceses, de propio motu, demolieron luego la plaza. Luego el ejército y armada se retiraron á descansar sin otra empresa por aquel año. Al siguiente volvió á salir á campaña Gastañaga, oponiéndosele el duque de Vandome con ejército igual en fuerzas. Asentaron los nuestros su campo entre Hostalrich y Gerona á orillas del río Tordera, y el francés se puso también no lejos de Gerona. Allí se mantuvieron unos y otros sin emprender nada; solo el Príncipe de Darmstad que gobernaba la caballería extranjera sostuvo un choque empeñado con los enemigos que querían envolverle, frustrando valientemente su intento. El de Gastañaga no hizo más que ordenar á los paisanos que ocupaban todavía algunos pasos que se retirasen, con lo cual los franceses bajaron por la Tordera y ocuparon sin dificultad aquellas villas de Blanes, Malgrat, Pineda y Calella que les habían dado tanto en que entender en otras ocasiones, saqueando á su sabor el país. Las quejas de Cataluña llegaron con esto á tanto, que la Corte separó al virrey Gastañaga y al Maestre de campo general Villadarias, enviando en su lugar de Virrey á D. Francisco de Velasco, soldado de probado valor y hermano natural del Condestable, y de Maestre de campo general al conde de la Corzana. No hicieron estos otra cosa que mejorar las fortificaciones de Barcelona, porque ya se recelaba del francés que quisiera cercarla.
Veníase tratando de paz hacía tiempo, negándose nuestra Corte á negociarla por temor de que como eran sus pérdidas grandes la fuese muy funesta. Para obligarla á ceder resolvió Luis XIV emprender el sitio de Barcelona, y dispúsose lo necesario no con tanto secreto que no hubiese noticia de todo. Por fin, á principios de Junio de 1697 llegó el duque de Vandome delante de aquella ciudad insigne con diez y ocho mil infantes y seis mil caballos; la armada, compuesta de cincuenta naves y ochenta velas de transportes, cerró la boca del puerto al mando del Bailío de Noailles, y se desembarcaron hasta ochenta piezas de artillería entre cañones y morteros para batir los muros, con inmensa copia de proyectiles y fuegos de artificio. Jamás se ha visto tanta flojedad como se vió entonces de nuestra parte. Había cerca de veinte mil hombres con que cerrar el paso al enemigo, y se le dejó llegar tranquilo delante de la ciudad; extendió sus cuarteles desde Sans hasta Esplugas, poniendo en Sarriá sus principales depósitos; abrió sus trincheras sosegadamente también, plantó sus baterías, todo como si no hubiese armas en la provincia. El Virrey y la Audiencia se salieron fuera de los muros á procurar socorros, y quedó en el mando el Maestre de campo general conde de la Corzana, con el Príncipe de Darmstad, el conde de la Rosa, D. Juan de Acuña y otros caudillos, y hasta diez mil infantes y mil trescientos caballos, mitad españoles, mitad extranjeros, sin contar otros cuatro mil infantes á que ascendía la milicia de los gremios que se levantó en la ciudad, ni la nobleza catalana, entre la cual se hallaba el marqués de Aytona, y voluntarios, toda gente valerosa. Pronto las montañas que rodean el llano de Barcelona aparecieron cuajadas de labradores y miqueletes que acudían de toda Cataluña á salvar su capital, mandados por el heroico Bonet, D. José de Agulló y Copons, y otros caudillos de igual denuedo y patriotismo. Por todas partes resonaban los ecos del caracol marino, llenando de pavor á los franceses, y hasta las mujeres y los niños recorrían las calles de Barcelona gritando: «¡antes morir que rendirnos!» Los Magistrados preparaban con ardiente patriotismo las cosas de la defensa; los mercaderes fiaban sus géneros; el clero se hallaba dondequiera, excediendo en valor á los soldados, todos cumpliendo con su deber largamente; aquella ciudad soberbia no había sido hasta entonces vencida. Pero todo se malogró por la ineptitud ó cobardía del conde de la Corzana y los demás capitanes, que á excepción del de Darmstad no parecía sino que obraban de acuerdo con los franceses. Bien pudo sospecharse que lo estuviesen según lo que hicieron.
D. Francisco de Velasco, que había puesto su cuartel general en Molins de Rey con todas las tropas que no habían quedado en la ciudad, se dejó sorprender del enemigo á punto que perdió todo su equipaje, y él á duras penas salvó la vida. No se dió orden alguna para que los valerosos miqueletes obrasen; de modo que aunque llevados de su ardor acometieron dos ó tres veces los cuarteles enemigos, fué sin fruto, perdiendo en una ocasión Bonet cinco capitanes de seis que lo acompañaban con casi toda su gente; y entre tanto el marqués de Corzana dispuso tres salidas tan mal dispuestas, que aún arrollando como se arrolló al enemigo, no se logró hacer ningún daño en sus trabajos de sitio. Descuidóse el fortificar los puntos débiles, negáronse armas á los que las pedían, y al cabo de cuarenta días, cuando la plaza estaba casi entera todavía, se resolvió la capitulación. Ofreció Barcelona llena de noble ira defenderse sola y obligar á los franceses á alzar todavía el sitio, con tal que el de la Corzana se fuese donde quisiera con todas sus tropas, menos el Príncipe de Darmstad y sus caballos. No fué la proposición admitida; y como en aquellos días fuese nombrado el de la Corzana Virrey, en lugar de D. Francisco Velasco, llevó á cabo la entrega contra el sentir de todo el pueblo que lloraba su suerte, y el parecer del Príncipe de Darmstad y de los mejores capitanes, avergonzados. Salió la guarnición con los honores de la guerra y se reconocieron los privilegios de Barcelona. Viéronse en este sitio hechos heroicos. Imaginóse introducir la deserción en el campo francés, ofreciendo cierta cantidad á los soldados; pero no parecía posible llevar hasta ellos el ofrecimiento. Entonces, Gabriel Fort, natural de la villa de Alforja, con dos paisanos y un muchacho, se prestó voluntariamente á fijar los carteles en Pedralbes y en Sarriá, cuarteles principales de los enemigos, y así lo hizo. El Canceller en Cap de Barcelona murió de dolor y de fatiga, notando que sus prodigiosos esfuerzos eran impotentes para salvar la ciudad. También murió de un mosquetazo Luis de Noves, aquél ingeniero catalán que tan bien dirigió á los paisanos en el sitio de Castelfollit. Señalóse el valor de los sitiados, en que siendo tan mal dirigida la defensa, causaron sin embargo horribles pérdidas á los vencedores. Después de rendida Barcelona, los franceses se acercaron á Vich; quisieron ponerse en defensa los valerosos moradores; pero el de la Corzana les envió á decir que no era tiempo de tales bizarrías, y que no esperasen socorro alguno de su parte. Entonces Vich se rindió también, y este fué el último hecho de la guerra con Francia.
No habían faltado en ella hostilidades marítimas; los corsarios catalanes y vascongados hicieron algún daño en el comercio francés, y el duque de Nájera, con las galeras de Nápoles, logró algunas ventajas en los mares de Italia. La armada francesa que bombardeó á Barcelona, hizo lo mismo con Alicante, no con más fruto, y aun intentó un desembarco en el cual fué rechazada con pérdida. Acudió el conde de Aguilar con veintiocho bajeles, y los enemigos huyeron precipitadamente, esquivando vergonzosamente el combate que le ofrecieron los nuestros. En América hubo sucesos muy diversos. Habiendo pretendido Cussi, que mandaba la parte francesa de la isla de Santo Domingo, apoderarse de toda ella, fué derrotado en un combate por nuestros colonos y soldados, muy inferiores en número. Llegó entonces á aquellos mares D. Jacinto López Girón con nueve bajeles destinados á perseguir corsarios enemigos, y el Gobernador de Santo Domingo, D. Iñigo Pérez de Castro de acuerdo con él, determinó castigar á los franceses. Cussi fué muerto con más de cuatrocientos hombres en un combate gloriosísimo para nuestras armas; tomóse el lugar de Guarico, y se echaron á pique algunos bajeles.
El contento de esta victoria lo desvanecieron los daños que nos hicieron los filibusteros aliados con los franceses. En 1697 el barón de Pointis, con diez bajeles de estos y hordas filibusteras de desembarco, tomó y saqueó á Cartagena de Indias, como todas aquellas plazas desguarnecida. Ni en África nos dejaban los franceses. Incitaron á los argelinos y al feroz Ismael, rey de Fez, segundo de los Filelis, á que nos hicieran furiosa guerra. Los catalanes y los marineros valencianos y andaluces tuvieron que construir y tripular buques con que alejarlos de nuestras costas, y á las plazas de África dieron todas cuidado. Sitió Ismael á Larache y la combatió por muchos días, hasta que el conde de Aguilar y el almirante Gregori, con una armada, llegaron al socorro, con la cual tuvo que alzar el campo (1691). Poco después (1693) el xeque de Mequínez vino sobre Orán con veinte mil caballos, y desmontándolos al llegar á la fortaleza y muros, dió un asalto general que duró siete horas y costó la vida á infinitos de ellos, sin fruto alguno. Ismael, acostumbrado á vencer en África á todos sus enemigos, sañudo, soberbio y sanguinario como ninguno de aquellos bárbaros monarcas, no escarmentado con el suceso de Larache, embistió á Ceuta. Dióla varios asaltos y procuró rendirla por fuerza; pero fué rechazado con muerte de los mejores caudillos. Cuéntase que el mismo Ismael, para librarse de ellos, les hacía poner, de propósito, en los lugares de más peligro. Continuaron los infieles por muchos años en este sitio, sin lograr efecto alguno, y, al propio tiempo, embistieron á Melilla y se pusieron de nuevo sobre Orán, todo para gloria de sus defensores.
Al concluirse la guerra con Francia, también decayeron las hostilidades de los infieles, y pudo reputarse, por tanto, completa y segura la paz. Esta, firmada en Riswich por los plenipotenciarios de las potencias beligerantes, fué la más ventajosa que hubiese ajustado España en mucho tiempo. Por ella le fueron devueltas todas las plazas conquistadas de los franceses en Flandes y en Cataluña durante la guerra, y, además, todas las que, bajo especiosos pretextos, había reunido Luis XIV á su corona en el reinado de Carlos II, exceptuando ochenta y dos lugares y villas, que se reservó como dependencias de Charlemont y de Maubege. Luis XIV, vencedor en todas partes, dió, sin embargo, los primeros pasos para la paz; y si se mostró generosísimo con España, no se mostró tampoco avaro con las demás potencias. Pero no era esto, ciertamente, porque hubiese abandonado su propósito de engrandecimiento, antes eran cada día mayores y se inclinaban ahora á una grande empresa.
Hemos visto que, á pesar del cariño que le tenía el Rey, determinó separar á Oropesa del Ministerio. Cuando el Conde vino á pedirle permiso para retirarse de la corte, le dijo aún acongojado: «Eso quieren, y es preciso que yo me conforme.» Nombróle, sin embargo, Presidente de Italia, sin admitir la renuncia que de semejante cargo hizo el Conde, que se retiró á la Puebla de Montalbán. Quedó con esto triunfante y señora de todo la Reina, y á la verdad que no podían haber venido las cosas públicas á peores manos. Sobre ser Doña Mariana mujer de virtud escasa y de notables defectos, había tenido la desgracia de rodearse y aconsejarse de gente ruin, famosa sólo por los males que supiera causar á la ya prosternada España. Figuraba muy principalmente, entre tales consejeros, la baronesa de Berlips, llamada del pueblo la Perdiz, por ignominia de su nombre, mujer alemana de obscuro origen, que había venido con la Reina, á la cual había servido desde la edad más tierna. Con esta andaba en tratos y compañía un cierto Enrique Wiser, apellidado el Cojo, sin duda porque lo era, mozo de airada vida y alemán de nación, que, echado de la corte de Portugal, donde servía en puesto inferior á causa de sus malas artes y conducta, halló acomodo en la nuestra, con la amistad de la Berlips, y entre ambos todo lo vendían y dilapidaban, procurando hacer de prisa su fortuna, por si todo se perdía, como era de temer, con la escasa salud del Rey. Dominaban á la Reina con ser cómplices y agentes de sus robos é injusticias; pero no contentos con esto, se valieron, para ello, de la traza con que se solía tener cautivos á los supersticiosos reyes austriacos. Lograron echar de España á un virtuosísimo jesuíta que tenía por confesor la Reina, y, en su lugar, trajeron al Padre Chiusa, capuchino alemán y hombre sin moralidad ni prenda alguna, el cual, de concierto con ellos, no aconsejaba á la Reina sino lo que á todos pudiera convenirles. También dieron participación la Berlips y el Cojo en su compañía al conde de Baños, que dicho está cómo sería, cuando alcanzaba de ellos favor semejante hombre que, debiendo á Medinaceli su elevación al puesto de caballerizo del Rey, y á Oropesa no pocas atenciones, contribuyó poderosamente á la caída de ambos, poniéndose siempre de parte del que más fuerzas tenía.
Aquí la pluma del historiador se resiste ya, de fatigada y temerosa, á seguir adelante con la relación de tamañas ignominias. Pero es fuerza cruzar, aunque sea pasando de ligero, por hechos que es bien que se sepan para que se advierta adonde conduce á las naciones la ineptitud ó vileza de los Príncipes y el demasiado indigno sufrimiento de los súbditos. Rodeada Doña Mariana de aquella gente, después de la retirada de Oropesa, todo lo gobernaba, como arriba decimos, á su antojo. Y aunque aquel Ministro poco venturoso había dejado detrás de sí grandes murmuraciones y quejas, hizo la Reina de modo que casi se le echase de menos antes de mucho. Había quedado pendiente la provisión de la secretaría de Estado, causa de tantas intrigas; y la Reina procuró, ante todo, que se hiciese con provecho suyo. Halló muy opuesto al Rey á que D. Pedro Coloma, de quien ella esperaba grandes regalos, fuese nombrado; y entonces para no perder el provecho dió la plaza á D. Juan de Angulo por siete mil doblones de oro, según de público se dijo. Ni le bastó á D. Juan este desembolso, porque tuvo, para afirmarse en el puesto, que ofrecer á la Berlips y sus demás cómplices no mucha menos cantidad de oro. Conócese á este Angulo en los documentos de la época por el sobrenombre de el Macho ó el Mulo, que le impuso el Monarca mismo, á causa de su ignorancia é increíble ineptitud, que superaba, por lo que parece, á su vileza. Al propio tiempo pensó la Reina en proveer los demás cargos de importancia desposeyendo á los parientes y deudos de Oropesa. Y como sus cómplices alemanes eran de tan bajo origen que no parecía posible encaramarlos á los primeros puestos, tuvo necesidad de recurrir para ello á los Grandes y Ministros antiguos de la Corona, prefiriendo siempre á los de inteligencia y virtud más dudosas. Por lo mismo fueron nombrados consejeros de Estado el duque del Infantado, sumiller de Corps, hombre de buena intención, pero de capacidad escasa y no suficiente para tal empleo, el duque de Montalto, en quien el valor y la capacidad eran bastantes y no muy malas las costumbres, dotado de apacibles modos, pero de condición sobrado altiva; el conde de Melgar, luego Almirante de Castilla, harto conocido ya en las intrigas de la época por su cautela y disimulación profunda, sus palabras dulces, sus hechos más generalmente amargos, y su entendimiento, no mayor que su ignorancia, pero sí mayor que su esfuerzo y patriotismo; el conde de Frijiliana y de Aguilar, que había vencido con el terror de su mala lengua cuantos obstáculos se habían opuesto á su elevación desmedida, antes general de la armada del Mediterráneo, donde hizo larga mercancía del cargo, y perdió muchos bajeles y ocasiones por la cobardía de su corazón y la flojedad de su entendimiento; don Pedro Ronquillo, conde de Granedo, á quien le bastara para descrédito haber sido uno de los que ajustaron la paz de Nimega; el conde de Burgomaine y el marqués de Villafranca, que eran los mejores, aquél por sus dilatados servicios, éste por su probidad y celo, con que logró vencer y refrenar la revolución de Sicilia, siendo Virrey de aquella isla.
Pero no mereció tan alta honra el buen marqués de Mortara, que fué el último de los generales de España, que ilustrase su nombre en aquel siglo; ni otros antiguos magistrados, ministros y capitanes, reliquias de la virtud pasada. No se dejó esperar mucho la caída del marqués de los Vélez, y de su criado y favorito Bustamante, á quien el Rey mismo había sorprendido en manifiestas concusiones, y que se había hecho insufrible por su maldad á los más malos, adquiriendo en pocos años uno de los más fuertes caudales que se conociesen en España. Quedó Bustamante sin empleo en una reforma amañada para ello, y el de los Vélez hizo dimisión, que le fué aceptada, conservando la presidencia de Indias, cargo de mucha menos cuenta. Entró, por empeño suyo, en el gobierno de la Hacienda un D. Diego de Espejo, su vasallo, hombre de capacidad cortísima y de ingratitud grande, que antes de mucho comenzó á hostilizar á su bienhechor y á intrigar en la corte hasta que alcanzó el Obispado de Málaga. Entonces la Reina y el confesor Matilla hicieron recaer la propiedad del puesto en D. Pedro Núñez de Prado, hecho á poco después conde de Adanero, no conocido hasta allí por armas ó letras en ningún empleo, de cuna humilde y de prendas menos que medianas. También fué separado el Presidente de Castilla Ibáñez, que no merecía más que otros tal empleo; y la Reina llegó á pensar que podía poner en tan alto cargo persona de su confianza. Pero anticipósele el Rey, que, sin consultarlo con ella, llamó á D. Manuel Arias Mon, caballero del hábito de San Juan y Embajador del gran maestre en España, á quien conocía sólo por una obra suya que había leído, manuscrita, sobre los males públicos, y le hizo gobernador del Consejo de Castilla. Asombró á la corte la novedad, juzgando unos por aquel paso que el Rey era capaz de disponerlo todo y que no se fiaría más de sus consejeros; opinando otros que la aptitud de Arias Mon era muy grande. Pero lo uno y lo otro lo desmintieron los sucesos.