El Rey, como solía de cuando en cuando, al sentir alivio en sus enfermedades, se dedicó, por algunos días á los negocios; pero no pudiendo soportarlos, recayó de nuevo y tuvo que abandonarlos á los mismos que tan mala cuenta daban de ellos. Y Arias Mon probó, antes de mucho, que era en el talento moderadísimo, en la experiencia escaso, en el espíritu débil, y en la honra no muy escrupuloso. Llevó la Reina con poca paciencia este golpe, y más el ver que el duque de Montalto se iba adelantando en la gracia del Rey, á punto de parecer ya su valido. Pugnó por conservar la superioridad de su influjo; y como Montalto no se descuidaba y el confesor tampoco quería dejar su parte de dominación y Monterrey, el Almirante y el Condestable solicitaban los tres á un tiempo el poder, hubo una horrible lucha de intrigas en Madrid (1692) durante algún tiempo. Logró Montalto que, muerto el de los Vélez, se le diese á él la presidencia de Indias; pero no pudo impedir que, por lágrimas de la Reina, se diese el cargo de sumiller de Corps, también vacante, al conde de Benavente. Formóse una nueva Junta magna de gobierno, compuesta de todas aquellas personas rivales, y se trató largamente de buscar remedio á los males públicos; pero siempre en balde. Sólo se resolvió que los hábitos de las Ordenes militares no se diesen en adelante sino á los que hubiesen servido con honra en la guerra, medida justa, pero que el Cojo y la Bernips y la Reina misma hicieron inútil al poco tiempo, vencidos de la ordinaria codicia. Procuraron hacer economías; pero no se pudo, porque todas ellas habían de venir en detrimento de los gobernantes que disponían del Tesoro á su antojo. Por último, el duque de Montalto, sin nombre de valido, llegó á serlo del todo, y para afirmarse imaginó una traza, por todo extremo extraña, y que muestra hasta qué punto había llegado la sed de mando, que fué repartir en pedazos la Monarquía, para que tuviese uno cada uno de sus rivales.

Expidió el Rey, por su Consejo, un decreto en el cual nombró al Condestable Teniente general y Gobernador de Castilla la Vieja, y al Almirante de las Andalucías y Canarias, y á Monterrey de Aragón y Cataluña, reservándole á él la tenencia y gobierno de Castilla la Nueva. Así pensaba Montalto que todos quedasen contentos, y, con efecto, no estaba mal imaginado puesto que la Monarquía la miraban como patrimonio de ellos. Pero Monterrey no quiso aceptar la repartición, como quien ansiaba recoger todo el mando; y fué preciso hacer otra nueva en que Montalto tomó los reinos de Aragón, Navarra y Valencia y Cataluña, y el Condestable Galicia, Asturias y las Castillas, dejando las Andalucías al Almirante. Estos tres tenientes ó Ministros acordaron reunirse dos veces por semana y decidir por sí todas las cosas, mandando como gustasen á los tribunales y Capitanes generales de sus territorios respectivos. La burla de unos y la irritación de otros llegó con esto al último punto: todos los tribunales representaron en contra, y el marqués de Villena, Virrey de Navarra, y el duque de Sessa, general de la costa de Andalucía, hicieron renuncia de sus cargos. Nombróse en seguida una junta de Ministros para atender al remedio de la Hacienda; y allí, después de largos debates é intrigas se acordó que no se pagase merced alguna por todo el año de 1694; que durante el mismo año cediesen todos los empleados del reino la tercera parte de sus sueldos; que á cada título se sacasen trescientos ducados y á cada caballero de las Ordenes doscientos, y á los negociantes y demás personas de caudal cuanto se juzgase prudente, todo con nombre de donativo. Ordenóse también que en todos los pueblos se sorteasen los vecinos y que de cada diez fuese uno recogido para servir en los ejércitos. Causaron estas medidas terrible perturbación y ningún fruto, porque se recogió poco dinero y menos soldados servibles. Todas estas desgracias las hacía valer la Reina en contra del de Montalto, y éste hacía vanidad de despreciarla á ella y sus hechuras. Pero coaligada ella estrechamente con el confesor, no tardó en sembrar entre los tenientes la semilla de la discordia, atrayendo al Almirante á su partido con promesa de poner el gobierno en sus manos.

Tal era el estado de nuestra corte cuando Luis XIV fijó en ella los ojos, á fin de aprovecharse de cuanto le fuera útil para el gran propósito que ocupaba su ánimo. Era éste obtener todos los estados de la Monarquía española para su casa, poniéndolos bajo el cetro de su nieto Felipe de Anjou, hijo segundo del Delfín de Francia. Para contentar á los españoles y hacerles olvidar sus anteriores violencias y robos, hizo aquella paz generosa de Riswich (1697), y en seguida puso manos á la obra con el mayor empeño. La dinastía austriaca estaba moralmente muerta; acabó cuando debía morir: cuando no la quedaba ya un solo defensor desinteresado. El mal gobierno de Felipe III y de Felipe IV, los horrores de la Regente, la nulidad de Carlos II y la avaricia de su mujer Doña Mariana, habían hecho odioso á todos los españoles el nombre austriaco. Los socorros y donativos que con tan poca cordura se habían dado al Emperador, el desprecio con que últimamente había mirado nuestros intereses y la intervención deplorable de algunos alemanes en el gobierno durante los últimos años, eran otras tantas causas que impulsaban á nuestros conciudadanos á desear un cambio de gobierno que apartara de los alemanes el influjo. Á tal punto habían llegado las cosas, que hubiera sido necesario un gran Príncipe y un fortísimo gobierno para que la posteridad de Carlos II hubiera continuado en el Trono. Y no habiendo posteridad, y teniéndose que llamar á un Príncipe alemán al Trono, no era fácil que la nación lo aceptase, aun dado que no hubiese venido á disputarle la sucesión un pretendiente de más derecho y que excitase mayores simpatías.

Fué fortuna para Francia que al mismo tiempo que el nombre alemán caía en tanto aborrecimiento y menosprecio, su nombre fuese ganando fama y respeto en la opinión de los más de los españoles. Á la verdad Francia era, como es y será siempre, nuestra natural enemiga: su grandeza es nuestra humillación; la nuestra es su impotencia. Pero los daños que de ella nos venían eran para olvidados por pechos generosos. Nos vencían en lid ó por más numerosos, ó por más diestros; pero no nos destruían fingiéndose amigos nuestros, no devoraban las entrañas de la nación como estaban haciendo los austriacos.

Aun las Princesas que Francia nos llegó á dar habían dejado de sí dulces recuerdos, que más duraban, á medida que las Princesas alemanas excitaban mayor indignación ó desprecio. Doña Isabel de Borbón no se olvidó un punto del bien de los vasallos, como la Reina gobernadora Doña Mariana, que fué la más impolítica. Y de las dos mujeres de Carlos II, Doña María de Orleans había sido tan admirada de todos y tan amada de muchos, como era Doña Mariana de Neoburg aborrecida. Júntese con esto la gloria que alcanzaba entonces la casa de Francia. Los españoles, que sabían que todas sus desdichas venían de los malos Reyes, viendo que la casa alemana los daba á cual peores, debían lisonjearse, naturalmente, con la idea de ser gobernados por Príncipes de una casa que los producía tan afortunados. Falsos fundamentos, sin duda todos ellos, para inclinar la opinión de España á los franceses; mas no los necesitan los pueblos más sólidos ni justificados para formar sus opiniones. Estudiando bien nuestras conveniencias políticas, no podía dudarse que si un cambio dinástico era indispensable, donde menos había de buscarse nueva dinastía era en el vecino reino de Francia; y á estudiar la Historia con detenimiento, se habrían encontrado sin salir de la Monarquía ni del siglo, razones y ejemplos bastantes para temer el influjo y dominio de los franceses, tanto como el de los alemanes. Público era que en Nápoles y Sicilia, provincias nuestras, después de admitir á los franceses, por librarse del mal gobierno de la casa de Austria, habían tenido que echarlos de nuevo, coadyuvando poderosamente á restablecer el gobierno antiguo. Y sobre todo pudo España pedir lecciones á Cataluña.

Fué esta provincia tan indignamente tratada por los franceses, que no permitió más, en lo sucesivo, que echasen raíces en su suelo, á pesar de los disgustos continuos que traía con la corte, y no aceptó á la casa de Borbón, sino á virtud de la fuerza, después de largos y heroicos esfuerzos por arrojarla de la Península. Pero en el resto de España faltaba experiencia y previsión política y conocimiento de lo pasado, y así los ánimos, se inclinaron, desde el principio de la cuestión al partido francés. Los hombres de Estado que España tenía entonces valían todos muy poco, y no estaban más en el caso de juzgar con acierto que el vulgo mismo. Y además empeñados en sus míseras y exiguas discordias, no miraron en la nueva cuestión, tan inmensa como era, sino pretextos y enseñas diferentes para disputarse, con más codicia que nunca, los jirones de la Monarquía. Cuantos habían figurado hasta entonces en el gobierno y cuantos aspiraban á figurar en adelante se apresuraron á escoger puesto en los dos nuevos y grandes partidos, excepto aquellos, no escasos en número, que prefirieron, como suele acontecer en tales ocasiones, hacerse mediadores ó indiferentes, con el fin de no arriesgar nada en la derrota y compartir con cualquier vencedor el triunfo.

No se vieron bien determinados los dos partidos opuestos hasta la paz de Riswich, porque la guerra con Francia hacía arriesgado y deshonroso el declararse por parcial de ésta; pero no por eso dejaban ya antes de traslucirse los diversos sentimientos. Mientras vivió Doña María Luisa de Orleans, los Embajadores franceses no dejaron de intrigar en Madrid en favor de sus propósitos. Muerta ella, el Emperador aprovechó la ocasión de ser parienta suya, y cercana, la nueva Reina, para enviar á España, de Embajador, al conde de Harrach, uno de los principales señores de su Consejo, señalándole por sucesor á su hijo, á fin de que no padeciesen dilación ó extravío las negociaciones. Logró este Embajador que en los mayores apuros de la guerra con Francia llegase á prometerle Carlos II nombrar por heredero al archiduque Carlos, hijo segundo del Emperador, en quien éste y su hijo primogénito José renunciaban sus derechos, si enviaba doce mil hombres á su costa para defender á Cataluña. No accedió á la pretensión el Emperador, aunque no dejó de enviarle algunos refuerzos, por no consentir tal expedición la escasa suerte de sus armas en el Rhin y el Danubio; pero no por eso cejó en sus intrigas. Y Francia, aun en medio de la guerra, halló modo de ganar á su partido á no pocos Grandes y señores principales. Á esto atribuían los catalanes la flojedad con que los defendían los Virreyes, suponiéndolas ganados por Francia, y cierto que, en alguno de ellos, no puede menos de admitirse la inteligencia, so pena de apellidarlos traidores. Austriacos y franceses eran los que se disputaban la sucesión y los que procuraban formar grandes partidos en España que apoyasen sus pretensiones; mas no eran los únicos sus Príncipes que se presentasen como candidatos, ni siquiera los que alegasen más notorios derechos.

Fundaba el emperador Leopoldo los suyos en su cuarto abuelo D. Fernando I, hijo de Doña Juana la Loca, y hermano de Carlos V, y en su madre Doña María, hija de Felipe III, sosteniendo que, extinguida la línea primogénita de varón, debía acudirse á la línea segundogénita, de donde él era, sin pasar á las hembras; y que, aun dado el caso de pasar á éstas, según la costumbre de suceder de la casa de Austria, debía preferirse la cercana del tronco á la cercana del último posesor. El Rey de Francia negaba que por las leyes de España, que eran las que debían regir á la sazón, fuese llamada la línea segundogénita de varón, á falta de la primera, con preferencia á las hijas de los últimos posesores, y que excluyeran á éstas las más cercanas del tronco, con que daba por inconcusos los derechos del Delfín, hijo de María Teresa, primogénita de Felipe IV, y hermana mayor de Carlos II. Podía también apoyarse en los de su propia madre Ana de Austria, hija mayor de Felipe III, la cual debía ser preferida, como primogénita, á la madre del emperador Leopoldo. Y para evitar que pudieran considerarse incompatibles las Coronas de Francia y España, ó la imperial y española, al mismo tiempo que Leopoldo y su primogénito el archiduque José renunciaban sus derechos en el archiduque Carlos, hijo de aquél y hermano de éste, renunció los suyos el Delfín, hijo de la infanta María Teresa, en su hijo segundo Felipe, duque de Anjou.

Llevaban los de Austria á los de Borbón la ventaja de que no había incompatibilidad, por los tratados, en que las Coronas imperial y española viniesen á su poder; antes á la infanta Doña María, mujer del emperador Fernando III, se la había confirmado en el derecho de suceder, por los conciertos matrimoniales, con exclusión de los hijos de Francia. Lejos de esto, la casa de Borbón tenía contra sí las renuncias solemnes de Doña Ana y Doña María Teresa, de donde vino la expresa exclusión que de ellas y sus descendientes hizo en su testamento Felipe IV. Pero contra una y otra casa alegaba sus derechos el Príncipe de Baviera, nieto de la infanta Doña Margarita María, hija menor de Felipe IV y primera mujer del emperador Leopoldo. Aunque éste había hecho que su hija única, llamada María Antonieta, renunciase los derechos á la Corona de España, al contraer matrimonio con el duque de Baviera, semejante renuncia no era para tenida por válida, dado que no fué confirmada por Carlos II, ni por sus Consejos, ni por las Cortes de la Monarquía. Con que quedó reducida á un contrato privado entre la hija y el padre, muy diferente de aquel en que se habían ajustado las renuncias de las hembras de Francia. Por lo mismo, los más de los jurisconsultos se inclinaban á este último pretendiente, sosteniendo que, muerto Carlos II, debían sucederle sus hermanas; y estando una de ellas impedida por tal renuncia como la del tratado de los Pirineos, debía sucederle la otra, y, por representación, su nieto el Príncipe de Baviera.

No debían despreciarse tampoco los derechos del Rey de Portugal: eran los de la infanta Doña María, hermana menor de Doña Juana la Loca, casada con el rey D. Manuel, de cuyo matrimonio nacieron los reyes D. Juan III y D. Enrique y el príncipe D. Duarte, duque de Braganza, padre de la infanta Doña Catalina, que fué abuela de aquel D. Juan VI, por quien se separó este reino del resto de España. Por último se ofrecían como pretensores los duques de Saboya y de Orleans, como descendiente el primero de la infanta Catalina, hija de Felipe II y mujer del duque Carlos Manuel, tan famoso por su espíritu turbulento; y el segundo como hijo de Ana de Austria. Tres grandes cuestiones de derecho había envueltas en estas pretensiones contrarias. Era la primera si, extinguida la línea primogénita de varón, debía acudirse ó no á la línea segundogénita, con preferencia á todas las hembras; la segunda era si, llegada la sucesión á éstas, debía preferirse la más cercana del tronco á la más cercana del fundador ó al contrario; la tercera si la renuncia del antecesor podía ó no perjudicar al sucesor, en desapareciendo los motivos y circunstancias que aquella hubiese provocado.