De resolverse negativamente esta última, el derecho de Francia era incontestable en Castilla, donde las hembras primogénitas sucedían á sus hermanos varones, pero no en Aragón ni en otros estados de los que componían la Monarquía, donde ni leyes ni costumbres autorizaban tal sucesión de hembras. Y era muy peligroso, á la verdad, dejar resuelta esta cuestión del modo propuesto. El derecho público carecería de base si tales renuncias y tan solemnes como la de Doña María Teresa, pudieran ser olvidadas á placer por las personas interesadas en ello. Y parecía más peligroso aún teniendo en cuenta que no todas las provincias de España podían sujetarse á aquel derecho de heredar, desconocido en ellas, sin tomar quejas de su parte. Con preferir la línea segundogénita de varón se evitaban estas, se dejaban firmes las renuncias como base del derecho público, y la herencia total venía por legítimo derecho al emperador Leopoldo, descendiente del segundo hijo de Doña Juana la Loca. Si esto no se tenía por justo había que acudir á las hembras, y, circunscrita en éstas la cuestión, ó eran ó no válidas las renuncias. Porque no siéndolo era imposible disputar con Francia, y, siéndolo, la duda venía á estar entre las casas de Baviera, Portugal y Saboya, dado que las pretensiones de la de Orleans no eran tenidas por graves. De preferirse la hembra más cercana del último posesor, el derecho estaba en favor del Príncipe de Baviera, nieto de la hija menor de Felipe IV; pero quedaba en pie la dificultad que ofrecía el regir distintos derechos y costumbres en las diversas partes de España, de modo que si en unas partes era legítimo heredero, en otras no podía considerársele como tal. Y atendiéndose á la hembra más cercana del fundador, no había duda en que pertenecía la Corona al Rey de Portugal, una vez excluída la línea segundogénita de varón, representada por el Emperador de Alemania. Porque tomando como punto de partida á los Reyes Católicos, en cuyo tiempo vino á formarse la Monarquía, se halla que todos sus derechos los transmitieron á sus dos hijas Doña Juana y Doña María, únicas de quien hubiese sucesión. De Doña Juana quedaron dos hijos varones y dos líneas, la una que iba á extinguirse en Carlos II; la otra que representaba, á la sazón, el Emperador. Extinguida la primera y excluída ésta por cualquier causa que fuese, si la hembra más cercana del tronco debía preferirse, no hay duda que estaban delante de todos los derechos de Doña María y de sus descendientes, que eran los monarcas de Portugal.
Tales derechos, si no podían nunca prevalecer sobre los de la casa de Austria, que traía consigo varones descendientes de hembra primogénita, podían excluir los de las casas de Baviera y de Saboya, que venían de hembras mucho más lejanas del origen ó fundador, y, sobre todo, los de la casa de Francia, si eran válidas, como al parecer debían serlo, las renuncias. Y tenían en sí la ventaja de conciliar las opuestas leyes de sucesión de nuestras provincias, porque remontándose su origen á Doña Juana y Doña María, que no tuvieron varones que les disputasen la preeminencia, y excluídos los únicos varones que quedaban, que eran los de la casa de Austria, no podían ser desconocidos ni en Aragón, ni en Castilla, ni en ninguna parte. Aun las razones políticas que aconsejaban que los reinos de España y Francia, ó España y el Imperio, no estuviesen en una misma casa, debían considerarse como no válidas, tratándose de reinos que eran pedazos de uno mismo, y que habían hecho hacía tan poco tiempo un solo estado. Sólo podía contrastarse tal suma de derechos y conveniencias, acrecentados antes de mucho con la muerte del Príncipe de Baviera, que se llevó tras sí los derechos de esta casa, diciendo que por las leyes de Castilla la hembra lejana del fundador excluye á la cercana, en cuyo caso habría de obtener la preferencia sobre la de Portugal, la casa de Saboya. Pero como Castilla no sea más que una parte de la Monarquía, y estas cuestiones de sucesión de reinos cuando se complican suelen antes resolverse por derecho constituyente que no por derecho constituído, la pretensión de Portugal habría parecido harto más aceptable que la de Saboya á sostenerla aquella casa con el empeño que convenía. No lo hizo ni cuidó nadie de ello, porque como antes dijimos, fijábase la atención general, no en quien tuviese mejor derecho, sino en quien se hallase con más poder para sostener sus posiciones que eran Austria y Francia. No bien comenzó á discutirse la cuestión, pudo preverse que no eran parte los discursos ni los alegatos á resolverla, y que las armas tendrían al fin que tomarla por su cuenta. Para este caso se preparaban ya los dos principales competidores, aprovechando cada uno las flaquezas de su enemigo y haciendo valer todos sus recursos y sus medios; pero sin descuidar las intrigas y negociaciones.
En contraposición al conde de Harrach, envió el Rey de Francia á Madrid al marqués de Harcourt, después de las paces de Riswich, y no bien llegó, se entabló una lucha desesperada de manejos é intrigas entre él y el Embajador del Imperio.
Era el de Harcourt soldado valiente y capitán afortunado, calidades muy estimadas en España; de gran penetración, y de no escasa ciencia; fastuoso como convenía que lo fuese en una corte donde el fausto era la perdición del reino; afable, cortés, y dotado, en fin, de cuantas cualidades se necesitan para ser bien recibido del pueblo y de los Grandes y hacerse lugar entre todos. Puso Luis XIV á disposición del buen Embajador sus arcas, á fin de que no le excediese nadie en Madrid ni en generosidad ni en magnificencia, y no tardó en recoger copiosos frutos de la buena elección de la persona y de la eficacia de los medios que le había proporcionado. Alarmado el partido austriaco, y, sobre todo la Reina, con su venida, hicieron de modo que el de Harcourt fuese muy mal recibido en los principios. Aún no se le permitió ver al Rey sino de noche y en una cámara espaciosa y mal alumbrada, á fin de que no se apercibiese de que estaba á las puertas del sepulcro, como realmente estaba. Pero Harcourt, como diestro, disimuló su resentimiento, y no correspondió á él, sino llenando de delicados regalos y obsequios á los hijos de los Grandes y á los Grandes mismos, menos aficionados á Francia. Logró con eso harto mayor estimación que Harrach, el cual, sobre ser de aquellos alemanes tan aborrecidos, era altivo y duro, aunque inteligente y experimentado. Muy semejante á la de los maridos era la condición de las mujeres de los Embajadores, interviniendo ellas poderosamente en los sucesos, porque según estaba la Monarquía, más importancia solía alcanzar el sexo débil que el fuerte. Ganó la marquesa de Harcourt el cariño de la Reina y de sus damas, con ponerlas al corriente de las modas que por París se usaban á la sazón, y con tratar á éstas de igual á igual en las ceremonias.
Por el contrario, la de Harrach se hizo un enemigo en cada una de las damas de Palacio, á causa de haber pretendido que la diesen mayor tratamiento que la correspondía. Y poco faltó para que la Reina se pusiese á la cabeza del partido francés, contradiciendo su naturaleza y los intereses de su casa. El oro francés ganó á la Perdiz y al Cojo, que al ver que se formaban los dos partidos, no pensaron más sino en que ellos les ofrecían compradores, y el Padre Chiusa, confesor de la Reina, abandonó también por un momento la causa de sus compatriotas. Y como al propio tiempo descubriesen los favoritos ciertas inteligencias entre el Embajador imperial y Leganés y Monterrey, encaminadas á apartarlos del lado de la Reina para ser ellos los únicos que predominasen en sus consejos, se decidieron de todo punto por el partido de Harcourt. Aprovecháronse del buen ánimo de la Reina, por las benévolas relaciones que mantenía con la esposa de Harcourt, y la persuadieron de que tuviese una entrevista con este mismo, donde pudieran conciliarse los recíprocos intereses. Harcourt no desperdició la ocasión y manifestó á la Reina que sólo á su mediación quería que el duque de Anjou debiese la Corona, con lo cual halagaba su vanidad; indicóla al propio tiempo que se trataría de desposarla con el Delfín de Francia, muerto su esposo; que se darían ricos heredamientos á su favorita la Berlips y la púrpura cardenalicia á su confesor, concluyendo por prometerla que se devolvería á España el Rosellón y se la ayudaría á reconquistar á Portugal: cosas ambas que se habían dejado ya correr por el pueblo, y que hicieron en este mejor efecto que no en aquella Princesa, sólo ocupada en su particular conveniencia. La Reina, no atreviéndose á abandonar de un golpe al partido austriaco, estuvo mucho tiempo indecisa, aunque más inclinada á Francia que no á Austria. Pero viendo que sus mayores enemigos se ponían en contra de la casa de Austria, se mantuvo firme en este partido. Acompañábanla el almirante D. Tomás Enríquez de Cabrera, antes conde de Melgar, y el confesor Matilla con mucha parte de la grandeza, y Ministros y Magistrados poco amigos de novedades, y que temían ó aborrecían á la casa de Borbón como reformadora y de todo punto extranjera. No pudieron resistir, sin embargo, al impulso de la opinión general, tan enemiga de los austriacos, y tan bien manejada por Harcourt. La especie de neutralidad que guardó la Reina durante algún tiempo, y los recelos de que se inclinase al partido francés, acabaron de poner de parte de éste todas las probabilidades del triunfo, de modo que cuando aquella Princesa, vuelta á sus primeros propósitos, quiso deshacer lo hecho, ya era tarde.
Ya no quedaba más apoyo sólido al partido austriaco, sino la voluntad del enfermizo Carlos II, que como era natural, se inclinaba á los intereses de su familia. Pero la indiscreción y altanería de los agentes imperiales llegaron hasta enajenarles este apoyo. No cesaban de hablar de sus propósitos delante del Rey sin miramiento alguno á su dignidad, ni piedad de su estado, que era ya á la sazón dolorosísimo. Carlos, irritado de que tan codiciosamente disputasen su herencia, como si él ya no existiera, excusaba cuanto podía verse con Harrach y los austriacos. Y Harrach, muy diferente en esto de Harcourt, resentido al punto de que le mirase con despego el Rey, se retiró á Viena, dejando en su lugar á un hijo suyo, mozo inexperto. Con esto, y con haberse puesto el cardenal Portocarrero á la cabeza del partido francés, parecía el triunfo de éste indudable. Era el Cardenal hombre de rápida carrera, gran cortesano y de no vulgar ingenio, el cual, por la reputación que alcanzaba de justo y virtuoso, tenía no poco influjo en el Rey. Sin tomar mucha parte en las cosas políticas, había seguido la voz del Almirante, cuyo amigo era hasta entonces; mas rompiendo con él por motivos privados, fué á tomar puesto en el partido contrario. Su actividad y destreza acabaron de traer las cosas á punto que, como arriba decimos, pudo considerarse como seguro el triunfo del Príncipe francés. Á su ejemplo vinieron á alistarse en este partido el inquisidor general Rocaberti, que había sucedido á D. Diego Sarmiento, y los marqueses del Fresno y de Maceda, con otros muchos señores principales. Y conociendo de cuanta importancia era que poseyese él solo en tal ocasión el manejo de la conciencia del Rey, logró de éste que apartara de sí al Padre Matilla, y llamase á su lado al Padre Froilán Díaz, catedrático de prima de Alcalá, y hombre de más virtud que juicio, dándole por auxiliares á dos frailes hechuras suyas, á los cuales dió cuantas instrucciones necesitaban para favorecer sus propósitos y estorbar los de sus enemigos. Hubiera sido nombrado entonces heredero de España el duque de Anjou, á no aparecer de nuevo en la corte y en los negocios el conde de Oropesa.
Pero este Ministro, dotado de más cualidades que ninguno de sus émulos, acechaba desde la Puebla de Montalbán la ocasión de recobrar lo perdido. Nombrósele Gentilhombre, sin otro intento que el de hacerle con tal honra más llevadero su destierro; pero Oropesa lo entendió de diverso modo, y al punto se vino á Madrid y comenzó á hacer envidiar ó temer sus servicios á los dos partidos contendientes. La Reina, que de antemano le conocía y estimaba sus cualidades, por más que personalmente le aborreciese, se apresuró á echar mano de él, y lo elevó á la presidencia de Castilla. Dió esto algún aliento al partido austriaco; pero antes de mucho riñó Oropesa con el Almirante, que habiendo sido hasta allí el hombre de confianza de la Reina, temía verse suplantado por él y no cesaba de hostilizarle. Entonces, el nuevo Presidente, viendo que en el partido austriaco no cabía y que no era digno para él pasarse al de los franceses, determinó formar un tercer partido con que sobreponerse á los otros dos. Prohijó las pretensiones del duque de Baviera que, aunque apoyadas por los más de los jurisconsultos, no tenían desde que murió la Reina madre quien las hiciese valer en la corte, y tanto hizo, que quedara triunfante en la lucha á no interponerse la contraria voluntad del cielo. Ayudóle en su empresa la conducta de Luis XIV. Este Monarca, no fiándolo todo á las negociaciones y manejos de su Embajador en Madrid, había discurrido vencer á los españoles con ponerlos en la alternativa de dar la Corona á su nieto ó someterse á la desmembración y repartimiento de su Imperio. Para ello negoció tratados con el Emperador y los demás Príncipes más ó menos interesados en la sucesión de España.
Ya en 1668 había habido semejante idea, y aun se añade que llegó á ajustarse sobre el particular un tratado entre el Emperador y el Rey de Francia, que quedó en depósito del duque de Toscana, y que sirvió de norma á los posteriores. Sea esto ó no cierto, el caso es que corriendo el año 1698, se ajustó en la Haya un tratado solemne entre Inglaterra, Francia y Holanda, por el cual se estableció que Nápoles y Sicilia, los puertos de Toscana y el marquesado de Final con la provincia de Guipúzcoa, vendrían á poder del Delfín, ó de otro modo, serían agregados á Francia; que el ducado de Milán quedaría por el archiduque Carlos, y el resto de la Monarquía por el Príncipe de Baviera ó por su padre á falta suya, aunque este no pudiese alegar el más remoto derecho, comprometiéndose las tres potencias á llevarlo todo á efecto por fuerza de armas si era indispensable, secuestrando sus porciones á las casas de Austria y de Baviera cuando no quisiesen admitirlas.
El tratado, honrosísimo para Luis y sus Ministros, era muy ventajoso para Francia. Guillermo de Inglaterra no sacaba de él otro provecho sino que ésta abandonase la causa del pretendiente, y Holanda no debía siquiera tomar parte en él, supuesto que nada le tocaba. Pero el Rey de Francia quería más, que era el total de la Monarquía; desde este punto de vista, el tratado fué una falta que aprovechó diestramente Oropesa. Mientras el Emperador ardía en cólera contra Francia, Carlos II, herido en lo más vivo con ver que así dispusiesen los extranjeros de sus reinos, y el pueblo español, como siempre digno y soberbio, lejos de amedrentarse, protestaron enérgicamente contra el tratado. Todo lo que Francia había adelantado con su destreza, se perdió en un punto; Carlos se determinó á nombrar sucesor de por sí, y el pueblo á no recibir sino al que determinase su soberano, y Oropesa, á favor de la confusión de Harcourt y Portocarrero y del decaimiento en que sin él se hallaba de nuevo el partido austriaco, logró levantar el nombre de su candidato el Príncipe de Baviera. Una junta de Ministros y Magistrados de los diferentes Consejos, resolvió según la común opinión que á éste y no á otro pertenecía la Corona, y el Consejo de Estado votó en pro de lo mismo, sin asistencia de Portocarrero, que aunque era el alma del partido francés, no quiso entonces comprometerse ni con el Rey ni con la opinión pública, demasiado ofendidos. De acuerdo con estos dictámenes, expidió el Rey un decreto nombrando por sucesor y heredero en todos sus estados al príncipe José Leopoldo de Baviera.
Quísose guardar sigilo, pero no pudo evitarse que al punto supiesen el Emperador y el Rey de Francia lo decretado. Protestó el primero con una altivez que acabó de irritar contra él á todos los Grandes y nobleza y pueblo; el segundo, aleccionado en la pasada experiencia, con mucha templanza. Ya parecía resuelta la cuestión y asegurada la paz de Europa, aunque, á decir verdad, no era fácil que se evitase la guerra, cuando el Rey presunto de España murió en Bruselas á la edad de seis años, en 8 de Febrero de 1699. Supúsose que de veneno, y al menos así lo creyó su padre, porque en un manifiesto que publicó con este motivo decía «que la estrella fatal que perseguía á cuantos eran obstáculo al engrandecimiento de la casa de Austria, había hecho que su nieto muriese de una ligera indisposición, que solía atacarle sin peligro, antes de que estuviese nombrado heredero de España». No hay que decir con tales sospechas, la impresión que la muerte del Príncipe causaría en estos reinos. Restablecióse el crédito del partido francés con acrecentarse el odio al austriaco, y como Arias Mon, destituído del Gobierno del Consejo de Castilla por causa de Oropesa, y don Francisco Ronquillo, á quien habían quitado el cargo de Corregidor de Madrid, vinieran á ponerse al lado de Harcourt y Portocarrero, éstos juzgaron llegado el momento de hacer nuevos esfuerzos. El más temible de sus enemigos era Oropesa, que aunque inconsolable por la muerte de su protegido el de Baviera, no había tardado en buscar nuevas banderas, acogiéndose otra vez á las de la casa de Austria. No tardó en sentirse su hábil mano en éstas. El partido austriaco se mostraba de nuevo poderoso; el Rey consintió en que se llamase á Madrid al Príncipe de Hesse-Darmstad, con doscientos caballos imperiales que habían servido en Cataluña durante la última guerra, no con otro objeto, sin duda, que con el de intimidar al pueblo, harto parcial ya de los franceses. No había tiempo que perder, y Harcourt y su partido obraron á punto de evitar que con aquellas disposiciones entrase en los unos el temor, en otros la desconfianza, y sucumbiese su causa.