Olvidada de día en día la administración pública con tales contiendas, ya no era que se hiciesen mal las cosas, sino que nada se hacía, y todo quedaba abandonado á la ventura. El Gobierno de los Tenientes generales había caído por sí solo en una especie de desuso, modo inaudito de caer gobernantes. El duque de Montalto y el Condestable no sonaban ya en la política; únicamente el Almirante, más ambicioso que ninguno de sus compañeros, continuaba influyendo y trabajando por influir más todavía. Oropesa y Portocarrero, sin ser ninguno de ellos Ministro, eran los que más importancia tenían en la Corte, y la Reina, ya unida con uno de ellos, ya combatiéndolos á los dos, no deseaba otra cosa sino conservar su funesto crédito y predominio. Como la muerte de Carlos estaba evidentemente tan próxima, nadie disputaba el honor de ser su favorito, sino el de serlo con el futuro Rey, para lo cual pretendía cada cual que se eligiese á su antojo. Por lo mismo, nadie se cuidaba ya, cual en otro tiempo, de que en Madrid no faltasen bastimentos, aunque faltasen en todo el reino, y como hubiese malísimas cosechasen estos años, llegaron á padecerse aquí la escasez y el hambre. No se necesitaba más para promover una sublevación tanto tiempo hacía contenida por el antiguo hábito de obedecer de los infelices ciudadanos. Achacaban la falta al conde de Oropesa, que como Presidente de Castilla debía cuidar de los mantenimientos, y por dondequiera se oían denuestos contra él, acusándole también de que comerciaba con su mujer en trigo y en aceite, beneficiando la carestía.

Tampoco dejaban de oirse quejas contra el Rey, harto injustas por cierto, porque el infeliz no era posible que atendiese á más dolores que los que lentamente iban consumiendo su vida. «De todo aquesto, ¿qué se le da al Rey?», decían ciertos cantares de entonces, después de enumerar cuantas miserias padecía el pueblo. Y Harcourt y sus amigos, para que no pudiera dirigirse contra ellos igual pregunta, y con el objeto también de acusar con sus hechos los de sus adversarios, repartían á manos llenas las limosnas, y afectaban una caridad nimia, que el Tesoro de Francia pagaba y el pueblo agradecía pródigamente. Servíalos en esto don Francisco Ronquillo, que como Corregidor que había sido, conocía mejor que nadie las necesidades y la gente á quien había que excitar y contentar según viniese á cuento. Y no es mucho suponer que el mismo Ronquillo fuese quien preparó los sucesos de que vamos á dar cuenta, demasiado útiles y bien aprovechados para pasar por casuales é imprevistos. Ello es que cierta mañana de Abril, estando en la Plaza el Corregidor, que lo era D. Francisco de Vargas, atendiendo á los deberes de su oficio, uno de sus alguaciles maltrató por pequeña ocasión á una verdulera. Desatóse ella en injurias contra el Corregidor, y la gente que presenciaba la escena tomó al punto una actitud tan hostil, que el de Vargas juzgó prudente retirarse. Siguióle la gente con insultos y amenazas, y en un momento el espacio que media entre la Plaza y el Arco de Palacio se vió lleno de hombres y mujeres, que acudían á porfía de todos los extremos de la ciudad gritando: ¡Viva el Rey! ¡Pan! ¡Pan! ¡Muera Oropesa! La multitud no se detuvo en el Arco, sino que llegó hasta los mismos balcones del Alcázar, redoblando sus gritos. Oyólos el Rey con más amargura que cólera, sin saber qué partido tomaría en el trance. Súpose que Vargas había estado para morir á tronchazos y pedradas, y que se amenazaba con peor suerte á Oropesa.

Creció el miedo, y el cardenal Córdoba, el marqués de Leganés, el conde de Benavente y otros muchos Grandes que acudieron al punto á Palacio, no sabían qué aconsejar ni qué hacer ellos mismos. La Reina, con alguna más presencia de ánimo, se determinó á salir al balcón, y habló á los amotinados diciéndoles que el Rey dormía; pero que no bien despertase le comunicaría sus quejas. «Ya hace mucho que duerme y es tiempo de que despierte»—respondieron agrandes voces. Entonces, se asomó el Rey al balcón; pero no por eso cesaron los clamores. El peligro arreciaba, y el conde de Benavente, que disfrutaba de algún favor en el vulgo, se ofreció al fin á hablarle, saliendo fuera de Palacio. Sus palabras templadas, pero más acaso las inteligencias que tenía con los insurrectos, lograron acallar el tumulto y que el gentío ofreciera retirarse, con tal de nombrar Corregidor á Ronquillo y no castigar á ninguna de las cabezas del desorden. Consintió el Rey en ello; llamóse á Ronquillo á Palacio, y acompañado del conde de Benavente salió á caballo por la Plaza, llenándolos á ambos la multitud de vítores y bendiciones. Si esto no bastara para probar que uno y otro estaban y entendían secretamente en el motín, de todo punto podrían demostrarlo ciertas palabras del conde de Benavente, que volvieron á encender la confusión calmada. «El Rey os perdona—les dijo—; pero en cuanto á la carestía no puede él remediarla, y será bien que os dirijáis al Presidente de Castilla.» No fué menester más. El vulgo, desatado, dejó desierta en un instante la Plaza de Palacio, y se encaminó á las casas de Oropesa, situadas enfrente de Santo Domingo.

Fué fortuna para éste que el Almirante, con quien á la sazón estaba de acuerdo, siendo los dos jefes del partido austriaco, pudiera avisarle á tiempo, con un billete lo que pasaba. Á la verdad, no habían dejado también de oirse amenazadores gritos contra el astuto Almirante, aunque no tan continuos como contra Oropesa. La casa de éste fué en un momento entrada, á pesar de la resistencia armada que opusieron sus criados, y habiendo muerto algunos de los asaltantes, la muchedumbre destrozó los muebles y los echó por las ventanas; destrozó las pinturas y los papeles, y no hubo, en fin, exceso que no creyese poco para satisfacer su ira. Habíase refugiado Oropesa con el aviso del Almirante en casa de su vecino el Inquisidor general, y el terrible nombre de esta dignidad contuvo á las puertas de aquel asilo á la multitud, que no osó siguiera insultarlas. Aproximábase ya la noche y el tumulto no cedía, sin embargo, pidiendo todos á voces la cabeza de Oropesa, cuando el Cardenal de Córdoba y otros sacerdotes salieron de Santo Domingo con un crucifijo, y sus exhortaciones y las de Ronquillo, que ya debía tener por bastante lo hecho, lograron restablecer la calma y el silencio. Creían, sin duda, los del partido francés que con esto bastaría para que el Rey separase de nuevo á Oropesa; pero se engañaron, porque habiendo éste solicitado su retiro, á causa de que no se castigaba á los culpables en el alboroto, no quiso Carlos consentirlo, mandándole que permaneciese en la Presidencia. Entonces, sus adversarios celebraron una junta en casa de Portocarrero, donde después de oir la opinión del jurisconsulto Pérez de Soto, favorable al duque de Anjou, se acordó echar el resto en alejar á Oropesa de la corte. Fué entonces Portocarrero á ver al Rey, y prevaliéndose de su calidad cardenalicia y del influjo espiritual que en tal concepto tenía con el Rey, le obligó á decretar la vuelta de Oropesa á la Puebla de Montalbán, el destierro del Almirante á treinta leguas de la corte, y el nombramiento de D. Manuel Arias Mon, parcialísimo, como sabemos, del de Anjou, para la presidencia de Castilla. Quedó entonces el partido francés triunfante, y sin más apoyo el austriaco que la Reina, el conde de Frigiliana y de Aguilar y D. Antonio de Ubilla, secretario del despacho universal, que á falta de otros más calificados, llegó á ser uno de sus caudillos.

Un suceso singular, del cual se ha hablado mucho posteriormente, ocupaba á la sazón á nuestra corte. Eran los supuestos hechizos del Rey, cuyo recuerdo podría bastar para comprender á qué punto llegaba la fanática superstición de unos, y la hipócrita maldad de otros en aquella época. Ya hacía tiempo que el vulgo atribuía á hechizos las enfermedades del Rey. Viéndole dotado de entendimiento muy claro, de rectísima conciencia, de tanto amor á sus vasallos, sin que hiciese valer ninguna de estas calidades; no comprendiendo tampoco cómo desde la edad temprana hubiera podido padecer una flaqueza tan extrema que le impedía ejercitar su virtud, dió por cierto que algunos malos hechizos estaban apoderados de su persona. Á punto llegó el rumor que en tiempo del inquisidor Sarmiento y Valladares, el Tribunal Supremo de la fe llegó á intentar algunas averiguaciones. Suspendiéronse por respeto á la persona del Monarca, y así continuaron las cosas, hasta que en los principios de 1698, el mismo Carlos llamó al Inquisidor general Rocaberti y le rogó que indagase si él era ó no víctima de hechizos, como vulgarmente se creía. Oyólo Rocaberti con atención proporcionada á su ignorancia, que era grande, porque de pobre dominico se había visto elevado á tal categoría, más por intrigas que no por fama ó mérito como entonces se solía. Dió parte del asunto al Tribunal, cuyos Ministros, más sabios que él, se negaron á entender en cosa tan inverosímil y ridícula.

No se desalentó con esto Rocaberti, y á poco lo consultó con el Padre confesor Fr. Froilán Díaz, que no teniendo más luces que él, se conformó con sus opiniones y propósitos. Diéronse entonces ambos á cazar los tales hechizos, y no tardaron en saber, casualmente, que un cierto Fr. Antonio Álvarez Argüelles, vicario de un convento de monjas en la villa de Cangas, solía tener gracia particular para exorcizar endemoniados, y platicar con los mismos demonios, de quienes sabía curiosísimos secretos. Escribieron ambos al Obispo de Oviedo para que éste interrogase al vicario sobre los hechizos del Rey: pero aquel prelado respondió con desprecio que el Rey no tenía hechizos, sino flaqueza de ánimo y de cuerpo, y que antes que de exorcismos necesitaba de buenos consejos. Ni Rocaberti ni el confesor se avergonzaron con esta respuesta; llenos de fe se pusieron á buscar otros conductos por donde entenderse con el vicario, y lo lograron, entablándose una correspondencia entre los tres, fecundísima en puerilidades y absurdos y locuras, que asombra que pudiera seriamente seguirse. Notóse, sin embargo, que los demonios á quienes interrogaba el vicario Argüelles, no cesaban de hablar mal de los parciales de la casa de Austria, y principalmente de la Reina y del Almirante, sin perdonar á la Reina madre, por ser ya cosa del otro mundo, ni á ninguno de cuantos antes ó después habían abogado en contra de la casa de Francia. Y dando por ciertos los hechizos, solían proponer para el Rey remedios capaces de causar su muerte aunque estuviese robusto y sano, cuanto más en la situación en que se hallaba. Ni Rocaberti ni Froilán sospechaban por eso de los demonios ni de su interlocutor, y molestaban sin cesar al pobre Príncipe, haciendo las más de las cosas que aquéllos les prevenían, y excusando sólo las que manifiestamente eran dañosas ó impracticables.

Así transcurrió algún tiempo, hasta que los demonios se cansaron de pronto de hablar, y respondieron al vicario que no dirían palabra más si no era en Madrid, en la capilla de Atocha. Asombró al confesor y al Inquisidor tan extraña demanda, y si la dieron crédito no se sabe; pero ello es que no les pareció bien traer tan cerca del Rey persona que poseía el admirable privilegio de andar con los malos, de que á su juicio andaba aquél poseído. Negáronse á su venida, y continuaron carteándose con el vicario hasta la muerte del inquisidor Rocaberti, sin obtener otra cosa que nuevos embustes cada día. Pero este vicario y estos demonios tenían cierto olor francés que puso en alarma á los austriacos, no bien se susurró el caso en la corte. No era este partido menos rico en frailes y demonios que lo fuera su adversario, y antes de mucho se recibió en Madrid una información auténtica del Obispo de Viena, donde se contenían graves respuestas traídas por el demonio á la boca de unos energúmenos, á quienes él y su clero estaban exorcizando en la iglesia de Santa Sofía, sobre los hechizos del rey Carlos II. De ellas se deducía claramente que este Príncipe había sido hechizado por una mujer, de nombre Isabel, que vivía en Madrid, en la calle de Silva. Dió el Embajador imperial la información al Rey; pasó luego al Tribunal, y se hicieron inútiles pesquisas. Parecía ya indispensable exorcizar al Rey, y se llamó para ello de Alemania al mejor exorcista del imperio, por nombre Fr. Mauro de Tenda, capuchino de religión, y dotado de gran torrente de voz, con la cual atormentaba día y noche al Rey, llamando á voces á los demonios que se albergaban en su cuerpo. Empeoró mucho el Rey con el sobresalto, y como estaba en poder de demonios y exorcistas austriacos, era de temer cualquier extravío en su juicio que hiciese venir la Corona á poder del Archiduque. Entonces, un nuevo demonio, más audaz que los otros, se apoderó de una pobre mujer y la condujo al Palacio mismo, donde entró desgreñada y furiosa sin que nadie pudiese contenerla, hasta llegar á la presencia del Rey, el cual no halló más medio de librarse de ella que ponerse por delante un relicario que traía consigo. Interrogóse á este nuevo demonio, y acusó claramente de autores del hechizo á la Reina y al Almirante, de donde se supo ser este demonio francés. Irritóse la Reina; hizo que su marido apartase de su lado al Padre Froilán Díaz, y mandó que se le formase un proceso que duró mucho tiempo, y del cual resultó que él, como Rocaberti, no eran culpables sino por ignorantes y fanáticos. No de todos los cortesanos se pudo decir lo mismo; porque sin acusar de tan indigna farsa á ninguna persona determinada, parece fuera de duda que fué obra de los partidos, que con tanto encarnizamiento se disputaban la herencia de Carlos II.

La muerte estaba tan cercana del desdichado Príncipe, que no podía ya perdonarse ningún esfuerzo, y desde la primavera de 1700 á 1701, ni dentro ni fuera de España se habló apenas de otra cosa que de la resolución de este grande asunto. Luis XIV, viendo que en Madrid tenía ya recobrado lo perdido, comenzó á moverse por fuera con nuevo empeño. Persistía en el propósito de hacer entender á los españoles que tenían que darse á él ó someterse á la desmembración del reino. Para ello negoció un nuevo tratado de repartición con el rey Guillermo III en Londres. Disponíase en él que por muerte del Príncipe de Baviera pasasen al archiduque Carlos los estados que á aquél estaban asignados, añadiéndose la Lorena á los que debía recibir Francia, y dándole en cambio al poseedor de aquel ducado el de Milán. Y si el Archiduque no admitía el tratado en el término de tres meses, determinábase que toda su parte sería secuestrada, nombrando los aliados Príncipe que ocupase su puesto. Protestó el Emperador contra el tratado, y el Rey de España hizo fuertísimas reclamaciones en Londres y París, de cuyas resultas el marqués de Canales, nuestro Embajador, fué expulsado de Inglaterra y se rompieron las relaciones entre las dos Coronas. Aprovechóse el partido austriaco de esta nueva falta de Luis XIV, y puso en tal disposición el ánimo del Rey, que Harcourt tuvo que volverse á Francia, llamado por su Soberano. Ubilla ayudó poderosamente á la Reina. Prometióse á esta casarla con el heredero imperial, si lograba que fuese nombrado heredero el Archiduque, y Doña Mariana no sólo admitió el partido, sino que delató á su marido la promesa que le había hecho Harcourt de casarla con el Delfín, después que él muriese. Ya se habían dado órdenes á los Virreyes de Italia para admitir guarniciones imperiales, y el partido francés parecía del todo perdido. Estorbó lo de las guarniciones la amenaza que hicieron Francia é Inglaterra de declarar inmediatamente la guerra, y la habilidad de Portocarrero y los demás españoles que seguían el partido del duque de Anjou, puso definitivamente de su parte la victoria.

Porque en el verano de 1761, después de una excursión al Escorial, donde sintió algún alivio, cayó Carlos en el lecho de que no había de levantarse jamás. Instalóse Portocarrero en su aposento, y sin hablarle más que de cosas religiosas, logró ahuyentar á la Reina y á Ubilla y á todos sus parciales, incluso el confesor Torres Padmota y el inquisidor Mendoza, pues para la asistencia espiritual del enfermo traía ya él consigo dos frailes que suponía en olor de santidad. El Rey, que veía ya su muerte inmediata, entregó á Portocarrero el cuidado de su salvación, que fué entregar su Corona á la casa de Francia. Indújole el artificioso Cardenal á que hiciese testamento que él no quería; luego lo persuadió de que pidiese dictamen á los diferentes Consejos sobre el nombramiento de heredero. La mayoría del de Castilla, ganada ya, opinó porque fuese preferido el francés. En el Consejo de Estado fué la discusión muy viva. El duque de Medinasidonia, los marqueses de Villafranca, Maceda y el Fresno, y los condes del Montijo y de San Esteban, opinaron con Portocarrero en favor de la casa de Anjou; el conde de Frigiliana y Aguilar y el de Fuensalida se opusieron á ello, pidiendo que se convocasen unas Cortes generales del reino, donde se eligiese sucesor libremente. Apoyábanse en muy sólidas razones, en especial aquella de que no era fácil conciliar en ninguno de los pretendientes las distintas leyes de Aragón y Castilla. Desechó la mayoría todo pensamiento de convocar Cortes, y el de Frigiliana, levantándose conmovido, pronunció estas nobles palabras, dignas de más pura lengua: «hoy destruís la Monarquía.» Acordóse que el duque de Anjou debía ser nombrado heredero. Resistía, sin embargo, el Rey, y sabiendo Portocarrero que el Papa estaba muy irritado contra el Emperador, aconsejó que se sometiese á su decisión el caso. Gustó Carlos del Consejo, y la respuesta de Inocencio XII fué, como esperaba Portocarrero, favorable al francés.