Entonces, Carlos no resistió más, y llamando á Ubilla, en presencia de Portocarrero y de D. Manuel Arias Mon, le hizo que extendiera un testamento, nombrando por heredero en todos sus estados y señoríos al duque de Anjou, «reconociendo—decía—que la razón en que se funda la renuncia de las señoras Doña Ana y Doña María Teresa, Reinas de Francia, mi tía y hermana, á la sucesión de estos reinos, fué evitar el perjuicio de unirse á la Corona de Francia, y reconociendo que viniendo á cesar este motivo fundamental, subsiste el derecho á la sucesión en el pariente más inmediato, conforme á las leyes de estos reinos, y que hoy se verifica este caso con el hijo segundo del Delfín.» Nombró una Junta para que gobernara sus reinos durante la ausencia del de Anjou, compuesta de la Reina su esposa, Portocarrero, Montalto, Arias, Frigiliana, Benavente, el Inquisidor general Mendoza y D. Antonio de Ubilla como secretario. Y hecho esto, exclamó con los ojos llenos de lágrimas: «Dios es quien da los reinos.» Con que manifestó la repugnancia que le costaba el desheredar á su familia. Cerróse el testamento solemnemente, y Portocarrero y los suyos lo notificaron al punto al rey Luis, cerciorándose de que estaba dispuesto á tomar entera la herencia y á defenderla con las armas, á pesar de los tratados de repartimiento que había hecho. Pocos días después, Carlos se halló incapaz de entender en asunto alguno de gobierno, y expidió un decreto confiándolo en lo civil y militar al cardenal Portocarrero, hasta su muerte. Quiso éste por cortesanía que se le asociase la Reina; pero Carlos no consintió en ello, mostrando así que había llegado en sus últimos momentos á aborrecerla. Al fin, el día de Todos Santos de 1701, después de haber recibido muy devotamente los sacramentos, expiró el desdichado Carlos, repitiendo: «ya nada somos»: Príncipe, como dejamos indicado, digno de lástima y amor, no de odio y desprecio.

No hay que explicar largamente cómo quedaría la Monarquía. Ya en 1686 decía el economista D. Miguel Álvarez Osorio y Redín estas palabras: «Si todo no se desbarata, es imposible remediar esta Monarquía, si Dios no envía un ángel para libertarnos de esta confusión y cadena que labró la malicia». El conocimiento no faltaba; pero, ¿y el remedio del mal? Hallábalo entre otras cosas el buen Osorio, en «reducir el número de artesanos y mercaderes, porque además de defraudar las rentas reales, quitaban las ventas unos á otros». Es imposible imaginar mayor absurdo; pero tal andaban los estudios entonces. Hubo, sin embargo, un hombre, harto censurable como Ministro, D. Manuel de Lira, que siendo Presidente de Indias dirigió al Rey un memorial digno de eterna memoria, en el cual proponía francamente que se llamasen á España capitalistas extranjeros, que se les abriese el comercio de América, y que se les permitiese seguir su culto á cada uno, con tal que no fuese en público, concediéndoseles cementerios y otros privilegios que aún hoy se les disputan. Pero los sabios consejos de Lira, fundados en su mucha experiencia de viajes y negocios, no fueron oídos, y gracias que era poderoso, que si no la Inquisición hubiera dado buena cuenta de su persona. Á manos de la represión de este tribunal infausto había ya muerto todo género de filosofía, y tras esta ciencia matriz habían desaparecido todas las ciencias y artes. Alguno que otro poeta dramático de mediana importancia, y éste ó el otro lírico culto interrumpen de vez en cuando el silencio de nuestras letras. Mas sólo los eruditos florecen y dan algún honor á nuestra patria. Nicolás Antonio, Mondéjar, Ferreras y D. Juan Lucas Cortés ofrecieron á nuestra última decadencia el consuelo que tienen todas, que es el de rebuscar en lo pasado. Eran, sin embargo, varones dignos de otro tiempo y de otra patria.

CONCLUSIÓN

«Puede decirse—exclama el autor de un opúsculo atribuído al venerable Palafox—, que esta Monarquía la zanjó la sabiduría y gran juicio de Fernando el Católico, la formó el valor y celo de Carlos V, y la perfeccionó la justicia y prudencia de Felipe II.» En este punto la tomamos, y desde aquí la hemos seguido en su decadencia.

Un siglo ha bastado para comenzar y llevar al extremo la ruina de aquella grande España de Pavía y Otumba y Lepanto, de aquella inmensa Monarquía, que se levantó del suelo al juntar sus manos Isabel I y Fernando V. Cuando comenzamos á escribir, todavía los sucesores de estos grandes Príncipes llenaban el mundo con su nombre. Dueños de toda la redondez de la Península asomaban el brazo amenazador por encima del Pirineo, y desde la ciudadela de Perpiñán mantenían en respeto las llanuras de Francia. Con Nápoles al Mediodía y Milán al Septentrión tenían entre sus manos todo el centro de Italia, al paso que Génova y Mónaco bajo su dependencia y final conquistado, les aseguraban el dominio de la frontera marítima. El Mediterráneo, encerrado entre las dos penínsulas, itálica é ibérica, y la costa africana, donde levantaba la soberbia Orán su cabeza, y vigilado desde Sicilia, Córcega, Cerdeña y las Baleares por nuestras fortalezas y nuestros soldados, no estaba lejos de ser un lago de España. Por él corrían triunfantes y soberbios nuestros bajeles, numerosos todavía y casi siempre vencedores, mandados por los Príncipes de Italia, que ya que no pudiesen evitar nuestros hierros, se honraban con ser nuestros Ministros y servidores. Y desde España é Italia y el avasallado mar por donde una y otra se comunicaban, ardía en deseos la Monarquía de extenderse hasta recoger y unir todas sus vastas posesiones de Europa. La Waltelina se veía amenazada, el Austria occidental en tratos de cesión, la Alsacia á punto de quedar avasallada, la Suavia feudataria. No parece que se necesitase más que de un esfuerzo para que nuestras banderas se abriesen camino desde la Waltelina al Luxemburgo, dominando ambas orillas del Rhin, y poniendo en comunicación á Milán con Bruselas, y con el Franco-Condado. Tan gigantescos propósitos, que hoy parecen quimeras, no lo eran entonces todavía. La nación, aunque cansada, se sentía con fuerza para tanto, y ¿quién sabe si lo habría llevado á término á hallarla el siglo xvii con un Fernando V, como halló un Felipe III, á su cabeza?

Aún vivía el gran conde de Fuentes D. Pedro Enríquez de Acevedo, émulo, al decir de los franceses, del gran Enrique IV, tan buen soldado como él y harto mejor político; aún vivían los viejos tercios del duque de Alba; aún honraban nuestro nombre en las batallas y en los consejos el buen marqués de Villafranca, D. Pedro de Toledo, y aquel D. Gómez Suárez de Figueroa, á quien llamó su siglo gran duque de Feria; aún el otro Duque que mereció ser llamado Grande, D. Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, y el ilustre marqués de Bedmar, D. Alfonso de la Cueva, eran dignos de haber heredado títulos dados por Fernando V y Carlos I y Felipe II. ¿Que no podía esperarse todavía de tales Ministros, y capitanes y soldados? Verdad es que el fanatismo religioso iba estrechando mucho al talento español y estorbaba no poco sus nobles alardes; verdad es que estaba empeñada la Hacienda y que no había industria, ni comercio, ni agricultura que proporcionase tanto oro como se necesitaba; verdad es que la despoblación era grande, que la obra de la unidad nacional estaba muy atrasada, y que la extensión de nuestro imperio y la separación en que se hallaban unas de otras provincias hacía la defensa difícil y fácil la ofensa, de modo que podía llamarse débil y flaco por su grandeza misma. Pero todo lo habrían vencido, sin duda, con buen gobierno y espera, hombres tan grandes y poder tan inmenso como la nación tenía, y riquezas como las que se sacaban ya del Nuevo Mundo. El caso es que no nos convenían ya tan gigantescos propósitos; que aun abierto el gran camino que se pretendía entre Milán y Bruselas, no era posible mantenerlo abierto por mucho espacio; que nuestro interés político estaba en encerrarnos en España, Italia y sus islas, y cerrando la boca del estrecho con la conquista de la España transfretana y el dominio de sus dos orillas, hacernos absolutos señores del Mediterráneo. El caso es que debíamos preferir á extender nuestra dominación por Europa y hasta á asegurar nuestros dominios más importantes, el curar las llagas interiores de la Monarquía, reponer la Hacienda, reformar la administración, terminar la obra de la unidad política, y levantar la industria, el comercio y la agricultura, cosas en que al aparecer no se pensaba.

Faltas antiguas que se hacían más peligrosas á medida que más tiempo continuaban, hijas de los fundadores de la Monarquía, nacidas con ella y en ella envejecidas, de que hemos tratado extensamente en otra parte. Pero equivocada ó no en sus propósitos por lo grande de ellos y de sus medios y recursos, todavía era España á principios del siglo xvii, no ya una gran nación, sino la primera de las naciones. Nuestros mayores enemigos no osaban sospechar que fuese tan rápida y tan grande como fué su ruina. Verdad es que el italiano Campanella decía ya en tiempo de Felipe II estas palabras: «La Monarquía española no puede subsistir por mucho tiempo, porque además de tener por enemigas á todas las demás naciones, tiene sus pueblos y provincias desparramados por ambos mundos en Italia, Flandes, África y las Indias.» Pero otro italiano como él, Juan de Botera, opinaba hacia el propio tiempo que España, por lo mismo que tenía desparramados sus dominios, era más fuerte y de más duración y grandeza. «La grandeza—decía—en todo el cuerpo compuesto de miembros desunidos, la medianía en la mayor parte de los miembros, hacen que tenga España todas las ventajas que pueden tener las naciones: ser agrandes para poder resistir á los enemigos extranjeros, y medianas para que no las destruya la corrupción. Lo que necesita es tener fuerzas marítimas para tener siempre en comunicación las diversas partes del imperio.» Túvolas España temibles en los días de Felipe II, y aun por todo el reinado de su hijo. Y así no ha de causar maravilla que Enrique IV preguntase al Embajador de éste, D. Iñigo de Cárdenas, con mal encubierto recelo: «¿por ventura quiere hacerse vuestro Rey señor de todo el mundo?»